Logo dominicosdominicos

Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

20
Dic
2022
María, virgen madre
3 comentarios

virgenmadre

Decir de una mujer que es virgen y madre a la vez puede parecer absurdo. Sin embargo, la fe cristiana habla de una mujer que es virgen y madre. ¿Estamos ante un mito o ante una verdad histórica? La segunda alternativa es la buena si pensamos que el poder creador de Dios puede hacer compatible lo que para los humanos resulta imposible. Naturalmente, para no caer en la tentación de considerar la maternidad virginal de María como un mito, será necesario ofrecer una explicación teológica de su sentido. Y su sentido es cristológico. La maternidad virginal de María está al servicio no sólo de la comprensión del misterio de Cristo, sino de su posibilidad misma.

Madre: sin María no hay encarnación, no hay venida del Hijo de Dios al mundo. La verdad fundamental sobre María es haber sido elegida para ser Madre de Dios. María aparece ahí totalmente al servicio de la comprensión de la verdad sobre Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre. El único modo de ser humano y de entrar en el mundo es a través del vientre de una mujer. El cuerpo de Cristo, dice Tomás de Aquino, fue tomado de María; la sustancia del cuerpo de Cristo no bajó del cielo; fue formado por el poder del cielo, es decir, del Espíritu Santo. El nacimiento de Cristo “fue natural por parte de la madre”, añade el santo. La maternidad “verdadera y natural” de María es el sello que garantiza el realismo de la encarnación. En este sentido la figura de María es clave para afirmar la gran verdad de la perfecta humanidad de Jesús.

Estrechamente relacionada con la maternidad divina está la virginidad de María. Esta virginidad no se entiende en función de sí misma, sino al servicio de Cristo, en este caso al servicio de la verdadera divinidad. Además de ser un dato histórico, la virginidad es una verdad teológica, y está totalmente al servicio del misterio de Cristo. Por eso, decía Tomás de Aquino, que la concepción virginal es “un milagro objeto de fe”; y está totalmente al servicio de la confesión de fe cristológica. Más recientemente, Benedicto XVI ha reafirmado que “el parto virginal es piedra de toque de la fe y elemento fundamental de nuestra fe”.

Para significar claramente que el Hijo de Dios ha venido del Padre desde el mismo momento de su concepción y que la salvación no es resultado del poder humano, Dios ha elegido a una virgen para nacer entre nosotros. En suma, la virginidad de María es el correlato humano de la verdad de fe de que el niño que nace de María “sólo” tiene a Dios por Padre. La consecuencia humana de esta filiación divina (y solo divina) es la no paternidad humana (la ausencia de semen viril) y, por tanto, la virginidad de la madre.

María madre y virgen. De esta manera, dice Tomás de Aquino, en María quedan honradas la virginidad y el matrimonio. María es una buena referencia cualquiera que sea nuestro estado de vida, porque lo que importa no es si uno es viudo, soltero, casado, religioso o sacerdote. Lo que importa es que seamos fieles al Señor.

Ir al artículo

16
Dic
2022
José, patrón del buen nacimiento
3 comentarios

cuartoadviento

Jesús nace por el poder del cielo, pero toma la carne de María. El esposo de María no es el padre biológico de Jesús. Sin embargo, la figura de José es necesaria para que se cumpla una importante profecía, a saber, que el Hijo de Dios nacería del linaje de David según la carne (Rm 1,3). Gracias a José, Jesús entronca con el linaje de David. Por eso José es el que pone nombre a Jesús (Mt 1,21), porque a él le corresponde la paternidad davídica. José es necesario, no solo como marido y padre custodio, sino como mediador que hace posible el cumplimiento de las profecías y, por tanto, hace posible un elemento fundamental del mesianismo de Jesús. La necesidad de José es teológica.

