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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

29
Ago
2022
Ejercicios espirituales
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claustrointerior

Me encuentro en Benaguasil (Valencia) predicando unos Ejercicios Espirituales en el santuario de Montiel.

Hacer cada año unos días de Retiro (terminología usada en América) o de Ejercicios Espirituales (terminología más usada en España) es una buena costumbre no sólo de monjas, religiosos y curas, sino también de muchos cristianos. La expresión “ejercicios espirituales” tiene un buen referente en San Ignacio de Loyola, que escribió un libro espiritual de meditaciones, oraciones y ejercicios mentales, diseñado para ser realizados durante treinta días. Este plan de san Ignacio todavía lo realizan alguna vez en su vida los jesuitas, pero la mayoría de las personas que desean tener este tipo de experiencia suelen hacerlo durante menos tiempo, normalmente entre cinco y ocho días.

Todos necesitamos hacer ejercicio, necesitamos parar, descansar y reciclarnos, o sea, ponernos al día. Eso tan humano y que tantas personas practican, resulta no solo necesario en el plano corporal, sino también en el espiritual. Es bueno que durante unos días dejemos de lado nuestras ocupaciones y cambiemos de actividad. Descansar de nuestro trabajo, para reflexionar, pensar en nosotros mismos, rezar, sentir la necesidad de Dios, leer tranquilamente la Escritura o algún libro que nos ayude ver la vida desde una perspectiva distinta de la utilitaria o económica, escuchar a un buen predicador que nos recuerda que lo esencial, que lo único importante en la vida no es el dinero, ni el trabajo, sino el Dios de Jesucristo que nos llena de paz y de amor.

Dedicar unos días a reflexionar, rezar, leer, pasear contemplando la naturaleza (pues el buen lugar para hacer un ejercicio espiritual no es el trajín de la ciudad, sino la tranquilidad del campo), no es para encerrarnos en nuestra concentración egoísta y olvidarnos de los problemas, necesidades, sufrimientos de tantas personas que hay a nuestro alrededor (más cerca incluso de lo que nosotros pensamos), sino para abrirnos a estas necesidades. Ocurre lo mismo que cuando celebramos la Eucaristía. Si la escucha de la Palabra y la comunión con el cuerpo de Cristo no nos abre al prójimo, estamos ante la prueba más evidente de que nuestros oídos no han escuchado y de que nuestra recepción del pan eucarístico ha sido una pésima comunión.

Se me ocurre pensar en esta palabra de Jesús: “esforzaos en entrar por la puerta estrecha”. La puerta estrecha podría estar precisamente a la salida de las grandes puertas de nuestras iglesias. Una vez cruzada la puerta ancha de la Iglesia, nos encontramos con la puerta estrecha, o sea, con la puerta difícil de traspasar, la puerta que nos lleva al encuentro del hermano. Aplicado a los ejercicios espirituales: después de esos días en los que hemos podido descansar y “esponjar” el espíritu, hay que pasar por la puerta estrecha que nos lleva a vivir con más generosidad y a regresar con nuevos ánimos y nuevo espíritu a nuestras tareas cotidianas. Este nuevo espíritu es el de Jesús.

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25
Ago
2022
La esperanza da alas a la paciencia
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esperanzalas

La prisa y la impaciencia con la que viven muchos de nuestros contemporáneos contagia, a veces, a los propios creyentes, que se rebelan ante el mal y se muestran impacientes cuando el bien no aparece. La carta a los Hebreos notaba que la auténtica amenaza de la fe es la impaciencia, la pérdida de la esperanza: nosotros, decía a sus destinatarios el autor de la carta, no somos de los que se echan atrás, “no somos cobardes para perdición, sino creyentes para salvación del alma” (10,39). No esperar con paciencia es la tentación de aquellos que desearían ver ya realizado el reino de Dios, la tentación de los que quieren anticiparse a la paciencia de Dios y realizar la justicia de Dios a su manera. Son personas que se creen llenas de celo, pero apremian en lugar de orar, y juzgan en lugar de apelar a la misericordia.

