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Jun2014Trinidad: unidos por la relación
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Jun
Las religiones asiáticas conciben a Dios de forma no personal, pero las religiones abrahámicas entienden que Dios no puede ser menos que personal. Ahora bien, es posible entender la persona como encerrada en si misma o como abierta a los demás. Este segundo modo de entender lo personal parece más rico, más dinámico, más acorde con la experiencia. La concepción cristiana de Dios como Trinidad ha ayudado a concebir la persona como solidaria más que como solitaria. La persona es tal cuando vive en comunión con otras personas. La comunión entre personas la sustenta el amor. Precisamente el amor es lo que une a las personas. Por eso, el amor crea unidad. La unidad más fuerte no es la del átomo, sino la que brota del amor. En esta línea se comprende el Dios cristiano: un solo Dios en comunión de personas. Por eso, los cristianos tenemos con Dios una relación personalizada: somos hijos del Padre, hermanos del Hijo, amigos del Espíritu.
A partir de ahí podemos comprender que el ser humano, creado a imagen de Dios, es tanto más persona cuanto más se asemeja a las personas divinas. Una imagen significativa (aunque limitada) de tres personas entendiéndose como unidad es la del matrimonio abierto al hijo. Ahí podemos encontrar un reflejo del misterio trinitario: por una parte, el amante ama al amado y el amado al amante. Pero si la relación se queda en dos, corre el riesgo de entrar en un “egoísmo de dos”. El amor necesita ser no solo mutuo, sino compartido. El círculo cerrado del amor mutuo entre dos personas es insuficiente para la perfección del amor. Los dos necesitan compartir su amor recíproco con un tercero. Para la perfección del amor es necesario abrirse al tercero. El amor pleno no es binario, sino ternario: el amante, el amado y el co-amado (o los co-amados). El amante no solo ama al amado, sino que desea que los dos (el amante y el amado) tengan la alegría de amar juntos a un tercero, y que ambos sean amados por ese tercero.
Jesús enseñaba a los suyos que era “preciso orar siempre sin desfallecer” (Lc 18,1). Sin duda, recordando esta enseñanza, el apóstol Pablo, en uno de sus más antiguos escritos, decía: “orad constantemente” (1Tes 5,17). Uno buena interpretación de estas recomendaciones me parece que la ofrece uno de los himnos de la liturgia de las horas, cuando coloca en los labios de aquellos que se aprestan a ir a dormir, una palabra de acción de gracias a Dios por “la bondad de su empeño de convertir nuestro sueño en una humilde alabanza”. Sí, también el sueño puede ser un momento de alabanza a nuestro Dios. Porque hagamos lo que hagamos y estemos donde estemos, los creyentes deberíamos sentirnos siempre en presencia de Dios. Y la oración es precisamente eso: ponerse en presencia de Dios.
La primera homilía del Papa en su viaje a Tierra Santa ha sido un ejemplo de lo que debe ser una homilía: un comentario breve al Evangelio, con aplicaciones a la situación concreta que viven los cristianos que asisten a la celebración. En la capital del reino jordano el Papa, dirigiéndose a los fieles cristianos, ha notado que el Espíritu Santo realiza en nosotros tres acciones: prepara a Jesús para una misión de salvación, que realizará desde la mansedumbre y la humildad; unge a los discípulos para que tengan los mismos sentimientos de Jesús y puedan así asumir actitudes que favorezcan la paz y la comunión; y finalmente envía a los que ha ungido como mensajeros y testigos de paz.
La noticia es suficientemente conocida: Meriam Yehya Ibrahim es una mujer con 8 meses de embarazo que podría ser ejecutada por las autoridades de Sudán. Su crimen fue haberse casado con un hombre cristiano. Aunque ella fue criada como cristiana, el hecho de que su padre –con quién no convivió en su infancia- fuera musulmán, hace que las autoridades consideren su unión como un grave delito. Las autoridades religiosas del país han pedido su ejecución en la horca precedida de 100 latigazos.
Se puede creer en Dios sin creer en Dios. O creer en Dios sin ser creyente. O creer en Dios y, al mismo tiempo, no creer en Dios. No es un juego de palabras. Es un asunto muy serio. En efecto, la pregunta sobre si uno cree en Dios puede tener un doble sentido. Para muchos de nuestros contemporáneos significa: ¿cree usted que Dios existe? Tomada así, cualquier respuesta (sí, no, no lo sé) expresa una opinión. Más o menos fundamentada, pero una opinión. Porque Dios nunca es una evidencia. Ni tampoco una demostración o una deducción que se impone necesariamente. En este sentido cabría decir que la fe en Dios tiene un aspecto equiparable a la duda, como ya notaba Tomás de Aquino. Entiéndase bien: la mayoría de los que creen que Dios existe, no dudan de que exista. Pero son conscientes de que su convicción no se impone necesariamente. Se trata de una convicción razonable (tiene sus motivos y esos motivos son muy serios), pero no es necesariamente concluyente. Porque otros, igualmente con motivos serios, “creen” (tampoco pueden demostrarlo) que Dios no existe.