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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

19
May
2014
Por algo será
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Cuando queremos defender una postura o proposición mantenida por una autoridad a la que respetamos, pero no conocemos los motivos por los que esa autoridad dice lo que dice, muchas veces nuestro argumento es recurrir al “por algo será”. Con eso queremos decir que cuando esa persona actúa así, tendrá sus razones, aunque yo no las sepa, y esas razones son buenas. Pero este tipo de argumentos (el “por algo será”) no explican nada, porque valen para todo. Quizás son expresión de confianza en una persona. Pero los humanos, además de confiar, queremos conocer los motivos de lo dicho o hecho, no necesariamente como signo de desconfianza, sino para poder confiar con más razones. Comprender los motivos que una persona tiene, es conocerla mejor, y así amarla más. En ocasiones el “por algo será” es una apelación a la obediencia ciega. Este tipo de apelaciones esconde la falta de razones. Y cuando no hay razones para decir, hacer, pedir o imponer algo, estamos ante el triunfo de la sin razón. Y la sin razón no es propia de los humanos. Más bien embrutece y deshumaniza.

En el terreno religioso son frecuentes estas apelaciones al “por algo será”. Pero precisamente lo que interesa es explicitar, concretar y dar nombre al “algo”. Lo que las personas inteligentes y sensatas buscan y necesitan es conocer el motivo, la razón, el porqué. Santo Tomás de Aquino decía que una discusión puede tener dos finalidades. Si se trata de saber a qué atenerse a propósito de un hecho, hay que apelar, en teología, a las autoridades reconocidas por el interlocutor. Pero cuando el debate trata de instruir al estudiante y de llevar así a la inteligencia de la verdad en cuestión, hay que ofrecer razones y explicaciones que iluminen esta verdad y permitan saber cómo lo que se dice puede ser verdad. Pues si el maestro se contenta con invocar las autoridades (“por algo será”), es posible que aporte a su alumno una certeza, pero, lejos de transmitirle una inteligencia o un saber le dejará tan vacío como antes.

Esto vale igualmente en el terreno de la moral. Si ante un acto que nos parece cristianamente reprobable, nos contentamos con decir que “es pecado”, pero no damos buenas razones de por qué no debe hacerse, o dicho de otra manera, si no convencemos de que el acto en cuestión es malo, es posible que evitemos de momento que se cometa, pero a la larga, es mucho más eficaz convencer de lo perjudicial que es, para uno mismo y para los demás, este modo de obrar. En moral no basta con apelar al pecado ante un determinado comportamiento. Hay que buscar el modo de probar que nos hacemos daño al adoptarlo.

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15
May
2014
Intrusos que arman lío
4 comentarios

He tenido ocasión de charlar con el Obispo de una diócesis del interior del Uruguay. Me ha contado que en su demarcación trabajan 21 sacerdotes, pero solo dos de ellos están incardinados a la diócesis. Los otros son religiosos extranjeros. Uno de estos religiosos, al que yo le preguntaba por el número de capillas a las que atendía, me ha dejado claro que lo importante no son las capillas, sino las comunidades. La mayoría de los religiosos que trabajan en esta diócesis son bien conscientes de que su principal tarea no es atender al culto, sino evangelizar. Uruguay es el país más secularizado de Latinoamérica. La gente no acude a las Iglesias. Por este motivo hay que salir a buscarla. Ahí se comprende eso que dice el Papa Francisco de salir a las calles para armar lío.

En realidad esos religiosos son intrusos a los que nadie ha llamado. La gente no les espera ni es consciente de necesitarlos. Pero hay dos maneras de ser un intruso. Una, estando de paso, dando la lata y poniéndose pesado, como hacen algunas sectas. Otra manera es hacerse presente, dándose a conocer, pero sin imponer nada, respetando la libertad de la gente. La labor evangelizadora es muy lenta. Las comunidades que se forman son pequeñas. Pero muy comprometidas con su fe. Y con gran sentido crítico, precisamente favorecido por la laicidad del estado.

En la nación vecina del Paraguay, el sacerdote es calificado de “pa’í”. En guaraní “pa´í” quiere decir “dios pequeño”. Por eso, lo que dice el cura va a misa, nunca mejor dicho. En Uruguay, el cura en realidad es “el vecino” (así me ha dicho que le trataban un misionero dominico), y por eso lo que él dice es valorado críticamente. Nunca ha sido fácil anunciar el Evangelio. Hoy estamos llamados a hacerlo en todo tipo de ambientes. Pero es claro que en un mundo secularizado la misión tiene dificultades propias que hay que saber afrontar.

