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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

6
Abr
2014
Visión positiva del bautismo
4 comentarios

El título es válido para el bautismo y para toda la vida cristiana en general. A veces tendemos, sin pensarlo mucho, a ver las cosas desde el punto de vista de lo negativo. Por ejemplo, cuando insistimos en lo que no hay que hacer, en lo que está mal. O también cuando presentamos nuestra relación con Dios en términos de deber. Es claro que hay muchas cosas que no debemos hacer, ni como humanos ni como cristianos. Pero quizás sea mejor poner el acento en lo que conviene hacer, en lo que es bueno para nosotros y para los demás. Y si esto queda claro, también resultará claro que lo opuesto al bien, no es lo propio de una persona de bien, de un amante del bien.

Dígase lo mismo a propósito de los deberes. En realidad, cuando situamos nuestra relación con Dios y con los demás, en la perspectiva del amor, el deber no es tal deber, sino una consecuencia del amor. Por ejemplo: un cristiano no tiene la obligación de ir a Misa o de rezar. Un cristiano necesita celebrar la Eucaristía, necesita orar, necesita un tiempo para escuchar la Palabra de Dios, bendecirle, alabarle y darle gracias. No es un deber, es una necesidad.

Ahora que, en la Pascua, nos disponemos a renovar las promesas bautismales, parece oportuno ofrecer una visión positiva del bautismo. No tanto como un quitar, cuanto como un dar. Los grandes símbolos bautismales son el agua, la luz y el aceite. A veces nos hemos quedado solo con el agua y la hemos presentado en su dimensión negativa: como si su papel fuera el de limpiar una mancha. En perspectiva positiva habría que decir: más que un signo de limpieza, el agua es un signo de fecundidad. El que no ha conocido a Dios, el que no se ha encontrado con Dios es como una tierra reseca e infecunda, que no puede dar fruto. Cuando recibe el agua del Espíritu Santo, entonces esta tierra empieza a ser fecunda, a dar frutos de vida y amor.

Lo mismo la luz. Más que fijarse en la oscuridad hay que insistir en lo positivo del iluminar. Las tinieblas no desaparecen cuando se las critica, sino cuando se enciende una pequeña cerilla. Con tanta crítica a lo que otros supuestamente hacen mal, nos olvidamos muchas veces de encender nuestra pequeña luz. Por su parte, el aceite está ahí para facilitar las cosas, para quitar rigidez a los músculos agarrotados. Por eso se unge al bautizado: para posibilitar una relación fluida con Dios y con los hermanos.

En este tiempo de cuaresma sería bueno buscar el lado positivo de la vida cristiana, empezando por los tres elementos medicinales que la Iglesia propone para vivirla: el ayuno y la limosna, más que momentos de privación, son oportunidades para compartir, para caer en la cuenta de que muchos no tienen con qué comer. Y la oración es la ocasión para caer en cuenta de lo mucho que necesitamos de Dios.

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1
Abr
2014
No a una Iglesia autorreferencial
11 comentarios

En distintas ocasiones el Papa Francisco ha notado el peligro que para la Iglesia supone la autorreferencialidad. La autorreferencialidad se opone a la salida de sí e impide el encuentro real con el otro. Si la Iglesia es, por su naturaleza, misionera, y si toda ella debe estar la servicio de la evangelización, se comprende fácilmente que, cuando se encierra en sí misma, no puede cumplir con su “ser misionero”.

Una Iglesia autorreferencial es una Iglesia prisionera de su propio lenguaje rígido. Una Iglesia que no sabe hablar el lenguaje del mundo, que so pretexto de máxima ortodoxia siempre repite su propio lenguaje, un lenguaje que el mundo no comprende, un lenguaje que resulta esotérico, no puede dialogar con el mundo y, por ende, no puede anunciar el Evangelio. Según el Papa esta Iglesia autorreferencial se ha convertido para el mundo en una reliquia del pasado, insuficiente para las nuevas cuestiones. Quizás la Iglesia tenía respuestas para la infancia del hombre, pero no para su edad adulta, continúa diciendo el Papa. De ahí la pertinencia de la pregunta: ¿qué hacer? Responde el Papa: hace falta una Iglesia que no tenga miedo de entrar en la noche del mundo, una Iglesia capaz de encontrarse en el camino del hombre, de entrar en su conversación.

