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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

16
Ene
2015
La religión, asunto personal pero no intimista
3 comentarios

La religión es un asunto personal, pero no intimista. Tiene repercusiones en todos los ámbitos de la vida. Y como la persona es un ser social y se realiza en comunión con los demás, la religión tiene incidencias sociales y, en consecuencia, repercusiones políticas, económicas, laborales, artísticas. Nada escapa a la religión, porque ella está indisolublemente ligada con la vida. El Papa Francisco lo ha dicho con estas palabras: “Nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos… Una auténtica fe, que nunca es cómoda ni individualista, siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra… Si bien el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política, la Iglesia no debe quedarse al margen en la lucha por la justicia”.

Las religiones, y el cristianismo en particular, han sido creadoras de cultura, promotoras de belleza; han fomentado, creado y dirigido instituciones asistenciales y educativas, han sido también instancia crítica de aquellas políticas que atentaban contra la dignidad de la persona. Desgraciadamente, en ocasiones, las religiones, han pretendido ocupar todo el ámbito de lo público y no han respetado la legítima autonomía de la política, de la economía, de la ciencia y de la educación. En estos casos no han sabido situarse adecuadamente y han pagado las consecuencias, muchas veces en forma de oposición o ataque a lo religioso, cuando lo secular se ha desligado de lo religioso.

Ahora bien, las convicciones religiosas con incidencia social no se defienden religiosamente. Y si no se defienden religiosamente se arriesgan a ser discutidas y rechazadas. Se arriesgan a “perder” la partida en el campo legislativo, social y político. La cuestión entonces está en “no verme obligado a”, pero no en obligar a otros. Cuando las convicciones religiosas tienen consecuencias que van más allá de lo individual y afectan a otras personas (cuestiones matrimoniales y de ética sexual), no pueden defenderse, en nuestra sociedad, con argumentos religiosos ni apelando a motivos religiosos. Si la persona religiosa los defiende en campos ajenos a la religión es porque no son asuntos estricta y solamente religiosos.

Aunque la religión tenga repercusiones en todos los ámbitos de la vida, lo fundamental de la religión no son sus repercusiones públicas, sino la relación que permite establecer entre la persona y Dios. Sin esto la religión se queda sin alma y puede desaparecer con la misma facilidad con que apareció. Las religiones, y en concreto el cristianismo, son una invitación a vivir en comunión con Dios, una comunión que es fuente de esperanza y que estimula a vivir de otra manera.

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13
Ene
2015
El diálogo une
2 comentarios

¿Sería posible dar un paso más allá de la semana de oración por la unidad de los cristianos y hacer todos los años algo parecido a lo que hizo, por dos veces, Juan Pablo II en Asís, invitando a orar a los líderes de las distintas religiones, y que cada año se encargara de convocar un líder distinto? Evidentemente, se supone que a esta reunión anual también asistiría el Obispo de Roma, aunque no la convocase. Es lógico que en Asís, el Papa fuera el “centro” de la reunión. Pero si la reunión la convoca cada año un líder distinto, el centro lo ocupará el anfitrión que la convoque.

Las divisiones son cosa de este mundo. Quizás inevitables, pero de este mundo. ¿Por qué no hacer de los acontecimientos del cielo signos de unidad? Allí eso de la santidad no funciona como aquí. Por eso, sería bueno que nos intercambiásemos los modelos y, que unos y otros, considerásemos dignos de ser imitadas a las grandes figuras de las distintas confesiones y religiones. Proponer esto, si no de forma oficial, al menos de forma oficiosa, sería un signo rompedor, sin duda, pero significativo. No hay que pensar que cualquier reconocimiento de la bondad ajena es una descalificación de la propia bondad. Ponernos en camino es hacer gestos concretos. Hay algunos que, si se hicieran, resultarían tan sorprendentes que uno pensaría que hemos acelerado mucho el paso.

Una cosa más: hay que mantener el diálogo ecuménico e interreligioso a toda costa. Hay que utilizar palabras persuasivas y positivas, que comiencen por reconocer lo bueno que hay en el otro. Y hay que trabajar juntos a favor de la paz y en contra de la violencia; a favor de la dignidad humana y en contra de la pobreza. En ese trabajo podemos ir muy unidos. Cada uno debemos proponernos convencer de la necesidad de este trabajo conjunto a los fieles de otras religiones o confesiones que conozcamos. Muchos líderes musulmanes, en respuesta a los trágicos sucesos ocurridos recientemente en París, han hecho declaraciones públicas y claras contra el terrorismo cometido en nombre de Dios. Por su parte el Papa acaba de decir en Sri Lanka: “Nunca se debe permitir que las creencias religiosas sean utilizadas para justificar la violencia y la guerra”.

