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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

3
Nov
2014
Lo que no suele verse en Silos
1 comentarios

Las visitas turísticas suelen ser siempre muy sesgadas. En ellas lo que más importa es el negocio. Por ejemplo, cuando uno visita las cuevas del Drach en Mallorca, los turistas se quedan sin ver la mitad de la cueva. Se trata de que los grupos vayan rápidos para que puedan entrar el mayor número posible. Eso no tiene mayor importancia, porque con lo que se ve y se enseña, el visitante puede hacerse una idea de lo que hay en la cueva. Pero en otros casos, hay cosas que no se dicen por intereses ideológicos, o que no se enseñan, porque el visitante no sabe que existen y, por tanto, no pide verlas.

Cuando se visita el Monasterio de Silos se suele enseñar el claustro con el famoso ciprés y la Iglesia. Y se ofrecen explicaciones sobre los distintos maestros que allí han trabajado y sobre el sentido de las esculturas que, en términos generales, es bastante obvio: escenas de la vida de Cristo fáciles de adivinar. Pero hay detalles que escapan a una simple y rápida mirada y que posiblemente tienen un sentido interesante. Por ejemplo: en algunas escenas esculpidas en el claustro, el apóstol Pablo parece jugar un papel más importante que el apóstol Pedro, no solo por la situación de ambos apóstoles en relación a Cristo, sino por el modo de calificarlos: como “apóstol Pedro” o como “Magnus Sanctus Paulus”.

¿Qué hay detrás de esta aparente prioridad de Pablo sobre Pedro o, si se prefiere, de esta aparente rivalidad? Ya la carta a los Gálatas cuenta que un día Pablo tuvo que reprender a Pedro. En las escenas de Silos es posible que haya una cierta protesta por la introducción de la liturgia romana en detrimento de la mozárabe. Y, por tanto, una reivindicación del papel de la iglesia hispana frente a la romana. Si eso fuera así, estaríamos ante un ejemplo de que las disputas sobre cuál es la mejor liturgia vienen de lejos, si una liturgia adaptada al pueblo o una importada.

Además del claustro, hay en Silos algunos rincones interesantes que, si bien no se ocultan ni se niegan, no suelen ser muy mostrados. En el antiguo coro de los monjes se encuentra un hermoso cuadro de Cristo crucificado. Parece que este cuadro fue el que inspiró a Unamuno su poema al Cristo de Velázquez. Por otro lado en la cripta se encuentran restos de la primitiva Iglesia románica y el lugar exacto donde estaba el sepulcro de Santo Domingo de Silos. Ante este sepulcro, dice la tradición que la beata Juana de Aza, cuando estaba embarazada de su tercer hijo, Domingo, tuvo una visión de un perro con una antorcha que iluminaba el mundo, un presagio de la gran obra de Domingo de Guzmán. A mí esa leyenda me parece interesante, pero más interesante y serio me resulta conocer ese lugar dónde una mujer embarazada rezaba a Dios por el feliz éxito de su embarazo, encomendando ya desde ese momento a su hijo a Dios.

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29
Oct
2014
Las muchas caras de la muerte
4 comentarios

En cada Eucaristía la comunidad cristiana se solidariza con aquellos que nos han precedido en el signo de la fe y han sido ya acogidos en el seno de Dios. La fiesta del dos de noviembre nos invita a reavivar la esperanza que nos asegura que, si bien nuestros familiares y amigos han dejado ya este mundo, no nos han dejado a nosotros, ni nosotros a ellos.

Pero la fiesta del dos de noviembre también nos invita a pensar en la muerte. La muerte da que pensar. Nos hace caer en la cuenta de la finitud del ser humano, pero también plantea la pregunta por la posible trascendencia del humano. Esto se manifiesta en el hecho de que los humanos tratamos a los muertos con respeto, no los dejamos tirados. Cuando alguien muere, los suyos se encargan de celebrar alguna ceremonia o de repartir recordatorios. Aquel que ha muerto no es un cualquiera, es alguien único, irrepetible. Y en las ceremonias fúnebres, que son tan antiguas como los seres humanos, subyace la pregunta por la posible permanencia del difunto. Incluso en el mundo laico y secular se oye la expresión, refiriéndose al difunto: “allí donde esté” (¿pero en qué quedamos, está enterrado o “allí dónde esté"?).