Cuando Jesús comienza su ministerio público, José nunca aparece. De ahí se ha deducido que José murió antes de que Jesús comenzará su ministerio como predicador del Reino de Dios. ¿Cómo murió José? Una tradición cristiana dice que murió en brazos de Jesús y de María, antes de que ellos dejaran la casa de Nazaret. Por este motivo el pueblo cristiano siempre ha tenido a san José como patrono de la buena muerte; y por eso se le pide auxilio para tener una “buena muerte”. Un dominico lituano, Pavel Syssoev, después de referirse a esta tradición, añade: “el evangelio, por su parte, hace de José el patrón del buen nacimiento, el del Espíritu”.

José se sabe servidor de los caminos de Dios. Y, por eso, bien podemos decir que es padre espiritual de Jesús. Pues ser padre no es sólo engendrar; es cuidar, educar, proteger, alimentar, formar en la libertad. En el rostro de José, Jesús vio reflejado el rostro del buen Padre del cielo que vela por su hijo. Cierto, el nacimiento de Jesús no procede de la fecundidad natural, sino de tres instancias (si se me permite hablar así) necesarias para comprender el misterio de la Encarnación: la paternidad de Dios, la carne de María y la obediencia de José, gracias al cual Jesús pudo ser llamado hijo de David. Renunciando a la paternidad biológica, José es padre por obra del Espíritu Santo.

Mientras los evangelios ponen algunas palabras en boca de María, no ponen ninguna en boca de José. Y, sin embargo, es seguro que pronunció una, el nombre mismo de Jesús, puesto que el ángel le había encomendado que le llamara así. Pero al poner a su hijo este nombre único, José ha dicho lo más decisivo y fundamental, a saber, que “Dios salva”. Porque eso es lo que significa, en hebreo, el nombre de Jesús. José es el primero al que se le revela que el hijo que espera su esposa “salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21). O sea, de todo lo que nos separa de Dios. Jesús es el que reconcilia a la humanidad con Dios. José fue el primero en escuchar este anuncio y, al pronunciar el nombre de Jesús, dijo todo lo que se podía decir sobre el niño que iba a nacer de María.

Ir al artículo

12
Dic
2022
Antes de responder, María piensa y pregunta
6 comentarios

marencalma02

Hace un tiempo publiqué un post titulado: “lo primero que hace la Virgen María” y allí decía que lo primero que hace María no es “ponerse a las órdenes” del mensajero celestial y decirle: “aquí está la esclava del Señor”. Lo primero que hace María es preguntar. Pero antes de preguntar hace otra cosa tan interesante o más, a saber: discurrir, pensar, meditar, darle vueltas a lo que se le anuncia. Para hacer una buena pregunta y ofrecer una buena respuesta no hay que precipitarse. Conviene meditar antes en lo que se va a preguntar.

El evangelista nos dice que lo primero que hizo María fue “discurrir” (Lc 2,29) lo que significaban las palabras del ángel. A las cosas que conciernen a Dios, dice Tomás de Aquino, “hay que darles muchas vueltas en nuestro interior” (Suma, II-II, 81,1). María reflexiona, dialoga consigo misma sobre lo que podía significar el saludo del mensajero divino. Aparece aquí un rasgo característico de la Madre de Jesús, un rasgo que encontramos otras dos veces en el evangelio ante situaciones análogas. Cuando los pastores le cuentan a María todo lo que les habían dicho acerca de aquel niño que acababa de nacer, María “guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc 2,19). Y cuando Jesús era ya un adolescente y sus padres lo buscan por Jerusalén, porque lo han perdido, el evangelio dice expresamente que José y María no comprendieron la explicación que su hijo les dio. Pero añade que “su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón” (Lc 2,51). Quizás no acababa de entender, pero le daba vueltas al asunto y no se precipitaba en responder.

Según el relato de la Anunciación, María primero trata de comprender. Y luego se muestra como una mujer valerosa que no tiene miedo a preguntar. Porque para aceptar lo que el otro me propone, para que María acepte la propuesta del mensajero celestial, es necesario que antes el mensajero escuche las dificultades que tiene María. Solo después de exponer sus dificultades, María acepta y acoge, y se declara sierva del Señor. En el diálogo hay que contar con la libertad del otro. El Dios que llama a la puerta de María, necesita de la libertad humana. Su poder está vinculado al “sí” no forzado de una persona humana. La actitud de María y la actitud del interlocutor divino son un auténtico modelo de todo diálogo, atento a la persona del otro y respetuoso con ella.