Nosotros, desde el contacto mutuo, que casi obliga a reconocer al otro que no somos peligrosos y que hasta podemos ser amigos, tenemos que proponer acciones positivas que favorezcan la convivencia. La unidad se construye a base de pequeños gestos. Conscientes de que en este mundo la unidad siempre será imperfecta. Se perfeccionará en la Patria.

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9
Ene
2015
Unidad que quiere ser sin ser
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Los gestos del Papa Francisco, sucesor del apóstol Pedro, con el Patriarca de Constantinopla, sucesor del apóstol Andrés, en su viaje a Turquía del pasado mes de noviembre, fueron significativos. Además de los gestos hubo palabras de cercanía y simpatía mutuas. Más aún, palabras que han reconocido lo mucho que une a las Iglesias católica y ortodoxa. Nos une lo fundamental: tenemos la misma Palabra de Dios, el mismo Credo, los mismos sacramentos. Y sin embargo, a pesar del reconocimiento por parte católica del ministerio y los sacramentos de la parte ortodoxa, cuando el Obispo de Roma participó en el culto divino celebrado por el Patriarca de Constantinopla, no recibió la comunión eucarística, aunque allí hubo verdadera eucaristía. La participación en el culto y la no comunión eucarística es el signo más claro de una unidad que quiere ser, pero que todavía no es.

El punto de separación, a mi entender, está en la distinta concepción por unos y otros del ministerio petrino. Decir que el Papa es un “primus inter pares”, el primero entre iguales (como dice la ortodoxia) probablemente es demasiado poco. Pero el modo de ejercer el ministerio petrino, tal como se hace hoy en la Iglesia católica, no es el único posible y probablemente es mejorable. Esto lo reconoció Juan Pablo II cuando solicitó ayuda para ejercer de forma más adecuada y ecuménica, de forma menos separadora, su ministerio. Francisco ha recordado esta petición de su predecesor y la ha hecho suya.

Llevamos tantos años hablando de ecumenismo y de diálogo interreligioso que uno se pregunta si podemos dar pasos nuevos. Desde hace muchísimos años, en enero, hay una semana dedicada a la oración por la unidad de los cristianos, semana impulsada por distintas Iglesias cristianas. La oración es la traducción de la esperanza: el que espera pide, y en función de lo que pide se sabe lo que desea y espera. Pero cuando las peticiones no se logran, uno se cansa de pedir. Cierto, Jesús recomienda que oremos sin desfallecer, pero también es cierto que a uno le gustaría ver algún resultado concreto. Si concebimos la unidad como una “vuelta a Roma” por parte de los que se fueron, me parece que lo tenemos muy difícil. Pero si unidad significa ponernos en camino, sin prejuicios, para ver a dónde llegamos, podemos seguir pidiendo la unidad.

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4
Ene
2015
Cardenales no curiales
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Los nombres de los nuevos cardenales han sorprendido. Casi nadie esperaba una lista así. De los quince nuevos cardenales con derecho a voto sólo uno trabaja en la curia romana (el Prefecto de la Signatura Apostólica, una especie de “tribunal supremo” para resolver los conflictos jurídicos que se dan en la Iglesia). El resto son Obispos en ejercicio, algunos en pequeñas diócesis de África, Asía y América. Españoles sólo hay uno, Monseñor Ricardo Blázquez, buen Obispo y mejor persona, al que probablemente nadie le ha hecho la campaña. La lista en sí misma es un signo del desplazamiento del centro de gravedad del catolicismo. La fuerza de la Iglesia no está en la Curia, sino en el pueblo. Que entre los nuevos cardenales predominen los Obispos que están en contacto con la gente, y con gente más bien humilde y sencilla, es un signo de que algo está cambiando con este Papa, y probablemente, cambiando para bien.

