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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

12
Dic
2014
La metodología del Papa
5 comentarios

El predicador debe escuchar para que su predicación no se convierta en una serie de respuestas a preguntas que nadie hace. Porque estas respuestas probablemente no interesen demasiado. Y, si lo que dice el predicador no interesa, entonces la gente se aburre y deja de atender. No quiero decir con eso que la predicación tenga que halagar el oído o divertir a los oyentes. La predicación debe explicar la Palabra de Dios y aplicarla a la situación de la comunidad que celebra, respondiendo a sus necesidades, problemas e inquietudes. También la predicación debe invitar a los fieles a que se conviertan, a que cambien aquellos aspectos de su vida que no están en consonancia con el Evangelio.

Pero para responder a las necesidades y preguntas de la gente, o poder invitar a la conversión, es necesario conocer la situación en la que viven los destinatarios de la predicación. Muchas veces, para conocer esta situación, será necesario, antes de hablar, escuchar, comprender, preguntar. En este sentido, la metodología que ha vuelto a emplear el Papa Francisco para preparar la continuación del Sínodo el próximo año (consultar a base de preguntas a los distintos sectores de la Iglesia), puede ser adecuada para este acercamiento a las personas y responder de verdad a sus necesidades. Si no escuchamos, no podemos responder. El preguntar hace, al menos, que nos enteremos de cuáles son los problemas y necesidades de las personas a las que debemos cuidar y acompañar.

Cuesta entender que haya cristianos a los que les molestan este tipo de preguntas con las que el Papa quiere ayudar a la reflexión de los padres sinodales. Aunque quizás no sean las preguntas lo que les molesta, sino las respuestas que se imaginan que pueden darse y que no quieren que se den. Porque esas respuestas obligan a pensar y buscar nuevos caminos. Lo fácil es no pensar y decir lo de siempre. Pero hay algo aún peor que repetir lo ya sabido: irritarse, criticar al Papa porque puede provocar respuestas no convencionales, o acusarle de confundir a los fieles.

El Evangelio es para todos. Y la Iglesia debe esforzarse para que llegue a todos. Pero las personas a las que importa que llegue el Evangelio no son solo las noventa y nueve ovejas seguras que están ya en el redil, sino también y sobre todo, la oveja que está (al menos aparentemente, según nuestra primera mirada superficial) fuera. Aunque tengo la impresión de que hoy la proporción ha cambiado y las que están en los márgenes del redil (al menos, insisto, según nuestros criterios pastorales clásicos) son 99 y no una.

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9
Dic
2014
¿Restricciones mentales en Jesús?
4 comentarios

Para la mentalidad judía, Jesús planteaba un problema difícil de resolver: ¿cómo es posible que un hombre pueda ser Dios? “No te apedreamos por ninguna obra buena, sino porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios” (Jn 10,33) le dicen los judíos a Jesús en tono acusatorio. Es una acusación perfectamente comprensible: por mucho que miremos a Jesús de Nazaret, lo que allí aparece es un hombre, solo un hombre y nada más que un hombre. Un hombre extraño, complejo, difícil de encasillar, que plantea muchos interrogantes, pero un hombre al cabo.

Se diría que el problema de la mayoría de los cristianos es otro: ¿cómo es posible que si Jesús es de naturaleza divina pueda tener reacciones humanas, pueda sufrir y vivir la dureza de la condición humana? San Agustín, en su comentario a los salmos, nota la dificultad que tenemos los creyentes en atribuir a Jesús aquellas palabras de la Escritura que lo presentan “confesando su debilidad”; por eso “dudamos en referir a él estas palabras, tratamos de cambiar su sentido”.