Ir al artículo

9
Dic
2022
Acoger con alegría al Señor que viene
4 comentarios

estaralegres

El tercer domingo de adviento es una especie de puente entre la primera y la segunda parte del Adviento. En la primera mitad del adviento la liturgia orienta la mirada del creyente hacia la segunda y definitiva venida del Señor, su venida escatológica en gloria y majestad. La segunda parte del adviento orienta nuestra mirada hacia la contemplación del misterio de la Encarnación, la venida del Señor en la humildad de nuestra carne. Este tercer domingo de adviento, por una parte, anuncia ya el misterio de la Encarnación, pero por otra nos quiere hacer caer en la cuenta de que el Señor viene continuamente a nuestras vidas, y que esta permanente venida es condición para acogerle con alegría y amor cuando venga definitivamente. El Señor vino, el Señor viene y el Señor vendrá: esas tres venidas resumen la pretensión del tiempo de adviento.

Este domingo, conocido como domingo Gaudete (palabra latina que significa alegría) quiere despertar los sentimientos de buena alegría que produce saber que Cristo está cerca de nosotros, no sólo litúrgicamente, sino existencialmente. Buscando este objetivo la liturgia ofrece algunos símbolos: uno, la antífona de entrada, sacada de Flp 4,4, que comienza con esta exhortación: “estad siempre alegres en el Señor” (ya sé que en la mayoría de nuestras celebraciones no se tiene en cuenta esta antífona y, por tanto, no se lee, pero bueno es saber que existe y bueno sería sustituirla por un canto de entrada adecuado); dos, el cambio de color litúrgico, que pasa del morado al rosado; y tres, la primera lectura, tomada de Isaías, que invita al gozo y al regocijo.

Las lecturas del tercer domingo de adviento (Isaías, salmo responsorial y Evangelio) tienen una clara orientación: los signos de la presencia de Cristo y de su Reino se encuentran allí donde los ciegos (de todas las cegueras) ven, los sordos (de todas las sorderas) oyen, los leprosos (y todos los marcados social y religiosamente) quedan limpios, el huérfano y la viuda son acogidos. O sea, allí donde se beneficia al ser humano, allí donde se cuida del hermano, allí donde el mal retrocede. Estos signos que Jesús hacía, estamos llamados a hacerlos ahora los cristianos, para ser presencia de Cristo para el otro. Si el cristiano ve en el prójimo necesitado a Cristo que allí está mendigando su amor, el necesitado debe ver en el cristiano solidario y fraterno la presencia de Cristo que se acerca a él, dando amor.

Así es como podemos vivir el adviento con esperanza y alegría cristiana, así es como podemos esperar la segunda venida de Cristo sin temor, así es como podemos celebrar gozosamente el misterio que en Navidad se nos recuerda. Adviento no es un tiempo para llenar la casa con compras superfluas, tampoco es un tiempo para ambicionar el dinero de una lotería que no nos tocará, sino que es tiempo para descubrir al Señor que se nos hace presente en tantas personas que mendigan nuestro amor.

Ir al artículo

5
Dic
2022
¿Esclava del Señor? ¡Según y cómo!
5 comentarios

virgendesamparados

El relato de la Anunciación termina con estas palabras de María, que resumen su actitud ante el mensaje divino que acaba de recibir: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra”. Todas las palabras tienen sentido dentro de un determinado contexto. Y aunque el término “esclavo” tiene connotaciones muy peyorativas, puede haber contextos que lo conviertan en algo muy positivo.