Una Iglesia autorreferencial es la que, incluso bajo apariencias religiosas, no busca la gloria del Señor, sino la gloria humana y el bienestar personal. Es una Iglesia que no sale al encuentro de los pobres; que cuida ostentosamente la liturgia, la doctrina y el prestigio, pero sin preocuparse de que el Evangelio tenga una inserción real en el Pueblo de Dios y en sus necesidades concretas. Cuando el beneficiario de su acción no es el Pueblo de Dios, sino la organización eclesiástica, estamos ante una Iglesia autorreferencial. Cuando nos sentimos superiores a otros por cumplir determinadas normas o por ser inquebrantablemente fieles a un cierto estilo católico propio del pasado, cuando en lugar de evangelizar y de facilitar el acceso a la gracia, lo que hacemos en analizar, clasificar y controlar a los demás, estamos ante una Iglesia autorreferencial.

La Iglesia debe salir de sí misma, centrar su mirada en Jesucristo y entregarlo a los pobres. Es importante, dice el Papa, tomarle gusto “al aire puro del Espíritu Santo, que nos libera de estar centrados en nosotros mismos, escondidos en una apariencia religiosa vacía de Dios”.

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28
Mar
2014
El cristiano: sacerdote, profeta y rey
23 comentarios

“El domingo pasado bautizamos a nuestra cuarta nieta. El sacerdote le dijo que desde aquel momento ella era "sacerdote", "profeta" y "reina". ¿Qué significado tiene esto? Como mujer, y de momento, nada de sacerdocio femenino. De reina, lo mismo, pues no es de sangre azul. Sólo le queda la oportunidad de ser profeta, pero no de imitación, pues ella, como cada uno de nosotros, somos irrepetibles”. Este era el comentario que un amable lector dejaba en un reciente post de este humilde blog. Dado que la cuaresma es un tiempo “catecumenal”, en el que los cristianos nos preparamos para renovar las promesas bautismales, me parece oportuno decir una palabra sobre uno de los momentos del rito bautismal.

El aceite, junto con el agua y la luz, es uno de los tres símbolos del bautismo. El ministro, después de ungir con oleo al recién bautizado, le proclama “sacerdote, profeta y rey”. ¿Qué puede significar esto? El sacerdocio que recibimos con el bautismo no es el ministerial, sino uno previo y más importante: el sacerdocio que nos hace partícipes del único sacerdocio de Cristo. Todo cristiano es sacerdote, o sea, está llamado a hacer de su vida una continúa alabanza al Padre. Sacerdote es el que bendice (el cristiano siempre habla bien de Dios y de los hermanos), el que alaba al Señor, el que ora e intercede por los demás. El cristiano es además profeta, o sea, alguien llamado a proclamar las maravillas de Dios, a dar testimonio público de Jesucristo, a ser promotor de paz y de verdad, a denunciar la injusticia y la mentira, a oponerse a todo lo que daña a sus hermanos. Porque el profeta no es el que adivina el futuro, sino el que lee los acontecimientos a la luz del Evangelio, y así tiene las claves para interpretar la historia presente y la futura. Y el cristiano es rey: los reyes no están sometidos a nadie, son libres. Se ha arrancado de la vida del cristiano la raíz de toda esclavitud, que es el pecado, y así es libre para hacer el bien. La libertad se realiza sólo en el bien. El mal no nos hace libres, sino esclavos.

