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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

31
Jul
2022
Momento de pequeños rebaños
8 comentarios

solsaliento

El libro del Eclesiastés decía que hay un tiempo para cada cosa. Hay momentos poco recomendables: el tiempo de odiar o el tiempo de guerra. Hay otros que son más alegres y recomendables: tiempo de sanar, de edificar, de reír, de abrazarse. Pero vistos los tiempos con mirada larga, lo cierto es que en todos los tiempos hay de todo, bueno y malo. A veces pensamos que el tiempo pasado fue mejor. Precisamente el autor del Eclesiastés opina que no es de sabios decir tales cosas (7,10). Cada tiempo es distinto, ni mejor ni peor.

En la Iglesia hay quienes juzgan la bondad o maldad de los tiempos en función de los números: ¿cuántos novicios tiene la congregación?, ¿cuántos seminaristas tiene la diócesis?, ¿cuántas parejas se casan por la Iglesia?, ¿cuánta gente asiste a las eucaristías dominicales? No está claro que las bajas cifras actuales sean signo de una mala evangelización o de una mala vivencia de la fe, y que los números altos de antaño fueran signo de una fe seria, adulta y profunda. Quizás eran signo de una fe sociológica, superficial, pero no personalizada, ni bien asumida. En todas las instituciones, también en las eclesiales, hay tiempos de expansión y tiempos de concentración.

Jesús era bien consciente de que sus enviados eran un “pequeño rebaño” (Lc 12,32). Por eso, la pregunta evangélicamente adecuada es: y nosotros, pobrecitos, pequeñitos, poquitos, envejecidos, temerosos, cansados, ¿cuánto bien podemos hacer, a cuánta gente podemos llegar?, ¿estamos dispuestos a superar miedos y dificultades para sostener la esperanza de aquellos que nos rodean, estimular la fe de aquellos con los que nos encontremos, vivir el amor allí donde estemos? Esa es la buena pregunta y no la de los números o las edades.

Hace unas semanas tuve ocasión de asistir al traslado de los restos de una venerable fundadora de varios conventos de monjas dominicas, la Madre Inés de Sisternes (1612-1668). Los suyos fueron tiempos de expansión, y ella supo tomar las iniciativas que los tiempos demandaban. Hoy hay que tomar otras iniciativas que, sólo aparentemente, van en sentido contrario de los que tomo la venerable fundadora. Porque lo que importa no son los números, sino la fidelidad al Señor, y el responder con sabiduría a los retos que plantea el presente.

El mejor tiempo, para cada uno, es el presente. En las instituciones pasa como en la vida: nacen, crecen, se desarrollan, envejecen y mueren. Unas duran más y otras menos. Unas sustituyen a otras. Algunas desaparecen y otras surgen con nuevas fuerzas. Es lo propio de la vida. Sin duda, la desaparición plantea alguna pregunta. No es menos cierto que la aparición también las plantea. Aparecer o desaparecer es un hecho. Y los hechos tienen muchas caras. Quizás, más allá del hecho y de las causas inmediatas que lo han provocado, la pregunta de fondo sobre la que hay que detenerse es: ¿cómo se muere y cómo se vive?

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27
Jul
2022
Viajar a Canadá para pedir perdón
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Franciscocanada

Un amigo que vive en Estados Unidos, tras afirmar que el motivo de la visita del Papá a Canadá es de lamentar, me pregunta “si se sabe cuál fue el número de los muchachos-as que no regresaron a sus casas de los internados de indígenas en manos de la Iglesia”. Le he respondido que es un tema que no conozco. Según leo, el Papa Francisco ha pedido perdón por la actuación de la Iglesia católica en los internados para las comunidades indígenas de Canadá, donde los menores sufrieron abusos al amparo de una política estatal conocida como “asimilación forzosa”. Si entiendo bien, lo que ocurría en esos internados en manos de instituciones católicas debía ocurrir también en otros internados encomendados a otras instituciones, puesto que se trataba de una política estatal. Eso no disminuye la responsabilidad, pero la sitúa en su contexto.