Importa dejar claro que la paciencia ni es resignación ni es una actitud pasiva. Es una actitud muy activa. Es un modo de luchar por la vida. Por eso se dice, a veces, que “el que resiste, gana”. Paciencia es ser fuerte, mantenerse firme, hacer algo con tesón a pesar de las contrariedades. Paciente es el sabio que controla su ira y así actúa con lucidez. En esta línea, en Rm 9,22 se dice que Dios “soportó con gran paciencia” a los hombres que se han hecho merecedores de su ira, no precisamente para castigarlos, sino para manifestar su poder y su misericordia a sus elegidos (puede verse también 1 Pe 3,20). En la medida en que Dios, en lugar de castigar a los hombres, contiene su ira, nos brinda la ocasión de vivir y nos da nuevas oportunidades de convertirnos. Quien gobierna con paciencia consigue mucho más que quien manda con ira. Este último solo destila veneno, deja heridos por el camino y no construye nada.

Una cosa más: en nuestra época debemos exhortar a la paciencia a aquellos que están cansados y han perdido la esperanza. Para ellos la llamada a la paciencia debe ser una llamada a despertar, una llamada que les llene de buen ánimo y les mueva a continuar luchando a pesar de las dificultades y de la oscuridad del momento presente. Vale la pena esperar a pesar de las decepciones. Ser paciente es estar convencido de que el mal no tiene futuro o, dicho en plan refranero popular, no hay mal que cien años dure. El refrán trata de consolar a quien padece una desgracia, con la esperanza de que no sea duradera.

No hay paciencia sin esperanza. El cristiano sabe que la buena, la auténtica esperanza, es la fundada en las promesas de Dios. Esas promesas se refieren fundamentalmente a la vida eterna, pero es posible vivir ya la experiencia del amor de Dios en este mundo. Y así la esperanza nos arranca del encasillamiento en nosotros mismos, dando alas a la paciencia.

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21
Ago
2022
¿La paciencia todo lo alcanza?
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paciencia01

“La paciencia todo lo alcanza”, decía Teresa de Jesús. Dios es, para la santa, el último fundamento de esta paciencia que todo lo alcanza, pues “quien a Dios tiene nada le falta: solo Dios basta”. El que tiene a Dios o, mejor, el que es tenido por Dios, o con más precisión, el que pone su vida en manos de Dios, o para ser aún más exactos (puesto que estamos en las manos de Dios, seamos o no conscientes de ello), el que tiene conciencia de estar en las manos de Dios y vive esta convicción con profundo agradecimiento, ese sabe que con Dios, a pesar de todas las apariencias contrarias y a pesar de todas las turbulencias de la vida, puede vivir seguro y en paz, puesto que su futuro está en buenas manos, unas manos seguras y poderosas, las manos de un amor fiel que nunca nos abandona.

Quien a Dios tiene, alcanzará todo lo que importa. Por esto puede esperar tranquilo, convencido de que una esperanza así no falla, ya que nada, ni la enfermedad, ni las tribulaciones, ni siquiera la muerte, puede separarnos del amor de Dios.

Uno de los buenos compañeros que he tenido, un día que me encontraba mal humorado y disgustado, probablemente con toda razón, me dejo una nota por debajo de la puerta de mi habitación que decía: “no pasa nada, porque todo pasa”. Si uno piensa que el disgusto presente va a durar, entonces vive angustiado. Pero si piensa que el disgusto presente va a pasar, porque todo pasa, entonces no pasa nada y puede vivir el presente malo con paz y tranquilidad. Teresa de Jesús lo dice de esta manera: “todo se pasa”, y como todo se pasa, nada debe turbarte.

Visto en perspectiva teologal, es verdad que la paciencia todo lo alcanza. No porque la serenidad con la que uno vive los malos momentos tenga capacidad de conseguir un futuro mejor, sino porque esa serenidad es el resultado de la acción de Dios en nuestras vidas, y esta presencia, que ahora nos sosiega, nos asegura un mañana luminoso y feliz.