Desconozco la edad de los actuales Cardenales electores. No sé cuántos cumplirán 80 años en los próximos dos años. Tampoco me interesa averiguarlo. Pero sospecho que si en los próximos dos o tres años el Papa tiene ocasión de convocar otros tantos consistorios, utilizando criterios similares a los de los últimos nombramientos, el próximo Cónclave puede resultar tan sorprendente como el que condujo a elegir a Francisco. Lo primero que hizo el actual Papa fue dejar de vivir en los palacios vaticanos. ¿Y si su sucesor dejase Santa Marta para ir a vivir más cerca aún de la gente corriente? En la Iglesia los cambios son muy lentos. Hay muchas inercias. Pero no cabe duda de que los cambios son reales. Cierto, los cambios ni nos hacen mejores personas, ni mejores cristianos. Pero ayudan a vivir con un poco más de alegría y hacen más respirable el aire eclesial. No es lo mismo poner el acento en lo que Dios exige del ser humano que en lo que Dios prepara para el ser humano. Hay modos de anunciar y vivir la fe que hacen más difícil la esperanza o que la sostienen mejor.

El Papa Francisco comenzó haciendo gestos. De los gestos se ha pasado a palabras que señalan con precisión lo que no conviene hacer y hacia dónde es bueno caminar. Y de las palabras estamos pasando a los hechos. Nuevos Cardenales, nuevos modos de preparar los Sínodos, nuevos modos de plantear los problemas, nuevas maneras de preguntar, nueva valoración de la vida religiosa y, sobre todo, nuevas orientaciones para acoger, y nuevos acentos que acercan al Evangelio. Cierto, desde algunos sectores, que consideran más importantes las palabras que las personas, el Papa recibe críticas más o menos abiertas. Lo mismo sucedió con Juan XXIII. Y lo mismo ha ocurrido con todas aquellas santas y santos que han buscado un acercamiento al Evangelio más apropiado a nuevas necesidades. El refrán que dice: “dime con quién andas y te diré quién eres”, podría prolongarse así: mira quién te critica para saber si vas por el buen camino.

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3
Ene
2015
La religión, asunto público y privado
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Muchas personas viven su religión como si solo tuviera incidencia en el momento de la muerte. En el fondo, a Dios le necesitamos para ir al cielo y nada más. La religión, para quienes así piensan, es un asunto privado y sus manifestaciones públicas se limitan a lo folklórico. ¿Podemos considerar la religión, en lo que tiene de más propio y esencial, un asunto meramente privado que sólo afecta a los individuos que la practican? Pero, por otra parte: ¿no habría que poner límites a las manifestaciones públicas de la religión, sobre todo cuando resultan polémicas, y no digamos, si promueven la intolerancia y producen divisiones sociales irreconciliables? En la propia casa uno puede expresarse como mejor le parezca, pero en los lugares públicos hay cosas que no deben decirse porque molestan a los demás.

En el terreno de lo privado, cuando se trata de mis pensamientos o de mis afectos, nadie tiene derecho a entrometerse. Y si alguien se entromete, solo aparentemente puede cambiarlos, porque en cuanto cesa la intromisión, o la presión, o la amenaza, mis sentimientos y pensamientos más bien se reafirman. Ahí la religión tendría derechos absolutos. Pero, si situamos la religión en el terreno de lo público, entonces los derechos de la religión terminan donde empiezan los derechos de los demás. Además en este terreno de lo público, las manifestaciones no son necesariamente la exacta reproducción de los profundos sentimientos del corazón: es posible encargar a un artista no creyente una obra religiosa; y es posible defender el dogma a base de gritos, sin amar al prójimo y, por tanto, sin amar a Dios.

En el terreno de lo público importan más los comportamientos que los sentimientos. Ahora bien, no cabe duda de que nuestras acciones y comportamientos, en la mayoría de los casos, están determinados por nuestras convicciones. En este sentido habría que decir que la religión tiene una incidencia pública. Cuando yo emito un voto de tipo político, este voto está determinado por mis convicciones. Por eso, un cristiano dice que no puede votar determinados programas que, a su juicio, son incompatibles con sus convicciones cristianas. Aunque aquí también hay que notar que no hay programas “puros” y que siempre hay que recurrir, a la hora de votar, al programa que me parece menos malo o que más se aproxima (porque seguro que no se identifica) con mis principales convicciones.

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31
Dic
2014
Año nuevo para vivir
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Los días que Dios nos regala son para vivir. ¡Para vivir bien! Vivir bien no es exactamente lo mismo que darse la buena vida. Vivir bien significa vivir con los demás. Más aún, vivir para los demás, lo que, paradójicamente, redunda en beneficio propio. Pues el que busca la felicidad de los demás, ese y sólo ese, trabaja para su propia felicidad. Para el creyente, además, vivir bien implica leer desde la fe y afrontar con esperanza las dificultades inevitables de la vida, así como descubrir la presencia de Dios en cada persona y en cada acontecimiento.
 

