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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

16
Abr
2021
Resucitado comiendo pescado: ¡qué raro!
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jesuscomiendo

El evangelio del tercer domingo de Pascua resulta sorprendente y paradójico. Por una parte, los discípulos, ante la presencia de Jesús resucitado, “estaban aterrorizados, llenos de miedo, pues creían ver un espíritu”. Por otra, Jesús les muestra sus manos y sus pies. Extraño espíritu ese que tiene manos y pies. Se comprende, pues, que estuvieran llenos de dudas. Jesús quiere convencer a los discípulos y, por añadidura, a nosotros, de que el Resucitado es el mismo que fue Crucificado. Pero ya no está en las mismas condiciones, pues mientras el crucificado pertenece a este mundo, el resucitado pertenece al mundo de Dios. Y desde el mundo de Dios se aparece a los suyos. De ahí la dificultad de describir su modo de presencia.

Quizás el dato más sorprendente de este evangelio sea la escena de Jesús resucitado comienzo pescado. Resulta extraño que un resucitado se ponga a comer pescado. No parece que en el cielo vayamos a alimentarnos con pescado sino con amor. Una persona celestial (y eso es un resucitado) comiendo pescado, no parece algo muy normal. Pues bien, hablando del pescado que compartió con sus apóstoles Jesús resucitado, dice Tomás de Aquino: “Jesús comió para manifestar que podía, y no por necesidad. La tierra sedienta absorbe el agua de un modo distinto a como la absorbe el sol ardiente: la primera por necesidad, el segundo por potencia”.

Es una comparación muy sugerente la que hace santo Tomás: la tierra reseca necesita el agua y por eso se la traga; el sol no necesita el agua, por eso no la traga, el agua no entra dentro del sol. Igualmente, nuestros cuerpos terrenos necesitan alimento y por eso se lo tragan. Un cuerpo resucitado no necesita ningún alimento, porque ya no está en las condiciones de este mundo. Si por hipótesis lo toma, no es porque lo necesite, sino para manifestar el poder de una vida nueva.

José María Rovira Belloso dice a propósito del comentario de Tomás de Aquino: “decir que Jesús comía por potencia y no por necesidad es una elegante manera de decir que, teológicamente, no nos está permitido interrogarnos sobre las leyes fisiológicas de esta comida. Jesús tiene un cuerpo, un cuerpo glorioso y espiritual, pero no el cuerpo corruptible y renovable de los seres humanos terrenos”.

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14
Abr
2021
La corporalidad de Jesús resucitado y la nuestra
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corporalidadresucitado

Los primeros testigos indican reiteradamente que en el Resucitado se encuentran las señales humanas del Crucificado; en el Resucitado, aunque de manera nueva y distinta, se encuentran todos los signos de la corporalidad, pues es aquella corporalidad la que ha entrado en el mundo definitivo de Dios. Las llagas de Cristo resucitado son expresión de su identidad, o sea, pertenecen a su nuevo modo de resucitado. Dicho de otro modo: Jesús, vencedor de la muerte, no abandona lo caduco de su existencia mortal. La debilidad de la carne mortal ha sido asumida en la gloria del cuerpo resucitado. A Jesús y a nosotros, el Padre nos acoge con toda nuestra realidad, purificada y transformada, pero no por eso menos nuestra y menos real.

La corporalidad de Jesús resucitado se prolonga en todos los cuerpos humanos, que deben ser respetados y cuidados, primero porque son imagen de Dios y después porque Dios ama la carne y, por eso, la resucita, como decía Tertuliano. Y si Dios ama la carne, debe ser respetada y cuidada. Dios no puede estar contento cuando se mancilla o se maltrata aquello que ama. Al respecto decía en su Catequesis XVIII Cirilo de Jerusalén: “Todo el que cree en la resurrección, cuida bien de sí mismo; pero el que no cree en ella se entrega a la perdición. El que cree que a su cuerpo le espera la resurrección, respeta este vestido sin mancharlo con fornicaciones; pero quien no cree en ella se entrega a la fornicación y abusa de su cuerpo como si fuera ajeno”.