He escuchado una explicación que, me parece a mi, “trata de cambiar el sentido” de la situación de Jesús crucificado, sufriente y sintiéndose abandonado por Dios mismo. La explicación dice que en la cruz Jesús hizo una especie de “restricción mental”, algo así como un olvidar voluntariamente su condición divina. Este tipo de explicaciones, movidas por la fe en la divinidad de Jesús, no acaban de respetar su auténtica humanidad. Jesús ni hacía comedia, ni restricciones mentales, ni olvidaba nada, ni ponía nada entre paréntesis. Sufría de verdad. El segundo concilio de Constantinopla llegó a decir que “uno de la Trinidad” sufrió la muerte de cruz y padeció. No se puede afirmar que mientras el hijo de María estaba sufriendo, el Hijo de Dios no podía sufrir y gozaba de la gozosa visión de la divinidad. El Concilio afirma que la única persona de Jesús, su humanidad unida hipostáticamente al Verbo, era el sujeto del sufrimiento y de la muerte.

La Encarnación es uno de los misterios fundamentales de la fe cristiana. Un misterio siempre se nos escapa, pero algo podemos decir, pues el misterio no es lo impenetrable, sino lo inagotable. Para hacer justicia al misterio de la Encarnación debemos presentar la humanidad de Jesús de forma que sea como la nuestra. Pero si es como la nuestra, entonces hay que mantener con fuerza sus limitaciones, sus cansancios y decepciones, el que ignorase cosas o creciera en sabiduría y en experiencia de Dios. Jesús se solidariza de verdad con nosotros; lo suyo no es una solidaridad ficticia o aparente. No es un “hacer como si”; es un “ser así”. Dice el Vaticano II: el Hijo de Dios “trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado”.

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4
Dic
2014
Inmaculada por ser de Dios
10 comentarios

La fiesta de la Inmaculada Concepción puede ser una buena ocasión para aclarar un malentendido que todavía se da entre muchos creyentes. Me refiero a la confusión extendida en la mentalidad común entre inmaculada concepción y virginidad de María. Supuestamente, María no tendría pecado por ser virgen. Esta confusión avala la falsa idea de que el pecado original consistiría en la relación sexual de Adán con Eva y fomenta una concepción negativa de la sexualidad en la vida cristiana. Convendría que los cristianos no difundiéramos estas ideas que luego sirven para ridiculizar la fe por parte de los enemigos de la fe.

El dogma de la Inmaculada Concepción es reciente. Los padres griegos lo ignoran y ha sido rechazado por grandes figuras como san Bernardo y santo Tomás de Aquino. Precisamente el argumento que daba Tomás de Aquino para no aceptar la Inmaculada Concepción ayudó a precisar el sentido del dogma. María, decía Tomás, necesitaba ser redimida, como cualquier otro ser humano. Por tanto, es inaceptable toda comprensión del misterio de María que dé a entender que ella no necesitaba de Cristo por no tener pecado. La declaración dogmática proclamada por Pío IX deja claro que María fue redimida con la más perfecta de las redenciones: con gracia previniente y elevante.

En la pureza de María irradia la santidad de Dios, el único santo. Así lo que ocurre con ella podría entenderse como un signo que indica a todos los cristianos donde está su meta: en vivir santos e inmaculados delante de Dios por el amor. La virginidad de María es otra cosa: es la “otra cara”, el correlato humano de la afirmación de fe en la divinidad del niño que ella lleva en su seno. Es un modo de decir que el niño que nace de María, siendo hijo de los hombres y, por tanto, tan humano como cualquier otro, a diferencia de todos los otros humanos, sólo tiene por Padre a Dios. No se puede confundir, por tanto, el dogma de la Inmaculada con el misterio de la virginidad de María. Son dos misterios relacionados, pero distintos. En María, la razón de ser inmaculada no es ser virgen, sino ser de Dios.

En cualquier caso, conviene dejar claro que todos los dogmas marianos son teológicamente correctos y legítimos sólo cuando pueden entenderse cristológicamente. Estos dogmas tienen su importancia en la medida en que en ellos se debaten cuestiones cristológicas. Es lo que sucedió en el Concilio de Éfeso cuando se debatió la verdadera Encarnación de Dios con ayuda del título “Madre de Dios”. Así y todo, hay que procurar que ni los dogmas marianos ni ningún otro, ni tampoco las manifestaciones de la piedad popular, impidan el acceso al centro y a la clave de toda fe, que es el misterio de Cristo.