He conocido a tres religiosos laicos de una Congregación francesa, los Hermanos de La Mennais, que dirigen un Colegio de apoyo a chicas y chicos con problemas de todo tipo. Digo bien de apoyo: el Colegio no sustituye la enseñanza que esos jóvenes reciben en el Centro público al que acuden, sino que la apoya de forma desinteresada y gratuita. En una de las principales aulas de este Centro, que hace escuela de otra manera, hay una viñeta del famoso personaje del comic argentino Mafalda, que le dice a su hermano: “Sonamos (=no fastidies) Guille. Resulta que si uno no se apura en cambiar el mundo, después es el mundo el que lo cambia a uno”.

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11
May
2014
¿Ayuda a los pobres o promoción humana?
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En los márgenes del río Paraguay, a su paso por Asunción, hay una serie de barrios populosos, con casas construidas con cartón y madera, con calles de tierra, por las que se pasea algún animal, y por las que niños descalzos juegan con una pelota. Allí se percibe la pobreza de grandes capas del mundo latinoamericano. Estos barrios no son turísticos. Pero son muy reales. En uno de esos barrios de los márgenes del río, un dominico, fray Pedro Velasco, ha conseguido que, poco a poco, sus habitantes tengan asistencia sanitaria, que los niños sean escolarizados, que haya una oficina que concede créditos solidarios a bajo interés, una emisora de radio, una escuela de danza y música, un comedor en el que cada día almuerzan gratuitamente 150 niños, y una pequeña empresa en la que los habitantes del barrio venden basura, sí, basura. Es interesante visitar esta empresa: mujeres del barrio llevan con sus brazos carretillas llenas de desperdicios, que venden a peso; otra gente del barrio separa los distintos tipos de plástico, el vidrio y el cartón; una vez separado lo prensan; luego venden los paquetes a una empresa que recicla este material. La empresa compradora también recibe basura de otros países, con una diferencia sorprendente e injusta: por la basura extranjera pagan el doble.

En este barrio hay la misma pobreza y hasta las mismas miserias que en otros: drogas, violencia, familias desestructuradas. Pero no tanta droga ni tanta violencia como en otros. Más aún: en este barrio los y las jóvenes que antes iban con una botella en la mano, ahora llevan una guitarra o unas zapatillas de danza o de deporte. Porque la escolarización, la sanidad, la promoción a todos los niveles, ha logrado elevar el nivel moral, la autoestima de las personas y la conciencia de su dignidad. Naturalmente, la labor de este dominico ha sido posible gracias a muchos voluntarios del propio barrio. Pero también gracias a la ayuda económica venida de España.

Personas del propio país también colaboran con sus aportaciones. Sin embargo, algunas de estas personas se muestran dispuestas a ofrecer dinero para una ayuda puntual y concreta, pero no están contentas cuando ven que esa ayuda se traduce en promoción social, porque la gente promocionada plantea problemas: al ser conscientes de su dignidad, al tener acceso a la cultura, también saben protestar y ofrecer razones de su protesta; de pronto esa gente promocionada cobra conciencia de que la pobreza no es un asunto natural, sino histórico, político y estructural; y esta toma de conciencia resulta molesta. Dar de comer al pobre tranquiliza conciencias; dignificar a las personas plantea problemas.

Una última reflexión a propósito de las aportaciones españolas: cuando la economía iba bien, las ayudas no faltaban. Ahora que hay crisis, son mucho más parcas. Es fácil ser generoso con lo que a uno le sobra; lo difícil es compartir y ser solidario cuando eso supone un pequeño sacrificio y nos obliga a ser un poco más austeros.

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6
May
2014
Creer en Dios sin creer en Dios
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Se puede creer en Dios sin creer en Dios. O creer en Dios sin ser creyente. O creer en Dios y, al mismo tiempo, no creer en Dios. No es un juego de palabras. Es un asunto muy serio. En efecto, la pregunta sobre si uno cree en Dios puede tener un doble sentido. Para muchos de nuestros contemporáneos significa: ¿cree usted que Dios existe? Tomada así, cualquier respuesta (sí, no, no lo sé) expresa una opinión. Más o menos fundamentada, pero una opinión. Porque Dios nunca es una evidencia. Ni tampoco una demostración o una deducción que se impone necesariamente. En este sentido cabría decir que la fe en Dios tiene un aspecto equiparable a la duda, como ya notaba Tomás de Aquino. Entiéndase bien: la mayoría de los que creen que Dios existe, no dudan de que exista. Pero son conscientes de que su convicción no se impone necesariamente. Se trata de una convicción razonable (tiene sus motivos y esos motivos son muy serios), pero no es necesariamente concluyente. Porque otros, igualmente con motivos serios, “creen” (tampoco pueden demostrarlo) que Dios no existe.

