9
Mar2013La Iglesia que nace del Crucificado
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Mar
Los escritores cristianos antiguos repiten con frecuencia que la Iglesia nace del costado de Cristo crucificado. De este costado, según dice el evangelista, brotó sangre y agua, signo de los dos sacramentos (el bautismo y la eucaristía) que constituyen la Iglesia. Del mismo modo que, de la costilla de Adán, Dios sacó a una mujer, valdría decir que del costado del Crucificado, Dios saca a la Iglesia, esposa de Cristo. Pero si es verdad que la Iglesia nace de la cruz, entonces sólo cuando la Iglesia se solidarice con todos los crucificados de la tierra, quedará manifiesta su marca de origen. El nacimiento es determinante del desarrollo. No es posible que de un árbol bueno salgan frutos malos. El árbol de la cruz tiene que dar frutos en consonancia con lo que él es. Y los frutos, si son buenos, alimentan con la savia que viene del árbol.
Por otra parte, si en la Cruz de Cristo Dios ha dicho la decisiva palabra para la salvación del mundo, entonces los efectos de la cruz permanecen para siempre. El hecho de que siempre habrá Iglesia se basa en el carácter definitivo del acontecimiento de Cristo. Pero de ahí no es posible deducir cómo tenemos que configurar la Iglesia y como será su futuro. Somos nosotros los que, mirando al Crucificado, pero también mirando a los crucificados de la tierra, tenemos que construir una Iglesia en consonancia con la vida de Jesús. La promesa de que las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia no incluye que los países y territorios que una vez fueron cristianos, lo seguirán siendo, ni tampoco incluye la garantía de que un día la mayor parte de la humanidad será cristiana.
La esperanza que se fundamenta en la cruz es una esperanza crucificada. Excluye, por tanto, toda forma de Iglesia triunfante. Más aún: la pobreza y la persecución son características de la Iglesia de Cristo. El futuro de la Iglesia sólo puede ser un futuro en el que ella, aunque atribulada, no quedará aplastada; aunque desconcertada, no desesperará; aunque perseguida, no será aniquilada (cf. 2Co 4,8-9). Podríamos añadir: aunque minoritaria, será luz para la mayoría. Cuando esto ocurra se manifestará en ella la vida de Jesús (cf. 2Co 4,10-11), la vida que nace del costado del Crucificado.
La más triste desgracia que producen los fundamentalistas va precisamente en línea contraria a lo que ellos dicen pretender. Pretenden defender la fe católica, o la verdad cristiana en el caso de los fundamentalistas protestantes, contra supuestos errores y desviaciones. Para ello se apoyan en la seguridad de la letra de la Biblia o del dogma, leídos literalmente, como si cada una de las palabras de la Biblia o del dogma fueran absolutas, y no estuvieran históricamente condicionadas. Uno de los efectos que logran es que los adversarios de la fe cristiana se apoyen en ellos para rechazar la luz que proviene de la Revelación y la sabiduría que nos transmite la tradición de la Iglesia.
En estos días en que están saliendo todo tipo de asuntos, unos más turbios relacionados con el entorno del Papa, y otros más piadosos sobre sus últimos gestos; en que se analizan algunas de sus últimas palabras públicas, como por ejemplo, esas en las que ha confesado que durante su ministerio ha habido días soleados y pacíficos, junto con otros en que las aguas bajaban agitadas y Dios parecía callado, considero preferible mirar hacia delante, aunque sin olvidar del todo que en la casa de la Iglesia hay necesidad de conversión y purificación.
Desde el presupuesto creyente de que quién ha visto a Jesús ha visto al Padre, surge la pregunta por el Dios que se revela en la Crucifixión de Cristo. Una respuesta bastante corriente dice que en la cruz de Cristo se revela un Dios que, para salvar a la humanidad pecadora, necesita una satisfacción. La cruz forma parte del plan de Dios que, si no ha enviado él mismo a su Hijo a la cruz, al menos ha previsto este tipo de muerte, que él acepta como reparación por los pecados del mundo. Algunos han visto ahí la imagen de un Dios sádico, que mata a su Hijo más querido para aplacar su cólera.