Probablemente, estos títulos del cristiano no sean fácilmente comprendidos y necesiten ser explicados. Para eso están las catequesis pre-bautismales. Tampoco estaría mal que se encontrasen otras formulaciones equivalentes que, al menos de cara a los no cristianos, pudieran resultar más significativas. ¿Sería mucho atrevimiento traducir así los títulos cristianos de sacerdote, profeta y rey: el cristiano es una persona llamada a vivir de modo semejante a como vivió Cristo, haciendo de su vida una completa obediencia a la voluntad del Padre; a pensar con la mentalidad de Cristo, buscando siempre el bien, la verdad y la justicia; y libre de todo aquello que le impide amar con un corazón como el de Cristo.

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25
Mar
2014
Contamos historias: cada uno la suya
1 comentarios

Cada uno, cada grupo humano, cada comunidad eclesial, debe plantearse la pregunta de qué tiene que hacer y de cómo hacerlo, y encontrar sus propias respuestas. Los otros, sin duda, pueden ayudarnos. Será bueno conocer lo que otros hacen o piensan, pero al final el análisis de su situación, la búsqueda de respuestas y la responsabilidad es de cada uno. Me parece que esto va en línea con lo que el Papa Francisco ha dicho en su exhortación apostólica, cuando se ha referido a la necesaria descentralización de la Iglesia y al papel de cada Iglesia local: “No debe esperarse del magisterio papal una palabra definitiva o completa sobre todas las cuestiones que afectan a la Iglesia y al mundo. No es conveniente que el Papa reemplace a los episcopados locales en el discernimiento de todas las problemáticas que se plantean en sus territorios. En este sentido, percibo la necesidad de avanzar en una saludable descentralización”.

Lo que dice el Papa con respecto a los Obispos, valdría también de cada Obispo con respecto a sus párrocos y a las parroquias. Porque cada parroquia es distinta. Y, sobre todo, cada persona es distinta. Cada uno tiene que hacer su propio camino. Un camino en comunión con los demás creyentes en Jesús. Una comunión que potencia la personalidad de cada uno. Y una personalidad que se siente reforzada en la comunión. Porque la descentralización, o dicho en la perspectiva de esta reflexión, el que la historia sea propia de cada uno, no quita que tengamos mucho en común, mucho en lo que recibir ayuda y mucho en lo que ayudar. Somos responsables de nosotros mismos, pero no solitarios. Somos historia, hacemos historia, pero la historia que hacemos es una historia solidaria.

Porque somos historia contamos historias. Cada uno cuenta la suya. Y al escuchar las historias de los demás, reconozco en el otro a “otro yo”, con sentimientos como los míos, con reacciones parecidas a las mías, con dificultades semejantes a las mías. La historia nos hace humanos y nos hace reconocibles como humanos. Solo los humanos tenemos una historia que contar. Por eso, siendo distintos, somos tan semejantes. Ocurre lo mismo con la historia de los creyentes: cada uno puede contar su propio proceso de conocimiento y acercamiento a Jesús, pero al escuchar la historia de otros creyentes me reconozco en ellos. Y al reconocerme, me siento hermano, de la misma familia. La gran familia de los creyentes, la Iglesia, asamblea en la que cada uno tiene su propia historia, pero reconoce que la del otro es una historia semejante. De este modo nuestras historias nos unen.

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21
Mar
2014
Somos historia
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Somos historia porque somos finitos, limitados. Porque nuestra vida se acaba. Por eso la vida va pasando. Cada hoja del calendario, cada aniversario nos recuerda el inexorable paso de los días. Aunque, en realidad, los días no pasan; pasamos nosotros. Si la vida no se acabase, no pasaría, la tendríamos siempre en nuestras manos. El tiempo que pasa se convierte en historia. En la historia que somos cada uno.

Somos historia porque hemos nacido. ¿Nacemos para morir? En todo caso, ser viviente es ser falleciente. La cuestión no es si nacemos para morir. Eso es una evidencia. La cuestión es qué ocurre en la muerte. ¿Con ella todo se acaba? ¿Es el final de la vida? ¿Y si la muerte fuera el camino hacia la vida sin fin? La fe cristiana responde positivamente a este pregunta. Esta respuesta no se fundamenta en las fuerzas y posibilidades del ser humano. Su fundamento está en la esperanza. La esperanza que suscitó la vida de Jesús, sus palabras, su modo de vivir y de morir.