Hay una relación perversa con la muerte. Por una parte, es objeto de repulsa y de miedo y hacemos cualquier cosa por evitarla. Pero, en la sociedad contemporánea la muerte ha adquirido nuevos rostros. La noche del 31 de octubre se celebra la fiesta de Halloween. De pronto, la muerte es motivo de risa, juerga y diversión. En muchas ciudades españolas aparecen adornos, puestos por las autoridades públicas, para divertirse a costa de la muerte. Los bares y discotecas ofrecen todo tipo de fiestas para atraer clientes deseosos de reír y jugar con la muerte, no sé si para olvidar otras muertes más reales y lacerantes que les acosan todos los días, y que se resumen en la fragilidad de la existencia.

Las imágenes de la televisión o del cine muestran otra vertiente en relación con la muerte. Los niños pasan el tiempo con videojuegos que son objeto de ejecuciones. Los adolescentes juegan con la muerte por el placer de la velocidad, de la competición o con el uso de estupefacientes que les estropean la vida. Los adultos recurren a las guerras, a la violencia conyugal, a las rivalidades étnicas. A los hombres les encanta pelearse. Hay personas religiosas que sitúan en el centro de sus prácticas el sacrificio, que es una especie de ejecución y de desprecio al cuerpo. Son muchas, demasiadas, las realidades que niegan el valor de la vida.

El cristiano cree en la vida. Por eso, espera la resurrección de los muertos. Esta consideración se fundamenta en el amor y el poder de Dios, el único que puede dar vida a un muerto, igual que puede hacer surgir las cosas de la nada. Esta fe debe hacernos críticos con todo lo que, de un modo u otro, atenta contra la vida y la dignidad de la persona. En positivo, esta fe nos hace vivir de otra manera, siguiendo los pasos de Cristo, el Viviente por excelencia.

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26
Oct
2014
El método cococo
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Uno de los buenos profesores que he tenido contaba que un día, en clase, los alumnos le preguntaron cuál era el método para hacer una buena homilía. Y el sabio profesor, con una pizca de humor, contestó: “el método Co-co-co”. Que traducido significa: con-tenido, con-vicción, co-municación.

Una buena homilía debe ofrecer buenos contenidos. No puede limitarse a ser una exhortación piadosa o un discurso moralizante. Debe iluminar la inteligencia, ayudar a los oyentes a conocer mejor al Señor. Para ofrecer contenidos hay que estar preparados, y la preparación se adquiere por el estudio. Un predicador que no sabe teología, que no está al día, que no estudia, no puede ser un buen predicador. Por otra parte, una buena homilía debe ser dicha con convicción. La oración, el encuentro con el Señor, refuerza el propio convencimiento. La cuestión no es si el predicador es un pecador. Lo que importa es que esté convencido de lo que dice, que los oyentes noten que se lo cree. Finalmente, el predicador debe ser un buen comunicador, su lenguaje debe llegar a los oyentes, responder a sus necesidades, inquietudes y demandas de sentido. El predicador tiene que hacerse entender. Porque si su discurso no dice nada, si aburre, si no interesa, nadie se preguntará por la verdad de lo que dice. Para que el mensaje llegue hay que hacerlo en un lenguaje inteligible y seductor.

Lo que digo de la homilía vale para cualquier tipo de discurso. Aunque a mí me interesan los discursos eclesiales, los que hacen los obispos, los presbíteros, las y los catequistas, las y los profesores de religión. Muchas veces estos discursos se convierten en respuestas a preguntas que nadie hace, o en exhortaciones piadosas que no responden a ninguna demanda y, por tanto, que no sirven para nada; o resultan ininteligibles porque están formulados en un lenguaje que nadie entiende o que solo entienden unos pocos ilustrados. Normalmente este tipo de discursos alejados de la realidad y encima formulados de forma abstracta, además de no convencer a nadie, manifiestan el poco o nulo convencimiento de quién los hace.

