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Ene2015La religión, asunto público y privado
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Ene
Muchas personas viven su religión como si solo tuviera incidencia en el momento de la muerte. En el fondo, a Dios le necesitamos para ir al cielo y nada más. La religión, para quienes así piensan, es un asunto privado y sus manifestaciones públicas se limitan a lo folklórico. ¿Podemos considerar la religión, en lo que tiene de más propio y esencial, un asunto meramente privado que sólo afecta a los individuos que la practican? Pero, por otra parte: ¿no habría que poner límites a las manifestaciones públicas de la religión, sobre todo cuando resultan polémicas, y no digamos, si promueven la intolerancia y producen divisiones sociales irreconciliables? En la propia casa uno puede expresarse como mejor le parezca, pero en los lugares públicos hay cosas que no deben decirse porque molestan a los demás.
En el terreno de lo privado, cuando se trata de mis pensamientos o de mis afectos, nadie tiene derecho a entrometerse. Y si alguien se entromete, solo aparentemente puede cambiarlos, porque en cuanto cesa la intromisión, o la presión, o la amenaza, mis sentimientos y pensamientos más bien se reafirman. Ahí la religión tendría derechos absolutos. Pero, si situamos la religión en el terreno de lo público, entonces los derechos de la religión terminan donde empiezan los derechos de los demás. Además en este terreno de lo público, las manifestaciones no son necesariamente la exacta reproducción de los profundos sentimientos del corazón: es posible encargar a un artista no creyente una obra religiosa; y es posible defender el dogma a base de gritos, sin amar al prójimo y, por tanto, sin amar a Dios.
En el terreno de lo público importan más los comportamientos que los sentimientos. Ahora bien, no cabe duda de que nuestras acciones y comportamientos, en la mayoría de los casos, están determinados por nuestras convicciones. En este sentido habría que decir que la religión tiene una incidencia pública. Cuando yo emito un voto de tipo político, este voto está determinado por mis convicciones. Por eso, un cristiano dice que no puede votar determinados programas que, a su juicio, son incompatibles con sus convicciones cristianas. Aunque aquí también hay que notar que no hay programas “puros” y que siempre hay que recurrir, a la hora de votar, al programa que me parece menos malo o que más se aproxima (porque seguro que no se identifica) con mis principales convicciones.
Así titula Walter Kasper uno de los apartados de su libro “La Misericordia”, ese libro que el Papa Francisco elogió en una de sus primeras intervenciones públicas. Kasper se inspira en una antigua canción navideña alemana del siglo XVI, que traducida suena así: “Ha brotado una rosa… en mitad del frió invierno a media noche”. Una pequeña rosa en mitad del invierno, y además a media noche. Esta rosa, nacida en tan extrañas y difíciles circunstancias, recuerda el vaticinio del profeta Isaías (11,1): “saldrá un vástago del tronco de Jesé (= el padre del rey David), y un retoño de sus raíces brotará”. De un tronco truncado, en apariencia muerto e inútil, brotará de modo prodigioso un vástago.
Se ha escrito mucho sobre las cuatro letras hebreas que forman el nombre de Dios: YHWH. Hay algunos autores que dicen que el verbo que hay detrás de esta raíz no es el verbo “ser” (de ahí las traducciones por “soy el que soy” o “soy el que seré”), sino hasah, que significa amar apasionadamente. Es un tema interesante, aunque propio de expertos. En cualquier caso, el nombre de Yahvéh, que ningún judío piadoso se atrevía a pronunciar, pone de manifiesto la absoluta trascendencia divina. Pero, por otra parte, también muestra la solicitud de Dios por su pueblo: Dios es el que visita a su pueblo, el que ha visto sus sufrimientos y ha escuchado su clamor. Más aún, es el Dios que guía al pueblo y se hace presente en los diversos avatares de su historia, el Dios del camino. No es un Dios vinculado de un lugar, sino el Dios que se hace presente allí donde el pueblo camina.
Los textos catequéticos resumen así el dogma cristológico: en Cristo había una única persona divina y dos naturalezas, una humana y otra divina. Con esta fórmula, aunque utilice términos de la filosofía griega, se está diciendo que Jesús es al mismo tiempo verdadero Dios y verdadero hombre. El hombre Jesús es el Hijo de Dios. Las herejías cristológicas niegan, con mayor o menor insistencia, uno de los dos términos de la cuestión: la divinidad o la humanidad, aunque me parece a mi que a muchos creyentes de hoy les escandaliza más la negación de la divinidad que la de la humanidad. Por eso, cuando se insiste en que la humanidad de Cristo es tan importante como la divinidad, surge enseguida la pregunta por cómo comprender que en una sola persona pueda haber dos naturalezas, hasta el punto de que la naturaleza divina no sólo no anula la humana, sino que la potencia. Uno es tanto más humano cuanto más divino es.
Se diría que el problema de la mayoría de los cristianos es otro: ¿cómo es posible que si Jesús es de naturaleza divina pueda tener reacciones humanas, pueda sufrir y vivir la dureza de la condición humana? San Agustín, en su comentario a los salmos, nota la dificultad que tenemos los creyentes en atribuir a Jesús aquellas palabras de la Escritura que lo presentan “confesando su debilidad”; por eso “dudamos en referir a él estas palabras, tratamos de cambiar su sentido”.
La fiesta de la Inmaculada Concepción puede ser una buena ocasión para aclarar un malentendido que todavía se da entre muchos creyentes. Me refiero a la confusión extendida en la mentalidad común entre inmaculada concepción y virginidad de María. Supuestamente, María no tendría pecado por ser virgen. Esta confusión avala la falsa idea de que el pecado original consistiría en la relación sexual de Adán con Eva y fomenta una concepción negativa de la sexualidad en la vida cristiana. Convendría que los cristianos no difundiéramos estas ideas que luego sirven para ridiculizar la fe por parte de los enemigos de la fe.
Según la carta a los Hebreos ser forastero es consustancial al ser creyente. El más acabado modelo de fe, Abraham, es presentado como el que sale de su tierra, viviendo como extranjero, “peregrino y forastero sobre la tierra”, porque iba en busca de otra patria, de una “ciudad asentada sobre cimientos, cuyo arquitecto y constructor era Dios” (Heb 11, 8.9.13.14.10). A la vista de un texto como este, se puede ver en el extranjero un sacramento, o sea, una señal de lo que uno como creyente debería ser. Y si el extranjero me recuerda lo que soy o debo ser, ¿cómo no alegrarme de su presencia?