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1
Dic
2014
Ser creyente es ser forastero
3 comentarios

Según la carta a los Hebreos ser forastero es consustancial al ser creyente. El más acabado modelo de fe, Abraham, es presentado como el que sale de su tierra, viviendo como extranjero, “peregrino y forastero sobre la tierra”, porque iba en busca de otra patria, de una “ciudad asentada sobre cimientos, cuyo arquitecto y constructor era Dios” (Heb 11, 8.9.13.14.10). A la vista de un texto como este, se puede ver en el extranjero un sacramento, o sea, una señal de lo que uno como creyente debería ser. Y si el extranjero me recuerda lo que soy o debo ser, ¿cómo no alegrarme de su presencia?

Los cristianos, cada vez que celebramos la Pascua (o sea, la Eucaristía dominical), recitamos el Credo. También el israelita, en cada Pascua, recitaba su profesión de fe, su Credo, confesando: “mi padre era un arameo errante”, y emigró a Egipto, viviendo allí como un trabajador extranjero, sometido a dura esclavitud. Y pasados unos años volvió a emigrar, salió de Egipto y entró en otra tierra, que ya estaba ocupada, y allí se estableció, encontrando prosperidad y paz (cf. Dt 26,5-9). No es extraño que a lo largo del Antiguo Testamento se le recuerde a Israel algo que no debe olvidar: “recuerda que tú también fuiste extranjero”. ¿La razón de este recordatorio? Tienes que tratar bien al extranjero, tienes que ser para él lo mismo que Yahvé ha sido para ti: “al forastero que reside entre vosotros, lo miraréis como a uno de vuestro pueblo y lo amarás como a ti mismo, pues también vosotros fuisteis forasteros en la tierra de Egipto” (Lv 19, 34). O sea, ama al inmigrante, porque es como tú. Y si es así ¿amarle no es amarse a sí mismo?

La emigración es un fenómeno tan antiguo como la humanidad. Es incluso el motor del progreso y de la evolución. Es posible remontarse a lo que ocurrió hace 100.000 años, cuando unos humanos dejaron Africa y se establecieron en Europa, y de estos antepasados africanos venimos nosotros. Pero no hace falta llegar ahí. La mayoría de los lectores españoles seguro que tienen parientes, quizás hermanos de sus abuelos o de sus padres, que durante la primera mitad del siglo XX emigraron a América. O que desde los años 40 a los años 70 del siglo pasado buscaron trabajo en Suiza o en Alemania. Hace unos años, en plena euforia desarrollista, los nietos de aquellos que fueron a América regresaron a España, en una situación parecida a la de sus padres cuando llegaron a América. Y se han quedado. Ahora que el trabajo es precario no caigamos en la tentación (como pretende hacer el primer ministro británico) de decirles que se vayan. ¿Cómo se van a ir si son un sacramento? Además, ¿no vemos en ellos a nuestros propios abuelos?

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26
Nov
2014
Cuando dices monaguillo, yo me huelo otra cosa
14 comentarios

El mal siempre sobra. Por eso siempre es excesivo. El bien es necesario y, por mucho que haya, siempre es bueno que haya más. Las noticias sobre el mal son llamativas. Las noticias sobre el bien suelen pasar desapercibidas. Estoy convencido de que el bien supera con creces al mal, porque si no fuera así, el mundo sería un infierno. Pero como el mal duele, parece siempre muy grande e importante.

