Logo dominicosdominicos

Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

26
Ene
2023
Tomás de Aquino, pasión por Dios
4 comentarios

librosantotomás

El 28 de enero celebramos la fiesta de Santo Tomás de Aquino, buscador de la verdad, hombre de estudio, pero sobre todo hombre de profunda fe. Pues por encima de su saber, de su claridad expositiva y de su capacidad de síntesis, Tomás de Aquino es un gran creyente, un hombre de profunda fe. Si olvidamos esta dimensión no comprenderemos adecuadamente ni a su persona ni a su obra. Lo que da sentido a la vida de Tomás e impulsa toda su obra es su inmensa pasión por Dios. La pregunta que el adolescente se hacía en Montecasino: ¿quién es Dios?, se convierte en el eje de su itinerario intelectual. Pregunta que le acucia nuevamente cuando a los 15 años estudia en Nápoles y se sorprende al encontrar a unos religiosos nuevos, discípulos de Domingo de Guzmán, que tienen como lema: hablar con Dios o de Dios.

Hablar con Dios supone un contexto de plegaria, de contemplación y de búsqueda de la verdad. Tomás de Aquino lo traducirá lapidariamente por contemplari. Hablar con Dios para poder hablar de Dios. Así Tomás completará su contemplari con aliis tradere contemplata. El Papa Francisco ha repetido este axioma en su exhortación Evangelii Gaudium, en el número 150, al decir que la predicación consiste en esa actividad tan intensa y fecunda que es “comunicar a otros lo que uno ha contemplado”. En Santo Tomás, la vida espiritual se convierte en misión, en servicio a los seres humanos.

Hablar con Dios es la dimensión primera y fundamental que hay que destacar en Tomás de Aquino. Pero sin olvidar el hablar de Dios, la dimensión misionera de su vida, dimensión que cobra una urgencia y un talante especial al entrar en abierto contacto con los hombres de su tiempo y las necesidades de la Iglesia. Tomás no vive apartado del mundo. Su contemplación y su estudio están llenos de preocupación, de inquietud ante las necesidades del mundo, inquietud que le transmiten sus propios hermanos de hábito que misionan en Túnez, Tierra santa, en Grecia o en Armenia, y que están en contacto con nuevos problemas, nuevas ideologías y nuevas aportaciones. La fe de Tomás es reflexiva y abierta al mismo tiempo.

Contemplar y comunicar a otros lo que uno ha contemplado: he aquí no sólo un buen programa de vida para todo cristiano, sino casi casi una obligación que nace de la madurez y seriedad de su fe. Porque todo cristiano es un testigo. Pero el testigo da testimonio de lo que ha visto. Sin oración, sin teología, no hay buena catequesis ni buena predicación. Pero una oración y teología sin transmisión, sin testimonio, es una pobre oración y una triste teología. El contemplar y el transmitir a otros lo contemplado son dos actitudes que se alimentan la una a la otra.

Ir al artículo

22
Ene
2023
La inviolabilidad de la persona
3 comentarios

inviolabilidad

El texto bíblico sobre la creación del ser humano a imagen de Dios (Gn 1,26-27) insiste en que todos los seres humanos, sin excepción, son imagen de Dios. Eso significa que todos y cada uno de los seres humanos son iguales. Bajo el señorío de Dios se instaura la fraternidad humana.

Del hecho de que todos los seres humanos, en su igualdad fundamental, poseen esta relación peculiar con Dios, se deduce que todo hombre posee un valor absoluto e incondicional, un valor que va más allá de su aparente caducidad, un valor que va más allá de lo que tiene o de su mayor o menor utilidad. Cada hombre es el alter ego de Dios y, por tanto, un atentado contra el hombre es un atentado contra la dignidad de Dios: “la inviolabilidad de la persona” es “reflejo de la absoluta inviolabilidad del mismo Dios” (Juan Pablo II). Esta inviolabilidad, consecuencia de la imagen de Dios, la expresa el texto bíblico al prohibir verter sangre humana “porque a imagen de Dios hizo Él al hombre” (Gn 5,6).

