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Abr2016Valoración teológica de la "Amoris Laetitia"
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Abr
A propósito de la exhortación apostólica Amoris Laetitia ha surgido la pregunta de cuál es el criterio adecuado para interpretarla bien. La pregunta puede ser pertinente, pero puede reflejar una cierta sospecha sobre el texto. A esta pregunta hay quien responde diciendo que debe leerse a la luz del Magisterio anterior. Y si hay alguna duda sobre qué quiere decir el Papa en su escrito, recurrir a lo dicho por los Papas anteriores, como si lo dicho por los Papas anteriores no necesitase también una buena interpretación.
Cierto: el Magisterio del presente hay que situarlo en continuidad con el Magisterio del pasado. Ahora bien, las necesidades y preocupaciones pastorales del presente son distintas de las del pasado. De ahí que el Magisterio se vea obligado a tratar problemas nuevos o a afrontarlos de otra manera. Benedicto XVI, en un famoso discurso sobre como interpretar el Vaticano II, habló de hermenéutica de la reforma (que se opone a la ruptura y a la continuidad repetitiva) y dijo que “la naturaleza de la verdadera reforma consiste en un conjunto de continuidad y discontinuidad en diferentes niveles”. Si el pasado ayuda a entender el presente, también el presente ayuda a interpretar el pasado. Si no fuera así, no haría falta el Magisterio. Peor aún, el Espíritu Santo creador no tendría ningún papel en la Iglesia. Eso dejando aparte la pregunta de cuál es el buen pasado que debe servir de criterio del presente.
No es un determinado pasado, sino la totalidad de la tradición lo que hay que tener en cuenta. Es la totalidad la que interpreta las partes, las del pasado y las del presente. El presente forma parte de la totalidad interpretativa. Sin olvidar que en esta totalidad hay tensiones, que no se pueden eliminar. Eliminar las tensiones es eliminar la totalidad. La primera tensión ineliminable es la confesión cristológica: Dios y hombre verdadero, la afirmación total y simultánea de dos polos aparentemente incompatibles: lo finito y lo infinito; lo divino, totalmente puro y espiritual, y la carne de pecado, frágil e inconsistente. La doctrina sobre el matrimonio también debe reflejar la tensión entre el ideal al que constantemente debemos tender y algunas realidades para las que no hay recetas prefabricadas ni soluciones rápidas.
La Amoris Laetitia es un documento solemne del magisterio ordinario, escrito con un lenguaje pastoral, suficientemente claro, que debe ser recibido con todo respeto y en su totalidad. Fijarse solo en aquellos pocos párrafos que se refieren a situaciones particulares, que exigen un discernimiento caso por caso (como siempre se ha hecho en la Iglesia) es no hacer justicia al documento y olvidar sus muchas riquezas. El escrito del Papa habla fundamentalmente de los aspectos más positivos, alentadores y luminosos del amor conyugal; y cuando es oportuno proyecta la luz de la misericordia sobre las situaciones más dolorosas, que requieren un tratamiento personal y diferenciado.
La vida cristiana está marcada por la imperfección. Aquí el término imperfección no está relacionado primeramente con el pecado, sino con la limitación de lo humano. Solo Dios es perfecto. La imperfección indica que los cristianos vivimos la vida divina a nuestro nivel y según nuestras posibilidades, que siempre son finitas. Solo en el cielo alcanzaremos la perfección. Tomás de Aquino, refiriéndose a la caridad, o sea, al amor a Dios, a lo más perfecto y propio de toda vida humana, decía: “en el estado presente, la caridad es imperfecta; se perfeccionará en la patria (celestial)”. Y el Vaticano II dejó dicho: en la tierra, la santidad es imperfecta. Los cristianos llevamos un gran tesoro en vasos de barro, incapaces de guardar el tesoro tal como se merece.
La exhortación apostólica del Papa Francisco “sobre el amor en la familia” es larga porque son muchas y complejas las cuestiones relacionadas con la familia. El documento está dirigido explícitamente a los cristianos. Hay puntos que tienen mayor interés para unos que para otros, dependiendo de la situación en que uno se encuentra y de sus necesidades. El texto merece una lectura reposada. Sería bueno que cada uno se quedase con lo que más directamente le afecta. Me temo que los distintos comentarios que aparecerán en los próximos días seleccionaran los aspectos más llamativos o que más se aproximen a la ideología del comentarista. Sería una pena que estas insistencias nos desviaran de una lectura en profundidad de la rica teología sobre el amor cristiano que ofrece la Amoris Laetitia.
