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Nov2014Cuando dices monaguillo, yo me huelo otra cosa
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Nov
El mal siempre sobra. Por eso siempre es excesivo. El bien es necesario y, por mucho que haya, siempre es bueno que haya más. Las noticias sobre el mal son llamativas. Las noticias sobre el bien suelen pasar desapercibidas. Estoy convencido de que el bien supera con creces al mal, porque si no fuera así, el mundo sería un infierno. Pero como el mal duele, parece siempre muy grande e importante.
En estos días se está hablando mucho de Granada y del tremendo mal que algunos clérigos han ocasionado (¿he de poner “supuestamente” para no ser denunciado?), pues supuestamente. Como se trata de delincuentes, supuestamente, habrá que juzgarlos como tales. El que sean clérigos (eso ya no parece que sea supuestamente) añade delito en la medida en que han podido aprovecharse de su posición para engañar a las viudas (haciéndose con su dinero), y a los y las menores (para aprovecharse sexualmente de ellos). Además, el que sean clérigos añade escándalo, porque de ellos se espera una mayor rectitud y coherencia. Es una espera equivocada, porque los clérigos son tan débiles y pecadores como cualquier otro creyente, pero la gente buena y sencilla, a veces, les coloca en pedestales imaginarios y, desde tales pedestales, les juzga y les valora.
Cuando digo que el mal supera al bien, no pretendo de ningún modo minusvalorar el mal ni paliar el delito. Pero sí quiero notar que la vida, en todos los niveles, funciona porque hay más gente buena que mala. Las instituciones funcionan, también las religiosas, porque unos pocos trabajan y se sacrifican. Y porque detrás de esos pocos hay un grupo grande de gente buena, quizás no tan sacrificada ni trabajadora, pero buena. Cierto, en las instituciones hay gente que plantea muchos problemas, y encima se creen el ombligo del mundo. Cuando en ellas aparen grandes o pequeños delincuentes, no se debe a que las instituciones les busquen, sino a que se les cuelan o porque las personas, frágiles como somos, podemos pervertirnos. Los grandes delincuentes suelen terminar siendo públicos. Los pequeños, a veces.
Las víctimas tienen miedo. Por eso muchas se callan. Es comprensible. Pero, por suerte, en la Iglesia, cada vez hay más ambiente favorable para sostener a las víctimas y tomar partido contra los victimarios. Benedicto XVI empezó a crear este ambiente y el Papa actual aún lo ha favorecido más. Este dato ratifica que el bien supera al mal. Hace muchos años me llamó la atención el título de un pequeño folleto: “Cuando tú dices Dios, yo me huelo otra cosa”. El Papa Francisco está contribuyendo a que la gente no se huela otra cosa cuando los curas decimos monaguillo.
Todos los que tienen cargos en la Iglesia deberían decir: aquí estamos para servir. Servir no es exactamente hacer lo que el peticionario gusta mandar (porque, a veces, lo que “manda” no es bueno para él, o no hay modo de hacerlo), pero sí que es estar disponible, atento a sus necesidades, buscar el modo de ayudar. Es tan obvio que la Iglesia está para servir, que casi da vergüenza recordarlo. Evidentemente, la Iglesia es, ante todo, servidora de su Señor y de su Palabra. Pero precisamente en obediencia a su Señor, es servidora de todos los seres humanos. Dentro de la Iglesia estamos para “servirnos los unos a los otros”, aunque cuando la reciprocidad no se da, porque no es posible o porque hay mala voluntad por una de las partes, la otra sigue estando obligada al servicio, que es una forma concreta de amar. En relación a “los de fuera” los cristianos también estamos llamados a servirles desinteresadamente y, en este servicio, manifestamos la gratuidad del amor cristiano.
Uno de los problemas que tienen las leyes es que la vida siempre va por delante de ellas. No solo porque las mentalidades y las costumbres cambian, sino porque la realidad se impone y nos obliga a cambiar nuestras preconcepciones y nuestros planes. Eso ocurre en todos los terrenos, también en el religioso. Hay situaciones que hoy se consideran normales y en otros tiempos se consideraban, como mucho, como algo excepcional, por no decir anormal. Las cuestiones de moral familiar y matrimonial son un buen ejemplo. Se piense lo que se piense, desde el punto de vista moral y religioso, la normalidad social del divorcio ha hecho cambiar leyes que lo prohibían o lo penaban.
Hay personas que piensan que lo que dice la Biblia a propósito de la creación del mundo y del ser humano ha quedado totalmente superado por la ciencia. Si superado quiere decir que la ciencia explica las cosas con una perspectiva y un lenguaje muy distintos al de la Biblia, podemos estar de acuerdo: Dios, evidentemente, no ha creado el mundo en seis días. Pero si superado quiere decir que lo que dice la Biblia ha dejado de ser verdad, entonces no estoy de acuerdo, aunque reconozco que hay que explicar bien esa verdad bíblica. Lo que sí me parece que está superado es la alternativa entre creación y evolución. Tanto las ciencias naturales como la fe, hablan de lo mismo, aunque con perspectivas diferentes, ambas importantes para nosotros.
Cada uno de nosotros tiene muchos dioses. O si se prefiere, muchos ídolos. Un ídolo o un dios es la pasión central del hombre, aquello por lo que estoy casi dispuesto a perder la vida y, en cualquier caso, aquello a lo que subordino todo lo demás. Para muchos, el dinero es un ídolo, porque por el dinero pierden amistades, salud, tiempo y humor. El problema de los dioses de la tierra es que nunca acaban de llenar el corazón. Sin embargo, son fáciles de identificar: poder, sexo, dinero, prestigio, honor, belleza, estómago, política. Con el Dios verdadero ocurre lo contrario: siempre se nos escapa. Por eso nos resulta difícil encontrarlo y amarlo.
Las visitas turísticas suelen ser siempre muy sesgadas. En ellas lo que más importa es el negocio. Por ejemplo, cuando uno visita las cuevas del Drach en Mallorca, los turistas se quedan sin ver la mitad de la cueva. Se trata de que los grupos vayan rápidos para que puedan entrar el mayor número posible. Eso no tiene mayor importancia, porque con lo que se ve y se enseña, el visitante puede hacerse una idea de lo que hay en la cueva. Pero en otros casos, hay cosas que no se dicen por intereses ideológicos, o que no se enseñan, porque el visitante no sabe que existen y, por tanto, no pide verlas.
En cada Eucaristía la comunidad cristiana se solidariza con aquellos que nos han precedido en el signo de la fe y han sido ya acogidos en el seno de Dios. La fiesta del dos de noviembre nos invita a reavivar la esperanza que nos asegura que, si bien nuestros familiares y amigos han dejado ya este mundo, no nos han dejado a nosotros, ni nosotros a ellos.
Uno de los buenos profesores que he tenido contaba que un día, en clase, los alumnos le preguntaron cuál era el método para hacer una buena homilía. Y el sabio profesor, con una pizca de humor, contestó: “el método Co-co-co”. Que traducido significa: con-tenido, con-vicción, co-municación.