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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

14
Abr
2016
Valoración teológica de la "Amoris Laetitia"
5 comentarios

A propósito de la exhortación apostólica Amoris Laetitia ha surgido la pregunta de cuál es el criterio adecuado para interpretarla bien. La pregunta puede ser pertinente, pero puede reflejar una cierta sospecha sobre el texto. A esta pregunta hay quien responde diciendo que debe leerse a la luz del Magisterio anterior. Y si hay alguna duda sobre qué quiere decir el Papa en su escrito, recurrir a lo dicho por los Papas anteriores, como si lo dicho por los Papas anteriores no necesitase también una buena interpretación.

Cierto: el Magisterio del presente hay que situarlo en continuidad con el Magisterio del pasado. Ahora bien, las necesidades y preocupaciones pastorales del presente son distintas de las del pasado. De ahí que el Magisterio se vea obligado a tratar problemas nuevos o a afrontarlos de otra manera. Benedicto XVI, en un famoso discurso sobre como interpretar el Vaticano II, habló de hermenéutica de la reforma (que se opone a la ruptura y a la continuidad repetitiva) y dijo que “la naturaleza de la verdadera reforma consiste en un conjunto de continuidad y discontinuidad en diferentes niveles”. Si el pasado ayuda a entender el presente, también el presente ayuda a interpretar el pasado. Si no fuera así, no haría falta el Magisterio. Peor aún, el Espíritu Santo creador no tendría ningún papel en la Iglesia. Eso dejando aparte la pregunta de cuál es el buen pasado que debe servir de criterio del presente.

No es un determinado pasado, sino la totalidad de la tradición lo que hay que tener en cuenta. Es la totalidad la que interpreta las partes, las del pasado y las del presente. El presente forma parte de la totalidad interpretativa. Sin olvidar que en esta totalidad hay tensiones, que no se pueden eliminar. Eliminar las tensiones es eliminar la totalidad. La primera tensión ineliminable es la confesión cristológica: Dios y hombre verdadero, la afirmación total y simultánea de dos polos aparentemente incompatibles: lo finito y lo infinito; lo divino, totalmente puro y espiritual, y la carne de pecado, frágil e inconsistente. La doctrina sobre el matrimonio también debe reflejar la tensión entre el ideal al que constantemente debemos tender y algunas realidades para las que no hay recetas prefabricadas ni soluciones rápidas.

La Amoris Laetitia es un documento solemne del magisterio ordinario, escrito con un lenguaje pastoral, suficientemente claro, que debe ser recibido con todo respeto y en su totalidad. Fijarse solo en aquellos pocos párrafos que se refieren a situaciones particulares, que exigen un discernimiento caso por caso (como siempre se ha hecho en la Iglesia) es no hacer justicia al documento y olvidar sus muchas riquezas. El escrito del Papa habla fundamentalmente de los aspectos más positivos, alentadores y luminosos del amor conyugal; y cuando es oportuno proyecta la luz de la misericordia sobre las situaciones más dolorosas, que requieren un tratamiento personal y diferenciado.

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10
Abr
2016
El amor conyugal, signo imperfecto
4 comentarios

La vida cristiana está marcada por la imperfección. Aquí el término imperfección no está relacionado primeramente con el pecado, sino con la limitación de lo humano. Solo Dios es perfecto. La imperfección indica que los cristianos vivimos la vida divina a nuestro nivel y según nuestras posibilidades, que siempre son finitas. Solo en el cielo alcanzaremos la perfección. Tomás de Aquino, refiriéndose a la caridad, o sea, al amor a Dios, a lo más perfecto y propio de toda vida humana, decía: “en el estado presente, la caridad es imperfecta; se perfeccionará en la patria (celestial)”. Y el Vaticano II dejó dicho: en la tierra, la santidad es imperfecta. Los cristianos llevamos un gran tesoro en vasos de barro, incapaces de guardar el tesoro tal como se merece.