En estos días se está hablando mucho de Granada y del tremendo mal que algunos clérigos han ocasionado (¿he de poner “supuestamente” para no ser denunciado?), pues supuestamente. Como se trata de delincuentes, supuestamente, habrá que juzgarlos como tales. El que sean clérigos (eso ya no parece que sea supuestamente) añade delito en la medida en que han podido aprovecharse de su posición para engañar a las viudas (haciéndose con su dinero), y a los y las menores (para aprovecharse sexualmente de ellos). Además, el que sean clérigos añade escándalo, porque de ellos se espera una mayor rectitud y coherencia. Es una espera equivocada, porque los clérigos son tan débiles y pecadores como cualquier otro creyente, pero la gente buena y sencilla, a veces, les coloca en pedestales imaginarios y, desde tales pedestales, les juzga y les valora.

Cuando digo que el mal supera al bien, no pretendo de ningún modo minusvalorar el mal ni paliar el delito. Pero sí quiero notar que la vida, en todos los niveles, funciona porque hay más gente buena que mala. Las instituciones funcionan, también las religiosas, porque unos pocos trabajan y se sacrifican. Y porque detrás de esos pocos hay un grupo grande de gente buena, quizás no tan sacrificada ni trabajadora, pero buena. Cierto, en las instituciones hay gente que plantea muchos problemas, y encima se creen el ombligo del mundo. Cuando en ellas aparen grandes o pequeños delincuentes, no se debe a que las instituciones les busquen, sino a que se les cuelan o porque las personas, frágiles como somos, podemos pervertirnos. Los grandes delincuentes suelen terminar siendo públicos. Los pequeños, a veces.

Las víctimas tienen miedo. Por eso muchas se callan. Es comprensible. Pero, por suerte, en la Iglesia, cada vez hay más ambiente favorable para sostener a las víctimas y tomar partido contra los victimarios. Benedicto XVI empezó a crear este ambiente y el Papa actual aún lo ha favorecido más. Este dato ratifica que el bien supera al mal. Hace muchos años me llamó la atención el título de un pequeño folleto: “Cuando tú dices Dios, yo me huelo otra cosa”. El Papa Francisco está contribuyendo a que la gente no se huela otra cosa cuando los curas decimos monaguillo.

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22
Nov
2014
Iglesia para servir a todos
7 comentarios

Todos los que tienen cargos en la Iglesia deberían decir: aquí estamos para servir. Servir no es exactamente hacer lo que el peticionario gusta mandar (porque, a veces, lo que “manda” no es bueno para él, o no hay modo de hacerlo), pero sí que es estar disponible, atento a sus necesidades, buscar el modo de ayudar. Es tan obvio que la Iglesia está para servir, que casi da vergüenza recordarlo. Evidentemente, la Iglesia es, ante todo, servidora de su Señor y de su Palabra. Pero precisamente en obediencia a su Señor, es servidora de todos los seres humanos. Dentro de la Iglesia estamos para “servirnos los unos a los otros”, aunque cuando la reciprocidad no se da, porque no es posible o porque hay mala voluntad por una de las partes, la otra sigue estando obligada al servicio, que es una forma concreta de amar. En relación a “los de fuera” los cristianos también estamos llamados a servirles desinteresadamente y, en este servicio, manifestamos la gratuidad del amor cristiano.

Esto debe traducirse en actos concretos. No cabe duda que, dentro de la Iglesia, muchas instituciones realizan la labor de servicio propia de la Iglesia. Bastantes congregaciones religiosas realizan servicios de tipo social (en el terreno de la educación, de la sanidad, de la atención a ancianos, de la acogida de inmigrantes o vagabundos, de servicio a personas con enfermedades contagiosas o con adiciones) y, en muchas ocasiones, de forma gratuita o a bajo coste. A veces algunos de sus miembros están en primera línea en lugares y países difíciles y, en ocasiones, con riesgo de su vida. En estos lugares es dónde aparece con más claridad la gratuidad, el desinterés y hasta la heroicidad del amor cristiano. Hay otras instituciones de tipo parroquial o diocesano, como “Caritas”, que se ocupan de servicios similares a los que hacen las Congregaciones religiosas.