Fuera de la perspectiva teologal, la paciencia es una actitud que no está muy de moda. En la sociedad actual todo avanza muy deprisa. Nuestros jóvenes pretenden conseguir las cosas en el momento en que las desean. Los buscadores de internet nos han acostumbrado a tener la información que buscamos en unos pocos segundos. Y, sin embargo, las cosas buenas y duraderas, la adquisición de sabiduría, las grandes obras de arte, el conocimiento de la realidad, todo eso requiere tiempo. Lo que se consigue deprisa es superficial y no vale nada. Mientras el mal se propaga rápidamente, el bien requiere tiempo. Basta pensar en lo ocurrido con la epidemia del covid: los contagios han sido rápidos, la creación de vacunas ha sido lenta, porque el bien requiere tiempo y paciencia. No es algo automático. Las enfermedades vienen muy rápidas, las curaciones son lentas.

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18
Ago
2022
Santiago del Cura o el arte de pensar la fe
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florhomenajedelCura

El pasado 15 de agosto, día de la Asunción de la Virgen María, falleció un gran teólogo, Santiago del Cura Elena. Había sido profesor de la Facultad de Teología de Burgos y de la Universidad Pontificia de Salamanca. Fue miembro de la Comisión teológica internacional. Era académico de número de la Real Academia de Doctores de España. Sus méritos teológicos y académicos son indiscutibles. Sus escritos versan sobre historia del dogma y de la teología, sobre teología del ministerio ordenado, teología ecuménica y cuestiones de actualidad. Hay dos tipos de escritos que merecen ser resaltados: los dedicados a la escatología y, por encima de todo, sus publicaciones sobre el Misterio de Dios. Recientemente se publicó una miscelánea en homenaje a su labor teológica, en la que tuve el honor de colaborar, titulada: “Deus semper maior. Teología en el horizonte de su verdad siempre más grande”.

Con el riesgo que conlleva toda simplificación voy a resumir en dos las líneas de fuerza de su pensamiento: Por una parte, Dios como tema central y unificante; por otra, un esfuerzo de comunicar la fe sabiendo dar razón de la misma, especialmente en esta época de secularización e increencia. Ambas líneas están estrechamente relacionadas, porque el Dios cristiano es un Dios de los hombres y para los hombres y, por tanto, tiene que poder ser acogido en la circunstancia vital y cultural de cada persona. El discurso sobre Dios nunca puede prescindir de su destinatario, que es la humanidad, pero no una humanidad en abstracto, sino cada ser humano en su concreta situación. De ahí la pertinencia de la pregunta: ¿cómo hablar de Dios en una época paradójica, de increencia y secularización, por un lado, y de cierto redescubrimiento espiritual, por otro?

Más aún, ¿cómo hablar del Dios cristiano en una época de diálogo interreligioso, cómo decir el monoteísmo trinitario de forma comprensible para los fieles de otras religiones monoteístas? La originalidad del Dios cristiano está en que es único, pero no solitario, es el Dios de la comunión. Mirando a Jesucristo es como el teólogo y todo cristiano puede descubrir a este Dios de comunión. Más aún, con la paradoja de la Encarnación, el cristiano descubre a un Dios que, en cierto modo se ha unido con todo hombre y que desborda en humanidad a todos los seres humanos, mostrando así un nuevo modo de ser humano.

Sirvan estas líneas como recuerdo a tan ilustre teólogo, excelente persona y buen compañero. Después de lo mucho que él ha pensado, escrito y hablado sobre el Dios de Jesucristo, ahora tendrá la oportunidad de comprobar ese lema con el que los editores han querido titular el libro-homenaje en el que han colaborado muchos amigos y compañeros de toda Europa, entre ellos una decena de obispos: “Dios siempre mayor”.

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16
Ago
2022
Humanitos
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gorilayhumano

Un buen amigo me ha enviado un poema del escritor uruguayo Eduardo Galeano, titulado: “humanitos”, que describe con maestría la paradoja del humano: capaz de lo peor (cazadores del prójimo, creadores de la bomba atómica, la bomba de hidrógeno y la bomba de neutrones; los únicos que matan por placer, los únicos que torturan, los únicos que violan), y de lo mejor (los únicos que ríen, los únicos que sueñan despiertos, los que convierten la basura en hermosura, los que descubren colores que el arcoíris no conoce). Ni lo primero ni lo segundo ha perdido un ápice de actualidad. Pues al lado de bombas (rusas o no es lo de menos) que golpean hospitales, mujeres y niñas maltratadas en Afganistán, o gobierno de Nicaragua que persigue a la Iglesia, también hay personas capaces de entregar su vida por los demás (como Teresa de Calcuta, Maximiliano Kolbe o el religioso marista Santiago Gapp).

