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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

14
Nov
2022
¿Y si el universo existe desde siempre?
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circuloazulsobretierra

La ciencia nos asegura que este universo tuvo un comienzo. Hace unos 13.800 millones de años se produjo una gran explosión de la que ha resultado todo lo existente. A la pregunta instintiva sobre la causa de esta explosión o sobre lo que hubo antes del hidrógeno, la teoría de la relatividad no responde, porque “todo comenzó entonces”; por tanto “no hubo antes”. Ahora bien, para evitar que esta pregunta por el “antes” termine postulando la existencia de Dios, algunas teorías físicas sugieren que el universo existe desde siempre.

Esta es una vieja cuestión que no tiene que alarmar a la teología. Aristóteles parecía cuestionar la verdad de la creación del mundo por Dios con su concepción del movimiento continuo, y su afirmación de que la materia, aquello de lo que está hecho el mundo, es eterna e imperecedera, y existe desde siempre. Por su parte, la Biblia presenta la creación como el primer dato a tener presente sobre la realidad del mundo. La interpretación espontánea de esta página bíblica asocia la idea de creación con un comienzo cronológico: este mundo tiene un principio temporal, comienza “el primer día”. Pero de lo que tratan estos primeros capítulos del Génesis no es del comienzo temporal del mundo y, aunque así fuera, ese comienzo temporal sería el ropaje cultural que transmite lo que de ellos se deduce, a saber, la dependencia de Dios de todo lo real.

Tomás de Aquino tomó en serio la tesis filosófica de la posible eternidad del mundo. Su solución sigue siendo válida para situarnos hoy, desde la fe, ante las teorías que afirman que el universo existe desde siempre. Tomás de Aquino sostiene que la temporalidad del mundo es un dato de fe, que no puede ser demostrado con rigor. Por tanto, “que el mundo empezara a existir es creíble, pero no demostrable o cognoscible”. Por eso sostendrá que afirmar que el mundo existe desde siempre no es contradictorio con la afirmación de un Dios creador del mundo, pues sería posible concebir que Dios ha creado al mundo desde siempre, y así el mundo sería creado, dependiente de Dios y co-existiendo con Dios desde toda la eternidad.

No hay contradicción intrínseca en decir que un efecto creado puede existir desde la eternidad, porque puede existir simultáneamente con la causa. Por tanto, el universo podría haber existido desde siempre, si Dios así lo hubiese querido. La referencia del mundo y de toda criatura a Dios hay que situarla a niveles ontológicos más que temporales. Se puede depender totalmente de Dios, tener en él la causa del ser, y existir desde siempre. Ser creado es depender totalmente de Dios; lo propio de lo creado es la dependencia, no el tiempo, ni una fecha. Lo que santo Tomas pone de relieve, y lo que debemos mantener como dato de fe, es la dependencia absoluta del mundo con Dios.

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10
Nov
2022
No es lo mismo origen que comienzo del universo
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puestadesolsobremar

Según la ciencia, el ser humano es el resultado de una evolución, que estamos en condiciones de datar. Comenzó hace 13.800 millones de años con la aparición de la energía y de la materia, y culminó con la aparición de la vida hace unos cinco mil millones de años. A partir de esta aparición, pasando por los anímales mamíferos superiores, llegamos hace cuatro millones de años a unos primeros homínidos, y más recientemente a los humanos.

Esta respuesta que ofrece la ciencia, es susceptible de nuevas preguntas: este comienzo de la evolución, ¿a qué fue debido, por qué ocurrió, tuvo alguna causa?  Lo que relata la ciencia es un comienzo, parte de una fecha (más o menos aproximada, pero una fecha). Sin embargo, la gran pregunta no es solamente cuándo comenzó la evolución, sino por qué motivo comenzó y por qué motivo ha evolucionado así.

Estas dos preguntas: ¿cuándo comenzó la evolución?, y ¿por qué motivo comenzó?, nos orientan a una interesante distinción entre origen y comienzo. Los comienzos tienen una fecha, un primer momento. El origen no tiene fecha, es una causa más allá de toda fecha. Preguntar por el origen es preguntar por la razón última. El concepto teológico de creación está estrechamente relacionado con la pregunta por el origen y no tanto con la pregunta por el comienzo. El origen hace posible una realidad, pero no tiene porqué interferir en su desarrollo. Y no interfiere porque se sitúa a otro nivel. Eso es exactamente la creación: el don de un mundo en el que las cosas y nosotros podemos ser.