De la fe en la resurrección de la carne se deduce el respeto que merecen los cuerpos de los demás, o sea, toda vida humana, también la de los ancianos, o la de personas con necesidades especiales. En todas estas carnes hay un halo de eternidad, está la carne de Cristo, la carne de Dios (cf. Mt 25,31 ss.). Todo lo que Dios ha hecho es bueno, muy bueno (Gen 1,31; 1 Tim 4,4). Por eso merece ser respetado, cuidado y conservado.

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11
Abr
2021
Oración de San Vicente Ferrer contra la peste
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San Vicente Ferrer vivió en tiempos complicados y difíciles. En su tiempo, en Valencia, hubo una grave epidemia que durante unos meses provocó unos 300 muertos por día y dejó a la población completamente diezmada. La peste afectó directamente a San Vicente Ferrer. Mató a bastantes de sus sobrinos, a 9 de los 11 hijos de su hermano Bonifacio, que después de la catástrofe entro en la Cartuja. Un testimonio de la implicación directa de san Vicente en la lucha contra esta peste se encuentra en un cuadro del museo de Seborge, donde aparece San Vicente Ferrer realizando una curación milagrosa en un monasterio de frailes de la Orden de San Bernardo, todos afectados por la peste y todos curados por el santo.

Estas desgracias son tan antiguas como la historia. ¿Cómo situarnos ante ellas? Pues desplegando mucha prudencia, mucho cuidado, mucha solidaridad, no haciendo ni diciendo tonterías, y confiando en Dios que nos ama. Lo que me parece del todo improcedente es decir que las desgracias que nos ocurren son un castigo de Dios. ¿Acaso era un castigo de Dios lo que le ocurrió al justo Job? ¿O acaso era un castigo de Dios lo que le ocurrió a Jesús de Nazaret? Juan Pablo II, en su carta sobre el sentido cristiano del sufrimiento, tras referirse a lo ocurrido con el “inocente” Job, dice taxativamente: “no es verdad que todo sufrimiento sea consecuencia de la culpa y tenga carácter de castigo”.

El sufrimiento es una realidad natural, debida en primer lugar a la limitación del ser humano y a la limitación de nuestro mundo. No somos dioses. Somos vulnerables. Nos habíamos creído omnipotentes y un microorganismo nos ha hecho temblar y, de paso, hemos adquirido un baño de realismo. Por otra parte, la pandemia es una llamada a la solidaridad. Cuando las cosas van mal dadas a veces nos preguntamos dónde está Dios, y quizás la buena pregunta sea: ¿dónde estoy yo? ¿Dónde estoy cuando veo sufrir a los demás?

Reproduzco la oración que san Vicente compuso contra la peste: “Cristo vence, Cristo reina, Cristo manda, Cristo de todo mal nos defienda. Jesús Nazareno Rey de los judíos, tened misericordia de nosotros. Por la señal de la Santa Cruz, y por los méritos de la gloriosa y siempre Virgen María vuestra Madre y Señora nuestra, y de vuestros Mártires y Confesores Fabián, Sebastián, Nicasio, Anastasia, Martin, Roque Cosme y Damián; libradnos Jesucristo Dios nuestro, de nuestros enemigos y de toda peste, mal contagioso, y de muerte repentina y eterna. Dios Santo, Dios Fuerte, Santo Inmortal y misericordioso Salvador nuestro habed misericordia de nosotros. Y se encarnó por obra del espíritu Santo de la Virgen María, y se hizo hombre.”

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10
Abr
2021
Vicente Ferrer, predicador de los misterios de Cristo
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El próximo lunes se celebra en Valencia la fiesta de San Vicente Ferrer, patrono de la Comunidad valenciana. Muchas cosas podrían decirse de san Vicente Ferrer. Voy a fijarme en uno de los principales aspectos de su vida, su faceta de predicador. San Vicente, más que un predicador apocalíptico, es un predicador de los misterios de Cristo. Del Cristo que ha venido, y también del Cristo que vendrá para juzgar a vivos y muertos. Pero este juicio no es una mala noticia. Porque el juicio, como todo en la vida de Cristo, estará modulado por la misericordia. Y el criterio del juicio será el amor, nuestra actitud para con el prójimo.