Cuando se habla de determinados temas es necesario que el primero que se sienta implicado y comprometido con lo que se dice, sea el que lo dice. El predicador no es un profesor que puede explicar muy bien y muy fríamente un tema, y no estar de acuerdo con el contenido de la explicación. El predicador es alguien que se siente implicado en lo que dice y afectado por lo que dice. Si lo que dice no le ha cambiado la vida, difícilmente se la cambiará a los oyentes. Eso de hacer homilías o catequesis es una cosa muy seria.

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20
Oct
2014
Un Sínodo que abre camino
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He seguido muy por encima las noticias sobre el Sínodo. Y lo poco que he leído de estas noticias no me ha gustado. Si no hubiera sabido que estaban tratando de un acontecimiento eclesial, hubiera pensado que eran noticias sobre una guerra que libraban dos partidos distintos, distantes y opuestos. Y que se trataba de ganar la batalla de la información, como si esta batalla fuera la decisiva para ganar la guerra.

En todas las sociedades hay tendencias y diferencias. Eso, en principio, es bueno, porque el contraste de pareceres ayuda a encontrar la verdad. Y en la Iglesia se trata de eso: no tanto de saber lo que opina uno u otro, sino cuál es la verdad a propósito de las cosas. Y la verdad, la diga quién la diga, viene en última instancia del Espíritu Santo (algo de eso decía Tomás de Aquino). Por otra parte, cuando determinados temas vuelven a aparecer, a pesar de las resistencias de algunos a que se hable de ellos, es porque estamos ante un problema serio que requiere mejores soluciones a las encontradas hasta ahora.

Dos claves teológicas me han venido a la mente cuando leía noticias sobre el Sínodo. Una, la distinción entre verdad de fe y doctrina de la Iglesia. La doctrina cambia. Y en ocasiones, ha cambiado mucho. Por ejemplo, el cambio dado a propósito de algo tan serio como la necesidad del bautismo para la salvación. Que Cristo sea el Salvador de todas y todos, es una verdad de fe. Que solo puede accederse a esta salvación por medio del bautismo es una doctrina que se ha enseñado, pero que ha cambiado, y ha cambiado para bien. La otra clave se refiere al Magisterio “vivo” de la Iglesia. Algunos apelan al Magisterio del pasado para descalificar al actual. Olvidan que ambos se interpretan mutuamente, pero dejando claro que el Magisterio al que hay que atender principalmente es el Magisterio “vivo”, o sea, el del presente.

Las polémicas no ofrecen luz. Al contrario, crean mayor división, al reforzar las respectivas posiciones adversas. Pero me alegro de constatar que, en algunos temas considerados hasta ahora intocables, los Padres sinodales han adoptado una actitud muy positiva. Incluso en aquellos pocos números del Informe oficial en los que no se ha alcanzado la mayoría de dos tercios a favor, ha habido una mayoría clara de más de la mitad. Eso significa que es legítimo hablar de estas cosas en la Iglesia. Y significa, además, que quienes opinan que, en determinadas condiciones, las personas divorciadas y vueltas a casar, deberían poder acceder a la comunión eucarística, no son raros ni heréticos. Un católico debería sentirse representado por los participantes en el Sínodo. Porque si ellos no nos representan, ¿quién nos va a representar? ¿Los que más chillan, los más intransigentes, los más excluyentes?

La guinda. Me cuesta entender que 64 Padres hayan votado en contra de la proposición 55 sobre la atención pastoral a personas con orientación homosexual. Cierto: 118 han votado a favor.

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17
Oct
2014
La fe cristiana tiene sus motivos
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La fe cristiana es una actitud que tiene sus motivos. Está sometida a una serie de controles. No se apoya en sí misma. Los relatos que nos transmiten el mensaje y la vida de Jesús están bien fundamentamos históricamente y hay motivos sobrados para considerar veraz y creíble lo que en ellos se dice. Pero lo que ahora quiero subrayar es que el control más importante sobre Jesús, el cristiano lo realiza mirando a Jesús mismo, a su persona, su vida, su actividad y su palabra. ¿Jesús aparece como creíble, como alguien digno de fe, alguien que merece mi confianza? ¿Su palabra tiene autoridad, llena la vida de sentido y el corazón de alegría? ¿El encuentro con él ha cambiado mi vida? ¿El Dios que él nos revela es de Amor y de Vida?¿Es un Dios que nos hace más humanos, más personas, más felices? Si lo pensamos bien, no hay nada más razonable y conveniente para el ser humano que el Evangelio, y nadie resulta tan creíble como Jesús de Nazaret. Nadie como el merece ser escuchado, porque nadie ha hablado como él.