Los que convivieron con Jesús, dieron testimonio de que tras su martirio, Jesús seguía actuando en sus vidas. Eso sólo podía significar que estaba vivo. Porque los muertos no actúan. Y si estaba vivo, se le podía encontrar, entonces y ahora. Mucha gente, acogiendo este testimonio, ha encontrado un sentido para sus vidas. No sólo un sentido para la muerte. También un sentido para la vida. El encuentro con Jesús, por una parte, logra que se pueda vivir sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte. Y, por otra, produce un cambio en la vida. La vida ya no es como antes del encuentro. De pronto, los valores que Jesús enseñó y vivió se convierten en los valores con los que oriento mi vida.

Esos valores no ofrecen soluciones concretas para los grandes problemas con los que hoy tenemos que enfrentarnos a todos los niveles: político, social, económico, familiar y eclesial. Hacen algo mejor. Porque las soluciones concretas valen para un tiempo preciso y un lugar determinado. Si Jesús hubiera ofrecido soluciones, no serían válidas para hoy. Jesús hace algo más duradero. Sus hechos y palabras despiertan nuestra imaginación para que encontremos hoy soluciones a las necesidades de hoy, en este lugar preciso en el que encontramos. Los creyentes de otros lugares y de otros tiempos tendrán que encontrar otras soluciones, inspiradas en los mismos valores, pero concretizadas en función de otras circunstancias.

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17
Mar
2014
Alegato por un San José sin tópicos
9 comentarios

San José es una figura muy querida en la Iglesia. Son pocos los datos que tenemos sobre él. Es lógico que la piedad popular haya querido suplir estos vacíos. Y así han aparecido algunos tópicos sin mucho fundamento, que se repiten como si fueran grandes verdades. Si ahora me muestro crítico con algunos de estos tópicos es precisamente para ensalzar la figura de San José, situándola más en consonancia con los datos bíblicos y con lo que se ajusta más al ambiente en el que vivió.

Primer tópico: la edad que tenía cuando se casó. A veces, lo han presentado como un anciano para asegurar mejor la falta de relaciones sexuales con su esposa y como figura necesaria para ocultar la concepción extramatrimonial de María. Puestos a conjeturar sobre la edad hay que sostener que José y María eran dos jóvenes hebreos, con la edad más adecuada para casarse.

Otro tópico: su oficio. Decir que era carpintero, y suponer que eso implicaba ser dueño de un pequeño negocio, no parece que responda a lo que dicen los Evangelios. La palabra griega tekton, utilizada por el evangelista Mateo, es más exacto traducirla por constructor. Algunos creen que José y Jesús pudieron haber trabajado en la reconstrucción de la ciudad de Séforis. Por otra parte, Jesús no habla de carpintería, pero sí habla de las piedras de los constructores, quizás porque sabía de eso por propia experiencia. José debía ser un obrero por cuenta ajena, un pobre entre los pobres. En aquella sociedad de campesinos, dueños o arrendatarios de pequeñas tierras, había gente más pobre que ni siquiera tenía un pedazo de tierra, en ocasiones porque se habían endeudado y habían tenido que venderla. Jesús conocía por experiencia familiar la realidad de la pobreza.

Finalmente, no parece muy acorde con el ambiente de la época decir que José, junto con su esposa, habría hecho voto de virginidad. En aquella sociedad religiosa esto resultaba inconcebible. Además, ¿cómo se entiende que dos jóvenes prometidos que, por tanto, pensaban casarse, hicieran voto de virginidad? Tampoco resulta muy coherente este voto con eso que dicen algunos escritores cristianos de los primeros tiempos: que los llamados hermanos de Jesús eran hijos de José.