Ayer me contaron que una joven había sufrido un aborto “natural” no deseado, tras seis meses de embarazo. La muchacha y su pareja, más bien indiferentes en materia de religión, habían buscado, querido, deseado, anhelado tener este hijo. Cuando se dieron cuenta de que había problemas con el embarazo hicieron todo lo posible para que la criatura naciera, lo que les llevó a olvidarse de su indiferencia religiosa. Además de poner los medios humanos necesarios, se prometieron a sí mismos y prometieron a su familia que si la niña nacía, la bautizarían. Incluso pensaron en un sacerdote, amigo de la abuela, para que oficiara la ceremonia. Los últimos días de embarazo la madre los paso en un pequeño hospital comarcal. Cuando se produjo el aborto, las enfermeras, conociendo los deseos de los jóvenes padres, acudieron a consolarles y les hicieron este comentario: ¿cómo es posible que Dios permita que un niño deseado muera, cuando aquí, en este hospital, cada semana, vienen los servicios sociales a hacerse cargo de un mínimo de cinco niños recién nacidos, abandonados por sus padres?
 

Ante muchas de las grandes preguntas que empiezan por un “cómo es posible que Dios”, no se trata (al menos, de entrada) de ofrecer respuestas prefabricadas, sino de comprender, ayudar y solidarizarse. No es fácil, a veces, ver la presencia de Dios. Pero lo bueno que ha habido en los momentos complicados, termina volviendo, y algún día produce su efecto. Quizás, entonces, sea posible comprender que Dios estaba presente en los esfuerzos de esta pareja supuestamente indiferente (porque realmente no lo era tanto) para proteger la vida de su hija. También estaba presente en estas madres que, en vez de impedirlo, dejan nacer a sus hijos, aunque luego les abandonen porque no les pueden atender. Está también presente en aquellas familias que acogen a esos niños abandonados. Dios está presente donde aparece vida y donde protegemos la vida ajena.
 

Este nuevo año comienza o, peor, continúa con muchas tragedias, muertes en guerras absurdas, accidentes sin sentido, muchas personas desesperadas (también ayer me contaron el caso de una mujer de 40 años que se había suicidado). Se me ocurre que un buen propósito para este año sería sencillamente vivir, dejar vivir, ayudar a vivir. Vivir sin que las dificultades nos quiten la paz. Dejar vivir: no quitar la paz a los demás. Ayudar a vivir: ser instrumentos de paz.

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27
Dic
2014
Unidos por la fe, no por el voto
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A propósito de un post (ya antiguo) en el que planteaba si un católico podía o debía votar o no a un determinado partido, un buen amigo se mostró de acuerdo en la necesidad de ofrecer criterios a la hora de votar, pero nunca señalar nombres, y añadió: “para que estemos unidos en la misma fe, con independencia del partido al que votemos”. Me parece una reflexión acertada: lo que une a los cristianos, y a los católicos, es la misma fe en Jesucristo, muerto y resucitado, no el mismo voto político. El voto de los cristianos y de los católicos está dirigido a distintos partidos, entre otras cosas porque ningún partido puede identificarse con el Evangelio. Ninguno puede pretender que su programa es un fiel reflejo de las enseñanzas de la Iglesia, porque, además, las enseñanzas de la Iglesia, en muchas cuestiones, no son uniformes y, entre los católicos, hay libertad de pensamiento, de opinión y de acción en asuntos incluso muy serios. Como dice el Vaticano II una misma concepción cristiana de la vida puede conducir a opciones diferentes y a soluciones divergentes sobre un mismo problema.
 

Esto de estar unidos por la fe va mucho más allá de la posibilidad de pensar de forma diferente en cuestiones políticas o económicas. Dentro de la Iglesia hay muchos modos de vivir la fe. Nos une la fe, no los modos de vivirla. Las distintas Congregaciones religiosas y los distintos grupos cristianos son un buen ejemplo de que la “única fe” puede vivirse de distintos modos. Ninguna de estas Congregaciones o grupos puede pretender tener la exclusiva de lo que es ser católico, ni puede pretender que los demás realizan de forma menor que la suya el ser católico. Como muy bien ha dicho el Papa en la Evangelii Gaudium, “una verdadera novedad suscitada por el Espíritu no necesita arrojar sombras sobre otras espiritualidades y dones para afirmarse a sí misma”. Uno es tanto más auténtico y está tanto más convencido de lo suyo, cuanto con mejores ojos mira a los demás y sabe valorarles en su justa medida. Porque, en el Cuerpo de Cristo, lo que le ocurre a un miembro distinto del mío es también cosa mía.