Es importante dejar claro que la fe cristiana se fundamenta en la confianza que merece Jesús de Nazaret y su mensaje. Pues el gran argumento que, con diferentes variantes, se repite una y otra vez, es que el fundamento personal de toda creencia son los deseos humanos. Ellos son los que nos llevan a pensar que si Dios existiera la vida tendría sentido. A partir de ahí se comprende la coherencia de esta propuesta formulada por el filósofo Fernando Savater: “En lugar de tener la pretensión de comprender la entraña de la realidad a partir de lo que deseamos, deberíamos intentar comprender precisamente los mecanismos reales de nuestro furor deseante”.

¿Qué decir ante esta propuesta? No hay duda, a mi entender, de que Jesús y su evangelio responden a los mejores deseos del corazón humano. Pero Jesús no es el resultado de ninguna proyección, su mensaje no es un invento del creyente, una leyenda que ayuda a mejor sobrellevar las penas de la vida. Jesús y su mensaje están ahí antes de que el creyente los conozca. Y cuando los conoce, entonces descubre que colman sus más profundos deseos. El deseo no causa la respuesta ni produce la realidad. En todo caso, el deseo es lo que mueve a buscar si hay alguna realidad fuera de mi que pueda ofrecer una respuesta satisfactoria a mis deseos.

La fe cristiana no se apoya en el vacío, ni es una proyección, sino un acto moralmente responsable y digno del ser humano. El creyente tiene buenas razones para creer.

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13
Oct
2014
Las dificultades pueden madurar la fe
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¿Quién tiene una fe más madura, más sólida, aquel que en cuestiones de fe dice tenerlo todo clarísimo y nunca se plantea preguntas, o la persona que es consciente de las razones y argumentos que se alzan contra la fe? Una pregunta similar se la planteaba Tomás de Aquino y respondía que la segunda de esas personas era la que tenía más mérito al creer, porque creía siendo consciente de los obstáculos que se le plantean a la fe. Y hacía una interesante comparación con el caso de lo mártires: “cuánto contradice a la fe, sea por consideración humana, sea por persecución exterior, en tanto aumenta el mérito de la fe en cuanto pone de manifiesto una voluntad más dispuesta y firme en la fe. Por eso, el mérito de la fe es mayor en los mártires porque no abandonaron la fe ante la persecución; tienen asimismo mayor mérito los sabios, puesto que no abandonan la fe ante las razones aducidas contra ella por los filósofos o por los herejes”.

El Vaticano II se expresaba en una línea similar, cuando decía que “las dificultades no dañan necesariamente a la vida de fe; al contrario, pueden estimular la mente a una más cuidadosa y profunda inteligencia de aquella”. Dicho de otro modo: la fe en Dios se purifica y se conforta mirando de cara a lo que la rechaza. Y, a la inversa, no puede encontrar ningún vigor, y tal vez hasta carece de veracidad, si huye de lo que puede negarla. La fe cristiana no tiene miedo a la confrontación, precisamente porque está convencida de su fuerza y de su verdad. Por tanto, aquellos que pretenden defender la fe de los creyentes, escondiendo o negando aquellas realidades o dificultades que pueden cuestionarla, no prestan un buen servicio a la vida cristiana. En el fondo, no confían en la fuerza y la luminosidad de la fe.

De hecho, han sido las herejías las que han hecho avanzar el dogma, porque han obligado a la ortodoxia a reflexionar con más finura y precisión. Deberíamos estar agradecidos a aquellos que nos hacen caer en la cuenta de nuestras incoherencias o de nuestras debilidades; y a aquellos que nos manifiestan su incomprensión ante la falta de consistencia o claridad de nuestras explicaciones. La fe no se defiende a base de autoridad, sino a base de buenos argumentos. Un buen baremo para saber si uno avanza en el conocimiento de la fe es el deseo de tener una mayor formación teológica, el deseo de saber más, de buscar mayor precisión, de conocer los motivos a favor y en contra de la fe.