Se me ocurren algunas consideraciones que van más allá del viaje del Papa a Canadá y que son aplicables a toda circunstancia. Siempre es bueno pedir perdón. Cuando uno es consciente de su culpa, pedir perdón no solo es bueno, sino justo y necesario. ¿Y cuando la culpa no es propia, sino de alguien que pertenece a mi propia familia y ya ha fallecido? Las consecuencias de nuestros actos pueden prolongarse más allá de lo que dura nuestra vida. Entonces, en un gesto de solidaridad por las malas consecuencias que ha provocado la actuación de una persona con la que, de algún modo, se me puede identificar, y de responsabilidad hacia las víctimas, pedir perdón puede ser un modo de sanar heridas. Cosa siempre buena y necesaria.

Incluso cuando no está clara la parte de culpa propia que hay en las heridas de otros, puede ser bueno y necesario (al menos desde una perspectiva cristiana) pedir perdón, en línea con esta palabra de Jesús: “si cuando vas a presentar tu ofrenda ante el altar te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda y ve primero a reconciliarte con tu hermano” (Mt 5,23-24). La fuerza del texto está en que tu hermano tiene algo contra ti y no tanto en el grado de culpabilidad propia. Sea cual sea la culpabilidad propia, lo importante es el hermano que necesita sanar y la necesidad que los dos tenemos de reconciliación. Pues bien, el que se entera de que su hermano tiene algo en contra suya y no da pasos para encontrarse con el hermano, no actúa según el consejo de Jesús. Buscar los errores que el otro comete al juzgar el asunto que nos separa, son excusas de mal pagador.

Sin duda juzgamos el pasado con los ojos de hoy. No tenemos otros. Por eso, pedir perdón por las culpas pasadas es un modo de reconocer que hoy es necesario dar pasos para el encuentro fraterno. Importa el pasado, pero importan más las heridas de hoy. Y eso es lo que creo que ha buscado sanar el Papa en Canadá.

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23
Jul
2022
Guerra en Ucrania: ¿un pasito hacia la paz?
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luzdeloalto

La guerra en Ucrania sigue causando estragos. Pero ya ha dejado de ser noticia de primera página. Las cosas repetidas cansan. Y, al final, uno se acostumbra a todo. Recuerdo una canción de la argentina Mercedes Sosa que decía: “Solo le pido a Dios / Que la guerra no me sea indiferente / Es un monstruo grande y pisa fuerte / Toda la pobre inocencia de la gente”. Me temo que este monstruo nos está resultando indiferente. Y si sigue interesándonos es a causa de sus posibles repercusiones económicas.

Precisamente las dos noticias más relevantes sobre esta absurda guerra han sido económicas: una, la reanudación del flujo de suministro del gas ruso hacia Alemania; la otra, el pacto entre Kiev y Moscú para facilitar la exportación de cereales ucranios a través del mar Negro. Algunos creen ver en estos datos un gesto de esperanza que puede desembocar, sino en un pacto de paz, al menos en un pacto de no beligerancia. ¡Qué así sea!, pero tengo mis dudas. No sé cuáles son los verdaderos motivos de estos dos hechos, pero sospecho que, desgraciadamente, hay más motivos económicos que pasos hacia la paz. Aunque si la economía puede facilitar la paz, bienvenida sea esa economía.

El pacto para facilitar la exportación de cereales parece que tiene como primer objetivo evitar la hambruna en aquellos países en vías de desarrollo. Sin duda es una buena noticia, no solo para los países que van a recibir el grano, sino para evitar la presión migratoria. Hay ahí una lección importante: lo que es bueno para mi vecino, es bueno para mi; y lo que es malo para mi vecino, termina siendo malo para mi. Si mi vecino pasa hambre, la tranquilidad de mi casa está en riesgo.