La vida humana tiene un carácter sagrado e inviolable, en la que se refleja la inviolabilidad misma del Creador. Y eso hasta el punto de que ni siquiera el homicida pierde su dignidad personal y Dios mismo se hace su garante, cosa que aparece manifiesta en el libro del Génesis cuando Caín no sabe ser el guardián de su hermano y, sin embargo, Dios se convierte en el guardián de Caín, protegiéndolo y defendiéndolo contra aquellos que quieren matarlo para vengar así la muerte de Abel (Gn 4,15).

La inviolabilidad de la imagen de Dios no sólo tiene un sentido negativo claro y absoluto: “no matarás”. Tiene también un sentido positivo no menos absoluto. Pues hay muchas maneras de matar a alguien. Se puede matar a uno porque se le clava un cuchillo. Pero también porque no se le atiende debidamente en su enfermedad, porque se le mete en una mala vivienda, porque se le quita el trabajo o se le obliga a realizar trabajos penosos, porque lo llevan a la guerra, porque le impiden cruzar una frontera, o porque la abandonan en una patera en el mar Mediterráneo. Desgraciadamente muy pocas de esas cosas están prohibidas en nuestros Estados.

La inviolabilidad de la persona tiene su culmen en el mandamiento positivo que obliga a hacerse cargo del prójimo, como de sí mismo (Lev 19,18). “Jesús explicita con su palabra y sus obras las exigencias positivas del mandamiento sobre el carácter inviolable de la vida… Van desde cuidar la vida del hermano, a hacerse cargo del forastero, hasta amar al enemigo” (Juan Pablo II). La vida hay que defenderla en su totalidad y en todas sus dimensiones. Más aún, hay que favorecer su positivo crecimiento y desarrollo. De ahí que, en su defensa de la vida del no nacido, la Iglesia se cargará tanto más de razón si esta defensa va precedida y acompañada -con la misma fuerza, al menos- de la defensa de las vidas de los nacidos, vidas muy reales que, por motivos sociales, políticos o económicos, muchas veces se convierten en un estorbo, en vidas indeseables y desechables.

Ir al artículo

18
Ene
2023
Cristianos unidos en hacer el bien
5 comentarios

unidacristianos

Un año más, las Iglesias cristianas invitan a sus fieles a orar por la unidad de los cristianos. Desde el 18 al 25 de enero se celebra la semana de oración por la unidad de los cristianos, este año con el lema: “haz el bien; busca la justicia”, que es una cita de Is 1,17. Es un buen lema, pues uno de los aspectos en los que podemos sentirnos más unidos es precisamente en la búsqueda del bien y en el trabajo a favor del bien. Aquí me parece que podemos decir que hay unidad completa y acuerdo total. Porque si alguien no se siente en unidad y acuerdo con esta búsqueda y promoción del bien solo puede ser porque no es cristiano, aunque se proclame como tal. Una cosa es ser y otra decir que se es.

En estos tiempos de guerra, las distintas Iglesias podrían concretizar este trabajo por el bien en sus tomas de postura públicas contra del mal y la injusticia que es la guerra; y a favor de la ayuda efectiva a todas las víctimas a las que nos sea posible atender. Desgraciadamente, en un asunto como este, donde parece muy claro cuál debe ser la postura del cristiano, hemos asistido a desacuerdos entre los creyentes en Cristo. A mi modo de ver, estos desacuerdos no tienen su causa en la fe que profesamos, sino en la política en la que militamos. La política es una de las cosas que nos hace perder la cabeza y, en muchas ocasiones, condiciona nuestra vivencia y nuestra interpretación de la fe. Pero un cristiano siempre debería ser muy crítico con toda política, empezando por la que él prefiere. Sólo así podrá vivir en la verdad evangélica, la única que hace libres.

“En el atardecer de la vida, seremos juzgados en el amor”, decía San Juan de la Cruz. Y la primera carta de Juan (3,18-19) deja muy claro que el amor no es una cuestión de buenos sentimientos, sino de buenas acciones: “no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad. En esto conoceremos que somos de la verdad”. Ese el criterio de la autenticidad de la fe. Por eso, el lema de la semana de oración por la unidad de los cristianos, más allá de coloquios teológicos (que son importantes y han dado resultados significativos) y del diálogo ecuménico, que hay que proseguir sin cansarse, nos invita a pasar del diálogo a la creatividad común.