Es posible que algunos pastores o catequistas prefieran dirigirse a creyentes sin formación. Pero esta actitud solo demuestra la falta de respeto por aquellos a quienes uno se dirige y la ignorancia de esos pastores, una ignorancia que suelen suplir con apelaciones a la autoridad o recurriendo a la letra de los catecismos.

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9
Oct
2014
Acto de fe y contenidos de la fe
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Una cosa es el acto de fe y otra las fórmulas con las que expresamos el contenido de la fe. A este respecto, Santo Tomás decía expresamente que el acto de fe no se dirige a los enunciados (dogmas, catequesis, credos), sino a la realidad divina a la que estos enunciados remiten y que expresan de forma muy imperfecta, precisamente porque son fórmulas humanas. Dicho de otra forma: nosotros no creemos en dogmas, en fórmulas o en palabras, sino en el Dios revelado en Jesucristo que en estas fórmulas, dogmas o palabras se expresa. Dios es el objeto y término de nuestra fe, Aquel en el que creemos y confiamos, Aquel del que todo lo esperamos. No hay ninguna fórmula, ninguna predicación, ningún dogma que pueda agotarlo. El está siempre más allá de lo que decimos y pensamos.

Sin embargo, no es menos cierto que necesitamos de estas palabras, fórmulas y predicaciones, para dar un contenido a nuestra fe. Pues el deterioro de la fe de muchos cristianos comienza con la imprecisión de los enunciados sobre Dios y sobre Cristo. Cuando esto ocurre, cuando no se dispone de una buena explicación teológica de los contenidos de la fe, ésta se sustituye por prácticas devocionales y por imágenes o ritos centrados en aspectos secundarios que, en ocasiones, en vez de orientarnos hacia Dios, nos alejan de él.

Las dos dimensiones de la fe son importantes: el acto de fe, que debe ser eminentemente teologal, es decir, centrado y orientado hacia el Dios de Jesucristo, y una buena explicación de los contenidos de la fe, que toma como punto de referencia de esta explicación al Jesús que los evangelios nos presentan. Si olvidamos lo primero, a saber, que Dios es el objeto, la meta y el fin de la fe y, por tanto, que nosotros creemos en Dios y solo en Dios, corremos el riesgo de dar a las fórmulas o a los ritos una importancia desmesurada. Y lo que es peor, corremos el riesgo de perdernos en discusiones sobre fórmulas y ritos que terminan por descalificar al que se expresa con matices o elementos culturales distintos a los nuestros. Corremos el riesgo de perder a Dios y quedarnos con la fórmula o el rito.

Si olvidamos lo segundo, a saber, que la fe tiene un contenido y que, de alguna forma, tenemos que aclararnos, corremos el riesgo de convertir la fe en un acto voluntarioso, y de quedarnos con la inteligencia vacía. La fe es vida, pero también es luz, verdad y camino. Por eso, la adhesión de fe necesita convertirse en luz y camino para la vida, y en verdad que satisfaga a nuestra inteligencia. Sólo así, si un día llegan las dificultades, podremos mantenernos firmes porque tendremos unas “verdades” a las que agarrarnos, aunque en realidad esas verdades sean un pálido reflejo de la Verdad, esa Verdad con mayúscula a la que todas las verdades con minúscula pretenden expresar, sin lograrlo nunca del todo.

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4
Oct
2014
No hay sacramento sin Palabra
5 comentarios

Pongo Palabra con mayúscula porque me refiero a la Palabra de Dios. Aunque por otra parte, esta Palabra siempre nos llega con minúscula, a través de palabras humanas. Desde el punto de vista cristiano, las palabras humanas de la Biblia son las que mejor expresan la Palabra de Dios. Pero esta no es exactamente la cuestión que me mueve a escribir este post. Lo que me mueve es una discusión de la que fui testigo presencial. Contaba un sacerdote que, tras una boda con Misa celebrada un sábado por la tarde, en la que las lecturas habían sido las de “la boda”, alguien le preguntó si esa Misa “valía” como Misa del domingo. A partir de ahí aparecieron distintas opiniones: uno decía que “no valía”, porque las lecturas no habían sido las de la Misa dominical. Otro dijó, para justificar su opinión de que esa Misa sí valía como Misa del domingo, que lo que importaba en la Misa no eran unas u otras lecturas, sino “la consagración”.