No digo que la del Papa sea la única voz, pero sí la que con más frecuencia sigue denunciando esta absurda guerra. Me resulta difícil comprender a la máxima autoridad religiosa de la otra parte, a saber, el Patriarca Kirill de Moscú que, con motivo de la conmemoración de los 600 años del hallazgo de las reliquias de San Sergio, declaró que la voluntad de Dios es evitar la destrucción de Rusia, y que la tarea de Rusia es enseñar al mundo los valores cristianos. Dios no quiere la destrucción de nadie, de eso no cabe duda; la cuestión es cómo entendemos esa voluntad de Dios: ¿para evitar mi destrucción yo fomento la destrucción del otro? Por otra parte, enseñar los valores cristianos es una hermosa y necesaria tarea, pero me permito recordar que entre los grandes valores cristianos está la construcción de la paz, el perdón de las ofensas y el amor entre los hermanos.

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20
Jul
2022
Predicar con limitaciones
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rolloflor

¿Cómo anunciar hoy el evangelio de Jesús, esa buena noticia de que todos somos hijos de Dios y, por tanto, hermanos, esa noticia que debería unirnos y lograr que todos viviéramos abrazados? No es fácil, porque desde los inicios de la historia, esa noticia se ha anunciado a personas limitadas y, en definitiva, egoístas, o sea, a personas pecadoras. Las buenas noticias no pueden contenerse ni ocultarse. Pero junto con el anuncio puede aparecer el rechazo y la hostilidad. El libro de los Hechos de los Apóstoles relata las dificultades que tuvo el anuncio de la resurrección de Cristo en una sociedad tan pluralista como la actual, aunque el pluralismo se manifestase de otra manera. Dificultades por parte de todo tipo de autoridades: judías, romanas, religiosas e intelectuales.

Leídos en la distancia algunas de las reacciones que cuenta el libro de los Hechos pueden resultar divertidas, aunque detrás de la diversión está la tragedia. El libro (13,50) cuenta que las señoras devotas, distinguidas y principales del lugar, o sea, ricas, elegantes y beatas, suscitaron una persecución contra Pablo y Bernabé. ¡Para que se fíen ustedes de las apariencias de piedad y elegancia! En otra ocasión (26,24), Pablo, hablando de la resurrección de los muertos, fue increpado por el gobernador Festo que le dijo: estas loco, Pablo, las muchas letras te hacen perder la cabeza. No sé si las muchas letras o la mucha fe, pero el hecho es que esa fe fue calificada de locura, que es uno de los mejores modos de descalificar.

Conclusión: no nos cansemos de hacer el bien, de anunciar el evangelio, de ser testigos. A pesar de nuestro pecado y de nuestra limitación. Jesús era consciente de las limitaciones de Pedro cuando el encarga ser el “primado”, o sea, el primero, el que se pone al frente de la tarea del anuncio. Eso sí, para ser el primado es necesario que antes le diga y le repita que le ama, que le ama más que nadie, no para convencer a Jesús de su amor, sino para que Pedro se convenza a sí mismo de que sin amor no hay evangelio, ni hay anuncio de buena noticia, ni hay primados, ni han nada. Sin amor sólo hay caos, por mucho superior eclesiástico que se quiera ser. Ahí está el error, en querer ser superior. El evangelio solo puede anunciarse siendo inferior, ocupando el puesto del servicio, que es lo propio de los que aman.

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16
Jul
2022
Predicar es provocar
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fallas01

El refrán es conocido: una cosa es predicar y otra dar trigo. O sea, una cosa es dar consejos a los demás y otra poner en obra esos consejos cuando uno puede hacerlo. No cabe duda de que hay predicadores de la Palabra incoherentes. Ya Jesús lo hizo notar a propósito de los escribas cuando dijo: “haced lo que dicen, pero no hagáis lo que hacen, porque ellos dicen y no hacen” (Mt 23,3). Ocurre, sin embargo, que cuando el predicador no hace lo que dice, o sea, cuando el primer afectado por la predicación no es el predicador, esta predicación termina por resultar increíble y hasta contraproducente. Lo primero que se exige a un buen predicador es que sea coherente con lo que predica. Ya el Vaticano II y los últimos Papas han hecho notar que la distancia entre fe y vida es uno de los grandes males de nuestra época. Solo una predicación coherente resulta provocativa.

