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Nov2014Lo que no suele verse en Silos
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Las visitas turísticas suelen ser siempre muy sesgadas. En ellas lo que más importa es el negocio. Por ejemplo, cuando uno visita las cuevas del Drach en Mallorca, los turistas se quedan sin ver la mitad de la cueva. Se trata de que los grupos vayan rápidos para que puedan entrar el mayor número posible. Eso no tiene mayor importancia, porque con lo que se ve y se enseña, el visitante puede hacerse una idea de lo que hay en la cueva. Pero en otros casos, hay cosas que no se dicen por intereses ideológicos, o que no se enseñan, porque el visitante no sabe que existen y, por tanto, no pide verlas.
Cuando se visita el Monasterio de Silos se suele enseñar el claustro con el famoso ciprés y la Iglesia. Y se ofrecen explicaciones sobre los distintos maestros que allí han trabajado y sobre el sentido de las esculturas que, en términos generales, es bastante obvio: escenas de la vida de Cristo fáciles de adivinar. Pero hay detalles que escapan a una simple y rápida mirada y que posiblemente tienen un sentido interesante. Por ejemplo: en algunas escenas esculpidas en el claustro, el apóstol Pablo parece jugar un papel más importante que el apóstol Pedro, no solo por la situación de ambos apóstoles en relación a Cristo, sino por el modo de calificarlos: como “apóstol Pedro” o como “Magnus Sanctus Paulus”.
¿Qué hay detrás de esta aparente prioridad de Pablo sobre Pedro o, si se prefiere, de esta aparente rivalidad? Ya la carta a los Gálatas cuenta que un día Pablo tuvo que reprender a Pedro. En las escenas de Silos es posible que haya una cierta protesta por la introducción de la liturgia romana en detrimento de la mozárabe. Y, por tanto, una reivindicación del papel de la iglesia hispana frente a la romana. Si eso fuera así, estaríamos ante un ejemplo de que las disputas sobre cuál es la mejor liturgia vienen de lejos, si una liturgia adaptada al pueblo o una importada.
Además del claustro, hay en Silos algunos rincones interesantes que, si bien no se ocultan ni se niegan, no suelen ser muy mostrados. En el antiguo coro de los monjes se encuentra un hermoso cuadro de Cristo crucificado. Parece que este cuadro fue el que inspiró a Unamuno su poema al Cristo de Velázquez. Por otro lado en la cripta se encuentran restos de la primitiva Iglesia románica y el lugar exacto donde estaba el sepulcro de Santo Domingo de Silos. Ante este sepulcro, dice la tradición que la beata Juana de Aza, cuando estaba embarazada de su tercer hijo, Domingo, tuvo una visión de un perro con una antorcha que iluminaba el mundo, un presagio de la gran obra de Domingo de Guzmán. A mí esa leyenda me parece interesante, pero más interesante y serio me resulta conocer ese lugar dónde una mujer embarazada rezaba a Dios por el feliz éxito de su embarazo, encomendando ya desde ese momento a su hijo a Dios.
En cada Eucaristía la comunidad cristiana se solidariza con aquellos que nos han precedido en el signo de la fe y han sido ya acogidos en el seno de Dios. La fiesta del dos de noviembre nos invita a reavivar la esperanza que nos asegura que, si bien nuestros familiares y amigos han dejado ya este mundo, no nos han dejado a nosotros, ni nosotros a ellos.
Uno de los buenos profesores que he tenido contaba que un día, en clase, los alumnos le preguntaron cuál era el método para hacer una buena homilía. Y el sabio profesor, con una pizca de humor, contestó: “el método Co-co-co”. Que traducido significa: con-tenido, con-vicción, co-municación.