La pregunta sobre si cree uno en Dios tiene otro sentido mucho más importante. Este segundo sentido presupone que uno ha respondido afirmativamente a la pregunta en el sentido que le hemos dado anteriormente. En efecto, cuando uno está convencido de que Dios existe, cabe una segunda pregunta: ¿se fía usted de Dios? Entonces, la pregunta por si uno cree en Dios equivale a la pregunta por si confiamos en él y le obedecemos. Solo cuando respondemos afirmativamente al segundo sentido que tiene la pregunta, solo entonces podemos decir que creemos de verdad. Creer se convierte así en expresión de una entrega, en un modo de encuentro, en una relación.

¿Cree usted en Dios? Para muchos de nuestros coetáneos, este pregunta sigue el mismo modelo de estas otras: ¿cree usted en Papa Noel? ¿cree usted en los marcianos? O también: ¿cree usted en el monstruo del lago Ness? Los indicios son equívocos y esto explica que las opiniones estén divididas. Pero cuando al buen creyente le preguntan si cree en Dios, la pregunta entra de lleno en el terreno del compromiso vital. Es una cuestión práctica, no una proposición intelectual. No se pregunta por una opinión, sino por una relación.

Según la carta de Santiago, los demonios creen en Dios, o sea, creen que existe, pero le odian y, por eso, no cumplen su voluntad y tiemblan ante su presencia. Así se comprende que se puede creer en Dios (estar convencido de que existe) y, al mismo, no creer en Dios (o sea, hacer lo que desagrada a Dios), confesarle con los labios y negarle con la vida y el corazón.

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1
May
2014
El modelo es el poliedro
11 comentarios

Entre los preciosos dones que Jesús dejó a los suyos están la paz y la alegría. Estos dones contribuyen a la fraternidad. La Iglesia debería ser un reciento de paz, justicia y fraternidad, en el que reina la alegría. Cuando lo es, la Iglesia se convierte en un sacramento para el mundo, en un signo de aquello a lo que están llamados todas las personas y sociedades. En la Iglesia debería darse la prueba visible de que es posible vivir en el amor y es posible entenderse no a pesar de las diferencias, sino asumiendo y respetando las diferencias. De ahí que el Papa nos exhorte a superar las pequeñas guerras, las disputas y los celos en el seno de la comunidad eclesial. Más bien debemos alegrarnos con los frutos ajenos, que son de todos.

Un recinto de paz y fraternidad no es un lugar de uniformidad. Precisamente por eso no está exento de tensiones. En vistas a desarrollar una comunión en las diferencias, el Papa Francisco propone la imagen del poliedro. La realidad es un asunto poliédrico, porque en la vida y en la convivencia aparecen aristas. La solución no es anularlas o destruirlas, sino armonizarlas. “El modelo, dice el Papa, no es la esfera, donde cada punto es equidistante del centro y no hay diferencias entre unos y otros. El modelo es el poliedro, que refleja la confluencia de todas las parcialidades que en él conservan su originalidad”. En el poliedro social y eclesial es posible recoger la mejor de cada uno. A este respecto el Papa dice algo sumamente interesante: “aun las personas que puedan ser cuestionadas por sus errores, tienen algo que aportar que no debe perderse”.

No se trata solo que del error haya que aprender a no repetirlo. Se trata también de que no todo es rechazable en el error (en sentido amplio: error doctrinal y error moral). Hay cosas buenas mezcladas con cosas malas, como está mezclado el trigo con la cizaña. Es necesario ir con cuidado a la hora de los rechazos o de las quemas, no sea que terminemos por rechazar o por quemar algunas o muchas cosas buenas. No hay nadie tan malo que no tenga algo bueno, ni alguien tan bueno que no tenga muchas cosas que mejorar y rectificar. Necesitamos una mirada que nos ayude a ver despuntar el trigo en medio de la cizaña. Si somos capaces de ello no nos quedaremos solo con reacciones quejosas y alarmistas, sino que, como Jesús, no apagaremos la mecha vacilante; más aún, sabremos valorar y aprovechar esa vacilación. Dios valora los pequeños pasos, aprecia la bondad que hay en cada uno. A la hora de valorar la vida de cada uno, quizás un día nos sorprenda comprobar lo mucho que pesa la pequeña bondad.