Para explicar la vida de Cristo, el santo valenciano se sirve de ejemplos que sus oyentes entendían. Como estamos en tiempo pascual me parece oportuno fijarme en uno de sus sermones, en el que explica que después de su resurrección, Cristo se presentó a sus discípulos bajo tres figuras o imágenes, como peregrino, como jardinero y como mercader, mostrando así las tres formas de vida que había tenido en el mundo. Observación de una gran importancia teológica esa que hace el santo: el resucitado muestra la forma de vida del Crucificado; sin la referencia a la vida de Jesús no hay modo de comprender su resurrección.

Las tres imágenes que retratan esa vida y que muestra el resucitado son: fue peregrino durante su vida en esta tierra, donde no tenía casa ni sitio donde reposar su cabeza; fue jardinero por su predicación, pues el jardinero desarraiga las malas hierbas y planta las buenas, como Cristo hacía por medio de su palabra; y fue mercader, porque su muerte fue el precio de nuestra redención.

Añade el santo que nosotros, en el seguimiento de Cristo, estamos llamados a ser peregrinos, o sea, a vivir moderadamente y como quién no tiene su morada en este mundo, pues los cristianos tenemos otra ciudad, la celestial, por eso somos huéspedes y peregrinos sobre la tierra. Estamos llamados a ser jardineros, pues cada uno debemos desarraigar de nuestra vida las malas hierbas, o sea, soberbias y vicios, y plantar en su lugar la humildad y demás virtudes. Y estamos llamados a ser mercaderes, perseverando en una vida santa, para que al término de nuestro viaje podamos recibir el premio del cielo.

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8
Abr
2021
Cuando los que sirven son servidos
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lavatorio

La palabra de Jesús es clara: “el que quiera ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir” (Mc 10,43-44). Esta actitud, de la que Jesús se presenta como modelo, contrasta con lo que ocurre en el mundo: “los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos, y sus grandes las oprimen con su poder” (Mc 41-42). Tras la constatación de lo que ocurre en el mundo, Jesús dice a sus discípulos: “No ha de ser así entre vosotros”.

Todo parece claro, pero puede mal interpretarse. Por eso importa pasar de la teoría a la práctica, de las palabras al ejemplo. El mejor ejemplo del servicio al que Jesús nos llama se encuentra en el episodio del lavatorio de los pies. Lavando los pies a sus discípulos, Jesús realiza algo inaudito para “el Maestro y el Señor” (Jn 13,13-14), pues un gesto así sólo podían hacerlo los esclavos de inferior categoría, los últimos entre los últimos. Jesús obra como un servidor, lo que provoca el desconcierto de Pedro. Pero él y nosotros debemos comprender que mientras nuestro servicio no llegue a tal extremo, no podremos “tener parte” con el Señor (Jn 13,8). Ahora bien, el relato deja claro que el servicio no va en una sola dirección. Es siempre recíproco: “si yo, el Señor y el Maestro os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13,14). Unos a otros. El servicio al que están llamados los cristianos en sus comunidades es recíproco.

El cristiano debe siempre vivir en actitud de servicio, allí donde se encuentre y con quién se encuentre. Pero hay dos tipos de servicio: el unidireccional, que el cristiano presta a otra persona; y el bidireccional, el servicio mutuo, recíproco, que los cristianos se prestan unos a otros. Este es el servicio de las comunidades de Jesús, pues lo propio de esas comunidades es el amor mutuo: “amaos los unos a los otros” (Jn 13,34). Si el servicio no es mutuo estamos ante otro tipo de amor, cuyo caso extremo es el amor al enemigo, pero ya no describimos la vida de la comunidad de Jesús.

En las comunidades cristianas hay que ir con mucho cuidado para no convertir el servicio en unidireccional. Porque entonces no edificamos la comunidad de Jesús. En las comunidades cristianas es tentador abusar de la bondad de las personas, convirtiéndolas en servidoras de los que no sirven, de los que quieren ser servidos, y en el colmo de la desfachatez, sermonearlas diciendo que ese servicio es el que Jesús quiere. En realidad, Jesús advierta a los suyos sobre el peligro de relaciones basadas en la desigualdad: no llaméis a nadie padre o maestro, porque todos vosotros sois hermanos (Mt 23,8-10). Los buenos hermanos (digo buenos, porque los hay malos), siendo distintos, se relacionan en un plano de igualdad. En la comunidad cristiana sólo hay verdadero servicio cuando los que sirven son servidos.

