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Dic2014La metodología del Papa
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El predicador debe escuchar para que su predicación no se convierta en una serie de respuestas a preguntas que nadie hace. Porque estas respuestas probablemente no interesen demasiado. Y, si lo que dice el predicador no interesa, entonces la gente se aburre y deja de atender. No quiero decir con eso que la predicación tenga que halagar el oído o divertir a los oyentes. La predicación debe explicar la Palabra de Dios y aplicarla a la situación de la comunidad que celebra, respondiendo a sus necesidades, problemas e inquietudes. También la predicación debe invitar a los fieles a que se conviertan, a que cambien aquellos aspectos de su vida que no están en consonancia con el Evangelio.
Pero para responder a las necesidades y preguntas de la gente, o poder invitar a la conversión, es necesario conocer la situación en la que viven los destinatarios de la predicación. Muchas veces, para conocer esta situación, será necesario, antes de hablar, escuchar, comprender, preguntar. En este sentido, la metodología que ha vuelto a emplear el Papa Francisco para preparar la continuación del Sínodo el próximo año (consultar a base de preguntas a los distintos sectores de la Iglesia), puede ser adecuada para este acercamiento a las personas y responder de verdad a sus necesidades. Si no escuchamos, no podemos responder. El preguntar hace, al menos, que nos enteremos de cuáles son los problemas y necesidades de las personas a las que debemos cuidar y acompañar.
Cuesta entender que haya cristianos a los que les molestan este tipo de preguntas con las que el Papa quiere ayudar a la reflexión de los padres sinodales. Aunque quizás no sean las preguntas lo que les molesta, sino las respuestas que se imaginan que pueden darse y que no quieren que se den. Porque esas respuestas obligan a pensar y buscar nuevos caminos. Lo fácil es no pensar y decir lo de siempre. Pero hay algo aún peor que repetir lo ya sabido: irritarse, criticar al Papa porque puede provocar respuestas no convencionales, o acusarle de confundir a los fieles.
El Evangelio es para todos. Y la Iglesia debe esforzarse para que llegue a todos. Pero las personas a las que importa que llegue el Evangelio no son solo las noventa y nueve ovejas seguras que están ya en el redil, sino también y sobre todo, la oveja que está (al menos aparentemente, según nuestra primera mirada superficial) fuera. Aunque tengo la impresión de que hoy la proporción ha cambiado y las que están en los márgenes del redil (al menos, insisto, según nuestros criterios pastorales clásicos) son 99 y no una.
Se diría que el problema de la mayoría de los cristianos es otro: ¿cómo es posible que si Jesús es de naturaleza divina pueda tener reacciones humanas, pueda sufrir y vivir la dureza de la condición humana? San Agustín, en su comentario a los salmos, nota la dificultad que tenemos los creyentes en atribuir a Jesús aquellas palabras de la Escritura que lo presentan “confesando su debilidad”; por eso “dudamos en referir a él estas palabras, tratamos de cambiar su sentido”.
La fiesta de la Inmaculada Concepción puede ser una buena ocasión para aclarar un malentendido que todavía se da entre muchos creyentes. Me refiero a la confusión extendida en la mentalidad común entre inmaculada concepción y virginidad de María. Supuestamente, María no tendría pecado por ser virgen. Esta confusión avala la falsa idea de que el pecado original consistiría en la relación sexual de Adán con Eva y fomenta una concepción negativa de la sexualidad en la vida cristiana. Convendría que los cristianos no difundiéramos estas ideas que luego sirven para ridiculizar la fe por parte de los enemigos de la fe.
Según la carta a los Hebreos ser forastero es consustancial al ser creyente. El más acabado modelo de fe, Abraham, es presentado como el que sale de su tierra, viviendo como extranjero, “peregrino y forastero sobre la tierra”, porque iba en busca de otra patria, de una “ciudad asentada sobre cimientos, cuyo arquitecto y constructor era Dios” (Heb 11, 8.9.13.14.10). A la vista de un texto como este, se puede ver en el extranjero un sacramento, o sea, una señal de lo que uno como creyente debería ser. Y si el extranjero me recuerda lo que soy o debo ser, ¿cómo no alegrarme de su presencia?
Todos los que tienen cargos en la Iglesia deberían decir: aquí estamos para servir. Servir no es exactamente hacer lo que el peticionario gusta mandar (porque, a veces, lo que “manda” no es bueno para él, o no hay modo de hacerlo), pero sí que es estar disponible, atento a sus necesidades, buscar el modo de ayudar. Es tan obvio que la Iglesia está para servir, que casi da vergüenza recordarlo. Evidentemente, la Iglesia es, ante todo, servidora de su Señor y de su Palabra. Pero precisamente en obediencia a su Señor, es servidora de todos los seres humanos. Dentro de la Iglesia estamos para “servirnos los unos a los otros”, aunque cuando la reciprocidad no se da, porque no es posible o porque hay mala voluntad por una de las partes, la otra sigue estando obligada al servicio, que es una forma concreta de amar. En relación a “los de fuera” los cristianos también estamos llamados a servirles desinteresadamente y, en este servicio, manifestamos la gratuidad del amor cristiano.
Uno de los problemas que tienen las leyes es que la vida siempre va por delante de ellas. No solo porque las mentalidades y las costumbres cambian, sino porque la realidad se impone y nos obliga a cambiar nuestras preconcepciones y nuestros planes. Eso ocurre en todos los terrenos, también en el religioso. Hay situaciones que hoy se consideran normales y en otros tiempos se consideraban, como mucho, como algo excepcional, por no decir anormal. Las cuestiones de moral familiar y matrimonial son un buen ejemplo. Se piense lo que se piense, desde el punto de vista moral y religioso, la normalidad social del divorcio ha hecho cambiar leyes que lo prohibían o lo penaban.
Hay personas que piensan que lo que dice la Biblia a propósito de la creación del mundo y del ser humano ha quedado totalmente superado por la ciencia. Si superado quiere decir que la ciencia explica las cosas con una perspectiva y un lenguaje muy distintos al de la Biblia, podemos estar de acuerdo: Dios, evidentemente, no ha creado el mundo en seis días. Pero si superado quiere decir que lo que dice la Biblia ha dejado de ser verdad, entonces no estoy de acuerdo, aunque reconozco que hay que explicar bien esa verdad bíblica. Lo que sí me parece que está superado es la alternativa entre creación y evolución. Tanto las ciencias naturales como la fe, hablan de lo mismo, aunque con perspectivas diferentes, ambas importantes para nosotros.
Cada uno de nosotros tiene muchos dioses. O si se prefiere, muchos ídolos. Un ídolo o un dios es la pasión central del hombre, aquello por lo que estoy casi dispuesto a perder la vida y, en cualquier caso, aquello a lo que subordino todo lo demás. Para muchos, el dinero es un ídolo, porque por el dinero pierden amistades, salud, tiempo y humor. El problema de los dioses de la tierra es que nunca acaban de llenar el corazón. Sin embargo, son fáciles de identificar: poder, sexo, dinero, prestigio, honor, belleza, estómago, política. Con el Dios verdadero ocurre lo contrario: siempre se nos escapa. Por eso nos resulta difícil encontrarlo y amarlo.