En la Amoris Laetitia, el Papa hace una aplicación de este principio a la vida matrimonial, cuya categoría sacramental le viene del hecho de ser un signo del amor de Cristo a su Iglesia. Pues bien, dice el Papa, “el amor conyugal es un signo imperfecto del amor entre Cristo y la Iglesia”; “la analogía entre la pareja marido-mujer y Cristo-Iglesia es una analogía imperfecta”. Por una parte, la imperfección indica que el matrimonio es un camino que nunca acaba, que cada día hay que recorrer y en el que siempre es posible crecer. Por otra parte, la imperfección ayuda a comprender las dificultades y complejidades del amor, así como las rupturas no deseadas. Si el matrimonio fuera una situación de perfección las dificultades serían imposibles. Y sería imposible la ruptura. Si se rompe es porque puede romperse. Puede romperse porque es frágil. El matrimonio es imperfecto por naturaleza.

De lo anterior se deducen dos consecuencias, una que se aplica cuando el amor permanece y otra que se aplica cuando el amor se rompe. “El amor convive con la imperfección”, dice el Papa. De ahí la necesidad de asumir las debilidades y defectos del otro e integrarlos en un contexto positivo, pues estos defectos son sólo una parte, no son la totalidad del ser del otro. Hay que aceptar que el otro me ama como es y como puede, con sus límites, pero que su amor sea imperfecto no significa que sea falso o no sea real. Una dosis de “realismo” siempre contribuye a la salud matrimonial.

La imperfección explica también las rupturas y situaciones complejas de algunos matrimonios. Otra cosa son las valoraciones morales de las rupturas y de las consecuencias que acarrean. A veces no es fácil discernir el grado de culpabilidad. De ahí la necesidad de evitar condenas y juicios precipitados. Dice el Papa: “el grado de responsabilidad no es igual en todos los casos, y puede haber factores que limitan la capacidad de decisión”; por eso “hay que evitar los juicios que no tienen en cuenta la complejidad de las situaciones, y estar atentos al modo en que las personas viven y sufren a causa de su condición”.

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8
Abr
2016
El amor en la familia: luces y sombras
6 comentarios

La exhortación apostólica del Papa Francisco “sobre el amor en la familia” es larga porque son muchas y complejas las cuestiones relacionadas con la familia. El documento está dirigido explícitamente a los cristianos. Hay puntos que tienen mayor interés para unos que para otros, dependiendo de la situación en que uno se encuentra y de sus necesidades. El texto merece una lectura reposada. Sería bueno que cada uno se quedase con lo que más directamente le afecta. Me temo que los distintos comentarios que aparecerán en los próximos días seleccionaran los aspectos más llamativos o que más se aproximen a la ideología del comentarista. Sería una pena que estas insistencias nos desviaran de una lectura en profundidad de la rica teología sobre el amor cristiano que ofrece la Amoris Laetitia.

El Papa comienza recordando que, en estos asuntos tan personales, no todo se resuelve a base de leyes. Y, si bien es cierto que la Iglesia tiene una doctrina luminosa sobre el amor y el matrimonio, “hay diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina o algunas consecuencias que se derivan de ella”. El Papa, siendo firme en lo doctrinal, es consciente de que hay situaciones que necesitan un tratamiento propio.

La realidad de la familia tiene sus luces y sus sombras. Su luz más esplendorosa deriva del hecho de ser el reflejo viviente del Dios Creador: “la familia no es algo ajeno a la esencia divina”; “el varón, la mujer y los hijos conforman una comunión que es imagen de la unión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”. En la familia también hay sombras, debidas a la fragilidad humana y, sobre todo, al hecho de que cuando las cosas no dependen solo de uno, es más complicado controlarlas a gusto de uno. A propósito de estas sombras, el Papa reconoce con humildad que, a veces, el modo de presentar las convicciones y de tratar a las personas, no ha facilitado que resplandezca la belleza de la fe cristiana y ha dificultado responder a las necesidades reales de los fieles.