Jesús era muy consciente de las connotaciones negativas de la palabra “esclavo”. Por eso, cuando quiere expresar la mejor de las relaciones que desea tener con lo suyos, contrapone el término esclavo al término que mejor expresa la relación que Jesús busca, para que en esta contraposición resalte más y mejor su propuesta de amor: “ya no os llamo esclavos, vosotros sois mis amigos”. Y, sin embargo, no hay nada que ate más que la amistad. No hay actitud más adecuada que nos disponga a hacer la voluntad del otro. El esclavo hace la voluntad de su amo de muy mala gana; el amigo hace la voluntad de su amigo de muy buena gana. Ambos hacen la voluntad de otro, pero en un caso esa voluntad destruye y, en otro, construye.

La esclavitud que confiesa María tiene un sentido eminentemente positivo, pues se trata de ser “esclava del Señor”. ¡No de cualquier Señor! El señorío es una cosa muy sería. Aunque hay quienes se creen señores cuando en realidad son tiranos. ¡Hay señores y señores! El Señor al que habla María está en el polo opuesto de toda tiranía, pues este Señor es el Amor de los Amores. Su señorío es liberador y humanizador. Ser esclava de este Señor, del único, verdadero y auténtico Señor, del Señor que comienza por anunciar la alegría y la gracia (“alégrate, llena de gracia”), y en vez de decir que está sobre ella, confiesa que está “con ella”, o sea, a su lado, como apoyo y compañía, es algo muy positivo.

El motivo por el que María debe alegrarse de encontrarse con este Señor es de alto voltaje: es “llena de gracia”, o sea, “llena de Dios”. Por tanto, es llena de amor. Los llenos de amor están siempre dispuestos a servir, acompañar, comprender, acoger.

Si en los ambientes oficialmente religiosos alguien se las da de “señor” (o de superior que es lo mismo), ya sabe cuál es el modelo que debe seguir para que en sus grupos deje de haber esclavos según lo humano y los haya según lo divino.

Ir al artículo

1
Dic
2022
Figuras del adviento
3 comentarios

conversion

Durante el tiempo de adviento aparecen tres figuras, tres importantes personajes bíblicos que, cada uno a su manera, señalan a Cristo. La principal figura del adviento es la Virgen María, que aparecerá con todo su esplendor el cuarto domingo de adviento. Las otras dos son Juan el Bautista, que aparece en los evangelios del segundo y tercer domingo, y el profeta Isaías, que está presente todos los domingos y casi el resto de los días del tiempo de adviento.

El fragmento de Isaías que se leerá el próximo domingo describe un lugar paradisíaco, en el que lo más opuesto vivirá en paz, armonía y concordia: el lobo con el cordero, el niño con la serpiente, el recién nacido con el áspid (una de las víboras más venenosas). El motivo de esta hermandad que parece imposible es “el conocimiento del Señor” que todo lo llena. Ahí está la clave para entender las buenas y las malas relaciones. El conocimiento del Señor es el amor. Donde hay amor, allí está Dios. Y donde hay discordia, guerra, enemistad, ambición, allí no está Dios. ¿Cuánto conocimiento del Señor hay en este mundo nuestro? Seguramente más en unos sitios que en otros. La cuestión entonces está en saber cuánto conocimiento del Señor tengo yo. Porque este conocimiento crece por contagio.

En el evangelio encontramos la figura de Juan el Bautista. Hay cosas buenas que conviene retener de este personaje. Por ejemplo, su llamada a la conversión. Convertirse no es hacer penitencia. La conversión va en línea con el conocimiento del Señor. Se trata de poner nuestra vida de cara a Dios, dando la espalda a todo lo que nos separa de él. Esta es una tarea permanente, pero mientras estemos en la tarea estamos a la vez en la buena posición.

Eso sí, conviene dejar claro que el mensaje de Juan contrasta con el de Jesús y, en este contraste, aparece con toda su luminosidad el mensaje de Jesús. Uno y otro, Juan y Jesús, comienzan su predicación de la misma manera: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”. Pero mientras Jesús se queda ahí, dejando a las personas libres y pensativas, Juan añade una amenaza para los que no se convierten: “Ya toca el hacha la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto será talado y echado al fuego”. En Jesús no hay amenaza. Ante él cada uno decide con total responsabilidad, sin sentirse coaccionado.