Esta paradoja de ser capaces de lo mejor y lo peor es el precio que debemos pagar por la inteligencia los que no somos dioses. Solo Dios es capaz de lo mejor (e incapaz de todo mal), porque la inteligencia no demuestra su grandeza en la posibilidad de hacer el mal, sino en la capacidad de hacer el bien. Pero el hombre no es Dios, es “casi como un dios”, tal como dice el libro de los Salmos. El “casi” es la condición de ser, porque si Dios crea, no puede crear otro Dios, puesto que entonces no habría creación, sino (puestos a decir una imprecisión, con la que espero que se me entienda) una prolongación de Dios. Si Dios crea debe crear un “no dios”, o sea, un ser finito. Un ser que no es Dios, pero es “casi” como un Dios.

Incluso a nivel de lo creado, el “casi” hace que las distintas sean infinitas. Ya se sabe: el humano y el chimpancé comparten el 99 por ciento del ADN. Este uno por ciento hace que la diferencia sea cualitativamente distinta. Como dice Eduardo Galeano en su poema: “nuestros genes son casi igualitos a los genes de los ratones”. Bueno, pues el “casi” que nos acerca a Dios, hace que los humanos no seamos cualitativamente y sustancialmente buenos y sólo buenos, sino que tengamos capacidad para el mal.

Con todo, hay una diferencia entre el “casi” del chimpancé y de los ratones con respecto al humano, y el “casi” del humano con respecto a Dios. Porque, mientras el uno por ciento del chimpancé nunca logrará cubrir la distancia respecto al humano, de modo que el chimpancé, sin dejar de ser chimpancé, sea humano; el “casi” del humano con respecto a Dios hace posible “ser como Dios” sin dejar de ser humano. Si uno deja de ser chimpancé o humano ha perdido su identidad. Pero cuando el humano “participa” de Dios, puede ser divino sin dejar de ser humano. Es un humano divinizado. Y en esta divinización no pierde su identidad, sino que alcanza la plenitud de lo humano.

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12
Ago
2022
Sin pecado asunta al cielo
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sinpecadoasunta

En 1950, casi cien años después de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción, el Papa Pío XII proclamó “como dogma divinamente revelado” la asunción de María en cuerpo y alma a la gloria del cielo. Estos dos dogmas están relacionados, hasta el punto de que algún teólogo (por ejemplo, el Cardenal Charles Journet) piensa que el fundamento del dogma de la Asunción es el dogma de la Inmaculada. Pío XII, en el preámbulo de la constitución Munificentissimus Deus, afirma: “ambos privilegios están íntimamente unidos entre sí”.

¿Dónde está la relación? El dogma de la Inmaculada, tal como está formulado en la bula Ineffabilis Deus, declara que la Santísima Virgen María, desde el primer instante de su concepción, “fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original”. Ahora bien, según la doctrina clásica, una de las consecuencias del pecado original es la muerte. Por tanto, parece lógico que si María no tuvo pecado, tampoco sufriera su consecuencia, que es la muerte. Ahí está la relación de los dogmas.

La teología del pecado original que subyace a estos dogmas ha evolucionado. Hoy, la teología entiende que la muerte que es consecuencia del pecado no es la biológica, sino la espiritual, la separación de Dios. La muerte biológica es natural a todos los seres vivos, es el precio o la consecuencia de la vida de todos los “no dioses”, plantas, animales o humanos. La relación del pecado con la muerte biológica podría entenderse a la luz de este texto de la carta a los Hebreos (2,15): Cristo vino a librarnos, no de la muerte (natural e inevitable), sino del miedo a la muerte. Dicho de otra manera: la muerte no se afronta de la misma manera cuando uno vive alejado de Dios que cuando uno vive en gracia, confiando en el amor de Dios y esperando en sus promesas.

