13
Ago2014Creador que libera
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Ago
Confesar que Dios es creador es reconocer el carácter dependiente de todo lo creado, incluido el ser humano. La dependencia es algo que, en nuestra sociedad, se considera negativamente, por reacción a una falta de autonomía que, en ocasiones, tiene duros antecedentes históricos y sociales. No se soporta la dependencia económica, ideológica, jerárquica, afectiva, y se busca, en cambio, la independencia, el no depender de nada ni de nadie.
Pero si lo pensamos bien, resulta que la dependencia es condición de nuestra propia posibilidad. La vida nos la han regalado. Nosotros no somos los autores de nuestra vida. Más aún, una vez aparecida la existencia, seguimos dependiendo de nuestros padres y de nuestro entorno para crecer, aprender y madurar. De modo que la cuestión de fondo no es la dependencia, sino de quién dependemos. Hay dependencias que son negativas, destructoras, alienantes, como la del esclavo con el señor. Y hay otras que son positivas, constructoras y liberadoras, como la del padre con el hijo o la del amigo con el amigo.
Una dependencia es positiva cuando está fundamentada en el amor. Así es la dependencia del ser humano, e incluso de toda la creación, con respecto al Creador. El Padre de nuestro Señor Jesucristo crea, por una parte, un universo que funciona por sí mismo, que goza de autonomía. Por eso, es posible no ver en el universo la mano del Creador. El Creador se retira y deja que la vida se desarrolle sin coacciones ni manipulaciones. Y así se explica que la ciencia, cuando investiga los orígenes del universo y la evolución de la vida, no necesite recurrir al Creador.
Por otra parte, el ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. La imagen se manifiesta fundamentalmente en la libertad y autonomía del hombre. Dios crea un ser humano libre precisamente porque quiere que el hombre sea capaz de relacionarse con él y de responder a su amor. Y no hay respuesta de amor sin libertad. Si Dios hubiera creado un ser sin libertad, estaríamos ante un robot. La libertad humana es tan real que es capaz de renegar de Dios y de crucificar a su enviado.
Todo lo que tenemos, empezando por la vida, es porque lo hemos recibido. Pero una vez recibida la vida, somos nosotros quienes la conducimos. El ser humano está en sus propias manos, por eso puede elegir entre el bien y el mal, entre la salvación y la condenación. Cada uno de nosotros somos el regalo que Dios nos ha hecho. Otorgado el regalo, Dios se retira, deja espacio, deja libertad. Un Dios que crea seres libres sólo puede ser un Dios que crea por Amor. Con un Dios así es posible establecer una relación de amor, una relación de igualdad en la distinción, en la que cada uno es lo que es, y cada uno respeta al otro en lo que es. El Dios cristiano no es un déspota arbitrario que se complace en su poder, sino un Padre amoroso que se recrea en la libertad de sus hijos.
Buenas noticias hay en todas partes. También en los medios de comunicación. Importa hacer una aclaración: no hay que confundir lo real con la noticia. Noticia es lo que se anuncia. La realidad es más amplia. Algunos confunden la realidad con la noticia. Son los que piensan que solo existe lo que sale en los periódicos o en la televisión. O los que dicen: si no estás en internet, no eres nadie. Pero la realidad es más amplia de lo que se publica. Se publica lo que al publicista le interesa que sea conocido.
Se ha hablado mucho de evangelizar la cultura. ¿Cómo denominar al fenómeno inverso, o sea, al hecho de que la cultura seculariza determinados elementos religiosos o, por mejor decir, utiliza la religión como pretexto para determinadas celebraciones que tienen un sentido también secular, pero para las que no se ha encontrado un acto secular que satisfaga todo el sentido que uno quiere darles? Quizás podríamos hablar de secularización de la religión por parte de personas que piden un acto religioso pero prescinden del sentido religioso del acto.
Antoine de Saint-Exupéry, el autor del Principito, cuenta una curiosa historia sobre la cría de gacelas en un oasis de los confines del Sahara: capturadas jóvenes, comen en la mano, se dejan acariciar y, cuando se las cree domesticadas, se las encuentra empujando contra el cerco, en dirección al desierto. Estas gacelas que han vivido siempre encerradas y nada saben de la libertad de las arenas, ignoran lo que quieren. Buscan galopar a ciento treinta kilómetros por hora, buscan los chacales, que las obligaran a superarse, a dar grandes saltos, a correr hasta desfallecer. No saben lo que quieren, pero lo quieren. Tienen nostalgia de realizar su ser de gacelas, aunque para ellas este ser sea todavía desconocido. El objeto del deseo existe, aunque no sepamos ni como se llama ni como describirlo.