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27
Abr
2014
Creación y resurrección
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El primer artículo del Credo, que confiesa a Dios como Creador, está estrechamente relacionado con el último, que habla de resurrección de los muertos. Ambos artículos se refieren a la vida: Dios, como Creador, está en el origen de la vida; él hace surgir el ser del no ser, llama a la existencia a lo que no es. Y el Dios que resucita a los muertos es también un Dios amante de la vida, que quiere seguir amando por toda la eternidad a aquellos a los que ha amado desde el comienzo. El Credo se abre y se cierra con la vida. Todo él está al servicio de la vida. Nuestro Dios es un Dios de salvación.

Entre creación y resurrección hay una relación estrecha, profunda e indisociable. En efecto, la resurrección presupone la creación (sin vida previa no hay resurrección), y la resurrección encuentra su mejor fundamento en la creación: si Dios puede dar vida una vez, ¿por qué no va a poder darla de nuevo? Mejor aún: si Dios puede dar vida, ¿por qué no va a poder mantenerla? ¿Para que se necesita más poder, para sacar vida de la nada o para mantener la vida en el ser? La mejor “prueba” de la resurrección (de la capacidad que Dios tiene de dar vida) es la creación. De este modo, la creación aparece como una verdad llena de esperanza.

Se crea o no se crea en Dios, la pregunta por el poder que ha dado origen a la vida, sea cual sea, aunque sea la casualidad, es también la pregunta por la posibilidad de que la vida aparezca de nuevo o permanezca: ¿por qué lo que ha ocurrido una vez no puede repetirse? ¿Por qué la buena suerte no va a poder tocar dos veces? Si además, Dios existe, entonces la fe en la resurrección resulta sumamente creíble, sobre todo si la fundamentamos en el poder y en el amor de Dios. El poder de Dios, que en la creación se ha manifestado con capacidad absoluta para dar vida, puede en la resurrección seguir ejerciéndose con la misma facilidad. Y si la creación tiene su origen en el amor de Dios hacia la criatura, entonces la resurrección resulta una consecuencia de este amor, pues el amante quiere siempre estar con el amado.

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23
Abr
2014
En compañia de Juan XXIII
9 comentarios

Benedicto XVI dispensó de los plazos necesarios para iniciar la causa de canonización de su predecesor. Francisco ha dispensado del milagro necesario para la canonización de Juan XXIII. Que Francisco asuma la herencia de su antecesor es lógico y normal. Lo significativo es lo que él añade por su cuenta: la canonización de Juan Pablo II no va a ser en solitario, sino en compañía de Juan XXIII. Se trata de dos figuras importantes en la reciente historia de la Iglesia. Una historia que no puede leerse desde un solo punto de vista. La vida de la Iglesia es poliédrica. El error de herejes y fundamentalistas es quedarse con uno solo de los aspectos de asuntos que son complejos y que hay que asumir con sus tensiones y matices.

Por ejemplo: cuando se insiste solo en la humanidad de Jesucristo se comete una herejía; pero igual de grave es la herejía que insiste solo en su divinidad. La verdad está en la conjunción copulativa que une al hombre y a Dios: Jesucristo es Dios verdadero y hombre verdadero. Dígase lo mismo de la Iglesia: es una comunión que no es uniformidad. Por eso hay diferencias dentro de la Iglesia, distintos modos de vivir la santidad, distintos caminos, distintas insistencias. El error no está en que yo prefiera, por mi talante, uno de esos caminos o insistencias; el error está en descalificar las insistencias o talantes que no me gustan.

Juan XXIII y Juan Pablo II vivieron en tiempos distintos y, sin duda, tenían distintas preocupaciones pastorales. Ambos merecen ser recordados con agradecimiento. En la plaza de San Pedro, cuando fue elegido Juan XXIII, algunos romanos comentaron: Il nouvo Papa sarà quel che sarà, ma la faccia de buono ce l’ha (el nuevo Papa será lo que sea, pero nadie puede negar que tiene un rostro que transpira bondad). Y así fue conocido y es recordado Juan XXIII: como el Papa bueno, cercano a la gente. Pero sobre todo, la gran obra de Juan XXIII fue el Concilio ecuménico Vaticano II. Un Concilio necesario en la Iglesia. Si no hubiera sucedido, hoy estaríamos peor. La dinámica que este Concilio desencadenó no tiene marcha atrás.