A esta luz los dogmas de la Inmaculada y de la Asunción podrían tener un alcance antropológico inesperado. Serían como dos faros potentes que iluminan la situación y la esperanza cristianas, situación y esperanza que en María han sido ya realizadas como primicia, a saber: el cristiano, unido a Cristo por el bautismo, está llamado a vivir sin pecado, a ser santo ante Dios por el amor; y viviendo así, tiene la firme esperanza de encontrarse con el Señor al término de su vida mortal, pues para los que creen en Cristo la vida no termina, se transforma. Y está transformación es en realidad una plenitud, en la que todas las dimensiones de la persona (“cuerpo y alma”) encuentran su más perfecta realización, de una forma estable y completa.

Un himno de la liturgia de las vísperas de la Asunción canta: “¡Dichosa la muerte que tal vida os causa! ¡Dichosa la suerte final de quien ama!”. Hay un modo de morir que, en realidad, es una entrada en la vida; aquellos que aman pueden vivir confiados en esta suerte final. Vivir en el amor, sin pecado, en santidad, es el camino que lleva a la vida. Esa es la fe y la esperanza de todo cristiano.

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8
Ago
2022
Diez ojos por uno o China bloqueando Taiwan
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ojoporojo

El “código de Hammurabi” es un conjunto de leyes mesopotámicas que buscaban establecer reglas justas de convivencia y que tuvieron una gran influencia en la antigüedad. Jesús mismo citó uno de los principios más famosos de este código, que pretendía que el castigo merecido por un crimen fuera justo y equitativo, y no se convirtiera en una venganza desproporcionada: “ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pan por pan”.

Muchos códigos de justicia actuales siguen inspirándose en este principio de reciprocidad. No ocurre lo mismo con las medidas políticas. Desgraciadamente muchas respuestas políticas parecen desproporcionadas y, más que inspirarse en el principio “ojo por ojo”, buscan dejar claro que ante el poder solo cabe la sumisión ciega y callada; y, por eso, no aceptan que nadie les contradiga ni les desafíe. Y para que quede claro que desafiar al poderoso es peligroso, los poderosos castigan las supuestas o reales ofensas recibidas con medidas desproporcionadas al supuesto o real daño que se les ha causado. El poder quiere tener siempre razón y por eso se arroga el derecho a castigar hasta límites insospechados.

El último ejemplo político (al menos visto con ojos occidentales) de este tipo de respuesta desproporcionada, es la reacción del gobierno de China ante la visita de una congresista norteamericana a Taiwan. Cierto, la senadora Nacy Pelosi no ha sido muy prudente, qué digamos. Pero una cosa es ser una imprudente provocadora y otra lanzar bombas que pueden matar. Pues una vez lanzadas, el humano ya no tiene control sobre ellas. Vivimos en un mundo en el que no abundan los valores de la prudencia, de la contención, de la epiqueya, de la finura, del cambiar la dirección de la mirada cuando algo no nos gusta, y no digamos el valor del perdón. Predomina la pasión, el deseo de venganza, el dejar claro quién manda, el puñetazo sobre la mesa.

Rusia enviando bombas a Ucrania desde una central atómica, para que si responde Ucrania se provoque una catástrofe nuclear; China bloqueando Taiwan; Israel y los palestinos de Gaza de nuevo en conflicto; la “pareja reinante” en Nicaragua haciendo todo el daño que puede a la Iglesia. Y más y más y mucho más. ¿Cuándo va a parar todo eso?

Por cierto, Jesús cita el código de Hammurabi para superarlo: “Yo os digo: no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra; al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto” (Mt 5,38). O sea, quédate completamente desnudo, pues el cuerpo iba cubierto con un manto y encima estaba la túnica. Complicado sí, pero si al menos en los ambientes eclesiales lo practicamos, el mundo quizás se quede sorprendido; y si se queda sorprendido, quizás reflexione un poquito; el no va más sería que tras la reflexión viniera la conversión.

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4
Ago
2022
Domingo de Guzmán: escucha y diálogo
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santodomingoguzman

Con motivo de la fiesta de Santo Domingo de Guzmán, que se celebra el 8 de agosto, ofrezco una reflexión sobre el modo como hoy debe anunciarse el Evangelio. No por imposición, tampoco desde un pedestal. Los biógrafos del santo cuentan que, yendo con el obispo Diego de Acebes a una misión diplomática camino de Dinamarca, hicieron noche en una posada de Toulouse. En aquella zona estaba muy implantada la herejía cátara o albigense. El hospedero era uno de aquellos herejes. Los biógrafos se complacen en destacar que, tras pasar la noche conversando con el hospedero, Santo Domingo consiguió que regresara a la fe católica. No hay duda de que la conversión es un dato importante, pero tan importante o más es el modo de esa conversión.