El término provocar no tiene necesariamente connotaciones negativas. Provocar no es solo suscitar enfado en otra persona mediante actos o palabras hostiles. Provocar puede ser también suscitar una reacción positiva, invitar a cambiar algo o a realizar algo. Cierto, los cambios, a veces, no resultan fáciles. Y por eso, incluso si el que pretende hacer cambiar lo hace con buena intención o buscando el bien del otro, es posible que, por parte del provocado, se den reacciones contrarias al cambio propuesto. A veces, lo fácil es quedarse uno como está. Eso sí, no siempre lo fácil es lo mejor ni lo que hace feliz.

Lo último que Jesús encargó a sus discípulas y discípulos fue anunciar el evangelio a toda la creación. El evangelio es una buena noticia. Si es mala no es evangelio. En principio, se diría que todo lo bueno debe ser fácil y agradablemente acogido. Ahora bien, puede ocurrir que una cosa buena a algunos les parezca mala y, por eso, la rechacen y se enemisten con el que la propone u ofrece. Proponerle a alguien que está metido en las drogas o en el alcohol que salga de allí es, sin duda, bueno para él. Pero no es fácil salir de esa situación, y así, quién es invitado a hacerlo puede reaccionar violentamente.

Para que una buena noticia (¡bienaventurados los pobres!, por ejemplo), sea acogida en ambientes en los que puede ser entendida como mala (el dinero hace la felicidad, piensa el mundo), necesita ser propuesta con mucha sabiduría, no principalmente para evitar una reacción hostil, sino para lograr que sea aceptada, aunque es posible que, ni aún así, sea aceptada.

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12
Jul
2022
Mística de la fraternidad
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fraternidad

El Papa Francisco ha puesto en circulación un nuevo concepto de mística. Esta palabra indica un tipo de experiencia que busca conseguir la unión del alma con la divinidad. En el trasfondo de esta búsqueda está, a veces, el aislamiento, la soledad, el desasimiento del mundo, con el riesgo que comporta todo aislamiento. En nuestro caso el riesgo de pasar del “solo Dios” al “solo yo”. De ahí la oportunidad de esta advertencia del Papa: “la búsqueda de lo sagrado y las búsquedas espirituales que caracterizan a nuestra época son fenómenos ambiguos” (Evangelii Gaudium, 89).

Como contraposición a esta mística del aislamiento el Papa propone “descubrir y transmitir la mística de vivir juntos, de mezclarnos, de encontrarnos, de tomarnos de los brazos, de apoyarnos”. Se trata de un camino sanador, pues “salir de sí mismo para unirse a otros hace bien. Encerrarse en sí mismo es probar el amargo veneno de la inmanencia, y la humanidad saldrá perdiendo con cada opción egoísta que hagamos” (EG, 87).

Este camino de encuentro con los otros, que está en la base de muchas aspiraciones no explícitamente religiosas, encuentra un apoyo y una iluminación en el misterio de la encarnación. El Papa se refiere, para criticarlo, a “un Cristo puramente espiritual, sin carne y sin cruz”. Por el contrario, “la verdadera fe en el Hijo de Dios hecho carne es inseparable del don de sí, de la pertenencia a la comunidad, del servicio, de la reconciliación con la carne de los otros. El Hijo de Dios, con su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura” (EG, 88). La sed de Dios de mucha gente no se apaga “en un Jesucristo sin carne y sin compromiso con los otros” (EG, 89).

