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Sep2014¡Iglesia servidora!
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Sep
La tentación de usar el ministerio para el propio prestigio está siempre presente. De ahí la necesidad de estructuras sinodales que corrijan fraternalmente los abusos que puedan darse. Estas estructuras sinodales actúan, a veces, democráticamente, para elegir a los ministros o a los responsables de la comunidad. El Obispo de Roma es elegido por un colegio. Se puede discutir el modo de formar parte de este colegio electoral del Obispo de Roma. Pero la cuestión de fondo seguirá siendo esta: el Obispo de Roma no es el que “toma” el poder, sino el que “recibe” un encargo. Este colegio elector del Obispo de Roma es equivalente a otros colegios electores que elegían a los Obispos diocesanos. Durante mucho tiempo fue el “cuerpo” de los canónigos el que elegía al Obispo. Recordarlo es un modo de plantearse si no habría que recurrir de nuevo a algunas instituciones que el tiempo ha ido relegando.
Las Ordenes y Congregaciones religiosas, con las que está enriquecida la Iglesia, también funcionan democráticamente, de distintas maneras y con distintas perspectivas. En todas ellas, el Superior mayor siempre es elegido por un colegio representativo del resto de los miembros de la Congregación. Más aún, estos superiores religiosos tienen fecha de caducidad, o sea, son elegidos por un tiempo determinado. Eso no les quita ninguna autoridad. Recordarlo es otro modo de plantear si no habría que extender esta temporalidad a otros ministerios importantes en la Iglesia, sin restarles un ápice de su autoridad.
En cualquier caso, en la Iglesia no se trata de jerarquía, democracia, sinodalidad o cualquier otro modo de organizarse. En la Iglesia se trata de otra cosa: de recordar que todos estamos para servir. Empezando por los que tienen mayores responsabilidades o por los que resultan más visibles dentro del organismo eclesial. Porque una Iglesia que no sirve, sino que domina; que no practica la misericordia, sino la exclusión; que no ofrece esperanza, sino condenas, no responde a la voluntad de Jesús. Todos en la Iglesia estamos llamados a construir el Reino de Dios y a vivir fraternalmente. Esta fraternidad es el signo distintivo de los discípulos de Jesús: en eso, y solo en eso, en que vivimos como hermanos, se conoce nuestra pertenencia a Cristo.
Aprovechando la próxima reunión del Sínodo de los Obispos, me gustaría, por un momento, dejar de lado los contenidos de lo que el Sínodo va a tratar, para apelar a la conveniencia de una Iglesia sinodal a todos los niveles, una Iglesia en la que haya estructuras que permitan la participación de todos los creyentes en las decisiones que les conciernen. Precisamente, la palabra “sínodo” expresa la idea de caminar juntos, buscar en común, compartir experiencias, escucharnos con simpatía unos a otros, saber ver en la opinión ajena una misma búsqueda de caminos evangélicos, aunque quizás expresados desde otras necesidades y otras experiencias. Una Iglesia sinodal sería así expresión concreta de fraternidad. La sinodalidad en la Iglesia no hay que confundirla con la democracia política, aunque en algunas ocasiones también la sinodalidad se exprese democráticamente.
La Iglesia es católica porque es universal, extendida por todo el mundo, “hasta los confines de la tierra” (Hech 1,8). Y, sin embargo, esta única Iglesia católica se realiza en comunidades particulares. Es interesante notar que un mismo escrito, la primera carta a los Corintios, emplea la palabra Iglesia en un triple sentido: comunidad de culto (1 Cor 11,18), iglesia local (1 Cor 1,2) e iglesia universal (1 Cor 15,9). Se trata de tres formas de realización de la sola y misma Iglesia. La Iglesia universal existe en las distintas comunidades locales y allí se realiza, a su vez, en la asamblea de culto. Lejos de oponerse Iglesia local e Iglesia universal, la primera es la forma concreta de realizarse la única Iglesia en un determinado lugar, como ha dejado bien claro el Concilio Vaticano II: “en las Iglesias particulares se constituye la Iglesia católica, una y única” (Lumen Gentium, 23). Más aún, es posible considerar a la familia cristiana como “Iglesia doméstica” (Lumen Gentium, 11), o sea, como la primera realización de la reunión de creyentes que constituye la Iglesia cuando esos creyentes se reúnen en nombre de Jesús (cf. Mt 18,20).