En su largo pontificado, Juan Pablo II buscó dar una nueva vitalidad evangelizadora a la Iglesia. Recuerdo algunos aspectos de su magisterio, que no han sido tan destacados como otros y que, sin embargo, tienen una gran importancia: su preocupación social, sus reflexiones antropológicas sobre el varón y la mujer, su preocupación por el diálogo entre fe y cultura y, finalmente, el progreso decisivo que con su magisterio se dio a la valoración cristiana de las religiones no cristianas, contribuyendo así de forma directa a la paz y la convivencia entre culturas y naciones.

En plan de buen humor y de broma he oído que, entre los que el domingo estarán en Roma, unos irán a la canonización de Juan XXIII y otros a la de Juan Pablo II. Me parece sano que cada uno tenga el santo de su devoción. Lo que no sería sano es pretender que mi santo es más santo porque el otro lo es menos.

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18
Abr
2014
¿Última impostura o última verdad?
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Durante toda la semana de Pascua, la primera lectura de la liturgia eucarística, repite como si fuera un estribillo: “vosotros lo matasteis (a Jesús), pero Dios lo resucitó”. No fue Dios quién entregó a Jesús a la muerte, sino unos hombres malvados que no pudieron soportar su vida y su palabra. Porque cuando uno se encuentra con un profeta tan incisivo y coherente como Jesús de Nazaret, no hay neutralidad posible. Solo caben dos posturas: o convertirse o rechazarle. Precisamente el reproche que Jesús lanza contra algunos judíos es “que no han creído en mi”. Y, al no creer en Jesús, no han creído en el que le ha enviado. Es significativo este texto del evangelio de Juan: “si no hubiera hecho entre ellos obras que no ha hecho ningún otro, no tendrían pecado; pero ahora las han visto, y nos odian a mi y a mi Padre” (Jn 15,24). Es posible odiar al Padre, al Hijo y al Espíritu, habiendo visto obras asombrosas.

Dios fue el que sacó a Jesús de la muerte. Ahí está, para los que creen, la gran prueba de que Jesús tenía razón y de que su camino era el bueno. Con la resurrección, Dios da la razón a Jesús y se la quita a sus asesinos. Por este motivo, proclamar la victoria de Cristo sobre la muerte es un discurso peligroso. Es llamativo el argumento que emplean los sumos sacerdotes y los fariseos, cuando van a Pilato a pedir una guardia para custodiar el cadáver de Jesús, temerosos de que los apóstoles roben el cuerpo y luego digan que ha resucitado: “la última impostura será peor que la primera” (Mt 27,64). Tenían más miedo de su resurrección que de su vida. Porque con la resurrección su vida se reafirma hasta límites insospechados.

Lo que para los fariseos es la última impostura, para los creyentes es la última verdad. Pero proclamar esta verdad implica que las autoridades no tenían razón; y que lo que ellas defendían –una religión basada más en el culto que en el amor a Dios y al prójimo- no tiene ningún futuro. El futuro, a pesar de tantas apariencias contrarias, se encuentra en la verdad, la vida, la belleza, la justicia y el amor. Por eso digo que la fe en la resurrección es un discurso y un recuerdo peligroso.

Con la resurrección todo comienza de nuevo. De ahí nace la Iglesia, el testimonio, la predicación. A partir de ahí se reinterpreta la vida de Jesús y se comprende la verdad más profunda de la historia de la salvación: Jesús resucitado nos abre el entendimiento para comprender las Escrituras. Con la resurrección todo cobra sentido. La última palabra no es de los hombres y, mucho menos, de los poderosos de este mundo. La última palabra es de Dios. Esta Palabra es Jesús de Nazaret, muerto y resucitado. Por eso, la resurrección nos remite al seguimiento de Cristo. Siguiéndole a él, viviendo como él, pensando como él, también nosotros participaremos del futuro que Dios tiene preparado para todos los que le aman.

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13
Abr
2014
Negación de Pedro, traición de Judas
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Hay algo en común en la negación de Pedro y en la traición de Judas, aunque evidentemente lo común no quita las diferencias. Y las diferencias son las que hacen que no podamos situarlas al mismo nivel, ni tengan las mismas consecuencias. Pedro y Judas han sido grandes amigos de Jesús. Cuando las cosas vienen mal dadas, Pedro le niega, pero lo hace tan mal, que se nota que es de los suyos (Jn 18,17.25-27). Niega a disgusto, niega de mala gana. Niega, pero se nota que no está cómodo con la negación. Hay dos maneras de pecar: a gusto y a disgusto. Solo cuando aparece el disgusto en el pecado, hay posibilidad de arrepentimiento y de conversión. El disgusto puede aparecer en el mismo hecho del pecado o después. En el caso de Pedro se diría que aparece en el mismo pecado. Ojalá que todos mis pecados fueran así.

