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Ene2015La religión, asunto personal pero no intimista
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Ene
La religión es un asunto personal, pero no intimista. Tiene repercusiones en todos los ámbitos de la vida. Y como la persona es un ser social y se realiza en comunión con los demás, la religión tiene incidencias sociales y, en consecuencia, repercusiones políticas, económicas, laborales, artísticas. Nada escapa a la religión, porque ella está indisolublemente ligada con la vida. El Papa Francisco lo ha dicho con estas palabras: “Nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos… Una auténtica fe, que nunca es cómoda ni individualista, siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra… Si bien el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política, la Iglesia no debe quedarse al margen en la lucha por la justicia”.
Las religiones, y el cristianismo en particular, han sido creadoras de cultura, promotoras de belleza; han fomentado, creado y dirigido instituciones asistenciales y educativas, han sido también instancia crítica de aquellas políticas que atentaban contra la dignidad de la persona. Desgraciadamente, en ocasiones, las religiones, han pretendido ocupar todo el ámbito de lo público y no han respetado la legítima autonomía de la política, de la economía, de la ciencia y de la educación. En estos casos no han sabido situarse adecuadamente y han pagado las consecuencias, muchas veces en forma de oposición o ataque a lo religioso, cuando lo secular se ha desligado de lo religioso.
Ahora bien, las convicciones religiosas con incidencia social no se defienden religiosamente. Y si no se defienden religiosamente se arriesgan a ser discutidas y rechazadas. Se arriesgan a “perder” la partida en el campo legislativo, social y político. La cuestión entonces está en “no verme obligado a”, pero no en obligar a otros. Cuando las convicciones religiosas tienen consecuencias que van más allá de lo individual y afectan a otras personas (cuestiones matrimoniales y de ética sexual), no pueden defenderse, en nuestra sociedad, con argumentos religiosos ni apelando a motivos religiosos. Si la persona religiosa los defiende en campos ajenos a la religión es porque no son asuntos estricta y solamente religiosos.
Aunque la religión tenga repercusiones en todos los ámbitos de la vida, lo fundamental de la religión no son sus repercusiones públicas, sino la relación que permite establecer entre la persona y Dios. Sin esto la religión se queda sin alma y puede desaparecer con la misma facilidad con que apareció. Las religiones, y en concreto el cristianismo, son una invitación a vivir en comunión con Dios, una comunión que es fuente de esperanza y que estimula a vivir de otra manera.
¿Sería posible dar un paso más allá de la semana de oración por la unidad de los cristianos y hacer todos los años algo parecido a lo que hizo, por dos veces, Juan Pablo II en Asís, invitando a orar a los líderes de las distintas religiones, y que cada año se encargara de convocar un líder distinto? Evidentemente, se supone que a esta reunión anual también asistiría el Obispo de Roma, aunque no la convocase. Es lógico que en Asís, el Papa fuera el “centro” de la reunión. Pero si la reunión la convoca cada año un líder distinto, el centro lo ocupará el anfitrión que la convoque.
Los gestos del Papa Francisco, sucesor del apóstol Pedro, con el Patriarca de Constantinopla, sucesor del apóstol Andrés, en su viaje a Turquía del pasado mes de noviembre, fueron significativos. Además de los gestos hubo palabras de cercanía y simpatía mutuas. Más aún, palabras que han reconocido lo mucho que une a las Iglesias católica y ortodoxa. Nos une lo fundamental: tenemos la misma Palabra de Dios, el mismo Credo, los mismos sacramentos. Y sin embargo, a pesar del reconocimiento por parte católica del ministerio y los sacramentos de la parte ortodoxa, cuando el Obispo de Roma participó en el culto divino celebrado por el Patriarca de Constantinopla, no recibió la comunión eucarística, aunque allí hubo verdadera eucaristía. La participación en el culto y la no comunión eucarística es el signo más claro de una unidad que quiere ser, pero que todavía no es.