Hablando de la parroquia o de la diócesis, en nuestro primer mundo, es importante caer en la cuenta de que, además de esos servicios más llamativos, hay una serie de servicios de tipo religioso para los fieles normales (por decirlo de modo que se entienda) que debemos efectuar con alegría, cariño, desinterés y eficacia. En los despachos parroquiales hay que atender a la gente con amabilidad. A veces, sobra burocracia y falta cercanía. A veces, los que están en oficinas de atención a los fieles, se toman demasiado en serio su papel de oficiales y olvidan que lo suyo no es el oficio, sino el servicio, el comprender que cada persona es un mundo distinto y, por tanto, que la estricta aplicación de la ley puede resultar cruel. Hay que hacer un esfuerzo de comprensión e intentar responder a las personas más allá de la ley. Las oficinas de la Iglesia no son una máquina sin vida, sino un lugar dónde se respiran aires evangélicos.

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19
Nov
2014
La vida y la ley
3 comentarios

Uno de los problemas que tienen las leyes es que la vida siempre va por delante de ellas. No solo porque las mentalidades y las costumbres cambian, sino porque la realidad se impone y nos obliga a cambiar nuestras preconcepciones y nuestros planes. Eso ocurre en todos los terrenos, también en el religioso. Hay situaciones que hoy se consideran normales y en otros tiempos se consideraban, como mucho, como algo excepcional, por no decir anormal. Las cuestiones de moral familiar y matrimonial son un buen ejemplo. Se piense lo que se piense, desde el punto de vista moral y religioso, la normalidad social del divorcio ha hecho cambiar leyes que lo prohibían o lo penaban.

Es conocido el gran aprecio de los judíos piadosos por su Ley, que ellos consideran proveniente de Dios. Al respecto no conviene olvidar que lo propio del judaísmo no es exactamente la Ley, sino la Alianza, la elección que Dios ha hecho de ese pueblo, una alianza que permanece para siempre. Esta permanencia indica que en el judaísmo la gracia tiene la primacía. La ley no es más que la respuesta del ser humano a la iniciativa amorosa de Dios de hacer una Alianza con su pueblo. Dicho lo cual, vuelvo al aprecio del pueblo judío por la ley para referir un ejemplo de cómo también para este pueblo la vida, en ocasiones, obligaba a cambiar la ley. Y no pasaba nada.

El libro primero de los Macabeos cuenta la persecución religiosa desencadenada por el rey Antíoco IV, y la rebelión liderada por los Macabeos para defender la religión de sus antepasados. Matatías, el patriarca de la familia, incita al pueblo con el siguiente grito de guerra: “¡Todos los que quieran defender la ley y mantenerse fieles a la alianza que me sigan!” (1Mac 2,27). Tras esta arenga, el libro describe una primera batalla que es perdida como consecuencia de la observación de la prohibición de combatir en sábado. Este incidente conduce a Matatías a proclamar que es necesario combatir en sábado para conservar la alianza (1 Mac 2,40-41). La Alianza es criterio de la ley, y la juzga, e incita a cambiar la ley.

Uno se da cuenta de la necesidad de cambiar la ley cuando estamos ante asuntos serios. Los sábados, en los hoteles de Jerusalén, los ascensores están todo el día funcionando automáticamente, para que nadie tenga que apretar el botón y cumplir así con el precepto del “descanso sabático”. Me atrevo a opinar que el descanso sabático debe ser algo más serio. O está al servicio del ser humano o puede convertirse en algo ridículo. Estoy convencido de que si, en sábado, un piadoso judío se encuentra con un herido en un ascensor y solo puede bajarlo apretando el botón, no lo dudará un solo momento. Ya lo he dicho: cuando se trata de asuntos serios es cuando uno se da cuenta de lo relativas que son las leyes.