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4
Abr
2021
Pascua, acontecimiento salvífico
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Pascua es el acontecimiento salvífico por excelencia. La muerte de Cristo es salvífica en la medida en que desemboca en la resurrección. Por ella misma, la muerte no es salvífica, pues “si Cristo no ha resucitado vacía es nuestra predicación e inútil nuestra fe” (1 Cor 15,14). De ahí esta proclamación tan clara y directa del Nuevo Testamento: “si tus labios confiesan que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios lo ha resucitado de entre los muertos, alcanzarás la salvación” (Rm 10,9). Precisamente porque es el acontecimiento salvífico fundamental, la resurrección de Cristo es el dato de fe más importante, la clave para interpretar toda la vida de Cristo y de la Iglesia. Como es un dato de fe, la resurrección no puede ser demostrada, solo puede ser acogida. No es un milagro destinado a justificar o reforzar la fe, sino un milagro objeto de fe.

Cristo resucitado no está en las condiciones de este mundo. Su corporalidad no pertenece a la esfera del tiempo y del espacio, no es física ni química, es escatológica; su realidad es propia del mundo nuevo, del mundo de la resurrección, ese mundo en el que ya no se muere más, un mundo en el que la muerte ha perdido todo su poder. La resurrección de Cristo no es como la de Lázaro, o como la del hijo de la viuda de Naim. Estos dos personajes, a lo sumo, tuvieron un tiempo de vida un poco más largo de lo esperable, pero, al final, como todos, se murieron para nunca más volver. La resurrección de Cristo es otra cosa, es la entrada en el mundo definitivo de Dios, donde la muerte ya no tiene dominio. Su vida ya no es mortal, sino inmortal.

Hablando de la resurrección de Cristo ante el rey Agripa, san Pablo fue brutalmente interrumpido por el gobernador Festo, que le dijo: “estas loco, Pablo” (Hech 26,24). Y cuando habló en Atenas, aquella gente culta e instruida le escucharon con agrado hablar de un Dios que no habita en templos construidos por hombres, pero en cuanto habló de Cristo resucitado se rieron literalmente de él, se levantaron de sus asientos y no quisieron seguir escuchando lo que para ellos era una tontería y una ridiculez.

Los filósofos de Atenas y las autoridades romanas se reían de Pablo cuando anunciaba la resurrección. Para los cristianos, la resurrección no es algo risible, sino un dato real y un motivo de gran esperanza. A nosotros nos toca manifestar la seriedad de la resurrección, para que nuestros oyentes encuentren motivos para vivir y motivos para esperar. Y si no podemos convencer con nuestras explicaciones (que también debemos darlas), al menos que nuestra vida sea una vida coherente con eso que anunciamos, una vida nueva, en la que resplandezca la paz y la alegría, una vida que encarne el testamento de Jesús, que no es otro que el servicio y la fraternidad.

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2
Abr
2021
María el sábado santo
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El sábado santo, para algunos creyentes, es posiblemente una especie de día sin liturgia, sin oficios, un día vacío. Y no es así. Primero porque hay un estupendo oficio del sábado santo, que contiene una enorme riqueza. En este día, dice el oficio de la Iglesia, “un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio porque el Rey duerme”. Sí, aparentemente duerme. En realidad está muy activo. De ahí que el oficio continúa diciendo que en este día el Rey “quiere visitar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte…, librar de sus prisiones y de sus dolores” a las hijas e hijos de Adán y Eva que están encadenados. El sábado santo es el gran día de la esperanza de la Iglesia, la esperanza en que, a pesar de todas las apariencias, Dios tiene la última y definitiva palabra, y está palabra es de vida y alegría.

El sábado santo es de una gran actualidad: es el día del “silencio de Dios”, un silencio que nunca como en nuestros días fue tan real: Dios parece callado, parece que no tiene nada que decir ante tanto sufrimiento, tanta injusticia, tanto dolor como hay en este mundo. Después del martirio de Jesús y de tantos otros martirios como sigue habiendo, Dios permanece callado. Pero no es un silencio vacío. Este silencio nos remite a nuestra propia responsabilidad. Es también un silencio lleno de esperanza. La esperanza siempre es silenciosa, pero el cristiano sabe que la esperanza no falla. La esperanza es cierta y segura.