Más aún, el Dios de Jesús es el Dios de la paciencia, que quiere, sin duda, que nos convirtamos, pero comprende nuestras indecisiones, sabe que somos de barro. Eso sí, el barro del que estamos hechos, tiene capacidad para recibir el Espíritu de Dios y convertirse así en un barro divinizado. Por esto, en vez de amenazar, no se cansa de llamar.

Ir al artículo

27
Nov
2022
Adviento: ven Señor, y que se acaben las guerras
5 comentarios

soldeadviento

Adviento, venida del Señor. El Señor viene y parece que todo sigue igual. Las guerras entre las naciones, las enemistades entre los pueblos, las rencillas vecinales, los malentendidos familiares, la dificultad de entenderse incluso en los grupos religiosos y en la propia Iglesia, las decepciones y dificultades personales. No está mal que durante este adviento pidamos, en nuestra oración, que se terminen todas estas guerras mayores y menores. Pero sin olvidar que la oración no es un recurso mágico, sino un compromiso personal. El que pide no espera pasivamente que Dios le resuelva los problemas, sino que se sitúa delante de Dios para sentir el estímulo divino, que le mueve a resolver él los problemas en la medida de sus fuerzas y posibilidades.

El adviento nos habla de una triple venida del Señor. Hace dos mil años, en Belén de Judá, nació Jesús, el hijo de María. La fe cristiana afirma que este Jesús es el Hijo de Dios y por tanto que, en el acontecimiento de su venida al mundo, Dios mismo se ha hecho uno de nosotros para que nos resulte fácil ver, en uno de nuestra carne, los caminos de Dios que estamos invitados a seguir. Este mismo Jesús, que un día vino en la humildad de nuestra carne, volverá al final de los tiempos, lleno de gloria y majestad, para dejar claro lo que de verdad vale, lo que Dios aprueba, lo que Dios acoge y lo que Dios quiere, a saber, la verdad, la justicia y el amor. Si esta segunda venida es calificada de juicio por el Credo de la fe cristiana, es para dejar claro que, a los ojos de Dios, no todo vale igual y que hay una distancia inmensa entre el bien y el mal. Sin duda, el criterio de este juicio será el amor, pero precisamente porque el amor será lo determinante, también podemos esperar que en el juicio se manifestará la misericordia.

Finalmente hay una tercera venida, que se sitúa entre la primera en la humildad de nuestra carne y la última con gloria y majestad. El Señor está viniendo permanente a nuestras vidas, en cada persona y en cada acontecimiento, para que lo recibamos en la fe y, por el amor, demos testimonio de la llegada gloriosa de su reino (tal como dice el tercer prefacio de adviento). En este adviento estamos invitados a descubrir su permanente presencia en los hermanos y a buscar en la oración estímulo y fuerza para ser no sólo sus testigos, sino también sus manos, sus pies, su corazón y su mente allí donde haya una necesidad; para ser, en suma, la prolongación del misterio de la Encarnación, solidarizándonos con tantas personas que, sabiéndolo o sin saberlo, anhelan encontrarse con el Señor Jesús.

Ir al artículo

24
Nov
2022
Demasiadas intervenciones
6 comentarios

intervenciones

Las intervenciones o auditorias, o como se quiera llamar, manifiestan que algo no acaba de ir del todo bien. No necesariamente por culpa de los responsables de la institución, aunque la ausencia de culpa no quita que los responsables no hayan sabido gestionar o controlar adecuadamente lo que se les ha encomendado. El Papa, en distintas ocasiones, ha nombrado delegados suyos, a veces solos y a veces acompañados de una pequeña comisión, para revisar el funcionamiento de algunas instituciones eclesiales. El último caso ha sido la intervención de Caritas Internacional. Al parecer no se trata de investigar abusos, sino de mejorar la gestión para que sirva al Papa y a los obispos en el ejercicio de su ministerio con los más pobres y necesitados. Sea lo que sea, algo no acaba de ir bien. Cuando se manejan o administran dineros ajenos, aparecen tentaciones, se requieren controles y la transparencia es necesaria.