La fe cristiana es una actitud que tiene sus motivos. Está sometida a una serie de controles. No se apoya en sí misma. Los relatos que nos transmiten el mensaje y la vida de Jesús están bien fundamentamos históricamente y hay motivos sobrados para considerar veraz y creíble lo que en ellos se dice. Pero lo que ahora quiero subrayar es que el control más importante sobre Jesús, el cristiano lo realiza mirando a Jesús mismo, a su persona, su vida, su actividad y su palabra. ¿Jesús aparece como creíble, como alguien digno de fe, alguien que merece mi confianza? ¿Su palabra tiene autoridad, llena la vida de sentido y el corazón de alegría? ¿El encuentro con él ha cambiado mi vida? ¿El Dios que él nos revela es de Amor y de Vida?¿Es un Dios que nos hace más humanos, más personas, más felices? Si lo pensamos bien, no hay nada más razonable y conveniente para el ser humano que el Evangelio, y nadie resulta tan creíble como Jesús de Nazaret. Nadie como el merece ser escuchado, porque nadie ha hablado como él.
¿Quién tiene una fe más madura, más sólida, aquel que en cuestiones de fe dice tenerlo todo clarísimo y nunca se plantea preguntas, o la persona que es consciente de las razones y argumentos que se alzan contra la fe? Una pregunta similar se la planteaba Tomás de Aquino y respondía que la segunda de esas personas era la que tenía más mérito al creer, porque creía siendo consciente de los obstáculos que se le plantean a la fe. Y hacía una interesante comparación con el caso de lo mártires: “cuánto contradice a la fe, sea por consideración humana, sea por persecución exterior, en tanto aumenta el mérito de la fe en cuanto pone de manifiesto una voluntad más dispuesta y firme en la fe. Por eso, el mérito de la fe es mayor en los mártires porque no abandonaron la fe ante la persecución; tienen asimismo mayor mérito los sabios, puesto que no abandonan la fe ante las razones aducidas contra ella por los filósofos o por los herejes”.
Una cosa es el acto de fe y otra las fórmulas con las que expresamos el contenido de la fe. A este respecto, Santo Tomás decía expresamente que el acto de fe no se dirige a los enunciados (dogmas, catequesis, credos), sino a la realidad divina a la que estos enunciados remiten y que expresan de forma muy imperfecta, precisamente porque son fórmulas humanas. Dicho de otra forma: nosotros no creemos en dogmas, en fórmulas o en palabras, sino en el Dios revelado en Jesucristo que en estas fórmulas, dogmas o palabras se expresa. Dios es el objeto y término de nuestra fe, Aquel en el que creemos y confiamos, Aquel del que todo lo esperamos. No hay ninguna fórmula, ninguna predicación, ningún dogma que pueda agotarlo. El está siempre más allá de lo que decimos y pensamos.
Pongo Palabra con mayúscula porque me refiero a la Palabra de Dios. Aunque por otra parte, esta Palabra siempre nos llega con minúscula, a través de palabras humanas. Desde el punto de vista cristiano, las palabras humanas de la Biblia son las que mejor expresan la Palabra de Dios. Pero esta no es exactamente la cuestión que me mueve a escribir este post. Lo que me mueve es una discusión de la que fui testigo presencial. Contaba un sacerdote que, tras una boda con Misa celebrada un sábado por la tarde, en la que las lecturas habían sido las de “la boda”, alguien le preguntó si esa Misa “valía” como Misa del domingo. A partir de ahí aparecieron distintas opiniones: uno decía que “no valía”, porque las lecturas no habían sido las de la Misa dominical. Otro dijó, para justificar su opinión de que esa Misa sí valía como Misa del domingo, que lo que importaba en la Misa no eran unas u otras lecturas, sino “la consagración”.
Así se comprende que, en el momento de recibir el bautismo, sello y signo de la fe cristiana, el catecúmeno, antes de la triple afirmación: “Creo en Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo”, debe realizar un triple negación: “Renuncio a Satanás, a todas sus obras y a todas sus seducciones”. Volverse hacia Dios es darle la espalda a Satanás; creer en el Dios de Jesús es no creer en otros dioses. Creer en Dios implica que hay una serie de realidades incompatibles con esa fe. El creyente se encuentra ante una alternativa: “o bien una cosa, o bien otra”, pero es imposible quedarse con las dos. De hecho, cuando uno pretende quedarse con las dos, en realidad solo se está quedando con una, con la alternativa contraria a la fe. Desde este punto de vista se comprende la radicalidad de la fe cristiana.