Lo importante es leer el texto completo y que cada uno saque sus propias conclusiones. Una clave: el respeto a la conciencia de cada uno, que debe hacer su propio discernimiento y, a veces, hacerlo en situaciones donde se rompen todos los esquemas. La Iglesia está llamada a formar las conciencias, no a sustituirlas. Un principio inspirado en Tomás de Aquino puede dar luz a los responsables de acompañar a esas personas que se encuentran en situaciones difíciles: cuanto más se desciende a lo concreto y a lo particular, tanto más difícil es ofrecer una norma general. O dicho de otro modo: tanto más aumenta la indeterminación.

Un detalle menor, pero agradable: en otras ocasiones he notado que Francisco cita gustoso a las Conferencias Episcopales. En este documento la primera Conferencia citada es la española. Si no me equivoco, es la primera vez que este Papa cita a nuestra conferencia episcopal en un documento de este nivel.

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6
Abr
2016
Noche de hotel por 90.000 euros
4 comentarios

Este verano está previsto abrir un hotel en Macao. El precio por noche será entre 60.000 y 90.000 euros. Han leído ustedes bien: entre sesenta mil y noventa mil euros. La noticia la daba a toda página, en la contraportada, el ABC del pasado sábado, dos de abril. Si un empresario se arriesga a abrir este tipo de negocio, es porque piensa que tendrá clientes. Durante todo el año, me imagino. La ciudad de Macao, en la república de China, bajo gobierno comunista (el nombre de cuyo presidente, Xi Jinping, se encuentra en los muy capitalistas y elitistas “papeles de Panamá”), se ha convertido en la nueva meca del juego, desplazando a Las Vegas.

Me cuesta entender qué tipo de servicios pueden costar una cantidad de dinero tan elevada. No me imagino cuáles pueden ser las prestaciones que se ofrezcan, en una noche, por noventa mil euros. Doy gracias a Dios por carecer de esta capacidad imaginativa. No sé cuántos españoles pueden permitirse este lujo. Me imagino que pocos, pero bueno, nunca se sabe el dinero que se oculta en algunas cuentas.

Lo que más me cuesta entender es que haya personas que puedan hacer este tipo de gasto y, sobre todo, que estén dispuestas a hacerlo. El que haya gente que pueda y quiera hacer estos gastos es la prueba evidente de que la pobreza, en el mundo, no es un asunto casual, ni accidental, ni irresoluble. Es un asunto que tiene solución, que depende de la voluntad política de nuestros gobernantes y del tipo de economía que impera en nuestras sociedades. Si alguien tiene ese dinero para tirar, sí, para tirar, durante una noche, y lo hace, es porque ha perdido la conciencia hace tiempo. La conciencia, la cabeza, el corazón y las entrañas.

Yo propondría a las autoridades chinas, comunistas ellas, en un país en el que hay mucha necesidad y mucha pobreza, sobre todo en el campo, que a los clientes de este hotel les cobrasen en impuestos la misma cantidad que se dejan en caja. Y con esos impuestos creasen una bolsa para paliar el hambre en el mundo, empezando por su país, y siguiendo por esos otros países africanos y centro americanos en los que el capitalista estado comunista chino tiene grandes negocios, y en los que compra muchas tierras. Sin duda esto no es la solución a los problemas sociales y humanos de nuestro mundo. Pero si lo hicieran sería un gesto que, a lo mejor, hasta podría tranquilizar su propia conciencia de gobernantes, la conciencia del hotelero y, de paso, la de los clientes. Aunque, pensándolo bien, es imposible tranquilizar la conciencia de quiénes la han perdido. Primero habrá que ayudarles a recuperarla.