Pasar del hablar al crear juntos. Este camino es también válido para los encuentros interreligiosos y para todo tipo de encuentros: ¿qué pueden crear juntos nuestros dos grupos, sean grupos religiosos, o grupos políticos, o grupos económicos, o grupos artísticos? Esta es la cuestión esencial para compartir la vida con aquellos que nos resultan diferentes: interactuar y preguntarnos que podemos crear juntos. La ley del universo, la ley del Creador, no es la de los dualismos tolerantes, sino la de las mutuas interpenetraciones.

Ir al artículo

13
Ene
2023
Fundamento teológico de la dignidad humana
6 comentarios

campanadeatención

El fundamento teológico de la dignidad humana y, por tanto, de los derechos y deberes humanos, se encuentra en la confesión de Dios, creador del ser humano a su imagen y semejanza. Esta confesión contiene una doble afirmación: 1) todos los seres humanos tienen el mismo origen; forman una sola familia; todos son hermanos porque tienen el mismo Padre. 2) todos los seres humanos han sido creados a imagen de Dios; Dios se refleja en cada uno de ellos; más aún, Dios comparte algo de sí mismo con la criatura, de modo que un atentado contra el ser humano es un atentado contra Dios.

¿Cuál es la verdad fundamental de la afirmación del hombre como imagen de Dios? A mi entender la respuesta no ofrece ninguna duda: Dios es la medida de lo humano. Por eso el hombre no se comprende plenamente sino en referencia a Dios. Más que del barro, el hombre procede de Dios (Gn 2,7), para volver a Dios y no al barro. Más que resultado de una evolución natural, el hombre es producto de una voluntad libre que lo ha querido como tal. La relación con Dios no se superpone a una naturaleza humana ya consistente, sino que desde su origen entra en su misma estructura. No puede darse, pues, ninguna respuesta cabal sobre el hombre que no tenga en cuenta su relación a Dios. En consecuencia, la idea que nos hagamos de Dios condicionará nuestra concepción del hombre.

La excelsa dignidad del ser humano proviene de su relación con Dios: “al hombre se le ha dado una altísima dignidad, que tiene sus raíces en el vínculo íntimo que lo une a su Creador: en el hombre se refleja la realidad misma de Dios”. Al hacerlo a su imagen, “Dios comparte algo de sí mismo con la criatura” (Juan Pablo II, Evangelium Vitae, 34). El libro del Eclesiástico reconoce que Dios, al crear a los hombres, “de una fuerza como la suya los revistió, a su imagen los hizo” (Eclo 17,3). Esta “fuerza” se manifiesta sobre todo en las facultades espirituales más características del hombre, como la razón, el discernimiento del bien y del mal, la voluntad libre: “les formó un corazón para pensar. De saber e inteligencia los llenó, les enseñó el bien y el mal” (Eclo 17,6-7).

Ahí están las claves para entender la imagen de Dios en el humano. Creándonos a su imagen Dios nos regala lo más propio suyo: razón y libertad. Razón y libertad para poder amar con buenas razones y sin ninguna coacción. El hombre está dotado de inteligencia, tiene capacidad para razonar, es un ser lógico, como Dios es “Logos”. Y el hombre es libre, dueño de sus actos y dueño de sí, como Dios también es dueño de sí mismo: El ser humano es imagen de Dios ya que, como Dios, “es principio de sus propias acciones por tener libre albedrío y dominio de sus actos” (Tomás de Aquino).

Por otra parte, la imagen de Dios en el ser humano “explica la perenne insatisfacción que acompaña al hombre durante su existencia. Creado por Dios, llevando en sí mismo una huella indeleble de Dios, el hombre tiende naturalmente a Él” (EV, 35). De modo que la imagen es germen de una existencia que supera los límites del tiempo: “Porque Dios creó al hombre para la incorruptibilidad, lo hizo imagen de su misma naturaleza” (Sab 2,23) (EV,34).

Ir al artículo

9
Ene
2023
Guerra: unos se enriquecen y a otros los matan
4 comentarios

luzypiedras

Lo más triste de la guerra en Ucrania son los muertos, los heridos, las personas que se han quedado sin casa y sin bienes. También es triste, pero en cierto modo es también una suerte, que bastantes personas hayan tenido que salir del país. Triste por haber abandonado su tierra y una suerte si han sido acogidos en otras tierras.