Digo todo esto sin demasiada precisión, para que se entienda lo que quiero plantear. ¿Qué es lo que da valor a la Eucaristía, las lecturas bíblicas o la plegaria eucarística? Las dos cosas. De forma que una sin la otra no tendría sentido ni valor. Las lecturas bíblicas son parte esencial de la Eucaristía y de todo sacramento, incluido el de la penitencia, dicho sea de paso, porque cuando el sacramento de la reconciliación se celebra según el rito individual, el sacerdote olvida muchas veces que la lectura bíblica es parte esencial del rito, tal como está estipulado en los rituales. Vuelvo a la Eucaristía. El Concilio Vaticano II recordó que “las dos partes de que consta la Misa, a saber: la liturgia de la palabra y la eucarística, están tan íntimamente unidas, que constituyen un solo acto de culto”.

Si estamos ante un solo acto de culto, que consta de dos partes, o por decirlo con más precisión, de dos mesas, la Mesa de la Palabra y la Mesa del sacramento, resulta claro que si prescindimos de una de esas partes, no estamos realizando el acto de culto, sino otra cosa. Precisamente porque la Palabra es indisociable de la Eucaristía, cuando se lleva la comunión a un enfermo, está previsto que, antes de entregarle la Eucaristía, se tenga una lectura de la Palabra de Dios, aunque sea breve. También para el enfermo es importante la Mesa de la Palabra, porque en ella Cristo mismo se hace presente como luz que ilumina la inteligencia y ofrece sentido para la vida.

En la Eucaristía, y en los otros sacramentos, la Mesa de la Palabra no es una especie de introducción de la que se pueda prescindir. Ella forma parte del sacramento, ella indica de qué modo este sacramento tiene fuerza y eficacia en una determinada circunstancia de mi vida. Sin Palabra, el sacramento se queda sin luz y corre el riesgo de confundirse con un acto mágico.

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1
Oct
2014
Los católicos, ¿a quién podemos votar?
16 comentarios

Con motivo de la retirada de la así denominada “ley del aborto” por parte del Gobierno, algunos han opinado que los católicos “no podemos” votar al Partido Popular (sin duda con buenos argumentos, que hubieran valido más o menos igual hace unos años). Lejos de mi pretender incitar a nadie a votar a un partido u otro. Pero el supuesto de que “el voto católico” debe o no dirigirse a una determinada opción política da que pensar. Si se identifica el “voto católico” con el voto a un partido de derechas mayoritario, la conclusión es que hay un considerable número de ciudadanos católicos. Pero si ahora se dice que los católicos no podemos votar a ese partido que habría hasta ahora recogido, supuestamente, nuestro voto, y que sólo la abstención o el voto a opciones políticas minoritarias es católico, quedará claro que los católicos somos minoría. En realidad no va a ocurrir nada de esto, porque aquí también funcionan “las mayorías silenciosas” de católicos, de uno u otro signo, que viven su fe y su piedad sin estridencias.

Según estadísticas fiables, en España, hay un 29,2% de católicos practicantes; un 51,3 % de católicos no practicantes; los no creyentes serían un 8,9%, los ateos 7,6%, y creyentes de otras religiones 2,1%. Si comparamos estas cifras con el número de votantes de los distintos partidos, queda muy claro que no existe el “voto católico”. Existen ciudadanos católicos, que votan a distintos partidos. Conscientes, supongo yo, de que ningún programa político se identifica con el Evangelio. Y conscientes de que, al final, el voto político siempre es un mal menor. Porque al votar un programa, voto un conjunto de propuestas, algunas difícilmente compatibles con el Evangelio. Por tanto, al votar, valoramos cuál es el conjunto menos malo o el que más se acerca (no el que se identifica) a mi conciencia. Ahora bien, si solo consideramos católicos practicantes, coherentes, serios y dignos a los que voten a esos partidos que recomiendan los que dicen que los católicos ya no podemos votar al Partido Popular, quedará más claro que nunca que los católicos somos un grupo minoritario, por no decir marginal.

