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May2014Por algo será
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May
Cuando queremos defender una postura o proposición mantenida por una autoridad a la que respetamos, pero no conocemos los motivos por los que esa autoridad dice lo que dice, muchas veces nuestro argumento es recurrir al “por algo será”. Con eso queremos decir que cuando esa persona actúa así, tendrá sus razones, aunque yo no las sepa, y esas razones son buenas. Pero este tipo de argumentos (el “por algo será”) no explican nada, porque valen para todo. Quizás son expresión de confianza en una persona. Pero los humanos, además de confiar, queremos conocer los motivos de lo dicho o hecho, no necesariamente como signo de desconfianza, sino para poder confiar con más razones. Comprender los motivos que una persona tiene, es conocerla mejor, y así amarla más. En ocasiones el “por algo será” es una apelación a la obediencia ciega. Este tipo de apelaciones esconde la falta de razones. Y cuando no hay razones para decir, hacer, pedir o imponer algo, estamos ante el triunfo de la sin razón. Y la sin razón no es propia de los humanos. Más bien embrutece y deshumaniza.
En el terreno religioso son frecuentes estas apelaciones al “por algo será”. Pero precisamente lo que interesa es explicitar, concretar y dar nombre al “algo”. Lo que las personas inteligentes y sensatas buscan y necesitan es conocer el motivo, la razón, el porqué. Santo Tomás de Aquino decía que una discusión puede tener dos finalidades. Si se trata de saber a qué atenerse a propósito de un hecho, hay que apelar, en teología, a las autoridades reconocidas por el interlocutor. Pero cuando el debate trata de instruir al estudiante y de llevar así a la inteligencia de la verdad en cuestión, hay que ofrecer razones y explicaciones que iluminen esta verdad y permitan saber cómo lo que se dice puede ser verdad. Pues si el maestro se contenta con invocar las autoridades (“por algo será”), es posible que aporte a su alumno una certeza, pero, lejos de transmitirle una inteligencia o un saber le dejará tan vacío como antes.
Esto vale igualmente en el terreno de la moral. Si ante un acto que nos parece cristianamente reprobable, nos contentamos con decir que “es pecado”, pero no damos buenas razones de por qué no debe hacerse, o dicho de otra manera, si no convencemos de que el acto en cuestión es malo, es posible que evitemos de momento que se cometa, pero a la larga, es mucho más eficaz convencer de lo perjudicial que es, para uno mismo y para los demás, este modo de obrar. En moral no basta con apelar al pecado ante un determinado comportamiento. Hay que buscar el modo de probar que nos hacemos daño al adoptarlo.
Se puede creer en Dios sin creer en Dios. O creer en Dios sin ser creyente. O creer en Dios y, al mismo tiempo, no creer en Dios. No es un juego de palabras. Es un asunto muy serio. En efecto, la pregunta sobre si uno cree en Dios puede tener un doble sentido. Para muchos de nuestros contemporáneos significa: ¿cree usted que Dios existe? Tomada así, cualquier respuesta (sí, no, no lo sé) expresa una opinión. Más o menos fundamentada, pero una opinión. Porque Dios nunca es una evidencia. Ni tampoco una demostración o una deducción que se impone necesariamente. En este sentido cabría decir que la fe en Dios tiene un aspecto equiparable a la duda, como ya notaba Tomás de Aquino. Entiéndase bien: la mayoría de los que creen que Dios existe, no dudan de que exista. Pero son conscientes de que su convicción no se impone necesariamente. Se trata de una convicción razonable (tiene sus motivos y esos motivos son muy serios), pero no es necesariamente concluyente. Porque otros, igualmente con motivos serios, “creen” (tampoco pueden demostrarlo) que Dios no existe.
El primer artículo del Credo, que confiesa a Dios como Creador, está estrechamente relacionado con el último, que habla de resurrección de los muertos. Ambos artículos se refieren a la vida: Dios, como Creador, está en el origen de la vida; él hace surgir el ser del no ser, llama a la existencia a lo que no es. Y el Dios que resucita a los muertos es también un Dios amante de la vida, que quiere seguir amando por toda la eternidad a aquellos a los que ha amado desde el comienzo. El Credo se abre y se cierra con la vida. Todo él está al servicio de la vida. Nuestro Dios es un Dios de salvación.
Durante toda la semana de Pascua, la primera lectura de la liturgia eucarística, repite como si fuera un estribillo: “vosotros lo matasteis (a Jesús), pero Dios lo resucitó”. No fue Dios quién entregó a Jesús a la muerte, sino unos hombres malvados que no pudieron soportar su vida y su palabra. Porque cuando uno se encuentra con un profeta tan incisivo y coherente como Jesús de Nazaret, no hay neutralidad posible. Solo caben dos posturas: o convertirse o rechazarle. Precisamente el reproche que Jesús lanza contra algunos judíos es “que no han creído en mi”. Y, al no creer en Jesús, no han creído en el que le ha enviado. Es significativo este texto del evangelio de Juan: “si no hubiera hecho entre ellos obras que no ha hecho ningún otro, no tendrían pecado; pero ahora las han visto, y nos odian a mi y a mi Padre” (Jn 15,24). Es posible odiar al Padre, al Hijo y al Espíritu, habiendo visto obras asombrosas.
Hay algo en común en la negación de Pedro y en la traición de Judas, aunque evidentemente lo común no quita las diferencias. Y las diferencias son las que hacen que no podamos situarlas al mismo nivel, ni tengan las mismas consecuencias. Pedro y Judas han sido grandes amigos de Jesús. Cuando las cosas vienen mal dadas, Pedro le niega, pero lo hace tan mal, que se nota que es de los suyos (Jn 18,17.25-27). Niega a disgusto, niega de mala gana. Niega, pero se nota que no está cómodo con la negación. Hay dos maneras de pecar: a gusto y a disgusto. Solo cuando aparece el disgusto en el pecado, hay posibilidad de arrepentimiento y de conversión. El disgusto puede aparecer en el mismo hecho del pecado o después. En el caso de Pedro se diría que aparece en el mismo pecado. Ojalá que todos mis pecados fueran así.
Según el relato evangélico que leeremos el domingo de ramos, Judas Iscariote tasó la vida de Jesús en 30 monedas de plata (Mt 26,15). Este precio es tanto más ridículo si se recuerda que pocos días antes de traicionar a Jesús, Judas había tasado en 300 monedas de plata el perfume que María, la hermana de Marta y de Lázaro, derramaba sobre Jesús (Jn 12,5). Era, sin duda, un perfume de calidad. Pero es sangrante que el frasco de perfume sea el equivalente al precio de 10 hombres.