 Además de cosas tristes las hay muy asquerosas. No encuentro un calificativo mejor. Asquerosas por diferentes motivos, eso sí. Me parece muy sucio, muy poco ético, muy poco elegante, que algunas empresas norteamericanas hayan subido en bolsa, por haberse enriquecido con la fabricación y venta de armas. La guerra, además de ser injusta y de matar a gente, es fuente de riqueza. Una riqueza que uno no sabe cómo calificar. Es claro que si una de estas empresas que fabrican y venden armas deja de hacerlo, otras lo harán. Y es claro que un país agredido tiene derecho a defenderse, aunque también tiene que buscar modos de perdonar y de reconciliarse.

Dejo esto y vuelvo a las empresas. No sé si un modo de lavar ese dinero, adquirido con el sufrimiento y la muerte injusta de otros, podría ser ayudar a las víctimas o reservar estas ganancias para cuando llegue la hora de reconstruir el país destrozado. En todo caso sería un gesto que muchos valorarían positivamente y que haría de ese dinero sucio, como sucias son todas las armas, un dinero un poquito menos sucio. Un gesto que es de suponer que no llegará, porque el dinero es muy tentador. En realidad, como dice la Escritura, es una idolatría, o sea, lo opuesto a Dios. Por eso Jesús dice que no es posible servir a Dios y al dinero.

Otra canallada es la muerte, por supuesto suicidio o por supuesto accidente, de una serie de empresarios rusos, casi todos vinculados a la industria del petróleo, después de haber criticado la entrada de las tropas rusas en Ucrania. Con toda intención escribo lo de supuesto suicidio o supuesto accidente, porque es muy dudoso que no hayan sido reales asesinatos. Así paga el presidente de la federación rusa los desacuerdos con su política, que para él deben ser alta traición, cuando en realidad son manifestación de rectas conciencias o, al menos, de sensatez.

Así está el mundo, así es la política, así es la guerra. Ya sé que mis lectores poco o nada pueden hacer. Bueno, algo sí pueden hacer, manifestar su asco como yo manifiesto el mío y rezar para que Dios tenga misericordia de todos y llegue pronto la paz. Y, por supuesto, colaborar, en la medida de sus posibilidades con instituciones que acogen a refugiados o que ayudan a las víctimas de la guerra.

Ir al artículo

5
Ene
2023
Epifanía y bautismo: todo es manifestación
5 comentarios

bautismo2023

En algunos países la fiesta de la Epifanía se ha trasladado al domingo que ocurre entre los días 2 y 8 de enero. En España se celebra el seis de enero, sospecho que más por razones sociales que religiosas. Eso ahora no me interesa. Quiero subrayar que hay una estrecha relación entre tres acontecimientos de la vida de Jesús que se celebran litúrgicamente en tres días distintos: epifanía, bautismo y bodas de Caná. Son tres manifestaciones que apuntan al mismo asunto de fondo: el Evangelio debe ser anunciado a todos los pueblos como salvación para cada uno de los seres humanos.

La relación entre epifanía, bautismo y bodas de cana, queda claramente expresada en dos antífonas del oficio de epifanía: “hoy la Iglesia se ha unido a su celestial Esposo, porque, en el Jordán, Cristo la purifica de sus pecados; los magos acuden con regalos a las bodas del Rey, y los invitados se alegran por el agua convertida en vino” (antífona al Benedictus). “Veneremos este día santo honrado con tres prodigios: hoy la estrella condujo a los magos al pesebre; hoy el agua se convirtió en vino en las bodas de Caná; hoy Cristo fue bautizado por Juan en el Jordán, para salvarnos” (antífona al Magnificat). Es importante este “hoy”: en la liturgia de la Iglesia oriental la Epifanía es el día del bautismo de Jesús.