Si Santo Domingo pasó toda una noche charlando con el hospedero tuvieron que hacerlo sentados alrededor de una mesa, charlando amigablemente. La noche es larga y sólo se puede pasar alrededor de una mesa, con un buen pan y un mejor vino. Cuando dos personas pasan una noche alrededor de una mesa no habla solo uno. Hablan los dos. Entablan conversación. Santo Domingo entiende que el buen método para dar a conocer la verdad católica es el diálogo. Y antes que el diálogo, la escucha.

Sin duda Santo Domingo escuchó las razones que habían llevado al hospedero a unirse al grupo de los cátaros. Santo Domingo debió informarse bien de lo que pensaban los herejes. Porque si uno no se informa, no puede luego argumentar. Si uno no escucha previamente, no logrará que le escuchen. Santo Domingo supo escuchar el mensaje de la herejía. Y no sólo no lo condenó, sino que integró lo bueno que en ella había, como podía ser el testimonio de una vida austera y el buen conocimiento de la Escritura.

El encuentro con el hospedero de Toulouse y, más en general, con la herejía, puede ser una provocación para nuestro modo de evangelizar al mundo de hoy, muy distinto del medieval, pero tan necesitado como entonces de una buena predicación. Al mundo de hoy no le convenceremos desde el discurso moralista del que se considera superior, sino desde el diálogo entre iguales, que supone no solo dar, sino primero escuchar y comprender. Ese es el buen camino para la evangelización. No convertiremos al mundo condenándolo, sino buscando lo bueno que tiene y mostrándole un Evangelio que responda a esto bueno que ya hay y lo potencie.

Buscar lo bueno de lo aparentemente malo, encontrar las inquietudes que hay en muchas reacciones contrarias a la Iglesia, ese es el camino para entablar un diálogo fructífero o, al menos, para que puedan escucharnos. Para ser críticos con el mundo, hay que comenzar por discernir lo bueno que en el mundo hay. Así podremos decir que hemos comprendido el mensaje de nuestra sociedad, y seremos aceptados como sus interlocutores. No para aprobar sin más algunas de sus demandas, sino para intentar que otra alternativa pueda ser escuchada.

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31
Jul
2022
Momento de pequeños rebaños
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solsaliento

El libro del Eclesiastés decía que hay un tiempo para cada cosa. Hay momentos poco recomendables: el tiempo de odiar o el tiempo de guerra. Hay otros que son más alegres y recomendables: tiempo de sanar, de edificar, de reír, de abrazarse. Pero vistos los tiempos con mirada larga, lo cierto es que en todos los tiempos hay de todo, bueno y malo. A veces pensamos que el tiempo pasado fue mejor. Precisamente el autor del Eclesiastés opina que no es de sabios decir tales cosas (7,10). Cada tiempo es distinto, ni mejor ni peor.

En la Iglesia hay quienes juzgan la bondad o maldad de los tiempos en función de los números: ¿cuántos novicios tiene la congregación?, ¿cuántos seminaristas tiene la diócesis?, ¿cuántas parejas se casan por la Iglesia?, ¿cuánta gente asiste a las eucaristías dominicales? No está claro que las bajas cifras actuales sean signo de una mala evangelización o de una mala vivencia de la fe, y que los números altos de antaño fueran signo de una fe seria, adulta y profunda. Quizás eran signo de una fe sociológica, superficial, pero no personalizada, ni bien asumida. En todas las instituciones, también en las eclesiales, hay tiempos de expansión y tiempos de concentración.

Jesús era bien consciente de que sus enviados eran un “pequeño rebaño” (Lc 12,32). Por eso, la pregunta evangélicamente adecuada es: y nosotros, pobrecitos, pequeñitos, poquitos, envejecidos, temerosos, cansados, ¿cuánto bien podemos hacer, a cuánta gente podemos llegar?, ¿estamos dispuestos a superar miedos y dificultades para sostener la esperanza de aquellos que nos rodean, estimular la fe de aquellos con los que nos encontremos, vivir el amor allí donde estemos? Esa es la buena pregunta y no la de los números o las edades.