Resultaría más coherente con el amor que se profesaban María y José, y con la acendrada piedad de estos dos jóvenes, que una vez constatado el embarazo de María, ambos hablasen largamente. El amor que José tenía por María facilitaría que creyese la explicación de que ella no había tenido relaciones con otro varón. Y su profundo sentido religioso haría que ambos se inclinasen ante el misterio y vieran, sin comprender, la mano de Dios en este acontecimiento. Ellos, como buenos israelitas, sabían que Dios habla por medio de la historia. Y a partir de este acontecimiento, acogido con fe y sobre la base de su mutuo amor, emprendieron la difícil aventura de vivir de cara a Dios, poniéndose incondicionalmente en sus manos.

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16
Mar
2014
El silencio de José
16 comentarios

Los textos evangélicos no reproducen una sola palabra de José, el esposo de María. Se diría que presentan la figura de un hombre silencioso. Hay muchos tipos de silencio. Está el silencio de los muertos o el del que no tiene nada que decir, porque su vida está vacía. Está el silencio lleno de tristeza del desamparado, que sufre, llora y ha perdido toda esperanza. Está el silencio tenso que se establece cuando dos personas que no se aman se ven obligadas a estar en un mismo lugar. Está el silencio respetuoso ante un enfermo o ante una desgracia; el silencio lleno de amor que trasluce la mirada de los que se quieren. Y está el silencio del que escucha atentamente lo que el amado tiene que decirle. Sin duda, este último silencio es el que mejor caracteriza a José de Nazaret. Los Evangelios lo presentan como un hombre siempre presto a escuchar la voz de Dios que habla a través de los acontecimientos de su vida y de la vida de aquellos que le han sido encomendados.

El silencio de José no tiene nada de ingenuo, no es el silencio del que no se entera o no quiere complicarse la vida. Porque José sí se entera: se entera de que su esposa está embarazada; se entera de que el niño está en peligro y, por eso, se lo lleva a Egipto; se entera de que su hijo se ha perdido y, por eso, lo busca. Y como se entera, tiene miedo. No un miedo que paraliza, sino un miedo inquietante, que le impulsa a buscar soluciones respetuosas con su esposa y le mueve a tomar decisiones valientes, como la de emigrar en busca de un porvenir mejor. José se arriesga como resultado de una reflexión, hecha posible gracias a un silencio que escucha, valora y discierne.

En este mundo nuestro el silencio no abunda. Hay personas permanentemente pegadas a unos auriculares. No sabemos escuchar. El mundo está lleno de ruido y de furor. Sobran gritos sin sentido y palabras altisonantes. Necesitamos espacios de paz, silencios que no condenen y permitan el reencuentro. Cierto, ante muchas injusticias se necesita una palabra fuerte y profética. Pero otras veces las palabras descalificadoras aumentan la distancia entre pueblos y personas. Jesús, el hijo de José, en la cruz, guardaba silencio ante el insulto y no profería amenazas. A veces, políticos y eclesiásticos pierden una buena ocasión para callarse. Y en las relaciones interpersonales, el silencio ha sido, más de una vez, el comienzo de una reconciliación. Mi madre solía recordar el dicho de una amiga suya: “nunca me he arrepentido de haberme callado”.

La carta de Santiago recomienda ser diligentes para escuchar y tardos para hablar (1,19), puesto que la verdadera sabiduría no se demuestra a base de palabrería, sino con “obras hechas con dulzura” (3,13). En esto San José es todo un ejemplo. Su tarea de custodio de María y de Jesús es un modelo de humanidad que invita a todos a ser custodios unos de otros, a protegernos mutuamente.