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2
Abr
2016
Anunciación: regenerar la historia
1 comentarios

La fe cristiana está basada en acontecimientos históricos, ocurridos en nuestro mundo en fechas y lugares bien precisos. Estos acontecimientos reciben desde la fe una determinada interpretación. Otras interpretaciones son posibles: de la historia de Jesús puede hacerse una lectura cristiana, judía, religiosa sin más o incluso secular. Este arraigo histórico del cristianismo explica que hayamos puesto fecha a algunos acontecimientos, aunque hoy no sea posible determinar esa fecha con precisión absoluta. Eso es lo de menos. Que yo haya sido bautizado un ocho o un veinte se septiembre no tiene mayor importancia. Lo importante es que he sido bautizado. Ocurre lo mismo con la fecha del nacimiento de Jesús: el 25 de diciembre es un modo de decir que tuvo fecha de nacimiento, pero nada más. Lo del año uno es todavía más impreciso. Seguramente Jesús nació en el año cuatro o cinco antes de nuestra era.

A partir de ahí se comprende la fecha “litúrgica” de la anunciación del Señor: haciendo un recuento de los meses de expectación a partir del nacimiento de Jesús, resulta que marzo es el tiempo de su concepción. Como este año el 25 de marzo se encontraba dentro de la semana de Pascua, se ha trasladado la fiesta de la anunciación al 4 de abril. En Valencia se celebrará el 5, porque el 4 de abril se celebra la fiesta de san Vicente Ferrer. Estos cambios son una prueba más de que, aunque los acontecimientos fundamentales de la fe cristiana son históricamente determinables, la exactitud de la fecha que requieren, por ejemplo, algunos actos jurídicos, en nuestro caso es lo de menos. Los cristianos ni celebramos ni recordamos fechas, sino acontecimientos.

En primavera se regenera la naturaleza. La anunciación del Señor en estos días de primavera (en el hemisferio norte), nos invita a ir más allá de la regeneración de la naturaleza y a pensar en la regeneración de la historia. La regeneración de la historia comenzó con un anuncio a una jovencísima muchacha. Al oírlo “ella se turbó” (Lc 1,29), pero se mantuvo firme. Dios no le impone nada. Dios pide un asentimiento que debemos calificar de “contractual”. Y sorprendentemente se lo pide a un sujeto carente de voz autónoma para el derecho y la sociedad de aquella época. Así son las cosas de Dios. Nos hace el honor de contar con nuestra libertad. La aceptación de aquella chica tuvo la capacidad de cambiar el curso de la historia. También hoy la historia cambiará no gracias a los poderosos, sino gracias a un cambio de mentalidad que sólo puede ocurrir en aquellos que tienen un corazón humilde y amante. Ellos son los verdaderos sujetos de la historia.

La Iglesia debe anunciar con todas sus fuerzas que la acogida de la Palabra de Dios (“hágase en mi según tu palabra”) es el mejor camino para esta necesaria regeneración de la historia y de la sociedad. En el anuncio, en la acogida, y en otras cosas en la Iglesia, hay mujeres que van por delante.

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29
Mar
2016
Tumba vacía y apariciones, refuerzo mutuo
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Según el Obispo anglicano N.T. Wright hay dos datos que ayudan a entender la “lógica histórica” de los relatos evangélicos sobre la resurrección. Son dos datos confluyentes, que se apoyan el uno al otro, a saber: a) la tumba vacía; b) las apariciones.

Un anuncio de la resurrección con la presencia del cadáver de Jesús, no hubiera tenido ningún éxito. La evidencia del cadáver hubiera sido apabullante y casi un obstáculo insalvable para aceptar la resurrección. Pero solo la tumba vacía tampoco hubiera probado nada. Más bien, hubiera sido un indicio serio de que los apóstoles habían robado y ocultado el cadáver. Lo primero que piensa María Magdalena cuando ve la tumba vacía es que el jardinero ha trasladado el cadáver. Celso, un apologeta anticristiano del siglo II, calificaba a los apóstoles de ladrones de cadáveres.

