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Feb2013Historia natural, personal y divina
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La vida humana es una combinación de historias. Somos un producto de la naturaleza, hay una historia natural que nos constituye y nos emparenta con todos los seres vivos, sobre todo con los primates y mamíferos. El estudio de esta historia nos dice que los humanos somos una especie surgida por evolución y nos explica cómo funcionan nuestros genes para permitir el desarrollo y funcionamiento de nuestras facultades mentales e, incluso, cómo estos genes influyen sobre nuestro comportamiento. Pero la historia de la humanidad no sólo está escrita en los genes. Poseemos también una historia personal, forjada a partir de las relaciones con otras personas y de nuestros conocimientos culturales. La sola historia natural no nos dice si nuestras creencias acerca de Dios son verdad o nuestras conductas son correctas. Estas convicciones se adquieren con la educación.
Para los creyentes hay una tercera historia que también es constitutiva de lo humano: la historia que Dios quiere hacer con el hombre. Esta historia no se superpone a las otras historias, ya que lo natural y lo personal es la condición de posibilidad de la historia divina. Y, al mismo tiempo, la historia divina es aquella a la que tendían la natural y la personal. En efecto, el Dios de la Biblia, que crea al ser humano a su imagen y semejanza, es el Dios del genoma humano. Por otra parte, la evolución genética nos ha llevado a la evolución cultural y humana con capacidad de acoger el espíritu de Dios. La genética ha hecho posible un ser capaz de dedicarse a la ciencia, al arte y a la religión.
Ahora bien, esta historia divina resulta ambigua. Este producto de la evolución, que ha sido constituido por Dios como su imagen y semejanza, o dicho de otro modo, que ha sido llamado al diálogo y a la amistad con Dios, ha sido culpable de una historia de muertes, horrores, injusticias, una historia sólo propia del más salvaje de los animales. ¿Cómo se explica esto? Porque el ser humano es una imagen provisional de Dios, una imagen imperfecta, incompleta. El Nuevo Testamento dice que la verdadera y perfecta imagen de Dios invisible es Jesucristo. El es la clave que nos permite comprender la historia. En la medida en que nos identificamos con Jesús, la imagen de Dios que es el ser humano, alcanza la plena humanidad.
El Centro “Fray Bartolomé de las Casas” de La Habana es un referente cultural en la ciudad. Entre otros muchos cursos, ofrece un master en teología, signo claro de su deseo de establecer un diálogo de la fe con la cultura. Este deseo de tender puentes entre la fe y la cultura es lo que lleva al Centro a celebrar con gran solemnidad la fiesta de Santo Tomás de Aquino. Uno de los actos de la celebración es, como no podía ser de otra forma, la Eucaristía, a la que asisten alumnos del Centro y bastantes fieles. Se celebra en la Iglesia de San Juan de Letrán. Es el tercer año consecutivo que tengo la satisfacción de asistir a esta Eucaristía. En los dos años pasados presidió el Nuncio. Este año tendré el honor de presidirla.
Con cierta frecuencia, al comienzo de las celebraciones litúrgicas, el presidente exhorta a los fieles a ponerse en presencia de Dios. ¿Qué puede significar esto? Si lo pensamos bien resulta una invitación un tanto extraña, puesto que los creyentes sabemos que, dado que Dios está en todas partes, siempre estamos en su presencia. Ahora bien, hay dos maneras de estar en presencia de alguien, una manera inconsciente y otra consciente. Exhortar a alguien a ponerse en presencia de Dios, equivaldría a invitarle a cobrar conciencia de una presencia que ya está siempre ahí. Con todo, se trata de una presencia extraña. En todo caso, no es una presencia como la que se da cuando estamos frente a otra persona, ni siquiera es una presencia como la que se da frente a alguien distante o invisible. Dios es trascendente, y su presencia no puede en modo alguno compararse con una presencia humana. No es la presencia de alguien muy grande, o muy invisible, o muy distante. Es otra cosa. Una presencia omniabarcante, aunque invisible y silenciosa para los ojos de la carne.
Puede ocurrir, suele ocurrir y, casi me atrevo a decir, debe ocurrir, que una explicación teológica no repita lo que dice el Catecismo. Las repeticiones, en este caso, están de sobra, porque para eso ya tenemos el texto del Catecismo. No repetir lo que dice el Catecismo no significa estar en contra. La repetición, incluso, puede ser en ocasiones la mayor de las infidelidades. Eso es claro cuando las palabras han cambiado de sentido o se toman de forma descontextualizada. Cuando decimos, por ejemplo, que en Dios hay tres personas, estamos diciendo algo fundamental sobre el Dios cristiano. Siempre que se entienda bien. Porque si por persona se entiende un centro de conciencia, de personalidad, de libertad, de autonomía (que, por cierto, es lo que entiende mucha gente), con este concepto de persona estamos ofreciendo una mala compresión del Dios cristiano. Por eso, la afirmación dogmática sobre la tripersonalidad divina, es necesario que la teología la explique, aclarando que, tanto en Dios como en los humanos, la persona se define por su relacionalidad constitutiva. La explicación puede ser más acorde con la fe que la simple repetición mal entendida.
Decía Tomás de Aquino que la exposición de un tema puede tener una doble finalidad: dar seguridad e iluminar la inteligencia. Si se trata de convencer al alumno, evidentemente a un alumno creyente, de una determinada doctrina, entonces hay que notificarle lo que dice la autoridad por él aceptada: la Sagrada Escritura, la Tradición de la Iglesia o el Magisterio. Pero si el profesor se queda aquí, entonces el alumno se marcha vacío, quizás convencido de la verdad de una cuestión, pero vacío. Por eso, añadía Tomás de Aquino, es necesario, para iluminar la mente del alumno, que el profesor ofrezca argumentos, razones y explicaciones de cómo eso que dice la autoridad puede ser verdad. Si no sabemos dar razones de los motivos que tiene la autoridad para hacer una determinada afirmación, estamos ante el triunfo de la sin razón. Y la sin razón no es humana.