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May2016Predicación y misericordia intercambiables
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May
Domingo de Guzmán fundó una Orden de Predicadores en orden a la salvación de las personas. La salvación viene del encuentro con Jesucristo. Para encontrarlo es necesario que alguien lo presente, lo dé a conocer. Esa es la función del predicador: dar a conocer el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Por otra parte, una de las características de la vida de Sto. Domingo fue su actitud misericordiosa, manifestada no sólo en su modo de tratar a las personas, sino en la ayuda espiritual y material que les prestó, como por ejemplo, cuando siendo joven, antes de pensar en fundar ninguna Orden, vendió sus libros en Palencia para que los pobres pudieran comer. Por este motivo se dice que la predicación de los compañeros de Domingo debe ser una predicación compasiva.
Importa entender bien la relación entre predicación y misericordia. No se trata solamente de que la misericordia debe ser un contenido de la predicación. Se trata de entender que la predicación misma es misericordia, la primera de las obras de misericordia: enseñar al que no sabe. Lo más importante, en realidad lo único que importa saber, el único conocimiento decisivo es el conocimiento de Dios y de su enviado Jesucristo. Por eso, la primera y fundamental enseñanza es la que da a conocer a Jesucristo.
El ministerio de Jesús no comienza con su actividad sanadora, sino con su actividad predicadora. En Jesús “la misericordia de Dios no se empieza expresando a través de unas obras externas de ayuda, sino a través de la palabra” (dice Xavier Pikaza). La primera obra de Jesús ha sido enseñar. El motivo (no necesariamente el contenido) de su enseñanza era la misericordia: “al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas” (Mc 6,34). Esta enseñanza de Jesús contrasta con la de los rabinos: la gente se quedaba asombrada al escuchar a Jesús, porque enseñaba con autoridad y no como los escribas (Mc 1,22). O sea, la enseñanza de Jesús estaba avalada por su vida. Sabía lo que decía y lo sabía desde su propia experiencia de Dios. Por eso su enseñanza resultaba convincente y transformadora (Mc 1,27). Era una palabra que devolvía la esperanza, levantaba de las opresiones, una palabra liberadora, cargada de sentido.
La misericordia no es simplemente dar un pan material, sino hablar, compartir la palabra, conocerse. La palabra crea comunión entre las personas, y entre las personas y Dios. De ahí la urgencia de hablar de Dios, compartir la palabra de Dios, dar a conocer a Jesucristo. Entonces la predicación es por sí misma misericordia y la misericordia se expresa en la predicación que anuncia y hace llegar “la Palabra en la que está la vida” (Jn 1,4). La relación entre predicación y misericordia no es externa; es intrínseca. Si se entiende bien se trata de palabras intercambiables. Cuando no son intercambiables es porque probablemente las dos están falseadas o desvirtuadas.
El jueves, 5 de mayo, viajaba en el tren Euromed de Valencia a Barcelona. La llegada estaba prevista a las 21:39. De pronto, sobre las 21:30, cuando parecía que estábamos llegando, porque el tren iba reduciendo su velocidad, nos quedamos parados. Me pregunté si habíamos llegado con algo de adelanto. Pero no estábamos aún en destino. Alguna persona comentó que el tren se paraba, pero solo serían dos minutos, precisamente porque llevaba algo de adelanto y quería entrar en la estación justo a la hora indicada. Pasaron dos minutos y quince más y el tren seguía parado. Por megafonía se dijo lacónicamente: “señores viajeros, estamos en la estación de Gavá y vamos a estar unos minutos parados por motivos técnicos”.