Por eso tuvo que haber algo más que una tumba vacía. Hubo una presencia que se imponía a pesar de las dudas y vacilaciones. Pero como esta presencia no era como las mundanas, porque Jesús resucitado se aparece no a la manera terrestre, sino al modo como se aparecen las realidades celestiales, se explica la duda y la sorpresa de los apóstoles. No es extraño que confundieran su experiencia del resucitado con la experiencia de los “aparecidos”, de los fantasmas, con esa vaga impresión que a veces todos tenemos de que los muertos están con nosotros y nos “sugieren” que siguen ahí. Ellos sabían de este tipo de experiencias. Es posible que se preguntaran si no sería una experiencia de este tipo la que estaban teniendo tras la muerte de Jesús. En este caso, no habría ningún encuentro con Jesús resucitado, sino con una apariencia fantasmagórica surgida de la propia imaginación.

Pero el sepulcro vacío hizo pensar a los discípulos que quizás en aquellas apariciones se trataba de algo distinto a un fantasma. Quizás era verdad que Cristo había dejado la tierra y había resucitado, entrando en el mundo de Dios donde ya no se muere más. Por eso digo que la tumba vacía y las apariciones se refuerzan mutuamente. La tumba vacía ayuda a comprender que quién se hace presente misteriosamente es aquel que ninguna tumba puede contener. Por su parte, esta presencia misteriosa de Jesús ayuda a comprender el motivo por el que la tumba está vacía.

Evidentemente, afirmar que Cristo ha resucitado es un dato de fe, el dato fundamental de la fe cristiana. Por esto no puede “probarse”. Pero puede explicarse. Y una vez aceptada por la fe la resurrección de Cristo, el creyente busca hacerla creíble. Al hacerla creíble, el creyente vive su fe con mayor confianza.

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25
Mar
2016
Resurrección de Cristo, producto mal vendido
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Teólogos y exégetas hablan del “criterio de dificultad” como un signo de la veracidad de los relatos evangélicos. Difícilmente la primitiva Iglesia se habría molestado en inventar un material susceptible de dejarla en una posición difícil o debilitada en las disputas con los oponentes. Puestos a inventar dichos o palabras de Jesús, lo último que se le ocurriría a un admirador del Maestro es decir cosas que le dejasen mal parado. Este criterio de dificultad podría aplicarse a los primeros relatos de la resurrección de Cristo. Los autores de estos relatos parece que no tienen ningún interés en “vender el producto”; cuentan una experiencia con una ingenuidad y unas maneras que hacen difícil su comprensión y su aceptación; hay ahí una prueba de que no buscan engañar, porque si buscasen engañar se expresarían de otra manera. Pienso en tres detalles:

1.- Las primeras testigos de la resurrección son mujeres. Pero las mujeres, en aquella sociedad, son malos testimonios. Ningún buen abogado presentaría a una mujer como testigo de su defendido. Los buenos testigos en un juicio son los varones (por cierto: “testigo” y “testículo” tiene la misma raíz). No es extraño que Celso, un apologeta anticristiano del siglo II, para desprestigiar el hecho de la resurrección, afirmase que esta fe se basa en el testimonio de unas mujeres histéricas. San Pablo, que narra cómo se predicaba la resurrección en los momentos posteriores a los que se refieren los evangelistas, solo cita a varones como testigos.

2.- Otro dato extraño: uno de los problemas que tenían los primeros cristianos era afirmar que “el hombre” Jesús había resucitado. Para dejar claro que no se trataba de un fantasma, los evangelios insisten en los rasgos que definen la corporalidad y la humanidad: Jesús se deja tocar, muestra sus llagas, come pescado. Pero lo sorprendente es que, junto a estos datos que refuerzan la “carne” del resucitado, nos cuentan otros que parecen contradecirlos: atraviesa puertas, parece un fantasma, desaparece de la vista cuando intentan retenerlo; en quienes le ven surgen dudas, preguntas, miedos. La segunda serie de datos resulta contradictoria con la primera. Para resaltar la corporalidad del resucitado, lo mejor hubiera sido olvidarse de que algunos le confundieron con un fantasma.

