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Jul2015La era del vacío
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Jul
Hace ya tiempo, un buen amigo escribió unas atinadas reflexiones sobre el hombre lleno de “nada”. Y como todos buscamos lo que se nos parece (lo semejante busca lo semejante) para este hombre lleno de nada tenemos una serie de productos privados de su substancia, de lo que en realidad son: café sin cafeína, cerveza sin alcohol, crema sin nata, chocolate sin grasa, etc. Todo esto apunta a una realidad mucho más profunda: el vacío interior que muchas y muchos sienten, que para el creyente es un vacío de Dios, pero que se traduce de muchos otros modos que pueden resumirse así: falta de sentido. El hombre de hoy es como un ciclista que corre a toda máquina, pero no sabe a dónde va. Y por eso busca ambientes propicios que le hagan olvidar su falta de metas.
No piense, no hable, tan solo diviértase. No se plantee grandes preguntas, a lo sumo pregúntese a qué discoteca iremos esta noche. Las discotecas están preparadas precisamente para los momentos de vacío que todos tenemos alguna vez. Allí la música es muy estridente, es imposible mantener una conversación con un mínimo de normalidad. Están preparadas para la gente que no tiene nada que decirse. Si usted quiere encontrar comprensión, alguien que le escuche, vaya al parque, a la montaña o la playa, pero no a una discoteca. Allí es imposible escuchar. La discoteca, lugar lleno de ruido para las personas vacías. Se me ocurre describirla con una imagen bíblica: la discoteca es una soledad poblada de aullidos (Dt 32,10).
Con todo hay un vacío que puede ser de plenitud. Un sentimiento de hambre de Dios, de insatisfacción ante el mal cometido, de rebeldía ante la injusticia, de anhelo de amor. Este vacío puede ser una llamada, un modo de experimentar el hueco que en todo ser humano hay preparado, lo sepa o no lo sepa, para recibir el amor, para encontrarse con Dios. Porque hay vacíos y vacíos. El vacío del que nada tiene y el vacío del que espera el amor. Este vacío del amor a veces buscamos llenarlo con malos sucedáneos, con falsos amores. Aún así, es un vacío que apunta a una plenitud. Por eso, es necesario saber detectar, por debajo de muchas reacciones desconcertantes, el anhelo de plenitud que hay en todo ser humano. Porque en este anhelo hay ya una experiencia de Dios y, por tanto, es un buen punto de partida para dar a conocer el nombre de Jesús, en el que Dios se ha revelado en plenitud.
Buscando una co-existencia y una vecindad que evite enfrentamientos entre culturas y religiones hay quienes apelan a la tolerancia. Pero, a la larga, la tolerancia es insuficiente. Debemos dar un paso más hacia la libertad religiosa. La tolerancia es el paso mínimo que debería unirnos a todos, pero el paso bueno es la libertad religiosa. La tolerancia parte del supuesto de que las ideas, acciones o personas que son objeto de la misma, son cargadas, a partir de nuestras convicciones de un cierto grado de disvalor, ya que se supone que tales ideas, actos o personas lesionan, en mayor o menor medida, nuestras posiciones y creencias. La tolerancia nos lleva a soportar y aceptar al otro como un mal menor. La libertad religiosa nos invita a convivir con otro, que tiene buenas razones para profesar su religión, como yo tengo las mías. Nos reconocemos mutuamente nuestras razones y nuestros derechos.
Karl Marx hablaba de la religión como “opio del pueblo”. En una de mis lecturas me encontré con la expresión “eutanasia del cristianismo”, para referirse al uso que, en ocasiones, se hace de la religión y, más en concreto, del cristianismo, como falso consuelo frente a la desgracia. Decir, por ejemplo, que los sufrimientos son “una prueba que Dios nos envía”, quizás resulte consolador en algún caso. Pero en muchos otros puede conducir a la rebeldía contra un Dios que se complace en el sufrimiento. Cosa distinta es que a Dios se le pueda encontrar en las pruebas. Pero Dios no se da a conocer mediante las pruebas. Cierto, el sufrimiento es consustancial a nuestra finitud. No somos dioses. Somos seres limitados. El reconocimiento de que no somos dioses, puede ayudar a fijar nuestra mirada en el Dios verdadero.