Otra intervención conocida es el nombramiento de dos Obispos uruguayos para que visiten los seminarios españoles. Tampoco aquí se trata de buscar abusos, sino de ayudar a que los seminarios cumplan mejor su función de formar a los futuros sacerdotes. El problema concreto es que muchos seminarios tienen tan pocos seminaristas que corren el riesgo de ser un grupo de amigos en vez de un espacio de formación. Cuando hay pocos formandos se corre el riesgo de consentirlo todo, puesto que si uno se pone serio, se tiene miedo a que la diócesis se quede sin vocaciones. Un seminario requiere tener un buen equipo de formación (director y, al menos, uno o dos ayudantes, prefecto de estudios, confesores, director espiritual, encargado del curso propedéutico), y no es normal ni formativo que el número de formadores sea superior al número de seminaristas.

Esto del curso propedéutico, por si alguno no lo sabe, es un curso introductorio, en el que no se cursan estudios reglados en una Facultad o Centro teológico. El objetivo de este curso es formarse espiritualmente, conocer bien la diócesis y sus necesidades, y adquirir una serie de conocimientos elementales sobre biblia, liturgia y documentos eclesiales que, normalmente, los que entran en el seminario desconocen. Por ejemplo, lo que dice el Concilio Vaticano II. A veces los nuevos seminaristas entran con ideas preconcebidas sobre el Concilio. Y es bueno que tengan ideas justas.

Algunas asociaciones y congregaciones religiosas también han sido intervenidas, sobre todo algunas de reciente fundación. Ya sé que no es cuestión de nombres y apariencias, pero los nombres (Heraldos, Cruzados) y las vestimentas suelen ser orientativas de una determinada manera de vivir y de pensar. Al respecto es bueno recordar lo que dice el Código de derecho canónico (nº 304,2) sobre los nombres que, sin duda, por analogía, se aplica también a las vestimentas: “Escogerán un título o nombre que responda a la mentalidad del tiempo y del lugar”.

Ir al artículo

22
Nov
2022
El ser humano no tiene precio porque tiene dignidad
6 comentarios

dignidad

Todo ser humano ha sido creado a imagen de Dios. Este es un dato irrenunciable para la antropología teológica. Pero precisamente porque la imagen es constitutiva de la persona, se sea o no consciente de ello, es necesario encontrar una huella, un correlato en la realidad humana de este dato teológico, sin necesidad de referirse al origen y motivo de esta imagen. Si la imagen es creatural, entonces está ahí, más allá de quién sea el causante de tal imagen. ¿Cuál es la traducción antropológica, el correlato humano de la imagen de Dios en todo ser humano? La dignidad. El ser humano no tiene precio porque tiene dignidad.

La dignidad no es algo que se adquiere, es algo que se tiene, cada uno la recibe con el ser y la vida. Eso significa que cada ser humano vale por sí mismo, que no es intercambiable con nada ni con nadie, precisamente porque es único. Cada ser humano tiene un valor absoluto. Cada persona es algo nuevo; con cada nacimiento todo vuelve a empezar. Puesto que cada persona tiene valor por sí misma, nadie tiene derecho sobre otra persona. Más que derecho, lo que tenemos ante los otros es responsabilidad, la responsabilidad de tratarlos como seres con valor intrínseco, y responder de ello en caso de no hacerlo.

Para que la dignidad sea reconocida y respetada es necesario que yo me reconozca en el otro, que lo vea como mi igual, alguien que tiene sentimientos y necesidades similares a las mías, alguien que es como yo, “otro yo”. Todos formamos parte de una humanidad única. Llegar a este reconocimiento no ha sido fácil. Nos ha costado superar eso de que hay razas superiores e inferiores, que hay un sexo fuerte y otro débil, que unos somos mejores que otros.