Sobre la Epifanía ofrezco en esta misma página de dominicos una propuesta de homilía. Aquí voy a fijarme en el evangelio de Mateo que este año se lee en la fiesta del bautismo de Jesús. El bautismo de Juan incluye el reconocimiento personal de los pecados, y el propósito de poner fin a esta vida de pecado para recibir una vida nueva. Esto se simboliza en las diversas fases del bautismo: la inmersión en el agua simboliza la muerte, que destruye y aniquila; pero también del agua surge la vida. Se trata de una purificación del pecado y de un nuevo comienzo. ¿Podía hacer esto Jesús? ¿Cómo podía reconocer sus pecados? ¿Cómo podía desprenderse de su vida anterior para entrar en una nueva vida? Se comprende así la pregunta del Bautista a Jesús: “soy yo el que necesita que tú me bautices, ¿y tú acudes a mi?”.

La respuesta de Jesús habla de que conviene que se cumpla toda “justicia”. Justicia es la aceptación plena de la voluntad de Dios. En el caso de Jesús, este sí a la voluntad de Dios comporta una solidaridad con los hombres que se han hecho culpables. Jesús inicia su vida pública tomando el puesto de los pecadores, entra en el Jordán cargado con la culpa de toda la humanidad. Con un objetivo: llevar a todos a la salvación. De esta forma el bautismo de Jesús anticipa el misterio de la cruz y de la resurrección, misterio que el evangelio de Lucas califica como bautismo: “con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!” (Lc 12,50).

Si el bautismo cristiano es ser “bautizado en la muerte de Jesús” para participar de su resurrección (Rm 6,3-4), entonces la identificación de Jesús con nosotros hace posible nuestra identificación con él.

Ir al artículo

2
Ene
2023
Comenzó el año, la guerra sigue
3 comentarios

comenzo2023

El uno de enero se celebró la Jornada Mundial de la Paz. El mensaje del Papa Francisco para esta jornada comparó dos situaciones que han afectado y siguen afectando a la humanidad en su conjunto: la pandemia del covid-19 y la guerra de Ucrania.

Según el Papa, el mensaje positivo que nos ha dejado la epidemia es la conciencia de que todos nos necesitamos; de que nuestro mayor tesoro, aunque también el más frágil, es la fraternidad humana. La epidemia ha dejado claro que nadie puede salvarse solo, pues tanto la salud como la enfermedad de los otros depende, en gran parte, de la salud y la enfermedad de uno. El mal se contagia, aunque uno no quiera; y el bien de uno influye en el bien de otro, aunque no seamos conscientes de ello. Por eso es urgente que busquemos y promovamos los valores universales que trazan el camino de la fraternidad humana.

El Papa constata que, en el momento que parecía que la pandemia había pasado, un nuevo y terrible desastre se abatió sobre la humanidad. Y ese desastre sigue estando ahí. Mi impresión es que va a durar. Se trata de la guerra en Ucrania, con su triste secuela de víctimas inocentes y la inseguridad que propaga, no sólo entre los directamente afectados, sino de forma generalizada en el resto del mundo. Basta pensar en la escasez de trigo y en los precios de los combustibles. También aquí es verdad que el mal se contagia, aunque uno no quiera.

Hay una diferencia entre estos dos desastres: mientras se han encontrado vacunas contra la pandemia, aún no se han hallado soluciones para poner fina a la guerra. Dice el Papa: “el virus de la guerra es más difícil de vencer que los que afectan al organismo, porque no procede del exterior, sino del interior del corazón humano corrompido por el pecado”. Cierto, ya Jesús constataba que “de dentro del corazón del hombre salen las intenciones malas” (Mc 7,21), y esas intenciones son las que contaminan al hombre.

¿Qué podemos hacer? Quizás poco de cara a los demás. Pero de cara a uno mismo, podemos cambiar el corazón, transformar nuestros criterios mundanos en criterios evangélicos. Ahí es dónde podemos hacer mucho. Este cambio del corazón sostiene la esperanza de que nuestro bien influya en el bien del otro. Y aunque nos sintamos impotentes ante las decisiones de los políticos, siempre podemos ir creando opinión e influir a nuestro alrededor. Y, si somos creyentes, no olvidemos que conviene rezar por nuestros gobernantes, no precisamente para dar gracias por lo buenos que son, sino “para que podamos llevar una vida tranquila y pacífica” (1 Tim 2,2). En este sentido la oración por los gobernantes al primero que hace bien es al que reza.