Judas vende a Jesús, le traiciona. Y, sin embargo, poco después se arrepiente. Se da cuenta de lo que ha hecho, y eso le desespera. Como está desesperado, acaba quitándose la vida (Mt 27,3-5). Una tragedia por un doble motivo: por lo que le hace a Jesús y por cómo lo que hace le afecta hasta el punto de quitarse la vida. También ahí encontramos un atisbo de arrepentimiento, que no está bien conducido ni orientado. El darse cuenta del horror del pecado cometido, en vez de conducirle a pedir perdón, le conduce a la desesperación. No sabe ver, como Pedro sí lo hizo, el amor que brota de Jesús incluso cuando le traicionamos. Fue no ver el amor, que de todas formas ahí estaba y ahí siguió siempre, porque los amores de Dios y de Jesús son permanentes e irrevocables, lo que condujo a Judas a la desesperación. Es otro modo de enfrentarse con el pecado.

Mantenerse fieles a Jesús no siempre es fácil. Pedro tuvo miedo y le negó. Judas se decepcionó y le traicionó. Pero lo importante es que Jesús amaba a uno y a otro. Los seguidores de Jesús debemos cada día recordar su gran amor, para que nuestras caídas no nos hundan. Con Jesús siempre es posible volver a empezar.

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9
Abr
2014
La vida vale menos que un frasco de perfume
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Según el relato evangélico que leeremos el domingo de ramos, Judas Iscariote tasó la vida de Jesús en 30 monedas de plata (Mt 26,15). Este precio es tanto más ridículo si se recuerda que pocos días antes de traicionar a Jesús, Judas había tasado en 300 monedas de plata el perfume que María, la hermana de Marta y de Lázaro, derramaba sobre Jesús (Jn 12,5). Era, sin duda, un perfume de calidad. Pero es sangrante que el frasco de perfume sea el equivalente al precio de 10 hombres.

Diez hombres valen lo que un frasco de perfume. No está mal. Eso ocurría en tiempos de Jesús. En nuestros días, la vida de una persona vale en función del rendimiento que se le saca. Cuando ya no rinde, se tira. En tiempos de Jesús y en los nuestros hay quienes ponen precio a la vida. ¿Cuánto vale la vida de los pobres, de los enfermos desahuciados, de los que no producen? Nada. La medida de la vida es el dinero. Ocurrió en el caso de Jesús y sigue ocurriendo hoy.

El salmo 49 deja claro que no hay fortuna suficiente para pagar la vida de un hombre. Porque la vida no tiene precio. La vida tiene dignidad. Vale por sí misma. Sacar las consecuencias que de ahí se derivan puede resultar comprometido y hasta peligroso. Quién lo hace se arriesga, cuando menos, a ser criticado y mal visto. ¿O no son mal vistos aquellos y aquellas que denuncian proféticamente lo mucho que vale la vida de los pobres, de los hambrientos, de los enfermos abandonados y, precisamente porque vale mucho, nos recuerdan la obligación de atenderles, ayudarles y acogerles, aunque sea a costa de vivir un poco más austeramente? No hace tanto tiempo el Ministro de Hacienda se quejaba de que “Caritas” denunciase, con cifras, los niveles de pobreza que hay en España.

Para el cristiano la vida, una vez comenzada, permanece, al contrario de lo que ocurre con el perfume, que una vez abierto, se volatiliza enseguida. Los cristianos sabemos lo mucho que vale la vida a los ojos de Dios, porque en Jesús Dios nos ha revelado cuál es el precio que está dispuesto a pagar por la vida de cada uno de nosotros. De ahí que los cristianos celebremos con agradecimiento que Cristo, en la cruz, derramó su sangre “por todos los hombres para el perdón de los pecados”. Puestos a hablar de precio, la vida de Jesús es el precio de nuestra salvación. Esto es lo que en la próxima semana los cristianos vamos a celebrar. Sin olvidar que a Jesús hoy podemos encontrarlo en todos los crucificados de la tierra, en todos esos cuya vida parece que nada vale y, sin embargo, no tiene precio.

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