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15
Nov
2014
Ciencia, filosofía y fe
4 comentarios

Hay personas que piensan que lo que dice la Biblia a propósito de la creación del mundo y del ser humano ha quedado totalmente superado por la ciencia. Si superado quiere decir que la ciencia explica las cosas con una perspectiva y un lenguaje muy distintos al de la Biblia, podemos estar de acuerdo: Dios, evidentemente, no ha creado el mundo en seis días. Pero si superado quiere decir que lo que dice la Biblia ha dejado de ser verdad, entonces no estoy de acuerdo, aunque reconozco que hay que explicar bien esa verdad bíblica. Lo que sí me parece que está superado es la alternativa entre creación y evolución. Tanto las ciencias naturales como la fe, hablan de lo mismo, aunque con perspectivas diferentes, ambas importantes para nosotros.

Las ciencias naturales quieren describir de la manera más exacta los datos y los hechos. Quieren analizar los componentes físicos, químicos, biológicos y neurológicos. Y descubren una serie de conexiones y de leyes que explican los distintos momentos de una evolución, que han conducido a la aparición de la vida y, finalmente, de los seres humanos. Pero con esto no han dicho todo lo que puede decirse sobre el mundo y sobre el hombre. Podemos explicar las funciones químicas del cuerpo humano y de su cerebro, y no por eso hemos comprendido al ser humano.

¿Por qué existe algo y no la nada, por qué hay evolución? ¿Por qué el universo está constituido de esta manera, por qué resulta inteligible? ¿Qué sentido tiene la vida humana? ¿Cómo debemos comportarnos con la naturaleza? ¿Hay algún límite para nuestro comportamiento? Todo ser humano, de un modo u otro, se plantea estas u otras preguntas parecidas. Y cuando trata de responderlas ya no está haciendo ciencia, sino filosofía. Cuando nos planteamos estas preguntas ya no buscamos explicaciones; buscamos comprendernos a nosotros mismos y buscamos comprender cómo debemos relacionarnos con la naturaleza y con los otros seres humanos.

Finalmente, las personas que creen en Dios, además de querer comprender el universo y la vida, se admiran ante tanta maravilla y dan gracias a Dios por su existencia. Porque entienden que, de un modo misterioso, Dios está en el origen de todo lo que existe. Y que la vida es un regalo que Dios nos ha hecho. Las personas que creen en Dios se maravillan ante los portentos que es capaz de realizar el ser humano en el campo del arte y de la técnica, pero también en el campo del amor al prójimo. Las personas religiosas se duelen también ante el sufrimiento que hay en el mundo y el dolor que provocamos los hombres. Este sentimiento de admiración y de gratitud nos abre a la responsabilidad y a la idea de que, detrás de tanta maravilla, está la mano de un Dios que no sólo es poderoso, sino esencialmente bueno.

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11
Nov
2014
Amar a Dios con todo el corazón
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¿Qué significa en positivo amar a Dios? Para amar a Dios hay que comenzar por descubrir que alguien nos ama incondicionalmente. Que Dios nos ama primero y nos ama siempre. En efecto, el amor a Dios es un amor de respuesta a un amor previo, gratuito y fiel de Dios hacia el ser humano. Para expresar la cercanía e intimidad del amor de Dios, la Escritura utiliza las analogías del amor paterno-filial (Dios quiere a Israel como a un hijo: Ex 4,22; Os 11,1; Jer 31,9; Sal 102,13; Is 63,15); y del amor esponsal (Jer 2,2; Ez 16; Os 2,21-22), aunque el amor de Dios desborda toda comparación. Es un amor que sólo puede expresarse con un “cuanto más” (Mt 7,11; Lc 11,13). “Mejor que nuestro corazón es Dios” (1 Jn 3,20).

Es un amor universal. Hacia todo ser humano, sin excepción alguna; un amor constante, sin desánimo: “Me he hecho encontradizo de quienes no preguntaban por mí; me he dejado hallar de quienes no me buscaban. Dije: aquí estoy, aquí estoy, a gente que no invocaba mi nombre. Alargué mis manos todo el día hacia un pueblo rebelde que sigue su camino” (Is 65,1-2). El Nuevo Testamento ratifica y profundiza en la universalidad y constancia del amor de Dios. El ama a sus enemigos, a justos e injustos, a malos y buenos, a todos los seres humanos sin excepción, sea cual sea su situación (cf. Rm 5,6; 1 Pe 3,18; Mt 5,45).