Hasta aquí acabo de copiar literalmente un post que publiqué hacer tres años. Lo vuelvo a publicar porque quiero añadir algo. Pues según una tradición que se remonta a la Edad Media, la Iglesia ha visto en la figura de María el icono, el modelo más acabado de fe y esperanza en la desolación del sábado santo. Ella es el símbolo de la Iglesia que cree, a pesar y en contra todas las apariencias. Por eso, todos los sábados la liturgia los dedica a hacer memoria de María. Su día es el sábado, porque es la víspera del domingo, día en que Cristo ha vencido a la muerte. Y las vísperas son días de esperanza.

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1
Abr
2021
¡Que suelten a Barrabás!
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Barrabas

José Ortega y Gasset, en una conferencia dada en Madrid el 12 de marzo de 1910, dijo provocativamente: “Se busca al hombre”. Y citando a Hegel añadió: “Cristo es el ensayo más enérgico que se haya realizado para definir al hombre”. Recordando la frase de Pilato sobre Cristo: “Este es el hombre”, Ortega nota que la turba prefirió a otro hombre, a Barrabás.

Pilato tenía razón: frente a él estaba “el hombre”. Decir que Jesús es “el hombre” es mucho más que decir: Jesús es un hombre. No es uno más entre los humanos. Es “el hombre”, el prototipo, el paradigma de humanidad; en él se realiza la plenitud de lo humano. Según interpreta el teólogo Joseph Ratzinger, para un filósofo cínico como Pilato, estas palabras significaban algo así: nos enorgullecemos del ser humano, pero ahora, contempladle, aquí tenéis a este gusano despreciable; este es el humano, así de pequeño. Mirando a Jesús coronado de espinas, las palabras de Pilato dejaban muy claro, no la grandeza de Jesús, sino la poca cosa que es el ser humano.

Y, sin embargo, en Jesús maltratado y crucificado vislumbramos hasta donde puede llegar la grandeza de lo humano, pues en la pasión de Cristo se manifiesta que solo somos humanos cuando amamos. La grandeza del amor se prueba precisamente en las dificultades. En su pasión Cristo no profería amenazas, cuando le insultaban no devolvía el insulto; al contrario, respondía con una bendición. Desgraciadamente, las turbas enardecidas, por no decir enloquecidas, las turbas manipuladas por los que saben explotar los más bajos instintos, suelen preferir al Barrabás de turno. Mientras Jesús puede y debe ser considerado el signo de la paz, el pacífico por excelencia, Barrabás puede ser considerado el signo de la violencia. En nuestro mundo hay demasiada violencia, que toma distintas formas, desde la más suave que es la competencia, hasta la más fuerte que se manifiesta en la violencia callejera con quema de todo lo que se presenta por delante, incluidas las personas, o en la guerra.

La violencia nos construye nada. Solo destruye. El amor es el único camino para el encuentro entre las personas. Por eso, frente al grito del populacho: “suéltanos a Barrabás”, los cristianos y todas las personas de buena voluntad, deberíamos buscar el modo de desencadenar al Jesús maniatado, para poder seguirle por los caminos de la paz y de la vida.

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29
Mar
2021
Eucaristía sin Cristo muerto ni resucitado
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Si la Eucaristía es una comunión con Cristo muerto y resucitado, resulta muy extraña esa Eucaristía que recibieron los discípulos (y seguramente las discípulas) que estaban con Jesús la tarde del jueves antes de la pasión. ¿Qué clase de Eucaristía es esa que se recibe antes de la muerte y resurrección de Jesús? ¿Qué sentido tiene “comulgar” sacramentalmente, cuando Jesús está presente, siendo la presencia y el contacto físico la mejor comunión posible?