Hace unas semanas tuve ocasión de asistir al traslado de los restos de una venerable fundadora de varios conventos de monjas dominicas, la Madre Inés de Sisternes (1612-1668). Los suyos fueron tiempos de expansión, y ella supo tomar las iniciativas que los tiempos demandaban. Hoy hay que tomar otras iniciativas que, sólo aparentemente, van en sentido contrario de los que tomo la venerable fundadora. Porque lo que importa no son los números, sino la fidelidad al Señor, y el responder con sabiduría a los retos que plantea el presente.

El mejor tiempo, para cada uno, es el presente. En las instituciones pasa como en la vida: nacen, crecen, se desarrollan, envejecen y mueren. Unas duran más y otras menos. Unas sustituyen a otras. Algunas desaparecen y otras surgen con nuevas fuerzas. Es lo propio de la vida. Sin duda, la desaparición plantea alguna pregunta. No es menos cierto que la aparición también las plantea. Aparecer o desaparecer es un hecho. Y los hechos tienen muchas caras. Quizás, más allá del hecho y de las causas inmediatas que lo han provocado, la pregunta de fondo sobre la que hay que detenerse es: ¿cómo se muere y cómo se vive?

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27
Jul
2022
Viajar a Canadá para pedir perdón
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Franciscocanada

Un amigo que vive en Estados Unidos, tras afirmar que el motivo de la visita del Papá a Canadá es de lamentar, me pregunta “si se sabe cuál fue el número de los muchachos-as que no regresaron a sus casas de los internados de indígenas en manos de la Iglesia”. Le he respondido que es un tema que no conozco. Según leo, el Papa Francisco ha pedido perdón por la actuación de la Iglesia católica en los internados para las comunidades indígenas de Canadá, donde los menores sufrieron abusos al amparo de una política estatal conocida como “asimilación forzosa”. Si entiendo bien, lo que ocurría en esos internados en manos de instituciones católicas debía ocurrir también en otros internados encomendados a otras instituciones, puesto que se trataba de una política estatal. Eso no disminuye la responsabilidad, pero la sitúa en su contexto.

Se me ocurren algunas consideraciones que van más allá del viaje del Papa a Canadá y que son aplicables a toda circunstancia. Siempre es bueno pedir perdón. Cuando uno es consciente de su culpa, pedir perdón no solo es bueno, sino justo y necesario. ¿Y cuando la culpa no es propia, sino de alguien que pertenece a mi propia familia y ya ha fallecido? Las consecuencias de nuestros actos pueden prolongarse más allá de lo que dura nuestra vida. Entonces, en un gesto de solidaridad por las malas consecuencias que ha provocado la actuación de una persona con la que, de algún modo, se me puede identificar, y de responsabilidad hacia las víctimas, pedir perdón puede ser un modo de sanar heridas. Cosa siempre buena y necesaria.

Incluso cuando no está clara la parte de culpa propia que hay en las heridas de otros, puede ser bueno y necesario (al menos desde una perspectiva cristiana) pedir perdón, en línea con esta palabra de Jesús: “si cuando vas a presentar tu ofrenda ante el altar te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda y ve primero a reconciliarte con tu hermano” (Mt 5,23-24). La fuerza del texto está en que tu hermano tiene algo contra ti y no tanto en el grado de culpabilidad propia. Sea cual sea la culpabilidad propia, lo importante es el hermano que necesita sanar y la necesidad que los dos tenemos de reconciliación. Pues bien, el que se entera de que su hermano tiene algo en contra suya y no da pasos para encontrarse con el hermano, no actúa según el consejo de Jesús. Buscar los errores que el otro comete al juzgar el asunto que nos separa, son excusas de mal pagador.

Sin duda juzgamos el pasado con los ojos de hoy. No tenemos otros. Por eso, pedir perdón por las culpas pasadas es un modo de reconocer que hoy es necesario dar pasos para el encuentro fraterno. Importa el pasado, pero importan más las heridas de hoy. Y eso es lo que creo que ha buscado sanar el Papa en Canadá.

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