En la mística de la fraternidad Dios está más presente que nunca: “se trata de aprender a descubrir a Jesús en el rostro de los demás, en su voz, en sus reclamos. También es aprender a sufrir en un abrazo con Jesús crucificado cuando recibimos agresiones injustas o ingratitudes, sin cansarnos jamás de optar por la fraternidad” (EG, 91). Relacionarnos con los demás es “una fraternidad mística, contemplativa, que sabe mirar la grandeza sagrada del prójimo, que sabe descubrir a Dios en cada ser humano”, y “buscar la felicidad de los demás como la busca su Padre bueno” (EG, 92).

En conclusión, el criterio de discernimiento de una espiritualidad auténtica no es su sacralidad, sino su “corporeidad”, el cuerpo, el rostro del otro, sus brazos, su presencia física, su sufrimiento y sus demandas. Se trata, para decirlo con palabras de San Buenaventura, de “encontrar a Dios en todas las cosas” (Laudato si’ 233).

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8
Jul
2022
Una parábola con un protagonista muy provocador
9 comentarios

samaritano02

Hablar de samaritanos en tiempo de Jesús de forma positiva era una provocación y hasta una ofensa para la mentalidad judía. Los samaritanos eran considerados gente detestable y peligrosa, hasta el punto de que quienes buscaban desacreditar a Jesús, lo más ofensivo que encontraron fue llamarle endemoniado y samaritano (Jn 8,48).

El samaritano de la parábola que cuenta Jesús no solo es un protagonista provocador porque es alguien muy mal considerado por los judíos, sino porque hace cosas sorprendentes, inesperadas e inauditas.

El samaritano actúa en un mundo de bandidos, un mundo en el que hay quién hace mal voluntariamente a los demás. Un mundo en el que hay también heridos, víctimas, gente maltratada injustamente, gente que sufre las consecuencias del mal y no puede librarse de ellas sin ayuda de otros. En este mundo muchos pasan de largo ante los heridos. Quizás no son indiferentes al dolor o a la in­jus­ticia y se preguntan seriamente quién puede ser el culpable de tanto horror y tanta catástrofe. Pero los que pasan de largo no están dispuestos a perder su seguridad. El samaritano sí. Pues para auxiliar al herido debe bajar de su cabalgadura. Cosa peligrosa. Aquello pudiera ser una trampa. Cabe pensar que estamos ante un supuesto herido que tiene unos compinches al acecho. O quizás que el herido es real, pero los bandoleros todavía no se han ido. Si uno no baja del caba­llo tiene más posibilidades de huir en caso de peligro.

El samaritano no denuncia ningún crimen, y eso que es bien consciente del mal; ni siquiera pregunta por los culpables. Mucho menos pregunta si el herido ha sido un imprudente o si no ha seguido las sabias indicaciones de los guardias de seguridad que prescriben evitar caminos peligrosos. Tampoco implica a Dios en la situación, ofreciendo a la persona maltrecha bellos consuelos sobre el amor de Dios a los pobres, sino que se convierte él en Dios para el otro. El samaritano se preocupa inmediatamente del inocente que sufre un mal inmerecido. Actúa como el verdadero responsable contra el mal.

En este drama, que es toda trama maliciosa, hay un actor distinto del culpable, de la víctima o del policía: el que ofrece su ayuda. ¿De qué manera? En primer lugar, sin pedir explicaciones. Luego se manifiesta dispuesto a cambiar sus planes. Parece como si, ante la necesidad del otro, no estuviera ocu­pado. Así puede mostrarse disponible y tener todo el tiempo para el otro. Finalmente, no sólo auxilia, sino que hace cosas insensatas: carga al herido sobre la cabalgadura; lo lleva a una po­sada, vuelve al día siguiente, paga el alojamiento y se compromete a pagar los gastos que se originen. Según el criterio convencio­nal "se pasó de bueno". El sa­maritano va más allá de lo que puede pedir cualquier ley. Manifiesta la sobreabundancia del amor, la generosidad sin límites de la persona evangélica.

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4
Jul
2022
Un extraño en el camino
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samaritano

El próximo domingo escucharemos, en la Eucaristía, la parábola del samaritano misericordioso. Ofrezco una síntesis del comentario del Papa a esta parábola en su encíclica Fratelli tutti, poniendo entre paréntesis los números de la encíclica a los que me refiero.

