14
May2013Si Jesús se va, salimos ganando
2 comentarios
May
Hay una palabra de Jesús dirigida a sus discípulos que hace pensar: “os conviene que yo me vaya” (Jn 16,7). Con la partida de Jesús se produce una ganancia. Esta palabra va acompañada de una reiterada advertencia: me voy, pero vosotros no debéis estar tristes. ¿Qué clase de extraña ganancia es esa que se produce con la partida de Jesús, por qué hay que estar alegres cuando nos deja, por qué nos conviene que se vaya? “Si no me voy, dice Jesús, no vendrá a vosotros el Paráclito, pero si me voy os lo enviaré”. Así, pues, la pregunta revierte en el Paráclito: ¿qué estupendas cosas hace el Espíritu Santo que valgan un precio tan alto como el de la ausencia de Jesús?
La presencia de Jesús estaba limitada a un tiempo y a un espacio determinados. El Espíritu no está limitado ni por el tiempo ni por el lugar. Su presencia es universal y permanente. Pero, además, el Espíritu hace presente a Jesús. Con una presencia distinta de la terrena, más discreta, pero no menos real. Gracias al Espíritu, Jesús sigue estando con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Por otra parte, el Espíritu nos hace adultos, mayores de edad. Nos obliga a asumir nuestras responsabilidades. Ya no podemos acudir al Maestro para que nos ofrezca soluciones hechas. Debemos buscarlas nosotros, siguiendo los impulsos del Espíritu y recordando los ejemplos del Maestro, pero bien conscientes de que nuestros tiempos son distintos. Debemos enfrentarnos a nuevos problemas, de los que solo nosotros somos responsables, y solo nosotros, con nuevas respuestas, podemos resolver.
Finalmente, el Espíritu cambia nuestra mentalidad, sana nuestro corazón y renueva nuestra vida. Gracias al Espíritu, pensamos con la mente de Cristo, amamos con un corazón como el de Jesús y cumplimos la voluntad de Dios. El Espíritu produce en nosotros como una segunda naturaleza (un “nuevo nacimiento”) por el que pensamos, amamos y obramos de un modo nuevo, distinto, equivalente en nuestras vidas al modo de pensar, amar y obrar de la divinidad: los que se dejan guiar por el Espíritu, esos son hijos de Dios. Guiar sí, porque nosotros somos responsables de lo que hacemos. El Espíritu no nos apabulla, no suplanta nuestra personalidad, la renueva, la sana y la purifica. Yo ya no pienso que robar es algo bueno; pienso que es malo y, por eso, porque es malo, no hay circunstancia que me mueva a robar; yo ya no amo egoístamente, mi corazón está abierto a lo universal, sin exclusiones ni discriminaciones; ya no actúo buscando mi propio interés, sino el interés de los demás.
Eso ocurre cuando se trata del poder. Entre los humanos (y en la Iglesia lo somos también) el poder es lo que más se ambiciona. Es la delicia de las delicias. Pero ya Jesús advirtió que eso era precisamente lo que no podía ocurrir entre los suyos. Los suyos están llamados a ser servidores. Entre los suyos no hay “padres” que hagan de patrones: no llaméis a nadie padre sobre la tierra, porque todos sois hermanos. Ver al Papa Francisco, sentado en una silla, al mismo nivel que el resto de los fieles que están orando en una capilla, es un gesto inédito, pero significativo: ante Dios todos somos iguales, porque él nos ama a todos por igual. A todos por igual. A todos con todo su amor. ¡Al Papa le ama igual que a mí! ¡A la Virgen María la ama igual que a mí!
Además de las situaciones familiares, de las que he hablado en un post anterior, hay otro tipo de realidades familiares, de las que hoy se habla menos entre los cristianos. El Papa Benedicto XVI se ha referido en distintas ocasiones a la “nueva familia” que Jesús vino a crear. Nueva sí, porque el matrimonio de un varón y una mujer no era en tiempos de Jesús una realidad nueva; este tipo de matrimonio aparece prácticamente desde que existen seres humanos y siempre ha sido considerado por la Iglesia como una realidad natural, querida y bendecida por Dios. Pero con Jesús aparece un tipo “nuevo” de familia, porque rompe con los cánones de esa familia fundada en la carne y en la sangre.
Cuando un cristiano, en nombre de su fe, levanta la voz en cuestiones de moral social, de justicia, de solidaridad, de compartir los bienes, siempre hay quien dice: eso es meterse en política. Pues sí, claro que es meterse en política. Pero no decir nada, o hablar sólo de familia y sexualidad, también es meterse en política. La cuestión no es si hacemos o no política, porque hagamos lo que hagamos, siempre hacemos política. La cuestión es qué tipo de política hacemos y por qué hacemos ese tipo de política.
Leo que, en estos últimos días, el Papa ha dicho a los sin techo: “les llevo en mi corazón, estoy a su disposición”. Son unas palabras en línea con las que pronunció, parece que de forma casi espontánea (y esas espontaneidades reflejan lo que hay en el corazón) al decir que quería una Iglesia pobre y para los pobres. La pobreza evangélica tiene que ver con la sencillez de corazón y con la austeridad de vida. Tiene que ver con la confianza en Dios. Pero también se manifiesta en actos proféticos de solidaridad con aquellos que son pobres materialmente hablando.