Ha sorprendido que el Papa Francisco afirme que no todas las situaciones pueden resolverse aplicando normativas generales. La sorpresa aumenta si añadimos que hay situaciones que requieren de un discernimiento, a veces prolongado, siempre serio y honrado; que, además, en relación con ese discernimiento, es necesario confiar en la conciencia de cada uno. Y finalmente que puede haber momentos y casos en los que subsistan diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina o algunas consecuencias que se derivan de ella. Dicho de otro modo: la fe de la Iglesia es siempre la misma, pero la doctrina que la explica no es monolítica; el pluralismo teológico es tan antiguo como “los evangelios”, las cuatro primeras maneras de entender, aplicar e interpretar la vida y el mensaje de Jesús.
Para el Nuevo Testamento no hay ninguna duda: Cristo resucitado es “el Señor”. Evidentemente no como los señores de este mundo, sino como el Señor de los señores, el Señor que es igual a Dios y, por tanto, el Señor absoluto al que todo le está sometido. San Pablo considera varias dimensiones a propósito del señorío de Cristo resucitado: es Señor de todos (Flp 2,11) y de todo (Col 1,15-20), es Señor de cada uno de nosotros (Rm 14,8-9) y es el único Señor (1 Cor 8,6). Estas dimensiones del señorío de Cristo tienen una serie de consecuencias importantísimas para la vida del cristiano.
Estuvo recurrente y acertado el cardenal Schönborg cuando dijo que hasta ahora la Iglesia había puesto más su mirada en los dormitorios de los cónyuges que en el comedor de las familias. La exhortación de Francisco dedica largos párrafos al amor familiar, pero no se olvida de la sexualidad conyugal. Lo interesante es que la sexualidad es tratada muy positivamente, como un regalo de Dios. Hace ya tiempo que Santo Tomás de Aquino escribió que el acto conyugal, o sea, la manera cristiana de vivir la sexualidad, es un acto de la virtud de la religión. El acto conyugal, según el santo doctor, pudiera ser una manera de ¡rendir culto a Dios! Francisco, citando a Juan Pablo II, lo dice así: “la vida conyugal viene a ser, en algún sentido, liturgia”.
La Amoris Laetitia dedica mucha atención a la fecundidad del matrimonio. Los hijos son el resultado más precioso del amor matrimonial. No son algo añadido “desde fuera” al amor de los esposos, sino que brotan del corazón mismo de su amor recíproco. El amor rechaza todo impulso de encerrarse en sí mismo; el amor auténtico siempre es fecundo, porque es creador. El Papa supera la comprensión de los hijos como un fin del matrimonio. Los hijos no son un fin, un objetivo, un resultado, son inherentes al amor.
La exhortación apostólica Amoris Laetitia trata fundamentalmente del amor en la familia. Pero como en la vida cristiana todo está relacionado, no es de extrañar que el documento del Papa se pregunte por la relación que hay entre virginidad y matrimonio, ya que la virginidad es una forma de amar. Se trata de dos carismas, dos dones del Espíritu Santo, dos modos de seguir a Cristo y dos vocaciones o llamadas de Dios. Si ambos estados, el celibato en la vida consagrada y el matrimonio, tienen el mismo origen en Dios, no solo no pueden oponerse, sino ni siquiera rivalizar.
Tengo escritas algunas reflexiones, con referencias a la última exhortación del Papa, que pienso publicar en los próximos días. Hoy no cuelgo el artículo que tenía preparado, porque cuando hay una desgracia que te toca de cerca todo lo demás pasa a segundo plano. Me estoy refiriendo al terremoto que ha sacudido el Ecuador. Yo tengo allí algunos conocidos, pero no están en la zona sísmica. Sin embargo, parte de la familia de un hermano y amigo, sí está en la zona. La cara de tristeza de esta persona me ha conmovido. Las desgracias se ven de otra manera cuando las miras a través de rostros concretos que se sienten afectados. Del mismo modo que las situaciones irregulares (para emplear la palabra que el Papa utiliza para calificar determinadas situaciones familiares) se ven y se juzgan de otra manera cuando el irregular es un hermano, un hijo, o una persona querida. Ya no se trata de teoría, se trata de personas.