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22
Dic
2014
Ha brotado una rosa
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Así titula Walter Kasper uno de los apartados de su libro “La Misericordia”, ese libro que el Papa Francisco elogió en una de sus primeras intervenciones públicas. Kasper se inspira en una antigua canción navideña alemana del siglo XVI, que traducida suena así: “Ha brotado una rosa… en mitad del frió invierno a media noche”. Una pequeña rosa en mitad del invierno, y además a media noche. Esta rosa, nacida en tan extrañas y difíciles circunstancias, recuerda el vaticinio del profeta Isaías (11,1): “saldrá un vástago del tronco de Jesé (= el padre del rey David), y un retoño de sus raíces brotará”. De un tronco truncado, en apariencia muerto e inútil, brotará de modo prodigioso un vástago.

La rosa que brota en mitad del frío invierno a media noche, es una buena imagen de la maravilla que acontece en Navidad: dónde no es posible humanamente que nazca la vida (en el frío invierno o de una mujer virgen), Dios suscita de modo prodigioso una Vida con mayúsculas, una rosa destinada a ser “la luz que nace de lo alto, para iluminar a todos los que habitan en tinieblas y en sombras de muerte” (Lc 1,78-79). Esta Vida nace en la noche del invierno precisamente para iluminar la noche del mundo. Este nacimiento trastorna todas las expectativas normales: el Salvador no nace en un palacio, sino en un establo; y los primeros que le reconocen son unos pobres pastores, gente marginada y despreciada. Nace sin hacer ruido (aunque luego su voz será potente y poderosa), a media noche, tal como lo anunciaba el libro de la Sabiduría (18,14): “Cuando un silencio apacible lo envolvía todo y la noche llegaba a mitad de su carrera, tu palabra omnipotente se lanzó desde el trono real de los cielos”.

Estar rosa, naciendo en tan complicadas circunstancias, anuncia ya las dificultades por las que tendrá que pasar Jesús para ser acogido, unas dificultades de tal calibre que terminaron en el rechazo total, en la cruz. Pero también ahí, en el frío invierno de la cruz, había signos de esperanza. Esta esperanza comenzó y se anticipó en el pesebre de Belén: allí, el Dios que muchas veces se nos antoja lejano, emerge del silencio, despierta en mitad de la noche del mundo y nos comunica la gracia y la verdad. Todavía hay esperanza para este mundo frío y oscuro, que es el nuestro, si somos capaces de volver nuestra mirada hacia este rayo de luz y de amor que aparece en Belén.

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19
Dic
2014
Un Dios del camino
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Se ha escrito mucho sobre las cuatro letras hebreas que forman el nombre de Dios: YHWH. Hay algunos autores que dicen que el verbo que hay detrás de esta raíz no es el verbo “ser” (de ahí las traducciones por “soy el que soy” o “soy el que seré”), sino hasah, que significa amar apasionadamente. Es un tema interesante, aunque propio de expertos. En cualquier caso, el nombre de Yahvéh, que ningún judío piadoso se atrevía a pronunciar, pone de manifiesto la absoluta trascendencia divina. Pero, por otra parte, también muestra la solicitud de Dios por su pueblo: Dios es el que visita a su pueblo, el que ha visto sus sufrimientos y ha escuchado su clamor. Más aún, es el Dios que guía al pueblo y se hace presente en los diversos avatares de su historia, el Dios del camino. No es un Dios vinculado de un lugar, sino el Dios que se hace presente allí donde el pueblo camina.

El ser de Dios es existencia para su pueblo. Va siempre por delante. Por eso se le dice a Moisés que no puede ver su rostro, porque esto es algo imposible en las condiciones de este mundo. Pero Moisés puede ver la espalda de Dios, o sea, las huellas de su paso por la historia. En Jesucristo, este Dios que acompañaba al pueblo y caminaba delante de él, se ha manifestado como “Emmanuel”, que traducido significa: “Dios con nosotros” (Mt 1,23). Para los creyentes en Jesús como el Cristo, ha quedado definitivamente claro que en él “se ha manifestado la gracia salvadora de Dios a todos los hombres” (Tit 2,11). La gracia es la misericordia eficaz de Dios, su bondad y su amor. Y, al contrario de lo que ocurría con Yahvéh, a Jesús sí se le puede mirar cara a cara.

