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Sep2014Una y santa
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Sep
Los Símbolos de la fe caracterizan a la Iglesia con estos cuatro atributos: una, santa, católica y apostólica. Se trata de cuatro rasgos esenciales de la Iglesia y su misión. Hoy estas notas o rasgos precisan de una nueva explicación precisamente porque nuestros contemporáneos, incluidos muchos buenos creyentes, también observan, a veces escandalizados, la pluralidad de Iglesias o el pecado de la Iglesia, o se preguntan si su origen apostólico implica un tipo de gobierno no democrático.
La Iglesia es una porque toda ella se reclama del único Cristo que vino para reconciliar a todos los seres humanos, uniéndolos en un solo cuerpo (cf. Ef 2,16; 1 Cor 12,12); y porque él mismo pidió al Padre la unidad de los suyos como signo para que el mundo creyera (Jn 17,21). En la Iglesia hay carismas y funciones distintas, pero el Espíritu Santo, que habita en los corazones de los creyentes, los une a todos en el amor y hace que todos los dones y carismas estén al servicio de la edificación de la comunidad. La Iglesia es una porque toda ella confiesa la misma fe, celebra los mismos sacramentos y obedece a los mismos pastores. Y, sin embargo, ya desde los comienzos de la Iglesia surgieron divisiones, rupturas, que con el tiempo han dado lugar a Iglesias separadas: las distintas Iglesias ortodoxas, la anglicana, la católico-romana, las surgidas de la reforma luterana. Hoy, en Ginebra, funciona el llamado “Consejo Ecuménico de las Iglesias” que, si por una parte, es la confesión palmaria de una división, por otra es el anhelo de una vuelta a la unidad. Por su parte, la Iglesia católico-romana reconoce que en las escisiones ha habido “culpa de los hombres de una y otra parte”. Más aún, que en las Iglesias separadas pueden encontrarse “muchísimos y muy valiosos elementos o bienes que edifican y dan vida a la Iglesia” (Unitatis Redintegratio, 3). Ella, juntamente con las otras Iglesia, favorece el ecumenismo y trabaja por una unidad que no tenga que traducirse en uniformidad.
La Iglesia es santa porque está santificada por el Espíritu y porque dispone de medios de santificación. Si el Espíritu Santo es el que santifica a la Iglesia es porque por ella misma no es santa y necesita ser santificada. Si dispone de medios de santificación es porque sus miembros deben continuamente recurrir a ellos. La Iglesia está formada por pecadores. De ahí que al mismo tiempo es santa y está necesitada de purificación. Y avanza continuamente por la senda de la penitencia y de la renovación (Lumen Gentium, 8). Por eso la santidad de la Iglesia, aquí en la tierra, es “todavía imperfecta” (Lumen Gentium, 48). Así se comprende que los cristianos, que somos la Iglesia y la constituimos, cada día debemos pedir sinceramente al Señor que nos perdone nuestras deudas. El Apóstol Pablo, se dirigía a los cristianos de las diferentes comunidades, llamándolos “santos por vocación” (Rm 1,7), “elegidos para ser santos” (Ef 1,4) consciente como era de sus deficiencias y pecados. De ahí este paradójico calificativo: “los santificados, llamados a ser santos” (1 Co 1,2).
La palabra Iglesia, que el Nuevo Testamento emplea para designar a la comunidad de Jesús, proviene del griego ekklesia, que significa reunión. El término equivalente hebreo, que emplea el Antiguo Testamento es kahal, palabra que designa la congregación del pueblo de Israel. El pueblo de Israel es “preparación y figura” del “pueblo de Dios” que nace de “la alianza nueva y perfecta que había de pactarse en Cristo” (Lumen Gentium, 9). En los años posteriores al Concilio Vaticano II la teología empleó insistentemente la expresión “pueblo de Dios” para referirse a la Iglesia. De este modo, además de notar que la Iglesia es heredera del pueblo de Dios del A.T., se ponía de relieve algo fundamental, a saber, la radical igualdad que, por el bautismo, hay entre todos los miembros de la Iglesia y, por tanto, la comunión que entre ellos debe darse, en suma, la conciencia fraterna de la Iglesia. El concepto de pueblo no remite a una masa amorfa, que estaría “en” un pueblo, sino a una comunidad de personas adultas, conscientes de sus propias responsabilidades y convicciones, que “son” ese pueblo. Asunto distinto es que dentro de ese pueblo haya tareas, ministerios y funciones diferenciadas, pero antes de las diferencias hay una cualidad común a todos los miembros de la Iglesia.
Las ediciones latinoamericanas de los textos litúrgicos suelen traducir por “mujer de mala vida” lo que en los libros usados en España se traduce por prostituta. Así, por ejemplo, el evangelio de Lucas cuenta que Jesús estaba comiendo en casa de Simón, el fariseo. Allí entró “una mujer de mala vida” que, llorando, se puso a besar los pies de Jesús y a perfumarlos (Lc 7,36-50). Cuando un día, en una eucaristía, escuché este tipo de traducción, me puse a pensar: ¿se trata de la directora o de la principal accionista de un banco, de esos que venden bonos basura a sus clientes; o quizás se trata de una política que se aprovecha del cargo para su propio beneficio, o quizás de una alta ejecutiva que paga salarios de miseria a sus trabajadores? Evidentemente, incluso con este tipo de traducción, todos entendemos que se trata de una prostituta.
La esperanza cristiana tiene la misma estructura que la esperanza humana. Aunque, ciertamente, el objeto de la esperanza cristiana es Dios mismo. Lo que finalmente esperamos los cristianos no es solo vivir más y mejor, es vivir con Dios y en Dios. Por eso, el Credo de la fe cristiana termina en la esperanza: esperamos la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Esta esperanza cristiana está bien fundamentada. No es una vana ilusión. Se apoya en el poder y en la misericordia de Dios. Si en Jesucristo, Dios nos ha manifestado el poder que tiene de resucitar muertos y el gran amor que tiene por todos y cada uno de nosotros, entonces es lógico esperarlo todo de él.
En la carta a los romanos, dice San Pablo que Dios, independientemente de la ley, manifiesta su justicia justificando al pecador, o sea, perdonándole. Este tipo de justicia resulta muy extraño, pues lo justo no parece que sea perdonar al pecador, sino castigarle. El perdón contradice la mera justicia conmutativa, que exige represalias. De ahí la pertinencia de la pregunta que plantea Walter Kasper: “¿cómo puede un Dios que ha de ser pensado como justo mostrarse misericordioso con los victimarios sin hacer violencia en el acto del perdón a las víctimas, en caso de que no estén de acuerdo con tal perdón?”
Confesar que Dios es creador es reconocer el carácter dependiente de todo lo creado, incluido el ser humano. La dependencia es algo que, en nuestra sociedad, se considera negativamente, por reacción a una falta de autonomía que, en ocasiones, tiene duros antecedentes históricos y sociales. No se soporta la dependencia económica, ideológica, jerárquica, afectiva, y se busca, en cambio, la independencia, el no depender de nada ni de nadie.
Buenas noticias hay en todas partes. También en los medios de comunicación. Importa hacer una aclaración: no hay que confundir lo real con la noticia. Noticia es lo que se anuncia. La realidad es más amplia. Algunos confunden la realidad con la noticia. Son los que piensan que solo existe lo que sale en los periódicos o en la televisión. O los que dicen: si no estás en internet, no eres nadie. Pero la realidad es más amplia de lo que se publica. Se publica lo que al publicista le interesa que sea conocido.