Los nombres de los nuevos cardenales han sorprendido. Casi nadie esperaba una lista así. De los quince nuevos cardenales con derecho a voto sólo uno trabaja en la curia romana (el Prefecto de la Signatura Apostólica, una especie de “tribunal supremo” para resolver los conflictos jurídicos que se dan en la Iglesia). El resto son Obispos en ejercicio, algunos en pequeñas diócesis de África, Asía y América. Españoles sólo hay uno, Monseñor Ricardo Blázquez, buen Obispo y mejor persona, al que probablemente nadie le ha hecho la campaña. La lista en sí misma es un signo del desplazamiento del centro de gravedad del catolicismo. La fuerza de la Iglesia no está en la Curia, sino en el pueblo. Que entre los nuevos cardenales predominen los Obispos que están en contacto con la gente, y con gente más bien humilde y sencilla, es un signo de que algo está cambiando con este Papa, y probablemente, cambiando para bien.
Muchas personas viven su religión como si solo tuviera incidencia en el momento de la muerte. En el fondo, a Dios le necesitamos para ir al cielo y nada más. La religión, para quienes así piensan, es un asunto privado y sus manifestaciones públicas se limitan a lo folklórico. ¿Podemos considerar la religión, en lo que tiene de más propio y esencial, un asunto meramente privado que sólo afecta a los individuos que la practican? Pero, por otra parte: ¿no habría que poner límites a las manifestaciones públicas de la religión, sobre todo cuando resultan polémicas, y no digamos, si promueven la intolerancia y producen divisiones sociales irreconciliables? En la propia casa uno puede expresarse como mejor le parezca, pero en los lugares públicos hay cosas que no deben decirse porque molestan a los demás.
Así titula Walter Kasper uno de los apartados de su libro “La Misericordia”, ese libro que el Papa Francisco elogió en una de sus primeras intervenciones públicas. Kasper se inspira en una antigua canción navideña alemana del siglo XVI, que traducida suena así: “Ha brotado una rosa… en mitad del frió invierno a media noche”. Una pequeña rosa en mitad del invierno, y además a media noche. Esta rosa, nacida en tan extrañas y difíciles circunstancias, recuerda el vaticinio del profeta Isaías (11,1): “saldrá un vástago del tronco de Jesé (= el padre del rey David), y un retoño de sus raíces brotará”. De un tronco truncado, en apariencia muerto e inútil, brotará de modo prodigioso un vástago.
Se ha escrito mucho sobre las cuatro letras hebreas que forman el nombre de Dios: YHWH. Hay algunos autores que dicen que el verbo que hay detrás de esta raíz no es el verbo “ser” (de ahí las traducciones por “soy el que soy” o “soy el que seré”), sino hasah, que significa amar apasionadamente. Es un tema interesante, aunque propio de expertos. En cualquier caso, el nombre de Yahvéh, que ningún judío piadoso se atrevía a pronunciar, pone de manifiesto la absoluta trascendencia divina. Pero, por otra parte, también muestra la solicitud de Dios por su pueblo: Dios es el que visita a su pueblo, el que ha visto sus sufrimientos y ha escuchado su clamor. Más aún, es el Dios que guía al pueblo y se hace presente en los diversos avatares de su historia, el Dios del camino. No es un Dios vinculado de un lugar, sino el Dios que se hace presente allí donde el pueblo camina.
Los textos catequéticos resumen así el dogma cristológico: en Cristo había una única persona divina y dos naturalezas, una humana y otra divina. Con esta fórmula, aunque utilice términos de la filosofía griega, se está diciendo que Jesús es al mismo tiempo verdadero Dios y verdadero hombre. El hombre Jesús es el Hijo de Dios. Las herejías cristológicas niegan, con mayor o menor insistencia, uno de los dos términos de la cuestión: la divinidad o la humanidad, aunque me parece a mi que a muchos creyentes de hoy les escandaliza más la negación de la divinidad que la de la humanidad. Por eso, cuando se insiste en que la humanidad de Cristo es tan importante como la divinidad, surge enseguida la pregunta por cómo comprender que en una sola persona pueda haber dos naturalezas, hasta el punto de que la naturaleza divina no sólo no anula la humana, sino que la potencia. Uno es tanto más humano cuanto más divino es.