3.- Puestos a vender la resurrección y a hacerla interesante para nosotros, lo lógico es decir con san Pablo: en su resurrección hemos resucitado todos. Pero este es un dato posterior al primer anuncio. El primer anuncio se refiere solo a Jesús: su resurrección parece que no tiene relevancia inmediata y directa para nosotros. En el fondo, el primer anuncio no nos aporta nada. Es un anuncio gratuito, que no trata de convencer por lo que aporta, sino que vale por sí mismo. Los que cuentan así la resurrección son unos malos vendedores. San Pablo sabe vender mejor el producto. Por eso insiste en que la resurrección de Cristo tiene incidencia directa en todos y cada uno de los creyentes.

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21
Mar
2016
El humano que se te parece
9 comentarios

Jueves santo. Día del amor fraterno. Traduzco (ajustándome al original francés y sin añadirle “arreglos literarios”) un texto de René Philombe, escritor camerunés. El texto se escribió hace unos 50 años. Sigue siendo actual, entre otras cosas, porque el corazón humano no cambia y las tragedias, debidas a la insolidaridad humana, se repiten año tras año. El poema va acompañado de una viñeta de Agustín de la Torre. Los cristianos, en este ser humano que llama a nuestra puerta, tan parecido porque es el mismo bajo todos los cielos, podemos y debemos reconocer una dimensión teologal y cristológica. Estamos invitados a hacer verdad el: “llamé a tu puerta y me abriste”.

He llamado a tu puerta
he llamado a tu corazón
para tener buena cama
para tener buen fuego
¿por qué me rechazas?
¡ábreme hermano mío!…

 

¿Por qué me preguntas
si soy de África
si soy de América
si soy de Asia
si soy de Europa?
¡ábreme hermano mío!...

 

¿Por qué me preguntas
la longitud de mi nariz
el espesor de mis labios
el color de mi piel
y el nombre de mis dioses?
¡ábreme hermano mío!....

 

Yo no soy un Negro
yo no soy un Rojo
yo no soy un Amarillo
yo no soy un Blanco
sólo soy un hombre
¡ábreme hermano mío!...

 

Ábreme tu puerta
ábreme tu corazón
pues soy un hombre
el hombre de todos los tiempos
el hombre de todos los cielos
¡el hombre que se te asemeja!

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18
Mar
2016
Cuba, punto de encuentro
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Cuba se ha convertido últimamente en un lugar de encuentro entre líderes religiosos que hacía tiempo que no se hablaban (el Papa de Roma y el Patriarca de Moscú) o entre facciones políticas que llevan demasiado tiempo enfrentadas (como es el caso de la guerrilla y las fuerzas del gobierno colombiano). Quién facilita encuentros merece toda alabanza, porque lo que más necesitamos los seres humanos es encontrarnos. Las separaciones no son buenas para nadie. Promover también encuentros entre los grupos y tendencias que hay dentro de la isla y entre los cubanos que viven fuera y lo que se han quedado en el país, resultaría coherente con este ser facilitador de encuentros para los de fuera. ¿La visita del presidente Obama servirá de desencadenante de estos encuentros entre cubanos de dentro y de fuera de la isla, o son otros los intereses que hay detrás de esta visita?

Cuba es un lugar con muchos jóvenes, algunos con inquietudes religiosas o, al menos, respetuosos con las religiones e interesados en conocer lo que las religiones pueden aportar. Por sexto año consecutivo he estado en la capital habanera para dar unas clases en un master de teología, al que esta vez se han apuntado 25 jóvenes universitarios. A su nivel, el master ha sido también un punto de encuentro. Entre las y los alumnos había algún no creyente, cristianos de distintas iglesias, y miembros de otras religiones. Un grupo heterogéneo. No es la primera vez que, en estos cursos me encuentro con jóvenes no creyentes. En principio no tiene que sorprender que un ateo se interese por la reflexión teológica católica, del mismo modo que tampoco sorprende que un cristiano pueda ser un experto en doctrinas ajenas al cristianismo.

