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Feb2015Dificultades en la transmisión de la fe
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Transmitir la fe es una necesidad ineludible de todo creyente. Necesidad que brota de una experiencia, la experiencia del cambio de vida que acontece a todo el que se encuentra con Jesús. Sin esa experiencia previa no sólo no hay necesidad, sino ni siquiera posibilidad de transmitir la fe. Pues no se puede ofrecer lo que no se tiene.
Supuesta la experiencia del encuentro con Jesús, la transmisión de la fe topa con una serie de dificultades. Dificultades de siempre, aunque hoy se presentan moduladas por las características propias de nuestra cultura. Hoy, a las convicciones personales de los creyentes, les falta apoyo social. Hace falta hacerse violencia no tanto para mantener, cuanto para proclamar con fuerza la fe cristiana en situaciones adversas.
De todos modos, y aunque parezca sorprendente, el más radical motivo que dificulta la acogida del Evangelio es el Evangelio mismo. Es una buena noticia, sí. Pero también desborda toda expectativa. Va al encuentro de la experiencia humana, responde a los más profundos deseos del corazón humano, pero también corrige esta misma experiencia y es exigencia de conversión. Anuncia la resurrección y la vida, pero también proclama que la cruz es el camino de la resurrección.
A los ojos de este mundo la persona, la palabra y la obra de Jesús puede parecer necedad y escándalo (1 Cor 1,23) y, si es así, lo “normal” es rechazarle. Aunque también importa aclarar que hay dos tipos de escándalo y, por tanto, dos maneras de no entender el anuncio del Evangelio: el escándalo de la cruz, que nunca debe ser neutralizado; y el escándalo debido a nuestra incapacidad de comunicarlo. Hace ya tiempo que un teólogo llamado Joseph Ratzinger se refería a la tentación de muchos creyentes de confundir el escándalo de la cruz con otros escándalos ajenos a él y que derivan de la flaqueza de sus portadores.
Entre otros ejemplos este teólogo se refería al escándalo culpable del que so pretexto de defender los derechos de Dios, sólo defiende una determinada situación social y las posiciones de poder en ella conquistadas. O el que, so pretexto de proteger la invariabilidad de la fe, sólo defiende su propio transnochamiento. Cada uno puede añadir sus propias experiencias a los ejemplos que propone J. Ratzinger (El nuevo pueblo de Dios, Herder, Barcelona, 2005, 352).
Hablando de la fe como apertura hay otro aspecto que no conviene olvidar. Me refiero a la apertura de la fe a la cultura. La fe en Dios es algo personal, pero no privado. La fe no puede esconderse, debe transmitirse. Hasta el punto de que quién no confiesa la fe, es porque no cree. La fe privada es una falsa fe, una incredulidad escondida. Ahora bien, si la fe debe confesarse, o sea, proclamarse y publicarse, debe hacerlo con un lenguaje inteligible. Porque si lo que proclama la fe no se entiende, es como si no se proclamase o como si se quedase en algo privado.
Cuando se habla de fe es posible entender muchas cosas. Hay una fe humana, la confianza que depositamos en las personas. Y hay una fe religiosa, la confianza que depositamos en Dios. En ambos casos, la fe es una apertura al otro. Y, en la mayoría de los casos una apertura mutua. Porque fiarse de otro suele presuponer que el otro se fía de ti. Desde este punto de vista, la fe en Dios va mucho más allá de un mero creer una serie de verdades, dogmas o proposiciones. La fe en Dios es, ante todo, una relación personal. Hay fe cuando me implico, cuando me comprometo existencialmente con el otro, cuando soy capaz de ponerme en las manos del otro, porque estoy convencido de que no me fallará. Y no me fallará porque me ama. Porque también él está comprometido conmigo y también se pone en mis manos. La fe es una mutua dependencia. Pero no una dependencia que esclaviza, sino una dependencia que exalta, porque brota del amor.
Religión es una palabra con muchas vertientes. Puede significar “relación con Dios”. Es religiosa la oración. Pero puede tener también el sentido de “modo de expresión”. Es religiosa una procesión. Entendida como modo de expresión, la religión no puede absolutizarse, porque los modos de expresión son múltiples y dependen de los gustos de cada uno. Pero los modos de expresión, las formas y maneras, pueden utilizarse con intenciones distintas, a veces contrarias: una procesión puede ser expresión de una vivencia religiosa seria que tiene que ver con mi relación con Dios. Pero una procesión puede caricaturizarse, convertirse en burla de quienes la realizan con el propósito de expresar su fe en Dios (la imagen que acompaña al post es una de las más pudorosas de una procesión atea realizada precisamente en Jueves Santo).
La religión es un asunto personal, pero no intimista. Tiene repercusiones en todos los ámbitos de la vida. Y como la persona es un ser social y se realiza en comunión con los demás, la religión tiene incidencias sociales y, en consecuencia, repercusiones políticas, económicas, laborales, artísticas. Nada escapa a la religión, porque ella está indisolublemente ligada con la vida. El Papa Francisco lo ha dicho con estas palabras: “Nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos… Una auténtica fe, que nunca es cómoda ni individualista, siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra… Si bien el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política, la Iglesia no debe quedarse al margen en la lucha por la justicia”.
¿Sería posible dar un paso más allá de la semana de oración por la unidad de los cristianos y hacer todos los años algo parecido a lo que hizo, por dos veces, Juan Pablo II en Asís, invitando a orar a los líderes de las distintas religiones, y que cada año se encargara de convocar un líder distinto? Evidentemente, se supone que a esta reunión anual también asistiría el Obispo de Roma, aunque no la convocase. Es lógico que en Asís, el Papa fuera el “centro” de la reunión. Pero si la reunión la convoca cada año un líder distinto, el centro lo ocupará el anfitrión que la convoque.
Los gestos del Papa Francisco, sucesor del apóstol Pedro, con el Patriarca de Constantinopla, sucesor del apóstol Andrés, en su viaje a Turquía del pasado mes de noviembre, fueron significativos. Además de los gestos hubo palabras de cercanía y simpatía mutuas. Más aún, palabras que han reconocido lo mucho que une a las Iglesias católica y ortodoxa. Nos une lo fundamental: tenemos la misma Palabra de Dios, el mismo Credo, los mismos sacramentos. Y sin embargo, a pesar del reconocimiento por parte católica del ministerio y los sacramentos de la parte ortodoxa, cuando el Obispo de Roma participó en el culto divino celebrado por el Patriarca de Constantinopla, no recibió la comunión eucarística, aunque allí hubo verdadera eucaristía. La participación en el culto y la no comunión eucarística es el signo más claro de una unidad que quiere ser, pero que todavía no es.
Los nombres de los nuevos cardenales han sorprendido. Casi nadie esperaba una lista así. De los quince nuevos cardenales con derecho a voto sólo uno trabaja en la curia romana (el Prefecto de la Signatura Apostólica, una especie de “tribunal supremo” para resolver los conflictos jurídicos que se dan en la Iglesia). El resto son Obispos en ejercicio, algunos en pequeñas diócesis de África, Asía y América. Españoles sólo hay uno, Monseñor Ricardo Blázquez, buen Obispo y mejor persona, al que probablemente nadie le ha hecho la campaña. La lista en sí misma es un signo del desplazamiento del centro de gravedad del catolicismo. La fuerza de la Iglesia no está en la Curia, sino en el pueblo. Que entre los nuevos cardenales predominen los Obispos que están en contacto con la gente, y con gente más bien humilde y sencilla, es un signo de que algo está cambiando con este Papa, y probablemente, cambiando para bien.