Sólo si reconozco al otro como otro, más allá de mis intereses, de mi forma de pensar, o de la utilidad que pueda reportarme, sólo entonces me sitúo en el camino adecuado para reconocer que el otro tiene derechos tan inalienables como los míos. Más aún, sólo entonces estoy en condiciones de reconocer que un atentado a sus derechos es una ofensa a mi propia dignidad, y de escandalizarme o sentirme interpelado ante aquellos actos que “claman al cielo”, porque dañan al más digno de los habitantes que habitan bajo el cielo. Sin ese reconocimiento del otro como otro, necesariamente lo considero un objeto. Entonces el otro no vale nada y es perfectamente prescindible. Ese es el problema que se plantea, por ejemplo, a la hora de hablar de la vida del no nacido: ¿lo miro como a una persona o como a un puñado de células?

La teología va más al fondo del reconocimiento del otro como igual a mí. Nos conduce a reconocer el fundamento divino de cada persona. Pero independientemente de tal descubrimiento, y aún cuando no se reconozca, todo ser humano posee unos derechos inalienables. Aquí la gracia y la naturaleza coinciden. Lo que para el cristiano es don incondicional de Dios, se convierte, desde la perspectiva secular, en algo propio. Pero explicitar la perspectiva teológica ofrece una nueva luz y un sentido a lo que ya por sí mismo tiene sentido.

Ir al artículo

18
Nov
2022
Rey del amor clavado en la cruz
4 comentarios

reydelamorclavado

El año litúrgico acaba con la fiesta de Cristo rey. Jesús pasó la vida anunciando el reino de Dios y realizando signos liberadores y sanadores que indicaban lo que podía ser el reino de Dios. No es extraño que, después de haber hablado tanto de este reino, el gobernador de Roma, en un juicio en el que sus enemigos le acusaban de ser competidor del emperador de Roma, le preguntase si era rey. Jesús no negó que pudiera ser rey, pero dejó muy claro que su realeza no tenía nada que ver con el modo como los reyes y gobernadores de este mundo ejercían el poder. El de Jesús era el poder del amor y no el del dominio y la opresión.

Una vez en la cruz, los enemigos de Jesús, esos que piensan que con el poder se logra todo, se ceban con él, y le desafían a que baje de la cruz, ya que un rey, y más un rey con poderes divinos, lo menos que puede hacer es salvarse a sí mismo. Si no demuestra su poder no es digno de crédito. Y el poder se demuestra, según los criterios humanos, en los gestos espectaculares o en la capacidad de destruir y someter. Jesús, a lo largo de su vida ha roto con este modo de entender el poder y ha presentado un poder distinto que, lejos de destruir, construye; en vez de someter, levanta; en lugar de esclavizar, libera. En la cruz sigue manifestando este poder que, paradójicamente, resulta ser el único que puede salvar a las personas. Pues con el poder que oprime y somete quizás se puedan lograr algunas cosas, pero nunca se puede lograr lo único que importa.

Con Jesús había dos malhechores que sufrían su mismo castigo. Uno de ellos también increpa a Jesús, pidiendo la misma demostración de poder que reclamaban sus enemigos: “sálvate a ti mismo y a nosotros”. Sin duda la petición de este crucificado tiene un tono distinto al de los enemigos de Jesús, pues no es ni un desafío ni una burla, es una petición desesperada de auxilio. Y aunque sigue comprendiendo la salvación en términos de poder, su actitud, sin duda, era digna de comprensión. El otro ladrón comprende mejor la naturaleza del poder de Jesús: “acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Acuérdate de mi, o sea, tómame a tu cargo, no me abandones, sé como el amigo que sostiene y apoya. En esta súplica y, sobre todo, en la respuesta de Jesús: “hoy estarás conmigo en el paraíso”, queda claro, para el evangelista Lucas, que Jesús es el verdadero salvador.

El modo de morir de Jesús muestra cuál es su realeza. En el fondo, la única realeza que, lo sepa o no lo sepa, necesita el ser humano. Una realeza, fundamentada en el amor, que ofrece perdón y misericordia. Este rey crucificado no ofrece la conquista de ningún imperio ni la de ningún tesoro, sino la salvación de la propia vida, más allá de cualquier deseo o expectativa.

Ir al artículo

Posteriores Anteriores


Suscripción

Suscribirse por RSS

últimos artículos

Archivo

Logo dominicos dominicos