Francisco plantea una pregunta que nos interpela directamente: ¿con cuál de los personajes de la parábola te identificas, con los salteadores, con las personas religiosas, que se desentendieron del herido y pasan de largo, o con el que, sin conocerlo, lo consideró digno de dedicarle su tiempo? (64).

Subrayo algunas enseñanzas de la parábola directamente relacionadas con la fraternidad y la amistad social. En primer lugar, en un mundo de heridos y de personas excluidas o dejadas al borde del camino por motivos económicos, políticos, sociales y religiosos, solo hay dos opciones posibles, dos tipos de personas, más allá de la posición que ocupan o del disfraz con el que se visten, a saber: hacerse cargo del herido o pasar de largo (67 y 70). Los que pasan de largo son cómplices de los salteadores. De modo que en los momentos de crisis “todo el que no es salteador o todo el que no pasa de largo, o bien está herido o está poniendo sobre sus hombres a algún herido” (70).

En segundo lugar, todos podemos hacer algo. “No tenemos que esperar todo de los que nos gobiernan” (77), ni dejarnos desanimar por su inoperancia o corrupción, o por instituciones “dirigidas al servicio de los intereses de unos pocos”. Si “otros piensan en la política o en la economía para sus juegos de poder”, las personas de buena voluntad estamos llamadas a alimentar lo bueno y ponernos al servicio del bien (77).

Estamos llamados a olvidarnos de localismos y particularismos, a traspasar los prejuicios históricos y culturales (83), llamados a ampliar nuestros círculos de pertenencia (81 y 83), para que resurja nuestra vocación de “ciudadanos del mundo entero” (66) y, como el samaritano, hacernos prójimos, cercanos al extraño (80). “Pero no lo hagamos solos, individualmente. El samaritano buscó a un hospedero que pudiera cuidar de aquel hombre, como nosotros estamos invitados a convocar y encontrarnos en un 'nosotros', que sea más fuerte que la suma de pequeñas individualidades” (78).

Destaco, finalmente, un “aviso”, suscitado por esas personas religiosas que pasan de largo ante el herido: “el hecho de creer en Dios y de adorarlo no garantiza vivir como a Dios le agrada. Una persona de fe puede no ser fiel a todo lo que esa misma fe le reclama, y sin embargo puede sentirse cerca de Dios y creerse con más dignidad que los demás” (74). El aviso continúa, desde otra perspectiva, después de lamentar que a la Iglesia le haya costado tanto tiempo condenar la esclavitud y diversas formas de violencia: “todavía hay quienes parecen sentirse alentados o al menos autorizados por su fe para sostener diversas formas de nacionalismos cerrados y violentos, actitudes xenófobas, desprecios e incluso maltratos hacia los que son diferentes” (86).

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1
Jul
2022
Vender armas, eso sí que es un negocio
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armas

Cuando en Estados Unidos una persona entra en un colegio o en una iglesia y dispara indiscriminadamente sobre niños y profesores o sobre los fieles que rezan, vuelve a ponerse sobre el tapete el asunto de la venta de armas. Venta de armas a todos los niveles. Pues la facilidad que hay en Estados Unidos para que cualquier persona mayor de edad pueda comprar armas de fuego, no debe hacernos olvidar el negocio que supone la venta de armas a niveles amplios y globales, siendo los gobiernos los principales vendedores y compradores. Se trata del negocio más lucrativo del mundo, seguido por el tráfico de drogas y la prostitución. La lista de los vendedores la encabezan Estados Unidos, Rusia y China, pero no conviene olvidar que, entre los diez primeros fabricantes del mundo se encuentra España.