Me gustó un cartel que decía: “un auténtico cristiano no consulta nunca el horóscopo, más bien lee el Evangelio cada día”. No sé si son muchos los creyentes que leen el horóscopo, pero sí son muchas las personas que acuden a adivinos, astrólogos, echadores de cartas, visionarios, etc. Es llamativa la cantidad de canales de televisión en los que se ofrecen este tipo de servicios, a través de líneas telefónicas de alto coste y baja velocidad. A veces los personajes que dicen solucionar la vida de los que les consultan están rodeados de signos religiosos católicos, tales como imágenes o frases alusivas a San Cayetano, San Judas, el Cristo de Medinaceli y todas las vírgenes que ustedes quieran. Llama también la atención que revistas y periódicos “serios” publiquen el horóscopo. Debe ser porque interesa a sus lectores.
Tras asumir el poder Fidel Castro muchos religiosos, religiosas y sacerdotes, salieron de Cuba. Hubo una Congregación, la de las Hermanas de la Caridad, que fue respetada. ¿El motivo? Antes de la toma del poder, Fidel estuvo preso. Mientras estuvo en la cárcel, una Hermana de la Caridad le visitaba y le ayudaba (como hacían otras hermanas con otros presos). Fidel estaba entonces escribiendo fragmentos de su obra “La historia me absolverá”, y la hermana sacaba de la cárcel el escrito de Fidel, escondido en su hábito. Cuando Fidel logró el poder, la Hermana, que le trataba con confianza y cariño, le pidió reiteradamente, en privado y en público, que permitiese a las Hermanas de la Caridad seguir visitando a los presos. Fidel nunca se lo autorizó, ni a ella ni a las otras hermanas. Un día Fidel le dijo: no puedo permitirles que visiten ustedes a los presos, porque yo sé muy bien de los que son capaces.
En este tiempo de Cuaresma las palabras conversión y penitencia van a estar muy presentes en la liturgia, con la sana pretensión de que también estén muy presentes en la vida del cristiano. Mucha gente entiende estas palabras de forma negativa: la penitencia sería, para estas personas, un modo de aplacar a Dios a cambio de realizar algo desagradable y costoso, o de privarse de algo que nos apetece y nos agrada. Sin embargo la conversión y la penitencia implican una realidad muy positiva, favorable para el ser humano y acorde con su dignidad. Conversión significa darle la espalda a lo que no es bueno, para ponerse de cara a lo bueno; es abrir nuevas posibilidades a la vida, dejando aquello que nos conduce a lo malo, para así avanzar hacia el verdadero bien, que es el Dios revelado en Jesucristo. El término penitencia indica que toda conversión supone un esfuerzo, una renuncia. Pero todo lo que vale supone esfuerzo y renuncia. El deportista que quiere alcanzar un premio debe entrenarse duro cada día y llevar una vida ordenada, renunciando a los excesos que no son buenos para la salud física y mental.
Muchos lectores saben que he tenido la oportunidad de impartir un curso de teología en La Habana. En mi clase había algunos alumnos y alumnas que no eran creyentes. Copio algunos párrafos del trabajo de final de curso presentado por uno de estos alumnos/as: “Comencé el presente diplomado con la intención de escuchar las doctrinas cristianas de boca de auténticos expertos, pues no soy creyente y es común escuchar personas que quizás tienen mucha fe, pero desconocen bastante de la historia y predicación de su propia Iglesia. Hasta ahora estoy contento/a de los resultados y, esta asignatura en particular (se trata de mi curso sobre Virtudes teologales) es una de las más interesantes, porque se refiere a aquello que “debe ser” el verdadero cristiano (y no sólo a lo que se supone que “debe creer”).