Santa Bárbara, una mártir representada blandiendo una espada. Una contradicción, a no ser que se trate de la espada de la fe, que es la Palabra de Dios. Pero sospecho que no es eso lo que la mayoría de las personas entienden cuando ven una imagen de santa Bárbara. ¿Por qué la asociamos con los truenos, cómo ha llegado a ser la patrona de la artillería, de esas armas preparadas para la guerra? ¿Y si, al menos parte de las respuestas estuvieran en Cuba?
El Papa Francisco, en su reciente encíclica, advierte contra los dualismos que han desvirtuado la fe cristiana y han conducido a un desprecio del cuerpo y de las cosas de este mundo. Estos dualismos, denuncia el Papa, llegaron a tener una importante influencia en algunos pensadores cristianos y desfiguraron el Evangelio.
Con toda brillantez ha defendido Antonio Praena su tesis doctoral. Tesis llena de contenido, con mucho trabajo previo, y con algunas perlas. Por ejemplo esta: Tomás de Aquino reconoce en quién dice “Dios” una cierta, aunque remota experiencia de Dios. Conclusión inmediata: el ateo, si habla de Dios para negarle, ya le está nombrando, está hablando de Dios, aunque sea para decir que no existe. Luego tiene alguna experiencia de Dios. ¿Cuál puede ser esta experiencia? Para empezar, muchos ateos tienen la experiencia de lo que Dios “no es”. Y en este sentido se acercan a una experiencia propia de los místicos cristianos, expresada de este modo por la teología de santo Tomás: de Dios sabemos mejor “lo que no es” que lo que es. Lo que es lo sabemos muy imperfectamente.
La encíclica del Papa Francisco termina con un canto a la esperanza. El Papa confía en el ser humano y en su capacidad de conversión y de mejora, pues “no hay sistemas que anulen por completo la apertura al bien, a la verdad y a la belleza, ni la capacidad de reacción que Dios sigue alentando desde lo profundo de los corazones humanos”.
“Las predicciones catastróficas ya no pueden ser miradas con desprecio e ironía. A las próximas generaciones podríamos dejarles demasiados escombros, desiertos y suciedad. El ritmo de consumo, de desperdicio y de alteración del medio ambiente ha superado las posibilidades del planeta, de tal manera que el estilo de vida actual, por ser insostenible, sólo puede terminar en catástrofes, como de hecho ya está ocurriendo periódicamente en diversas regiones”. Es difícil sintetizar en pocas palabras la encíclica del Papa Francisco sobre “el cuidado de la casa común”, que es esta hermosa tierra que Dios nos ha regalado. Las que acabo de citar sirven para darse cuenta de cuál es su orientación. Se trata de un grito de alarma, de una llamada profética que, como todas las buenas profecías no busca destruir sino construir, no busca condenar sino convertir, no busca alarmar sino mejorar.
El predicador hablaba de san José. Y lo hacía bien. Decía que una de las cosas más admirables en José era la conjunción entre duda y amor; explicaba cómo la fe le ayudó primero a vivir con la duda y luego a superarla. José, al ver el embarazo de María se tuvo que hacer muchas preguntas, pero el gran amor que le profesaba le invitó a no hacerle daño; por eso pensaba “despedirla en secreto”, sin armar escándalo, sin señalarla. Añadió el predicador: menos mal que el ángel del Señor acudió en su ayuda y le reveló el secreto del embarazo. Una vez conocido el secreto, José se mantiene al lado de María. Entonces el predicador dijo algo que me hizo pensar: “me pregunto por qué el ángel no se apareció antes a José, por ejemplo en el momento de la Anunciación”. Así, pensaba el predicador, se hubieran evitado todas las dudas, pues la cosa hubiera quedado clara desde el principio.