Este verano está previsto abrir un hotel en Macao. El precio por noche será entre 60.000 y 90.000 euros. Han leído ustedes bien: entre sesenta mil y noventa mil euros. La noticia la daba a toda página, en la contraportada, el ABC del pasado sábado, dos de abril. Si un empresario se arriesga a abrir este tipo de negocio, es porque piensa que tendrá clientes. Durante todo el año, me imagino. La ciudad de Macao, en la república de China, bajo gobierno comunista (el nombre de cuyo presidente, Xi Jinping, se encuentra en los muy capitalistas y elitistas “papeles de Panamá”), se ha convertido en la nueva meca del juego, desplazando a Las Vegas.
La fe cristiana está basada en acontecimientos históricos, ocurridos en nuestro mundo en fechas y lugares bien precisos. Estos acontecimientos reciben desde la fe una determinada interpretación. Otras interpretaciones son posibles: de la historia de Jesús puede hacerse una lectura cristiana, judía, religiosa sin más o incluso secular. Este arraigo histórico del cristianismo explica que hayamos puesto fecha a algunos acontecimientos, aunque hoy no sea posible determinar esa fecha con precisión absoluta. Eso es lo de menos. Que yo haya sido bautizado un ocho o un veinte se septiembre no tiene mayor importancia. Lo importante es que he sido bautizado. Ocurre lo mismo con la fecha del nacimiento de Jesús: el 25 de diciembre es un modo de decir que tuvo fecha de nacimiento, pero nada más. Lo del año uno es todavía más impreciso. Seguramente Jesús nació en el año cuatro o cinco antes de nuestra era.
Según el Obispo anglicano N.T. Wright hay dos datos que ayudan a entender la “lógica histórica” de los relatos evangélicos sobre la resurrección. Son dos datos confluyentes, que se apoyan el uno al otro, a saber: a) la tumba vacía; b) las apariciones.
Teólogos y exégetas hablan del “criterio de dificultad” como un signo de la veracidad de los relatos evangélicos. Difícilmente la primitiva Iglesia se habría molestado en inventar un material susceptible de dejarla en una posición difícil o debilitada en las disputas con los oponentes. Puestos a inventar dichos o palabras de Jesús, lo último que se le ocurriría a un admirador del Maestro es decir cosas que le dejasen mal parado. Este criterio de dificultad podría aplicarse a los primeros relatos de la resurrección de Cristo. Los autores de estos relatos parece que no tienen ningún interés en “vender el producto”; cuentan una experiencia con una ingenuidad y unas maneras que hacen difícil su comprensión y su aceptación; hay ahí una prueba de que no buscan engañar, porque si buscasen engañar se expresarían de otra manera. Pienso en tres detalles:
He llamado a tu puerta
Cuba se ha convertido últimamente en un lugar de encuentro entre líderes religiosos que hacía tiempo que no se hablaban (el Papa de Roma y el Patriarca de Moscú) o entre facciones políticas que llevan demasiado tiempo enfrentadas (como es el caso de la guerrilla y las fuerzas del gobierno colombiano). Quién facilita encuentros merece toda alabanza, porque lo que más necesitamos los seres humanos es encontrarnos. Las separaciones no son buenas para nadie. Promover también encuentros entre los grupos y tendencias que hay dentro de la isla y entre los cubanos que viven fuera y lo que se han quedado en el país, resultaría coherente con este ser facilitador de encuentros para los de fuera. ¿La visita del presidente Obama servirá de desencadenante de estos encuentros entre cubanos de dentro y de fuera de la isla, o son otros los intereses que hay detrás de esta visita?
A lo largo del Antiguo Testamento encontramos textos que pueden considerarse una profecía de lo que siglos más tarde se manifestará en la crucifixión de Cristo. Según el libro de la Sabiduría (2,12-22), el justo, con su modo de vivir, y aunque no lo pretenda, es una denuncia para los impíos. Al ver la vida del justo, los impíos tienen una experiencia de contraste y esta experiencia no les gusta, porque, en cierto modo, es una crítica de su modo de vivir, de pensar y de obrar. Entonces, añade el libro de la Sabiduría, los impíos someten al justo a la prueba de la afrenta y la tortura, para ver hasta dónde llega su paciencia y moderación y comprobar si Dios está con él. Según los impíos la prueba de que Dios está con el justo es que le librará de sus enemigos y del poder de la muerte. Algo parecido ocurrió al pié de la cruz, cuando los enemigos de Jesús le provocan diciéndole que pida a Dios que le salve de la cruz, porque esa será la prueba de que Dios es su Padre.