Si el negocio de armas es lucrativo, es lógico que haya negociantes. Y para que el negocio continúe hay que gastar las armas vendidas para que así sea necesario comprar otras nuevas. O fabricar armas más poderosas, que dejen obsoletas a las antiguas, para así incitar a comprar los últimos modelos. Las armas se gastan, sobre todo, en las guerras. Así se comprende que la guerra es necesaria para que el negocio continúe. La cumbre de la OTAN en Madrid ha solicitado incrementar los gastos en lo que eufemísticamente llaman defensa, o sea en comprar más armas. España se ha comprometido a duplicar sus gatos en defensa.

El dinero que se gasta en armas se podría emplear en otras cosas, no sé si más rentables, pero sí más necesarias, como por ejemplo para fertilizar muchas de las zonas más estériles del planeta y solucionar así el problema del hambre en el mundo. De paso, a lo mejor también se solucionaba la presión migratoria que, en gran parte, se debe precisamente a la guerra y al hambre.

Hoy, que se protesta por tantas cosas, que se hacen tantas llamadas, que aparecen tan­tos reclamos; hoy, que hay organizaciones para todo, ¿no sería bueno que entre las personas de buena voluntad fuésemos creando un ambiente para reducir a sus mínimos niveles el comercio de armas? A sus mínimos niveles quiere decir algo así: de la misma manera que los Estados, algunos al menos, persiguen el tráfico de drogas, y para esto se requiere una cierta fuerza, también los Estados deberían disponer de la mínima fuerza necesaria para erradicar la fabrica­ción y el tráfico de armas. Pues es claro que, si los Estados dejan de fabricar armamento y venderlo, otros lo harán. El deber de los Estados es impedirlo. Para impedirlo deben empezar por dejar de ser ellos mismos los primeros fabricantes y vendedores.

Conclusión no sé si realista o pesimista: soy consciente de que mis dos últimos párrafos son un sueño. Y los sueños, sueños son.

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28
Jun
2022
¿En qué manos estamos?
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melillla

A la vista de tantos desastres que producen muerte uno se pregunta, con una cierta impotencia, en qué manos estamos. Lo ocurrido en la valla fronteriza de Melilla, con decenas de muertos y cientos de heridos graves, es un episodio más, el último y el más cercano, de tantas tragedias como ocurren en el mundo. Hay miles de personas africanas que se agolpan al otro lado de Melilla, buscando pan y dignidad. Son personas sin papeles, sin protección alguna, a las que la vida ha conducido a una situación desesperada. A medida que pasan las horas y tenemos nuevos datos, lo ocurrido en la valla resulta cada vez más penoso y escandaloso. La reacción de los gobernantes de una y otra parte de la valla es totalmente inaceptable, por no decir algo más fuerte. Aunque supongo que lo que yo diga no les importa demasiado. En realidad, no les importa nada.

¿Qué podemos hacer, además de protestar y de expresar nuestra consternación, ante esta y otras tragedias similares? Guerra en Ucrania con bombardeos en centros comerciales repletos de civiles, muertes en el mar Mediterráneo, alegatos a favor del aborto (y que conste que se puede comprender a las personas; lo que ya cuesta comprender son los alegatos políticos e ideológicos), y tantas otras formas de desprecio a la dignidad humana. Evidentemente, al lado de estas tragedias mayores, otros muchos problemas que padecemos parecen asuntos menores, aunque quizás sean estos asuntos menores lo que más nos preocupan: encarecimiento de los alimentos, de la electricidad, de la gasolina, listas de espera en la sanidad pública, mala gestión de los recursos, etc.

No estamos hablando de gente que viene a quitarnos lo nuestro. Estamos hablando de hermanos. Sin duda, hay modos de evitar o, al menos, de reducir la inmigración ilegal, como ayudar a los países de origen y luchar contra la corrupción en estos países. Aunque cuando se habla de este tipo de soluciones, vuelve a surgir la pregunta de en qué manos estamos y cuáles son los intereses que condicionan las relaciones entre los estados.

Al menos, en la medida en que tratar a los demás dependa de nosotros, de usted que hace el honor de leerme y de mí, al menos en esta medida, recordemos la regla de oro: trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti. No como te tratan, sino como te gustaría que te trataran.

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