He leído (en Hans Urs von Balthasar) una explicación muy interesante que, sin plantearse estas preguntas, me parece que responde a ellas. La Eucaristía nos une a Cristo muerto y resucitado. Al recibir la Eucaristía comulgamos con todo lo que Cristo es y de esta forma estamos movidos a actuar como Cristo actuó. Solo comulgando con Cristo es posible unirse a su cruz. Precisamente para que sus discípulos, temblorosos y cobardes, pudieran abrazar la cruz en la que Cristo iba a ser crucificado, Jesús mismo la víspera de su pasión se incorporó físicamente, por medio de la Eucaristía, a sus discípulos para que pudieran estar con él hasta el final. Unos de mala gana y con más miedo, y otros de buena gana, como María y Juan. Al comulgar con Jesús, antes de su Pasión, la débil fe de los discípulos quedó unida a la fe inquebrantable de Jesús.

La Eucaristía, como los demás sacramentos, trascienden los tiempos. Nos unen a Cristo cualquiera que sea nuestra situación. La Eucaristía del jueves santo unió a los discípulos con Cristo que iba a morir y resucitar. Por eso el viernes de la crucifixión no huyeron, no dejaron a Cristo. No podían dejarle, porque estaban unidos a él como no podían estarlo más. Lo que hicieron fue esconderse, porque tenían miedo. Cosa normal. Miraban desde lejos, estaban a la expectativa, pero no abandonaron a su Maestro. Alguno, como Juan, y las discípulas, que eran más valientes o más atrevidas, o pensaban inconscientemente que por su condición de mujeres los soldados no se meterían con ellas, estaban al pie de la cruz. Unos y otras estaban allí, porque unos y otras comulgaban con el crucificado, tanto cuando vivió sobre la tierra, como cuando estaba resucitado.

A los cristianos de hoy, la eucaristía nos une con Cristo ya resucitado. Pero en la unión con Cristo no hay un antes y un después de su muerte. Lo que hay es un amor siempre presente y actuante, que se manifiesta de modos distintos, no en función de Cristo, sino en función de nuestras distintas situaciones.

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25
Mar
2021
Ramos para el rey de los pobres
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ramos

La Semana Santa comienza con la conmemoración de la entrada de Jesús en Jerusalén, montado sobre un borrico y aclamado por la gente. ¿Qué clase de gente le aclama? ¿Los mismos que unos días después pedirán su crucifixión? Probablemente no. Los que aclaman a Jesús en la periferia de Jerusalén son los peregrinos que le han acompañado en su viaje hacia la ciudad santa. Así se comprende que los habitantes de Jerusalén se sorprendan del alboroto y se pregunten qué es lo que está pasando.

Jesús entra en Jerusalén a lomos de un borrico que nadie antes había montado y que los discípulos toman prestado. Estos detalles resultan sumamente significativos. En ellos está presente el tema de la realeza del Mesías, heredero del trono de David, y sus promesas. Jesús reivindica el derecho del rey a requisar medios de transporte, un derecho conocido en toda la antigüedad. El hecho de que se trate de un animal sobre el que nadie había montado remite también a un derecho real. Y sobre todo se hace alusión a unas palabras del Antiguo Testamento que confieren al episodio un sentido profundo: “tu rey viene a ti humilde, montado en un asno” (Mt 21,5). El caballo es expresión del poder de los poderosos; el burro es el animal de los pobres. El que viene es el rey de la paz, el rey de los pobres. Jesús no apoya su realeza en la violencia. Porque la violencia solo destruye. Sólo el amor humaniza y salva.

Los discípulos echaron mantos encima del borrico y la ayudaron a montar. También esto tiene un sentido de entronización real. Los peregrinos que han venido con Jesús se dejan contagiar por el entusiasmo y alfombran el camino con sus mantos, gritando: “Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor”. Estas palabras del salmo 118, que pertenecían a la liturgia de Israel para los peregrinos, las ha conservado la Iglesia en su liturgia. Como bien dice J. Ratzinger, el Domingo de Ramos no es una cosa del pasado. Así como entonces el Señor entró en la ciudad santa a lomos de un asno, así la Iglesia lo ve llegar siempre nuevamente en cada eucaristía, bajo la humilde apariencia del pan y del vino.

Sumergidos todavía en el sufrimiento de la pandemia, nos aprestamos a celebrar los acontecimientos centrales de la historia de la salvación. Es importante que vivamos la semana santa con sobriedad externa y la alegría que brota de la fe.

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