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12
Mar
2014
He visto la aflicción de mi pueblo
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Cuenta el libro del Éxodo que Yahvé se apareció a Moisés y le dijo: “He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, he escuchado el clamor ante sus opresores y conozco sus sufrimientos”. Ante la situación de opresión que padece el pueblo, y de la que Dios es muy consciente, ¿cuál es la postura que adopta Dios? ¿Hará acaso una llamada a la resignación? ¿Pedirá a su pueblo que acepte el sufrimiento como penitencia por sus pecados? ¡De ninguna manera! La reacción de Yahvé se parece mucho a una protesta. Y tiene dos momentos. El primero, “bajar” para librar a los suyos de la mano de los egipcios que los esclavizan. Yahvé es el que visita a su pueblo, el solidario con su pueblo. El segundo momento, complementario del primero, es conducir a su pueblo “a una tierra buena y espaciosa”, una tierra que, según dice el libro del Éxodo, “mana leche y miel”. Es la tierra de Dios, que precisamente para seguir siendo de Dios, tiene que ser una tierra de fraternidad. Y allí donde hay fraternidad hay abundancia de bienes.

Esta historia, en la que Dios se muestra contrario a la opresión, encuentra su plenitud en Jesús de Nazaret. Sus milagros y curaciones son un signo de que el Dios que actúa por medio de él, es un Dios de vida y libertad. Se comprende así que el libro de los Hechos de los Apóstoles, cuando quiere resumir de forma lapidaria lo que fue la vida de Jesús, afirme que “pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos, porque Dios estaba con él”. Jesús toma partido a favor del bien y en contra de toda opresión, precisamente porque Dios está con él. Si nosotros queremos ser unos buenos seguidores de Jesús, tenemos ahí una línea para nuestra actuación. La postura adecuada frente al mal y al sufrimiento no es la pasividad o la resignación. La postura correcta es la toma de partido que se traduce en lucha a favor del bien y en oposición a toda forma de mal.

Cierto, el mal y el sufrimiento son elementos constitutivos de este mundo. Somos seres limitados. Pero lo más doloroso no es el sufrimiento que provoca la limitación, sino el sufrimiento que nos provocamos unos a otros, a causa de nuestro egoísmo, y mal usando nuestra libertad. Por mucho que nos empeñemos nunca lograremos erradicar todo sufrimiento de esta tierra. El cristiano espera que llegará un día en que Dios desvelará su misterio de amor y nos sorprenderá con un “cielo nuevo y una tierra nueva” en donde habite la justicia, y donde el bien sea el componente de toda la realidad. Esta esperanza ha podido conducir, en ocasiones, a la resignación. Pero la esperanza cristiana no permite que nos desentendamos de la construcción de un mundo mejor, antes bien, es un acicate más para anticipar ya en este mundo el cielo que Dios prepara para todos.

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9
Mar
2014
Si es monolítico no es eclesial
6 comentarios

Hace unos días, un amigo me manifestaba su alegría ante una noticia que acababa de leer, a saber, que el Cardenal Sandri puso como ejemplo de santidad a tres Obispos mártires por ser fieles a su opción preferencial por los pobres, el argentino Enrique Angelelli, el mexicano Juan Jesús Posadas y el salvadoreño Óscar Romero. En mi rápida respuesta le decía: Es una buena demostración de que la Iglesia es más plural de lo que algunos piensan y de que hay muchos modos de seguir a Cristo.

Decir que la Iglesia es plural y que hay muchos modos de seguir a Cristo va más allá de constatar que en la Iglesia hay distintos grupos, movimientos o congregaciones religiosas. El pluralismo significa que la misma concepción cristiana de la vida puede conducir a ofrecer respuestas divergentes a problemas que parecen iguales, debido al distinto contexto cultural en el que se viven y al distinto análisis de la situación que uno hace. La respuesta cristiana ante la pobreza no puede ser la misma en un contexto social rico y democrático o en contexto social pobre y, en muchas ocasiones, políticamente opresivo. Además, en el primer contexto, la crítica suele ser más o menos tolerada; en el segundo contexto la palabra profética puede conducir al martirio.