Aquellos que descubren un amor así se sienten interpelados, llamados a dar una respuesta total. A amar ellos, a su vez, a este Dios sumamente amable, con toda su personalidad, con la totalidad de su ser. Hay un comentario rabínico al famoso texto de “escucha Israel: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”, que dice así: hay que amar a Dios sin reservarse nada; por eso hay que amarle con todo el corazón, o sea, con todas tus tendencias. Amarle con toda el alma es estar dispuesto a dar la vida por Dios en caso de persecución. Y amarle con todas las fuerzas es amarle con todo tu dinero (que es dónde ponemos nuestra fuerza).

Detrás de algunos pasajes del Nuevo Testamento podría estar esta lectura rabínica del texto del Deuteronomio. La parábola de Mt 13,3-23 se refiere a tres categorías de personas, unas que no aman a Dios con todo su corazón (13,18), otras que no aman a Dios con toda su alma, pues en cuanto se presenta una tribulación o persecución sucumben enseguida (13,21), y otras que no aman a Dios con todas sus riquezas (13,22). Por el contrario, la primera comunidad cristiana de Jerusalén vivía a fondo este mandamiento, puesto que tenía un solo corazón y una sola alma en Dios y nadie consideraba sus bienes como propios (Hech 4,32; cf. 2,42-47).

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6
Nov
2014
Los dioses de la tierra no me satisfacen
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Cada uno de nosotros tiene muchos dioses. O si se prefiere, muchos ídolos. Un ídolo o un dios es la pasión central del hombre, aquello por lo que estoy casi dispuesto a perder la vida y, en cualquier caso, aquello a lo que subordino todo lo demás. Para muchos, el dinero es un ídolo, porque por el dinero pierden amistades, salud, tiempo y humor. El problema de los dioses de la tierra es que nunca acaban de llenar el corazón. Sin embargo, son fáciles de identificar: poder, sexo, dinero, prestigio, honor, belleza, estómago, política. Con el Dios verdadero ocurre lo contrario: siempre se nos escapa. Por eso nos resulta difícil encontrarlo y amarlo.

Al Dios verdadero es más fácil amarlo “en negativo” que “en positivo”. De ahí que el salmo 15, después de proclamar que Dios es “mi bien”, añade, como queriendo ofrecer una explicación de lo que implica decir eso: “los dioses y señores de la tierra no me satisfacen”. Y así se explica que el primer mandamiento, “amarás a Dios sobre todas las cosas”, tuvo primero una formulación negativa: “no tendrás otros dioses fuera de mi” (cf. Deut 5,7; Ex 20,3). En positivo siempre resulta difícil, por no decir imposible, y en todo caso, siempre resulta insuficiente, decir exactamente en qué consiste amar a Dios. Pero en negativo, amar a Dios es algo muy concreto: “no tendrás otros dioses fuera de mí”. O sea, para amar a Dios hay que comenzar por desprenderse de los ídolos. Pues hay amores que son incompatibles: no podéis servir a Dios y al dinero.

Amar a Dios es, en primer lugar, saber lo que no hay que amar. Amar a Dios significa sentirse insatisfecho con lo que uno es y tiene. Lo repito: decir que Dios es “mi bien” y por eso es “mi amor” es comenzar por decir: los dioses y señores de la tierra no me satisfacen. Cuando uno está satisfecho con lo que tiene, ya no desea otra cosa. En lo que le satisface pone todo su amor. Si con lo que hay en este mundo ya nos sentimos colmados, si en este mundo encontramos una respuesta suficiente para todas nuestras preguntas, no necesitamos para nada a Dios. Pero si los dioses y señores de la tierra no me satisfacen, ni me salvan de la angustia y, por eso, no pongo en ellos mi corazón, entonces mi corazón puede abrirse a otras perspectivas que le satisfagan y está preparado para poder amar a Dios, el único que puede llenar el corazón del ser humano.

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