Hay una continuidad entre Yahvéh que libera a su pueblo de la esclavitud y le acompaña en su camino, y Jesús, que es también “el Camino” que conduce a la Verdad y a la Vida. Un camino está para ser recorrido. Pero en nuestro caso el Camino es la persona de Jesús. ¿Cómo se recorre este camino hecho hombre por nosotros y por nuestra salvación? Poniéndonos en su seguimiento, o sea, viviendo su misma vida, teniendo sus mismos sentimientos, actuando con su mismo espíritu. En Jesús, Dios no solo nos acompaña en nuestro camino, sino que él mismo se ha hecho Camino. Mirándole a él, sabemos de forma muy concreta dónde esta la puerta de la vida, por dónde tenemos que ir para encontrarnos definitivamente con Dios.

El Nombre innombrable de Yahvéh se ha unido de forma irrevocable con nuestra humanidad, acompañando a todo ser humano, de forma que si Yahvéh es el Dios del camino, Jesús es el Camino que llevamos con nosotros dondequiera que vayamos.

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15
Dic
2014
Una persona, dos naturalezas
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Los textos catequéticos resumen así el dogma cristológico: en Cristo había una única persona divina y dos naturalezas, una humana y otra divina. Con esta fórmula, aunque utilice términos de la filosofía griega, se está diciendo que Jesús es al mismo tiempo verdadero Dios y verdadero hombre. El hombre Jesús es el Hijo de Dios. Las herejías cristológicas niegan, con mayor o menor insistencia, uno de los dos términos de la cuestión: la divinidad o la humanidad, aunque me parece a mi que a muchos creyentes de hoy les escandaliza más la negación de la divinidad que la de la humanidad. Por eso, cuando se insiste en que la humanidad de Cristo es tan importante como la divinidad, surge enseguida la pregunta por cómo comprender que en una sola persona pueda haber dos naturalezas, hasta el punto de que la naturaleza divina no sólo no anula la humana, sino que la potencia. Uno es tanto más humano cuanto más divino es.

¿Cómo entender que Jesús es el Hijo de Dios sin entrar en tecnicismos teológicos? No es posible desvelar el misterio. Pero sí resulta posible mostrar que no es contradictorio que una naturaleza humana concreta exista de forma personal en un nivel divino. Dicho de otra forma: Jesús es una persona divina (afirmación de fe) que vive una vida auténticamente humana. O sea, el hecho de ser persona divina no es “obstáculo” para vivir realmente como hombre. Un ejemplo, tomado de la propia experiencia de uno mismo, puede ayudar a entender el misterio de la Encarnación. El sujeto humano no es solo un “yo” pensante y queriente, también es un “yo” sensible. No es lo mismo pensar que sentir. Pero estas dos maneras de ser pueden coexistir en una unidad más fundamental. En la persona, en el mismo “yo” humano se unen la conciencia pensante y la conciencia sensible, pero el “yo” no se identifica ni con la conciencia pensante ni con la sensible. Hay como dos “hogares” de un mismo yo. El “yo” no se reduce a ninguno de estos dos hogares, aunque forman una unidad en él. Este “yo” no es una tercera realidad, es inmanente a lo pensante y a lo sensible, sin ser ni uno ni otro.

¿Se puede intentar buscar ejemplos más sencillos? Sí, a condición de tomarlos como ejemplos que no agotan el misterio. El que tiene el hábito del estudio, puede encontrar dificultades para estudiar, debido a la somnolencia o a la enfermedad. De forma similar la persona divina tendría dificultades para entender debido a que se encuentra en una condición humana, limitada y precaria. Otro ejemplo: imaginemos que un ordenador antiguo acepta un programa de última generación, imaginemos un “software” (instrucciones que no se pueden ver ni tocar) moderno en un “hardware” (soporte físico) antiguo. El programa moderno operará, en este soporte antiguo, con mucha lentitud y con algunos fallos, que no serán debidos al programa, sino al soporte. El programa, si solo encuentra un soporte anticuado, tendrá que conformarse con este mal ordenador si quiere tener alguna posibilidad de mostrar sus muchas virtualidades, aunque las muestre de forma imperfecta.

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