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Oct2014La fe cristiana tiene sus motivos
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Oct
La fe cristiana es una actitud que tiene sus motivos. Está sometida a una serie de controles. No se apoya en sí misma. Los relatos que nos transmiten el mensaje y la vida de Jesús están bien fundamentamos históricamente y hay motivos sobrados para considerar veraz y creíble lo que en ellos se dice. Pero lo que ahora quiero subrayar es que el control más importante sobre Jesús, el cristiano lo realiza mirando a Jesús mismo, a su persona, su vida, su actividad y su palabra. ¿Jesús aparece como creíble, como alguien digno de fe, alguien que merece mi confianza? ¿Su palabra tiene autoridad, llena la vida de sentido y el corazón de alegría? ¿El encuentro con él ha cambiado mi vida? ¿El Dios que él nos revela es de Amor y de Vida?¿Es un Dios que nos hace más humanos, más personas, más felices? Si lo pensamos bien, no hay nada más razonable y conveniente para el ser humano que el Evangelio, y nadie resulta tan creíble como Jesús de Nazaret. Nadie como el merece ser escuchado, porque nadie ha hablado como él.
Es importante dejar claro que la fe cristiana se fundamenta en la confianza que merece Jesús de Nazaret y su mensaje. Pues el gran argumento que, con diferentes variantes, se repite una y otra vez, es que el fundamento personal de toda creencia son los deseos humanos. Ellos son los que nos llevan a pensar que si Dios existiera la vida tendría sentido. A partir de ahí se comprende la coherencia de esta propuesta formulada por el filósofo Fernando Savater: “En lugar de tener la pretensión de comprender la entraña de la realidad a partir de lo que deseamos, deberíamos intentar comprender precisamente los mecanismos reales de nuestro furor deseante”.
¿Qué decir ante esta propuesta? No hay duda, a mi entender, de que Jesús y su evangelio responden a los mejores deseos del corazón humano. Pero Jesús no es el resultado de ninguna proyección, su mensaje no es un invento del creyente, una leyenda que ayuda a mejor sobrellevar las penas de la vida. Jesús y su mensaje están ahí antes de que el creyente los conozca. Y cuando los conoce, entonces descubre que colman sus más profundos deseos. El deseo no causa la respuesta ni produce la realidad. En todo caso, el deseo es lo que mueve a buscar si hay alguna realidad fuera de mi que pueda ofrecer una respuesta satisfactoria a mis deseos.
La fe cristiana no se apoya en el vacío, ni es una proyección, sino un acto moralmente responsable y digno del ser humano. El creyente tiene buenas razones para creer.
¿Quién tiene una fe más madura, más sólida, aquel que en cuestiones de fe dice tenerlo todo clarísimo y nunca se plantea preguntas, o la persona que es consciente de las razones y argumentos que se alzan contra la fe? Una pregunta similar se la planteaba Tomás de Aquino y respondía que la segunda de esas personas era la que tenía más mérito al creer, porque creía siendo consciente de los obstáculos que se le plantean a la fe. Y hacía una interesante comparación con el caso de lo mártires: “cuánto contradice a la fe, sea por consideración humana, sea por persecución exterior, en tanto aumenta el mérito de la fe en cuanto pone de manifiesto una voluntad más dispuesta y firme en la fe. Por eso, el mérito de la fe es mayor en los mártires porque no abandonaron la fe ante la persecución; tienen asimismo mayor mérito los sabios, puesto que no abandonan la fe ante las razones aducidas contra ella por los filósofos o por los herejes”.
Una cosa es el acto de fe y otra las fórmulas con las que expresamos el contenido de la fe. A este respecto, Santo Tomás decía expresamente que el acto de fe no se dirige a los enunciados (dogmas, catequesis, credos), sino a la realidad divina a la que estos enunciados remiten y que expresan de forma muy imperfecta, precisamente porque son fórmulas humanas. Dicho de otra forma: nosotros no creemos en dogmas, en fórmulas o en palabras, sino en el Dios revelado en Jesucristo que en estas fórmulas, dogmas o palabras se expresa. Dios es el objeto y término de nuestra fe, Aquel en el que creemos y confiamos, Aquel del que todo lo esperamos. No hay ninguna fórmula, ninguna predicación, ningún dogma que pueda agotarlo. El está siempre más allá de lo que decimos y pensamos.