Más aún, repetir palabras muy ortodoxas no garantiza que sean entendidas correctamente. Dígase lo mismo de la santidad. Hay modos de ser santo que algunos pueden no entender. Si alguien quisiera vivir el Evangelio con moldes eclesiales medievales, sin duda podría ser santo; pero esta santidad corre el riesgo de no ser entendible ni significativa para muchas personas de hoy. Se puede ser santo y ser un mal testigo. Tiene su sabiduría ese dicho de que cada uno tiene el santo de su devoción. Porque no todos los estilos de santidad convienen a todas las personas.

Desgraciadamente algunos confunden ser cristiano y ser santo con modos de pensar políticamente conservadores, modos de vivir sin complicarse la vida, y discursos teológicos superados, por no decir integristas. Quienes así piensan merecen respeto, pero tienen dificultades en entender que la fe y la vida cristiana son más amplias que sus entendederas, sus comodidades y sus preferencias. En esta línea, el Papa Francisco se ha posicionado contra una doctrina monolítica, defendida por todos sin matices. Y ha recordado el principio de la jerarquía de verdades. No hay ahí ningún relativismo doctrinal. Lo que hay es capacidad para distinguir lo accesorio de lo esencial, y para entender la doctrina y el dogma no en función de sí mismos, sino a la luz del misterio central de Cristo.

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5
Mar
2014
Mujer, tema sensible
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Cada 8 de marzo se celebra el día internacional de la mujer, recordando que en 1857 un grupo de obreras salió por las calles de Nueva York a protestar por las míseras condiciones en las que trabajaban. ¿Tiene sentido continuar celebrando el día de la mujer en pleno siglo XXI? No cabe duda de que los avances en el terreno de los derechos de la mujer han sido importantes en los últimos años. Cierto, todavía queda mucho por conseguir. Pero eso que queda por hacer resulta especialmente urgente y necesario en aquellos lugares donde no sólo la mujer, sino la mayoría de las personas, tienen carencias de todo tipo. Es claro que la mayoría de las mujeres africanas necesitan mucha ayuda, pero no solo ellas, también tantas personas que no tienen lo necesario para vivir y que se juegan la vida montándose en unas malas pateras, pensando que si pisan tierra española o europea habrán encontrado el paraíso.

Si aparcamos, aunque solo sea metodológicamente, estas situaciones extremas, que nunca debemos dejar de lado, y centramos nuestra mirada en las mujeres con las que convivimos en nuestros prósperos países europeos, ¿tenemos hoy algo que reclamar que concierna específicamente a las mujeres? Tenemos muchas cosas que reclamar todos juntos sin distinción alguna entre varón y mujer. Por ejemplo, una mayor limpieza en la política, un mejor empleo del dinero público, un reparto más equitativo del trabajo, y tantas otras cosas. Cierto, las estadísticas indican que, en algunas cosas, las mujeres resultan desfavorecidas con respeto a los varones. Por el mismo trabajo, cobran más ellos que ellas. En esta reclamación de un salario más justo para todas y todos, los varones de bien deberíamos ocupar la primera línea de la reclamación.

¿Hay motivos para pensar que en la Iglesia las mujeres tienen todavía derechos no atendidos? Sin duda. El problema se plantea a la hora de indicar esos derechos. El Papa, en la Evangelii Gaudium, tras reconocer el trabajo pastoral de las mujeres y sus aportes a la reflexión teológica, dice que es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia y, más en concreto, en aquellos lugares eclesiales dónde se toman las decisiones importantes. Se ha publicado que alguna mujer será nombrada para presidir algún Secretariado de la Santa Sede. Veremos. ¿Es posible encontrar otras mediaciones operativas para que la presencia de la mujer en la Iglesia sea de verdad efectiva? Este es un tema sensible, en el que las tomas de posición, no solo entre los varones, sino también entre las mujeres, están condicionadas por la experiencia y la mentalidad de cada uno. Tenemos ahí un largo camino por recorrer. Un camino que exige tiempo, paciencia, diálogo y mucha comprensión.

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