El conocimiento mutuo es el comienzo de todo encuentro fructífero. El amor comienza con el conocimiento. Cierto, para que haya amor no basta conocerse, pero sin conocerse no hay amor. Por eso es importante que los distintos grupos políticos, religiosos, sociales, económicos, hablen y se encuentren. Porque así, al menos, se darán cuenta de que el otro, el distinto, no es necesariamente un enemigo, ni un rival. Es posible incluso que el otro tenga objetivos y finalidades parecidas a las mías, aunque su experiencia y su trayectoria vital le lleven por caminos distintos. En el fondo, todos buscamos la felicidad. Donde nos separamos es el camino para encontrarla. En este línea me gustaría pensar que los partidos y grupos políticos que, ahora mismo, en España, parecen distantes, pretenden todos lo mismo, o sea, el bien de los ciudadanos. Porque si no pretenden eso, mejor que se retiren. Y si todos quieren lo mismo, ¿cómo es posible que a veces parezca que solo buscan que el otro desaparezca del mapa?

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13
Mar
2016
Jesús crucificado: denuncia sí, venganza no
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A lo largo del Antiguo Testamento encontramos textos que pueden considerarse una profecía de lo que siglos más tarde se manifestará en la crucifixión de Cristo. Según el libro de la Sabiduría (2,12-22), el justo, con su modo de vivir, y aunque no lo pretenda, es una denuncia para los impíos. Al ver la vida del justo, los impíos tienen una experiencia de contraste y esta experiencia no les gusta, porque, en cierto modo, es una crítica de su modo de vivir, de pensar y de obrar. Entonces, añade el libro de la Sabiduría, los impíos someten al justo a la prueba de la afrenta y la tortura, para ver hasta dónde llega su paciencia y moderación y comprobar si Dios está con él. Según los impíos la prueba de que Dios está con el justo es que le librará de sus enemigos y del poder de la muerte. Algo parecido ocurrió al pié de la cruz, cuando los enemigos de Jesús le provocan diciéndole que pida a Dios que le salve de la cruz, porque esa será la prueba de que Dios es su Padre.

Por su parte, el libro de Jeremías (11,18-20) se refiere al cordero manso que es llevado al matadero. Pero en los versículos citados se manifiestan los límites del Antiguo Testamento, pues el manso cordero sacrificado, tras encomendarse a Dios que juzga rectamente, pide la venganza contra sus enemigos. Esta última actitud no es de Jesús de Nazaret. Al contrario, en la cruz, Jesús invoca a su Padre pidiendo el perdón y la misericordia para aquellos que le crucifican. Así se comprenden las palabras que en cada Eucaristía el sacerdote pronuncia sobre la copa: esta es la sangre de la nueva alianza derramada por todos los hombres para el perdón de los pecados. “Por todos”, o sea, también por los que le crucifican, porque si no, no estarían todos.

El modo de vivir y de morir de Jesús es una denuncia frente a toda opresión, toda maldad, todo lo que atenta contra la dignidad y el bien de las personas. En este sentido Jesús nos llama a todos a la conversión. Pero esta denuncia, en Jesús, nunca se traduce como venganza, porque si así fuera resultaría incoherente con el Dios de perdón y misericordia que colmaba su vida, que él anunciaba y que él hacia presente. La denuncia no es una amenaza, sino una invitación a la conversión, resultado de un testimonio de vida. Hay personas que son una fuerte llamada para quienes las observan, y que no dejan a nadie indiferente. Mientras unos se burlan de estas vidas, otros se convierten. Es exactamente lo que ocurrió al pié de la cruz: las autoridades judías se mofaban de Jesús, pero los soldados romanos que estaban vigilando el lugar, encabezados por su centurión (Mt 27,54), al ver su modo de morir (Mc 15,39), dijeron: “ciertamente este hombre era justo” (Lc 23,47). Reconocer a Jesús como “justo” por su modo de vivir y de morir, es el paso que permite luego confesarle como “hijo de Dios” (que es la confesión ya desarrollada que ofrecen Mc 15,39 y Mt 27,54.

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