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Jul2014El sermón es para el vecino
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Jul
San Pablo reprochaba a los corintios las envidias y discordias que había en su comunidad (1Co 3,3). Nada extraño. La comunidad cristiana está formada por hombres y mujeres cargados de pecados. Y, desgraciadamente, todos los pecados tienen que ver con la falta de amor: falta de amor a Dios, a uno mismo y a los demás. A lo largo de la historia, las disputas y rivalidades han continuado dándose en las comunidades cristianas.
Lo que voy a contar es una más de las muchas historias de debilidad que podrían contarse: los hermanos de una comunidad cristiana estaban escuchando como el predicador hablaba de conversión. Decía que la humildad es el camino de la conversión. Y el orgullo lo que impide la conversión. Para ilustrarlo, se puso a hacer el retrato de la persona orgullosa. Lo debía hacer muy bien. Porque de pronto, dos cuchichearon: ¡que bien lo está describiendo! ¡Lo retrata perfectamente! Se estaban refiriendo a otro hermano de la comunidad, que también escuchaba la predicación, un hermano al que le tenían mucha inquina.
El que al escuchar una predicación piensa que el sermón no es para él, sino para el vecino, demuestra su ausencia de humildad y su nula capacidad de autocrítica, e intenta escapar de la Palabra de Dios. Con esta actitud, no tiene ninguna posibilidad de conversión. Un buen oyente de la Palabra de Dios y de una buena predicación debe preguntarse principalmente, por no decir únicamente, de qué modo le afecta a él personalmente lo que está oyendo.
La Palabra de Dios va dirigida directamente al corazón de cada uno. Por eso, el oyente de la Palabra no puede pensar, cuando se habla de falta de caridad, que los que faltan son los otros. O cuando se habla de amor a los pobres, que eso no va con él. Una parábola de Jesús retrata bien esa actitud del que piensa que la predicación siempre va dirigida a los otros. La del fariseo y el publicano. El fariseo daba gracias a Dios porque no era como los demás: adúlteros, ladrones y codiciosos. El fariseo siempre tiene alguna excusa para sus pecados. Bueno en realidad, piensa que no tiene pecados.
Se ha hablado mucho de evangelizar la cultura. ¿Cómo denominar al fenómeno inverso, o sea, al hecho de que la cultura seculariza determinados elementos religiosos o, por mejor decir, utiliza la religión como pretexto para determinadas celebraciones que tienen un sentido también secular, pero para las que no se ha encontrado un acto secular que satisfaga todo el sentido que uno quiere darles? Quizás podríamos hablar de secularización de la religión por parte de personas que piden un acto religioso pero prescinden del sentido religioso del acto.
Antoine de Saint-Exupéry, el autor del Principito, cuenta una curiosa historia sobre la cría de gacelas en un oasis de los confines del Sahara: capturadas jóvenes, comen en la mano, se dejan acariciar y, cuando se las cree domesticadas, se las encuentra empujando contra el cerco, en dirección al desierto. Estas gacelas que han vivido siempre encerradas y nada saben de la libertad de las arenas, ignoran lo que quieren. Buscan galopar a ciento treinta kilómetros por hora, buscan los chacales, que las obligaran a superarse, a dar grandes saltos, a correr hasta desfallecer. No saben lo que quieren, pero lo quieren. Tienen nostalgia de realizar su ser de gacelas, aunque para ellas este ser sea todavía desconocido. El objeto del deseo existe, aunque no sepamos ni como se llama ni como describirlo.
“Tú eres un Dios escondido” exclama el profeta Isaías. El profeta añade que este Dios escondido es también el Salvador de Israel (Is 45,15). En lo referente al escondimiento de Dios, hay una coincidencia básica entre el creyente y el no creyente. Precisamente lo que hace posible el ateísmo es la no evidencia de Dios, el hecho patente de que Dios no se impone y de que no existe ningún argumento concluyente que nos obligue a afirmar su existencia. El creyente también está de acuerdo en que Dios no es una evidencia. Si existe no hay modo de señalarlo con el dedo. Señalar con el dedo solo se puede a los ídolos. Por tanto, la diferencia entre creyente y no creyente no está en afirmar el silencio o el ocultamiento de Dios, sino en que el creyente afirma que, a pesar de este ocultamiento, Dios existe y es Salvador. En la base de toda religión está esta convicción y esta confianza.
A muchos de nuestros contemporáneos no acaban de gustarles las representaciones que muestran a Jesús con el corazón traspasado y, a menudo, rodeado con una corona de espinas (pongan en google: “sagrado corazón de Jesús”, pinchen en “imágenes” y verán lo que encuentran). Si queremos actualizar esta devoción y encontrarle un sentido que responda a los anhelos de muchas personas de hoy, es necesario dejar de concentrar nuestra mirada en el corazón físico de Jesús (“yo no tengo devoción a una víscera”, me dijeron una vez en el confesionario), y recuperar el sentido bíblico y amplio del corazón como centro de nuestra afectividad y de nuestras decisiones más íntimas. En este sentido, el corazón de Jesús sería un buen símbolo de la misericordia de Dios que se expresa en todas las palabras y hechos de Jesús.
En verano hay de todo: gente que descansa de sus trabajos; buenas personas que aprovechan este tiempo para hacer libremente el bien a los demás (como voluntario en campamentos, o en lugares de misión, o en residencias de ancianos, o en sesiones de refuerzo escolar). Hay también personas que no disponen de ese tiempo para dedicarlo libremente a hacer el bien, sino que deben seguir haciendo el bien desde sus obligaciones ordinarias o desde lo que otros les solicitan.