Los Símbolos de la fe caracterizan a la Iglesia con estos cuatro atributos: una, santa, católica y apostólica. Se trata de cuatro rasgos esenciales de la Iglesia y su misión. Hoy estas notas o rasgos precisan de una nueva explicación precisamente porque nuestros contemporáneos, incluidos muchos buenos creyentes, también observan, a veces escandalizados, la pluralidad de Iglesias o el pecado de la Iglesia, o se preguntan si su origen apostólico implica un tipo de gobierno no democrático.
La palabra Iglesia, que el Nuevo Testamento emplea para designar a la comunidad de Jesús, proviene del griego ekklesia, que significa reunión. El término equivalente hebreo, que emplea el Antiguo Testamento es kahal, palabra que designa la congregación del pueblo de Israel. El pueblo de Israel es “preparación y figura” del “pueblo de Dios” que nace de “la alianza nueva y perfecta que había de pactarse en Cristo” (Lumen Gentium, 9). En los años posteriores al Concilio Vaticano II la teología empleó insistentemente la expresión “pueblo de Dios” para referirse a la Iglesia. De este modo, además de notar que la Iglesia es heredera del pueblo de Dios del A.T., se ponía de relieve algo fundamental, a saber, la radical igualdad que, por el bautismo, hay entre todos los miembros de la Iglesia y, por tanto, la comunión que entre ellos debe darse, en suma, la conciencia fraterna de la Iglesia. El concepto de pueblo no remite a una masa amorfa, que estaría “en” un pueblo, sino a una comunidad de personas adultas, conscientes de sus propias responsabilidades y convicciones, que “son” ese pueblo. Asunto distinto es que dentro de ese pueblo haya tareas, ministerios y funciones diferenciadas, pero antes de las diferencias hay una cualidad común a todos los miembros de la Iglesia.
Las ediciones latinoamericanas de los textos litúrgicos suelen traducir por “mujer de mala vida” lo que en los libros usados en España se traduce por prostituta. Así, por ejemplo, el evangelio de Lucas cuenta que Jesús estaba comiendo en casa de Simón, el fariseo. Allí entró “una mujer de mala vida” que, llorando, se puso a besar los pies de Jesús y a perfumarlos (Lc 7,36-50). Cuando un día, en una eucaristía, escuché este tipo de traducción, me puse a pensar: ¿se trata de la directora o de la principal accionista de un banco, de esos que venden bonos basura a sus clientes; o quizás se trata de una política que se aprovecha del cargo para su propio beneficio, o quizás de una alta ejecutiva que paga salarios de miseria a sus trabajadores? Evidentemente, incluso con este tipo de traducción, todos entendemos que se trata de una prostituta.
La esperanza cristiana tiene la misma estructura que la esperanza humana. Aunque, ciertamente, el objeto de la esperanza cristiana es Dios mismo. Lo que finalmente esperamos los cristianos no es solo vivir más y mejor, es vivir con Dios y en Dios. Por eso, el Credo de la fe cristiana termina en la esperanza: esperamos la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Esta esperanza cristiana está bien fundamentada. No es una vana ilusión. Se apoya en el poder y en la misericordia de Dios. Si en Jesucristo, Dios nos ha manifestado el poder que tiene de resucitar muertos y el gran amor que tiene por todos y cada uno de nosotros, entonces es lógico esperarlo todo de él.
En la carta a los romanos, dice San Pablo que Dios, independientemente de la ley, manifiesta su justicia justificando al pecador, o sea, perdonándole. Este tipo de justicia resulta muy extraño, pues lo justo no parece que sea perdonar al pecador, sino castigarle. El perdón contradice la mera justicia conmutativa, que exige represalias. De ahí la pertinencia de la pregunta que plantea Walter Kasper: “¿cómo puede un Dios que ha de ser pensado como justo mostrarse misericordioso con los victimarios sin hacer violencia en el acto del perdón a las víctimas, en caso de que no estén de acuerdo con tal perdón?”