Nadie puede pretender otorgar certificados de “voto católico” y decir a quién debe o no votar el ciudadano católico. La Conferencia Episcopal, en algunos momentos, ha ofrecido criterios para orientar el voto de los católicos. Criterios sí. Poner nombres de partidos y decir a quién sí y a quién no, es otra cosa, que se presta a que, vistos los resultados, alguien argumente que los católicos tenemos poco que decir en cuestiones económicas, políticas y sociales, porque somos pocos. Y no es así. Somos muchos. Y tenemos mucho que decir. Y decirlo como católicos, sí, pero sin confundir el ser católico con votar o no votar a un partido concreto.

En Suiza, los ciudadanos no votan sólo a sus representantes políticos. Votan también otros asuntos locales, cantonales o nacionales. Eso es lo que convendría lograr en España: obtener un número suficiente de firmas para poner a votación una pregunta clara y directa: ¿está usted de acuerdo con que se promulgue, se suprima o se reforme una determinada ley?

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29
Sep
2014
Creer como alternativa
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Richard Swinburne, en las primeras páginas de su libro “Fe y Razón” (editado por San Esteban y traducido por Sixto Castro), afirma que “la creencia es relativa a alternativas”. Y añade: “la alternativa normal con la que se compara una creencia es su negación”. En efecto, tanto en el plano antropológico como en el teológico, hay un aspecto de alternativa en el creer. Creer que el equipo de mi ciudad ganará la liga de fútbol es creer que otros no la ganarán. Y creer que existe un Dios es lo contrario de creer que no hay Dios.

Así se comprende que, en el momento de recibir el bautismo, sello y signo de la fe cristiana, el catecúmeno, antes de la triple afirmación: “Creo en Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo”, debe realizar un triple negación: “Renuncio a Satanás, a todas sus obras y a todas sus seducciones”. Volverse hacia Dios es darle la espalda a Satanás; creer en el Dios de Jesús es no creer en otros dioses. Creer en Dios implica que hay una serie de realidades incompatibles con esa fe. El creyente se encuentra ante una alternativa: “o bien una cosa, o bien otra”, pero es imposible quedarse con las dos. De hecho, cuando uno pretende quedarse con las dos, en realidad solo se está quedando con una, con la alternativa contraria a la fe. Desde este punto de vista se comprende la radicalidad de la fe cristiana.

Ahora bien, la alternativa no explica el todo de la fe. Creer que el equipo de mi ciudad ganará la liga, no excluye que crea que otros equipos tienen alguna probabilidad de ganarla. La alternativa no es una evidencia. Creer en algo o en alguien es estar convencido de que las otras probabilidades son menos firmes que aquella en la que se cree. Pero no necesariamente falsas. Por eso el radicalismo de la fe no puede traducirse en fanatismo. Ser consciente de la “alternativa” no significa encontrarse con la evidencia. Puedo creer con firmeza que aprobaré unas oposiciones, incluso que aprobaré con nota muy alta, pero la seguridad de que así suceda no es total. Puedo creer con firmeza que Dios nunca falla, pero esta seguridad no se traduce en una experiencia de triunfo. En la auténtica fe, coexisten la firme seguridad que supone el apoyarse en Dios y la debilidad de vivir este apoyo en las condiciones de lo humano. Cuando Dios se hace humano (bien en Jesús, bien en la vida de cualquiera de nosotros) se empequeñece, se abrevia, y aparece la debilidad.

Más aún, la convicción absoluta de algo, no se demuestra desde la fuerza, sino desde la tranquilidad: que dos y dos son cuatro no es más verdad porque lo proclame a gritos; incluso es más creíble si lo digo tranquilamente. Es verdad en ambos casos, pero es más creíble en el segundo. O sea, del segundo modo, tengo más posibilidades de convencer. Igualmente, la firme convicción de la existencia de Dios no resulta más creíble cuando descalifico a los que no creen en él, sino cuando busco argumentos que les hagan pensar, aunque no les lleven a la fe.

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