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Jul2013El mal en una creación inacabada
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Jul
A las reflexiones que, en otros momentos, he ofrecido sobre el problema del mal, añado ahora una idea sugerida por la lectura de unas páginas de Juan A. Estrada. El mal forma parte de la creación. Ahora bien, para conocer a fondo la creación, sería necesario conocer su causa última, a saber, Dios mismo. Pero Dios, por su propia naturaleza, nos es desconocido. Dios no es parte de la experiencia y la razón no alcanza a conocer lo que está más allá de la experiencia. En este sentido, el mal forma parte del misterio de la creación. Ahora bien, el universo está inacabado, todavía está en proceso (afirmación, por cierto, coherente con los datos que nos ofrece la ciencia: el universo está en expansión). No sabemos hacia dónde va ni si tiene una finalidad última.
Una lectura superficial del Génesis puede dar la impresión de que esté universo está acabado. Sin embargo, en la Biblia se encuentran indicios en otra dirección: hay textos que muestran a Dios luchando contra las fuerzas del mal, como si todavía no hubiera logrado su proyecto. El Creador tiene planes de futuro para esta creación. Vivimos en una creación incompleta. Dios todavía no ha logrado su objetivo de ser todo en todas las cosas, el mundo no le está del todo sometido (Heb 2,8). Por eso, el cristiano espera la redención final del hombre y del cosmos, con dolores de parto. Mientras tanto, la creación sigue sometida a la servidumbre de la corrupción (Rm 8,18-25).
El mal es un componente de nuestra realidad. Más que darle la culpa a Dios del mal, lo que debemos preguntarnos es por nuestra responsabilidad ante los males provocados por el hombre. En vez de imaginarnos a un Dios “permisivo” con el mal y preguntarnos por los motivos de esta permisión, lo que debemos que hacer es preguntarnos cómo luchamos nosotros contra el mal y por qué permitimos tanto sufrimiento remediable que, al menos, podemos mitigar. Todos los seres humanos deberíamos estar comprometidos en esta lucha contra el mal. Los cristianos, en el seguimiento de Cristo, tenemos un motivo más para este compromiso. Jesús no hizo elucubraciones sobre el mal; se hizo presente en el sufrimiento de la gente. Los cristianos esperamos el cumplimiento de la promesa divina de una superación definitiva del mal. Mientras tanto, movidos por el Espíritu divino, estamos llamados a sacar bien del mal, a vencer al mal con el bien. ¿De qué modo? Haciendo que el amor se haga presente en todas las experiencias humanas.
Con las ventanas del papamóvil abiertas de par en par, los gestos (abrazar a toxicómanos, por ejemplo) y palabras del Papa Francisco en Brasil han sido sorprendentes. Y una vez más han gustado a la mayoría de los creyentes y a muchos no creyentes. Hay también quienes con su silencio, con su modo de interpretar lo que el Papa dice, con su modo de subrayar o de apostillar, expresan, de forma más o menos solapada, disgusto, malestar o desacuerdo. Lo sorprendente es que algunas de esas personas que tienen sus reservas, se consideren “más papistas que el Papa”, para decirlo con una expresión coloquial que todos entienden. Es muy fácil ser papista cuando el Papa está de acuerdo conmigo.
La luz de la fe, expresión que se encuentra en Tomás de Aquino, es el título que ha escogido el Papa Francisco para su primera encíclica. Esta encíclica está en estrecha continuidad con las otras dos grandes encíclicas de Benedicto XVI dedicadas a la vida teologal: Deus caritas est y Spe salvi. La fe, la esperanza y la caridad son las tres actitudes que unen al cristiano con Dios en este mundo. Ellas, dice el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 1812) “se refieren directamente a Dios. Disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad. Tienen como origen, motivo y objeto a Dios Uno y Trino”. En la encíclica, este “origen, motivo y objeto” teologal, se expresa así referido a la fe: "La fe nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor, un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y construir la vida. Transformados por este amor recibimos ojos nuevos, experimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud y se nos abre la mirada al futuro".
“Cada vez que oigo decir que Dios es Padre, me pongo enfermo”. Eso dice un adolescente, hijo de padres divorciados, que vive con su madre y ha tenido una relación muy negativa con su padre. Me lo cuenta su madre, creyente, y me pregunta qué hacer para explicar al hijo eso que dice la fe: Dios es Padre. Cuando me plantean esos casos, soy consciente de que no hay palabras que pueden remediar los fracasos más dolorosos de la vida. Hay bastantes hijos de matrimonios arruinados que no asumen fácilmente su situación. Y el cónyuge que se ha quedado con los hijos no lo tiene fácil: ¿cómo ser madre y no ser esposa?, ¿cómo ser padre sin ser esposo?, ¿cómo un niño puede asumir la relación filial hacia sus padres? En cierto modo, el niño debe hacer duelo por uno de sus progenitores, aunque esté vivo.