Pongo Palabra con mayúscula porque me refiero a la Palabra de Dios. Aunque por otra parte, esta Palabra siempre nos llega con minúscula, a través de palabras humanas. Desde el punto de vista cristiano, las palabras humanas de la Biblia son las que mejor expresan la Palabra de Dios. Pero esta no es exactamente la cuestión que me mueve a escribir este post. Lo que me mueve es una discusión de la que fui testigo presencial. Contaba un sacerdote que, tras una boda con Misa celebrada un sábado por la tarde, en la que las lecturas habían sido las de “la boda”, alguien le preguntó si esa Misa “valía” como Misa del domingo. A partir de ahí aparecieron distintas opiniones: uno decía que “no valía”, porque las lecturas no habían sido las de la Misa dominical. Otro dijó, para justificar su opinión de que esa Misa sí valía como Misa del domingo, que lo que importaba en la Misa no eran unas u otras lecturas, sino “la consagración”.
Así se comprende que, en el momento de recibir el bautismo, sello y signo de la fe cristiana, el catecúmeno, antes de la triple afirmación: “Creo en Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo”, debe realizar un triple negación: “Renuncio a Satanás, a todas sus obras y a todas sus seducciones”. Volverse hacia Dios es darle la espalda a Satanás; creer en el Dios de Jesús es no creer en otros dioses. Creer en Dios implica que hay una serie de realidades incompatibles con esa fe. El creyente se encuentra ante una alternativa: “o bien una cosa, o bien otra”, pero es imposible quedarse con las dos. De hecho, cuando uno pretende quedarse con las dos, en realidad solo se está quedando con una, con la alternativa contraria a la fe. Desde este punto de vista se comprende la radicalidad de la fe cristiana.
La tentación de usar el ministerio para el propio prestigio está siempre presente. De ahí la necesidad de estructuras sinodales que corrijan fraternalmente los abusos que puedan darse. Estas estructuras sinodales actúan, a veces, democráticamente, para elegir a los ministros o a los responsables de la comunidad. El Obispo de Roma es elegido por un colegio. Se puede discutir el modo de formar parte de este colegio electoral del Obispo de Roma. Pero la cuestión de fondo seguirá siendo esta: el Obispo de Roma no es el que “toma” el poder, sino el que “recibe” un encargo. Este colegio elector del Obispo de Roma es equivalente a otros colegios electores que elegían a los Obispos diocesanos. Durante mucho tiempo fue el “cuerpo” de los canónigos el que elegía al Obispo. Recordarlo es un modo de plantearse si no habría que recurrir de nuevo a algunas instituciones que el tiempo ha ido relegando.
Aprovechando la próxima reunión del Sínodo de los Obispos, me gustaría, por un momento, dejar de lado los contenidos de lo que el Sínodo va a tratar, para apelar a la conveniencia de una Iglesia sinodal a todos los niveles, una Iglesia en la que haya estructuras que permitan la participación de todos los creyentes en las decisiones que les conciernen. Precisamente, la palabra “sínodo” expresa la idea de caminar juntos, buscar en común, compartir experiencias, escucharnos con simpatía unos a otros, saber ver en la opinión ajena una misma búsqueda de caminos evangélicos, aunque quizás expresados desde otras necesidades y otras experiencias. Una Iglesia sinodal sería así expresión concreta de fraternidad. La sinodalidad en la Iglesia no hay que confundirla con la democracia política, aunque en algunas ocasiones también la sinodalidad se exprese democráticamente.
La Iglesia es católica porque es universal, extendida por todo el mundo, “hasta los confines de la tierra” (Hech 1,8). Y, sin embargo, esta única Iglesia católica se realiza en comunidades particulares. Es interesante notar que un mismo escrito, la primera carta a los Corintios, emplea la palabra Iglesia en un triple sentido: comunidad de culto (1 Cor 11,18), iglesia local (1 Cor 1,2) e iglesia universal (1 Cor 15,9). Se trata de tres formas de realización de la sola y misma Iglesia. La Iglesia universal existe en las distintas comunidades locales y allí se realiza, a su vez, en la asamblea de culto. Lejos de oponerse Iglesia local e Iglesia universal, la primera es la forma concreta de realizarse la única Iglesia en un determinado lugar, como ha dejado bien claro el Concilio Vaticano II: “en las Iglesias particulares se constituye la Iglesia católica, una y única” (Lumen Gentium, 23). Más aún, es posible considerar a la familia cristiana como “Iglesia doméstica” (Lumen Gentium, 11), o sea, como la primera realización de la reunión de creyentes que constituye la Iglesia cuando esos creyentes se reúnen en nombre de Jesús (cf. Mt 18,20).