8
May2015Orden de Predicadores
5 comentarios
May
Cuando varios elementos interactúan en vistas de un objetivo común podemos hablar de “orden”. Aplicar la palabra “orden” a un grupo de personas sería algo así como entender que esas personas, sin duda distintas, unen sus fuerzas y sus capacidades para conseguir un mismo propósito. El título de “Orden de predicadores” indicaría que el propósito u objetivo de ese grupo de personas es la “predicación”, el anuncio, la proclamación, el dar a conocer. El título no va explícitamente más allá de un anuncio genérico, pero es claro que, si se conoce el propósito del fundador de esa Orden, su contexto histórico, y el medio eclesial en el que tiene sentido esa “Orden de predicadores”, su tarea predicadora se concretiza en el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo.
Cada tres años, frailes representativos de la Orden de Predicadores se reúnen en lo que se conoce como Capítulo General. Estas reuniones son expresión del dinamismo y la permanente renovación en la que vive la Orden. De estas reuniones salen orientaciones y reflexiones. Uno de los temas recurrentes es precisamente la predicación. Porque predicar el Evangelio no es repetir una doctrina o una letra. El Evangelio es una persona viva, Jesucristo resucitado. Por otra parte, el principal objetivo de una buena predicación es hacerse entender. Y para hacerse entender hay que conocer a los destinatarios. Para conocerlos hay que escucharlos y acercarse a ellos. Como los destinatarios son distintos y son también muchos los contextos vitales y culturales en los que viven, así como los distintos problemas personales y sociales en los que están inmersos, eso de predicar no es tarea fácil. De eso fue bien consciente Santo Domingo cuando indicó a sus frailes que el estudio era un elemento esencial y fundamental para que la predicación tuviera el resultado apetecido.
La predicación, dirá uno de estos capítulos, es la prioridad de las prioridades de la Orden; y todos precisarán, de un modo u otro, que esta predicación debe realizarse teniendo en cuenta la situación cultural y existencial en la que viven hoy las personas. Por eso, los capítulos relacionaran predicación con justicia, anhelo de verdad, sensibilidad por los pobres, búsqueda de la paz, cuidado de la creación. Y también con comunidad, diálogo, renovación, adaptación, familia dominicana, globalización, espiritualidad. Cierto, la predicación no es exclusiva de ningún grupo. Todo cristiano es un predicador. Ahora bien, no cabe duda de que esta tarea propia de todo cristiano tiene en la Orden de Predicadores unas peculiaridades y matices propios. Al menos estos dos: la predicación está fecundada por la oración y el estudio; y la predicación es una tarea comunitaria que se hace desde la comunidad.
Uno de estos autores que ataca polémicamente a la religión, considerándola irracional, el neurocientífico Sam Harris (autor de “El fin de la fe”), ofrece este argumento: las afirmaciones de las religiones presentan un contenido que repugna directamente a la razón, como por ejemplo decir que Mahoma ascendió al cielo a lomos de un caballo alado. Ya puestos, podía haber recordado que el profeta Elías, según el Antiguo Testamento, subió al cielo sobre un carro de fuego con caballos de fuego. Traigo a colación el ejemplo aducido por S. Harris porque no sería serio que los cristianos descalificásemos esta creencia del Islam, mientras aceptamos como algo muy normal una representación literalista de Jesús subiendo al cielo en presencia de sus discípulos.
Una pareja concierta con el párroco los detalles de su boda. En un momento dado el párroco pregunta: ¿quieren ustedes la boda con mendigo o sin mendigo? Ante la sorpresa de los novios, el párroco explica que el mendigo que habitualmente pide en la puerta de la Iglesia, si hay una boda deja de acudir previo pago de 50 euros. Ya nadie se sorprende de ver a los mendigos en las puertas de la Iglesia. Algunos feligreses les conocen y les saludan con simpatía. Esos mendigos no aceptan comida, solo quieren dinero. Los que buscan comida van a buscarla a las puertas de los conventos. Es posible hacer muchas valoraciones de este fenómeno. Cierto, hay mucha necesidad en esta sociedad nuestra y casi todas esas personas que piden en las puertas de las Iglesias han encontrado un medio de vida, en el que se gana bastante dinero que no hay que declarar al fisco.
El Papa acaba de publicar una bula convocando para el año 2016 a un jubileo extraordinario de la misericordia. Precisamente ahí, en el anuncio de la misericordia de Dios y en la vivencia de las obras de misericordia, se juega la Iglesia su credibilidad, o sea, el ser escuchada y respetada. Pues la misericordia es “la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia”. En la misericordia, y no en la ley o en la justicia, está la clave para entender el Evangelio de Jesús. Lo que movía a Jesús, en todas las circunstancias, era la misericordia. En ella se refleja el modo de obrar del Padre y ella es criterio para saber quienes son realmente sus hijos.
Distinguimos entre sagrado y profano. Dentro del templo está lo sagrado, Dios y las realidades que se relacionan con Dios. Fuera del templo está lo profano, identificado muchas veces no sólo como lo que no es sagrado, sino como lo que se opone a lo sagrado. Curiosamente, la última página de la Biblia afirma que en la Jerusalén celeste, o sea, en el cielo, “no se ve ningún templo” (Ap 21,22). Si fuera cierto que dentro del templo está Dios, y fuera del templo no está, este texto del Apocalipsis nos llevaría a la absurda conclusión de que en el cielo, ese lugar dónde Dios todo lo determina, porque es “todo en todas las cosas”, no hay lugar para Él porque no hay templo.
“Dios, nuestro Salvador, quiere que todos los hombres se salven” (1 Tim 2,3-4). Esta proclamación del Nuevo Testamento tiene que tener bastantes posibilidades reales de realizarse, para no ser una pura declaración retórica. Ahora bien, la salvación cristiana se logra al acoger el amor que Dios ofrece a todo ser humano. El amor se acoge dando amor. En el amor, no basta con que uno ame, es necesario que amen los dos. Por tanto, la salvación depende (al menos hasta un cierto punto) también del ser humano. No hay amor a la fuerza. En el amor se requiere que los dos libremente se acojan.