Ir al artículo

31
Dic
2022
Benedicto XVI, un fiel servidor
5 comentarios

BenedictoXVI

Con 95 años de edad, acaba de fallecer Joseph Aloisius Ratzinger. El joven teólogo Ratzinger terminó siendo el Papa Benedicto XVI. Entre uno y otro servicio, ocupó el delicado puesto de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Más allá de cualquier otra consideración, hay que decir que ha sido una vida fructífera, de un hombre bueno y honrado, que ha servido con fidelidad al Pueblo de Dios.

Recuerdo que, teniendo 24 años, leí uno de sus primeros libros, traducido a muchos idiomas, titulado: “Introducción al cristianismo”. Todavía conservo aquella antigua edición. Como el libro me pareció sugerente, lo recomendé a una serie de muchachas del colegio francés en el que tenía un servicio pastoral. Una de las que me parecieron buenas aportaciones de este libro, referente a la escatología, fue luego corregida por su propio autor, aunque yo sigo prefiriendo la primera versión. Ocurre con todos los buenos pensadores: son capaces de rectificar.

Le he leído muchas otras cosas. Me pareció muy significativo y acertado que su primera gran aportación magisterial, en forma de encíclica, se titulara: “Deus caritas est”. Ratzinger siempre iba a lo esencial. Su obra culminó con el libro: “Jesús de Nazaret”, en el que tuvo la honradez de reconocer que no tenía valor de magisterio, puesto que lo escribía como teólogo y, por tanto, cualquiera era libre de contradecirle.

Estos días se escribirán muchas reseñas sobre Benedicto XVI. Yo mismo, a petición de la dirección, he escrito una para la página de dominicos.org. Pero me ha parecido oportuno dejar constancia en el blog de mi admiración por el teólogo Joseph Ratzinger y de mi respeto por el Papa Benedicto XVI. Su dimisión fue un acto de lucidez, y el respeto por la labor de su sucesor ha sido un acto de caballerosidad, que merece todos los aplausos. Con Benedicto XVI comenzó la transparencia y una serie de reformas que ahora continúan y no tienen marcha atrás.

Acabo este pequeño homenaje con unas palabras suyas, que son una buena manifestación de su profunda espiritualidad: “Por mucha confianza que tenga en que el buen Dios no puede rechazarme, cuánto más cerca estoy de su rostro, tanto más fuertemente me percato de cuántas cosas he hecho mal. En este sentido también el lastre de la culpa le oprime a uno, aunque la confianza fundamental está, por supuesto, siempre ahí”.

Ir al artículo

28
Dic
2022
¿Sirve de algo hacer balance del año?
4 comentarios

balance

Cuando acaba el año hay quién hace balance. Las entidades financieras y las empresas hacen balances económicos para determinar sus pérdidas y ganancias. El resultado del balance es calificado de bueno, no si hay más ganancias que pérdidas, sino si las ganancias son mayores que las del pasado año. La economía siempre es autorreferencial, sólo piensa en su propio crecimiento, sin importarle el bienestar de las personas. Sin embargo, el buen balance podría tener otros criterios: ¿a cuántas personas ha ayudado la entidad financiera? La pregunta es puramente retórica, pues cualquiera sabe que las entidades financieras no son casas de caridad.

Se podría hacer un balance del año político, con resultado negativo. También los políticos son autorreferenciales. Siempre ocupados en conservar el poder, haciendo del poder un fin en sí mismo. Otro tipo de balances, por ejemplo, el eclesial, suscita división de opiniones, en función de la perspectiva con la que uno lo juzga y del lugar en que se sitúa. Los balances nunca suelen ser del todo objetivos, siempre están muy condicionados por el color del cristal con que miramos los acontecimientos. Los dos acontecimientos eclesiales del año han sido el Sínodo sobre la sinodalidad y la implicación de la Santa Sede en la búsqueda de paz en Ucrania.

