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Vida contemplativa, ¿por y para quién eres?
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El domingo de la Santísima Trinidad, la Iglesia española celebra el llamado día “pro orantibus”, o sea, por la vida contemplativa. Lo de “pro orantibus”, aunque debería poder aplicarse a todo cristiano, pues se supone que todos rezamos, se dice especialmente de aquellas y aquellos que hacen de la oración el eje de su toda su vida. Estamos hablando pues de monjas y monjes.
Todas las jornadas tienen un lema. En 2026, el lema es: “Vida contemplativa, ¿por quién eres?”. La frase está en sintonía y continuidad con los lemas del Congreso de Vocaciones que tuvo lugar en febrero de 2025 y con el de la pasada jornada mundial de la Vida Consagrada: “Vida consagrada, ¿para quién eres?”. Por quién, para quién, dos modos de formular una misma pregunta que pueden iluminar toda la vida cristiana. Este “quién” es fundamental, pues la referencia de la vida contemplativa no es “algo”, un ideal o una causa que defender, sino un “Alguien”, el Dios personal revelado en Jesucristo y también las personas que forman la comunidad y las otras personas por las que oran monjes y monjas y con las que se solidarizan.
En un mundo donde hay mucho individualismo, donde prima lo instrumental y lo utilitario, quizás alguno podría pensar que las buenas preguntas no son las del “ser” (por quién eres), sino las del “hacer”: ¿qué haces?, ¿para qué sirves?, ¿de verdad que la oración sirve para algo? Desde luego, no sirve para que a uno le aumenten el sueldo o le den un mejor puesto de trabajo. Quizás podría servir para que un buen cristiano cobrara conciencia de que el dinero no lo es todo en la vida y de que, si uno tiene lo necesario para vivir, es bueno dar gracias a Dios por ello. Y también sirve para serenar la vida y encontrar esa paz que el mundo no puede dar.
La tentación de juzgar la vida contemplativa por criterios utilitarios es grande. En bastantes ocasiones, a las monjas se les hacen este tipo de preguntas: ¿a qué hora os levantáis, a qué hora os acostáis, tenéis televisión, en qué trabajáis? Las monjas y los monjes dedican su vida a buscar a Dios por medio de la oración contemplativa. Porque la oración, más que pedir, es cobrar conciencia del amor y la bondad de Dios, así como de las maravillas que obra en mi vida, en la vida de los demás y en el mundo. Y darle gracias por ello. Orar es proclamar la grandeza del Señor y alegrarse de sus beneficios. A eso estamos todos llamados, porque en eso está la vida. Monjas y monjes nos lo recuerdan.
Junto con el verbo orar hay otros dos que definen la vida contemplativa: trabajar y leer. Trabajar, porque las y los contemplativos, como todo ser humano, deben ganarse el pan con el sudor de su frente. Y leer, sobre todo buena teología, para conocer mejor al Amado y fundamentar la vida espiritual en la verdad revelada y no en emociones o sentimientos. La oración se prolonga en la teología y la buena teología nos lleva a la oración. “Reza, trabaja y lee” es una ampliación del célebre lema benedictino “ora et labora”. En el equilibro entre estos aspectos (espiritualidad, trabajo y buena lectura), vividos en la fraternidad comunitaria, está la clave de una vida monástica feliz: contemplar a un Dios Comunión de Amor y de Vida, que quiere para todos y cada uno un presente y un futuro lleno de amor y vida.