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Dic2014Unidos por la fe, no por el voto
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A propósito de un post (ya antiguo) en el que planteaba si un católico podía o debía votar o no a un determinado partido, un buen amigo se mostró de acuerdo en la necesidad de ofrecer criterios a la hora de votar, pero nunca señalar nombres, y añadió: “para que estemos unidos en la misma fe, con independencia del partido al que votemos”. Me parece una reflexión acertada: lo que une a los cristianos, y a los católicos, es la misma fe en Jesucristo, muerto y resucitado, no el mismo voto político. El voto de los cristianos y de los católicos está dirigido a distintos partidos, entre otras cosas porque ningún partido puede identificarse con el Evangelio. Ninguno puede pretender que su programa es un fiel reflejo de las enseñanzas de la Iglesia, porque, además, las enseñanzas de la Iglesia, en muchas cuestiones, no son uniformes y, entre los católicos, hay libertad de pensamiento, de opinión y de acción en asuntos incluso muy serios. Como dice el Vaticano II una misma concepción cristiana de la vida puede conducir a opciones diferentes y a soluciones divergentes sobre un mismo problema.
Esto de estar unidos por la fe va mucho más allá de la posibilidad de pensar de forma diferente en cuestiones políticas o económicas. Dentro de la Iglesia hay muchos modos de vivir la fe. Nos une la fe, no los modos de vivirla. Las distintas Congregaciones religiosas y los distintos grupos cristianos son un buen ejemplo de que la “única fe” puede vivirse de distintos modos. Ninguna de estas Congregaciones o grupos puede pretender tener la exclusiva de lo que es ser católico, ni puede pretender que los demás realizan de forma menor que la suya el ser católico. Como muy bien ha dicho el Papa en la Evangelii Gaudium, “una verdadera novedad suscitada por el Espíritu no necesita arrojar sombras sobre otras espiritualidades y dones para afirmarse a sí misma”. Uno es tanto más auténtico y está tanto más convencido de lo suyo, cuanto con mejores ojos mira a los demás y sabe valorarles en su justa medida. Porque, en el Cuerpo de Cristo, lo que le ocurre a un miembro distinto del mío es también cosa mía.
Así titula Walter Kasper uno de los apartados de su libro “La Misericordia”, ese libro que el Papa Francisco elogió en una de sus primeras intervenciones públicas. Kasper se inspira en una antigua canción navideña alemana del siglo XVI, que traducida suena así: “Ha brotado una rosa… en mitad del frió invierno a media noche”. Una pequeña rosa en mitad del invierno, y además a media noche. Esta rosa, nacida en tan extrañas y difíciles circunstancias, recuerda el vaticinio del profeta Isaías (11,1): “saldrá un vástago del tronco de Jesé (= el padre del rey David), y un retoño de sus raíces brotará”. De un tronco truncado, en apariencia muerto e inútil, brotará de modo prodigioso un vástago.
Se ha escrito mucho sobre las cuatro letras hebreas que forman el nombre de Dios: YHWH. Hay algunos autores que dicen que el verbo que hay detrás de esta raíz no es el verbo “ser” (de ahí las traducciones por “soy el que soy” o “soy el que seré”), sino hasah, que significa amar apasionadamente. Es un tema interesante, aunque propio de expertos. En cualquier caso, el nombre de Yahvéh, que ningún judío piadoso se atrevía a pronunciar, pone de manifiesto la absoluta trascendencia divina. Pero, por otra parte, también muestra la solicitud de Dios por su pueblo: Dios es el que visita a su pueblo, el que ha visto sus sufrimientos y ha escuchado su clamor. Más aún, es el Dios que guía al pueblo y se hace presente en los diversos avatares de su historia, el Dios del camino. No es un Dios vinculado de un lugar, sino el Dios que se hace presente allí donde el pueblo camina.
Los textos catequéticos resumen así el dogma cristológico: en Cristo había una única persona divina y dos naturalezas, una humana y otra divina. Con esta fórmula, aunque utilice términos de la filosofía griega, se está diciendo que Jesús es al mismo tiempo verdadero Dios y verdadero hombre. El hombre Jesús es el Hijo de Dios. Las herejías cristológicas niegan, con mayor o menor insistencia, uno de los dos términos de la cuestión: la divinidad o la humanidad, aunque me parece a mi que a muchos creyentes de hoy les escandaliza más la negación de la divinidad que la de la humanidad. Por eso, cuando se insiste en que la humanidad de Cristo es tan importante como la divinidad, surge enseguida la pregunta por cómo comprender que en una sola persona pueda haber dos naturalezas, hasta el punto de que la naturaleza divina no sólo no anula la humana, sino que la potencia. Uno es tanto más humano cuanto más divino es.
Se diría que el problema de la mayoría de los cristianos es otro: ¿cómo es posible que si Jesús es de naturaleza divina pueda tener reacciones humanas, pueda sufrir y vivir la dureza de la condición humana? San Agustín, en su comentario a los salmos, nota la dificultad que tenemos los creyentes en atribuir a Jesús aquellas palabras de la Escritura que lo presentan “confesando su debilidad”; por eso “dudamos en referir a él estas palabras, tratamos de cambiar su sentido”.
La fiesta de la Inmaculada Concepción puede ser una buena ocasión para aclarar un malentendido que todavía se da entre muchos creyentes. Me refiero a la confusión extendida en la mentalidad común entre inmaculada concepción y virginidad de María. Supuestamente, María no tendría pecado por ser virgen. Esta confusión avala la falsa idea de que el pecado original consistiría en la relación sexual de Adán con Eva y fomenta una concepción negativa de la sexualidad en la vida cristiana. Convendría que los cristianos no difundiéramos estas ideas que luego sirven para ridiculizar la fe por parte de los enemigos de la fe.
Según la carta a los Hebreos ser forastero es consustancial al ser creyente. El más acabado modelo de fe, Abraham, es presentado como el que sale de su tierra, viviendo como extranjero, “peregrino y forastero sobre la tierra”, porque iba en busca de otra patria, de una “ciudad asentada sobre cimientos, cuyo arquitecto y constructor era Dios” (Heb 11, 8.9.13.14.10). A la vista de un texto como este, se puede ver en el extranjero un sacramento, o sea, una señal de lo que uno como creyente debería ser. Y si el extranjero me recuerda lo que soy o debo ser, ¿cómo no alegrarme de su presencia?
Todos los que tienen cargos en la Iglesia deberían decir: aquí estamos para servir. Servir no es exactamente hacer lo que el peticionario gusta mandar (porque, a veces, lo que “manda” no es bueno para él, o no hay modo de hacerlo), pero sí que es estar disponible, atento a sus necesidades, buscar el modo de ayudar. Es tan obvio que la Iglesia está para servir, que casi da vergüenza recordarlo. Evidentemente, la Iglesia es, ante todo, servidora de su Señor y de su Palabra. Pero precisamente en obediencia a su Señor, es servidora de todos los seres humanos. Dentro de la Iglesia estamos para “servirnos los unos a los otros”, aunque cuando la reciprocidad no se da, porque no es posible o porque hay mala voluntad por una de las partes, la otra sigue estando obligada al servicio, que es una forma concreta de amar. En relación a “los de fuera” los cristianos también estamos llamados a servirles desinteresadamente y, en este servicio, manifestamos la gratuidad del amor cristiano.