Aunque esté condicionado por el color de mi cristal, el único balance que me parece útil es el de la propia vida. Ahí podemos ser más objetivos, porque a solas nadie se engaña. Si hay que presentar el balance de la vida a otras personas, entonces este balance tiene muchas probabilidades de ser falso, porque a todos nos gusta quedar bien ante los demás. Pero si el balance solo te lo presentas a ti, quizás puedas ser un poco crítico contigo mismo. O un poco humilde. Y eso siempre puede ayudar a mejorar. Si el balance sale negativo no conviene desanimarse. San Pablo decía a los fieles de Corinto: “A mí lo que menos me importa es ser juzgado por vosotros o por un tribunal humano. ¡Ni siquiera me juzgo a mi mismo! Cierto que mi conciencia nada me reprocha, más no por eso quedo justificado. Mi juez es el Señor” (1 Cor 4,3-4).

Pero incluso si la conciencia nos reprocha algo, es bueno recordar que “mi juez es el Señor”. Saber esto es consolador, pues como dice la primera carta de Juan (3,20), “en caso de que nos condene nuestra conciencia, Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo”. Dios es más clarividente y magnánimo que nuestro corazón. El conoce nuestra debilidad. Pero, sobre todo, él es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad. Por eso, los balances que uno hace delante de Dios, pueden ser motivo para arrepentirse, pero nunca para desesperarse. El pasado, pasado está. Importa el presente. Y el presente siempre comienza de nuevo. Los nuevos comienzos dependen de nosotros.

Ir al artículo

24
Dic
2022
Navidad: agua unida al vino
4 comentarios

navidad22

Hay un gesto en la liturgia eucarística que suele pasar desapercibido: al comienzo del ofertorio, en el cáliz que ya contiene vino, se deja caer una pequeña gota de agua. Al parecer, el origen de este gesto se remonta a la costumbre de los países mediterráneos, que nunca solían beber vino sin mezclarlo con agua. Esta gota de agua nos une al origen de la eucaristía: hacemos lo que hizo Jesucristo.

¿Qué sentido tiene este pequeño gesto? La oración en voz baja, en secreto, que pronuncia el sacerdote al echar el agua al vino, nos ofrece ya una buena orientación: “El agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana”. Ya en el siglo III, San Cipriano de Cartago afirmaba que en esta unión del agua con el vino está representada la unión del pueblo (agua) con Cristo (vino). “Cuando en el cáliz se mezclan el agua y el vino, dice el santo, el pueblo se une con Cristo, y la multitud de los creyentes se une y se junta con aquel en quien cree”.

 A principios del siglo IX se comenzó a ver en esta unión del agua con el vino, una imagen del misterio de la Navidad: Dios y el hombre se hacen una sola cosa. En Cristo, Dios toma la naturaleza humana para que el hombre pueda participar de la naturaleza divina. Se produce así, como dice uno de los prefacios del tiempo de Navidad, “el maravilloso intercambio que nos salva, pues al revestirse Cristo de nuestra frágil condición no solo confiere dignidad eterna a la naturaleza humana, sino que por esta unión admirable nos hace a nosotros eternos”. Al respecto dice acertadamente Joseph Ratzinger: “La pobre gotita de agua que se hunde en el vino, mucho más preciado y fuerte, representa el hacerse hombre de Dios. Al pobre ser que es el hombre se le acoge en el océano de la divinidad. En el corazón de Dios está el hombre”.

Belén, la hora de la Encarnación, el comienzo del misterio de Cristo, es colocado y rememorado al comienzo de cada eucaristía. En esta gota mezclada con el vino queda claro que la Encarnación no se refiere solo al misterio de Cristo, sino a todo ser humano. Con su Encarnación, Dios se ha unido con la humanidad entera, pues esta agua que se une al vino es representativa de todos los humanos. Esto significa también que solo puedo unirme con Cristo si quiero tener comunidad con todos los hombres. No puedo tener a Cristo contra los demás. Solo puedo llegar a un encuentro con Él si no me encierro en mi mismo, si voy hacia los demás no sólo con palabras o sentimientos, sino con mis actos y mi vida.

La gota de agua vertida en el vino eucarístico representa el hacerse uno de Dios y hombre en Cristo, pero también representa que en Cristo estamos unidos a la humanidad entera, porque todos somos hermanas y hermanos.

Ir al artículo

Posteriores Anteriores


Suscripción

Suscribirse por RSS

últimos artículos

Archivo

Logo dominicos dominicos