6
Abr2013De tal Revelación, tal fe y tal catequesis
9 comentarios
Abr
La fe es la respuesta del ser humano a la Revelación. Así, pues, según cuál sea el concepto de Revelación, así será la idea que uno se hace de la fe. Podríamos remontarnos más arriba y notar que la Revelación depende de la idea de Dios. A tal Dios, tal Revelación, y a tal Revelación, tal fe. El Islam, por ejemplo, considera a Dios como Señor. Si el Señor quiere manifestar sus designios, lo hace por propia iniciativa y sin tener en cuenta la opinión o deseos de sus súbditos. La Revelación es un monólogo de Dios que manifiesta su voluntad al ser humano. La fe entonces es obediencia a tal Señor. Lo característico de la Revelación cristiana es que Dios se da a conocer en el diálogo que desea tener con nosotros. Una revelación que toma la forma de diálogo supone un Dios que desea establecer relaciones amistosas con el ser humano y, por tanto, un Dios que tiene en cuenta las características, inquietudes, deseos y necesidades de su interlocutor. La razón última de este diálogo divino-humano está en el mismo ser de Dios: Dios es Amor, lo más propiamente suyo es la relación, primero al interior de la divinidad y luego hacia el exterior. Porque él se manifiesta tal cual es.
Este concepto católico de revelación es relativamente nuevo. Durante mucho tiempo, en el mundo católico, la Revelación se consideraba un cuerpo de verdades doctrinales, contenidas en la Escritura y propuestas por la Iglesia. La fe era así una adhesión intelectual a estas verdades. Si Revelación es “lo que dice la Biblia y la Iglesia propone”, entonces la fe es un conocimiento de verdades. Ahora bien, si Revelación es el acto por el que Dios se da a conocer por medio de su Palabra, acto que manifiesta quién es Dios, entonces la fe es un encuentro con Dios por medio de su Palabra, que es Jesucristo. Este segundo concepto de revelación es el que ha permitido al Magisterio de la Iglesia y a la teología considerar la revelación como un diálogo.
Aparece así una consecuencia importante de cara a la catequesis. Pues si en la fe se trata de conocer las verdades que Dios revela, entonces cabe deducir que tiene fe el que conoce esas verdades. Como esas verdades han encontrado su formulación más elaborada en los dogmas y el Catecismo de la Iglesia, se diría que tiene fe el que conoce estas doctrinas con toda precisión. La catequesis se convierte en un aprendizaje doctrinal. Pero si la fe es un encuentro con Dios por medio de Jesucristo, entonces la predicación y la catequesis deben invitar a este encuentro. Y el mejor modo de realizarlo no es a través de un recitado de fórmulas, sino acercándonos al Evangelio, a la vida de Jesús, a sus hechos y palabras, para acogerlas de todo corazón, meditarlas en la oración, y vivirlas en el amor al prójimo. De este modo podemos tener una experiencia del Espíritu de Jesús y, a través de su Espíritu, conocerle y encontrarle.
En el primer libro de Samuel encontramos un texto ciertamente paradójico: “los hartos se contratan por pan, mientras los hambrientos engordan; la mujer estéril da a luz siete hijos, mientras la madre de muchos queda baldía”. La primera paradoja es real. Las otras son deseos, esperanzas, profecías. Pero la primera (los hartos se contratan por pan) es real y cruel: los que tienen mucho, siempre quieren más; nunca están satisfechos. El codicioso no se harta de riquezas. Y esto, a costa de dejar a los demás en su pobreza. En vez de repartir, el rico quiere acumular cada vez más, a costa de que otros no tengan nada y mueran. Es la borrachera y la ceguera de la mentalidad capitalista. La borrachera del que, aún sabiendo que tanto pan y tanto vino, tanto exceso, tanta hartura, no son sanas e incluso conducen a la muerte, parece que no puede ni quiere parar. Mientras los ricos cada día son más ricos, los pobres cada día son más pobres.
Como un servicio más de su ministerio, el Papa ha recibido a los representantes de las distintas Iglesias cristianas, de la comunidad judía, del Islam, del budismo y de otras religiones. Nadie discute que la Iglesia de Roma es la madre y cabeza de todas las Iglesias católicas. No es menos cierta su capacidad para convocar a los líderes de las otras Iglesias cristianas y de las distintas religiones mundiales. Ya quedó bien patente en Asís en los encuentros organizados por Juan Pablo II y Benedicto XVI para orar junto con ellos. Ahora, Francisco ha recibido a estos representantes, como signo de comunión y fraternidad con todos. Con unos, comunión en Cristo; con otros, unido en la común paternidad de Dios.
Una persona que me honra leyendo mi blog, me envía estas dos fotos que reproduzco. Y me dice, de forma lapidaria y telegráfica: Los zapatos “dicen mucho de los pies de una persona. Cómo camina por la vida. Los pies del caminante”. Y añade: “zapatos de siempre, negros y con cordines, hechos a los pies y al caminar por calles y caminos. No son zapatos de salón y alfombra. Normalidad”.
Hay gestos que despiertan ilusiones. Algunas anécdotas del nuevo Papa hacen pensar que algo puede cambiar en la Iglesia. Aunque, por otra parte, nada cambiará si esos gestos no mueven a otros a colocarse en parecida dirección. El Papa ha pedido a los argentinos y, supongo que por extensión a los españoles, que no viajen a Roma para su Misa de entronización, sino que le acompañen con un gesto espiritual. Espiritual viene de Espíritu Santo. El gesto espiritual consiste en compartir con los pobres el dinero que se ahorran con su no viaje a Roma. No nos engañemos: un gesto así desmonta la tendencia espontánea de diócesis y parroquias, ansiosas de organizar grandes viajes con sus responsables al frente, como signo de fidelidad al Papa. Es un dato más en línea con otros que se cuentan, como el de recoger personalmente su maleta de la pensión en la que estuvo los días anteriores al Cónclave y pagar los gastos del hotel.
Ya tenemos nuevo Obispo de Roma, ya tenemos nuevo Papa. Que haya salido relativamente pronto puede ser un signo de que el Colegio cardenalicio no estaba tan dividido como se decía. En cualquier caso habrá que estar atentos a sus intervenciones en los próximos días para adivinar cuál va a ser su línea de gobierno. Porque al Papa se le valora, ante todo, por su forma de gobernar la Iglesia. Es posible que este Papa nos depare alguna sorpresa (sorpresa fue la convocatoria del un Concilio por Juan XXIII o la renuncia de Benedicto XVI). Pero, en todo caso, no hay que esperarlas en los primeros días. Los cambios en la Iglesia son lentos. El Papa necesitará algún tiempo para hacerse una idea precisa de la situación con la que se encuentra.