Por este motivo, el Creador no manipula la realidad. Lo que hace es sostener el ser y posibilitar su desarrollo. El acto creador no deja huellas o vestigios en las cosas, porque es la razón de toda realidad. Es un Misterio que, en cuanto tal, no puede ser descrito. Un Misterio que sólo podemos atisbar por sus efectos. La creación no hace que las cosas sean así o asa; hace que las cosas existan en vez de que no existan de ningún modo. La creación es la razón desconocida y misteriosa por la que hay algo en vez de nada. Por eso el acto creador deja que el mundo funcione según sus propias leyes científicas, que las cosas se comporten conforme a su naturaleza, y no según decretos arbitrarios o caprichosos de Dios.

Al distinguir entre origen y comienzo, comprendemos que la creación hay que vincularla al origen, al hecho mismo de que exista lo real. Dios es el origen de una naturaleza que, una vez aparecida en la existencia, tiene un comienzo y un desarrollo, tiene un tiempo que puede medirse. Dios es el dador de vida, pero de una vida que tiene su propia autonomía. Una autonomía auténtica. Dios no manipula su creación. Dios es la Razón que hace posible la existencia y que la mantiene en el ser.

En suma, podemos entender el mundo como una maravillosa creación de Dios, y también como resultado de millones de años de evolución. Creación es un término teológico para indicar que todo lo que existe tiene, en última instancia, su razón de ser en el designio amoroso de Dios. Evolución se refiere a nuestra forma actual de comprender cómo ha creado Dios la diversidad biológica. Ambas consideraciones son necesarias para hacer justicia a la fe y para hacer justicia a la ciencia.

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6
Nov
2022
Halloween, anuncio de Navidad
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colorluz

Después de la fiesta de las brujas, más conocida como Halloween, empieza la preparación de una fiesta llamada Navidad. ¿Qué fiesta es esa? Una fiesta llena de luz. Por este motivo muy pronto nuestras ciudades se llenarán de luces. Para celebrar una fiesta mágica, manantial de sueños y colores. La Navidad está en los detalles, en el aroma de las calles, en la búsqueda del regalo perfecto, la diversión, los sabores, la ilusión. Los colores de la próxima Navidad incluirán el plateado metálico y el dorado metálico, diferentes tonos de verde, asociados a la hierba y las hojas como elementos naturales.

Eso será todo lo que ustedes quieran menos una cosa: la celebración cristiana del misterio de la Encarnación. El acontecimiento, que los cristianos celebran el 25 de diciembre, ha sido aprovechado por el mundo de la diversión y del dinero para hacer juerga y negocio. Cierto, todavía hay personas que aprovechan los días de final de año para tener encuentros familiares. Eso está muy bien. Y hasta podría tener una relación con el misterio de la Encarnación, en la medida en que el Dios encarnado nos une como hermanos. Todo lo que sean encuentros de amor y de paz están, consciente o inconscientemente, relacionados con la voluntad de Dios.

Hace tiempo hice una propuesta: que los cristianos tiremos a la papelera la palabra Navidad y la reemplacemos por Encarnación. La palabra navidad se la regalamos al mundo, aunque el mundo no sepa lo que significa. Y si alguno sabe que significa nacimiento, la cuestión es saber de qué nacimiento estamos hablando. Las luces y decoraciones pagadas con dinero público no orientan a ningún nacimiento y, mucho menos, al nacimiento de Jesús. Las ciudades se llenarán de luces, pero para ver una imagen del niño Jesús habrá que dejar la calle y entrar en las Iglesias. Encarnación es un término que indica hasta donde llega el amor de Dios y el Dios que es Amor: hasta el extremo de querer identificarse con sus amados hijos e hijas creados a su imagen. Porque el verdadero amor, el amor más grande, es el del que quiere ser como el amado.

A los cristianos no hace falta decirles que Navidad no comienza después de Hallowen. Pero quizás sea bueno recordar que prácticamente hasta la cuarta semana de adviento es mejor no hablar de Navidad. Porque el adviento, en su primera parte, tiene su propio sentido y su propia consistencia. Y este sentido no se refiere a ningún pasado, sino a un futuro, a un acontecimiento que está aún por venir, ese acontecimiento que se expresa con estas palabras del Credo: el Señor, “de nuevo vendrá” (de nuevo, porque ya vino una vez, pero ahora no se trata del pasado, sino de una nueva vez), “para juzgar a vivos y muertos”. Tendremos ocasión de hablar de ese juicio cuando llegue el adviento, o sea, el 27 de noviembre. Mientras tanto, dejemos al mundo que prepare su navidad, esa de la que más vale no saber nada.

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3
Nov
2022
¿La falta algo a la Pasión de Cristo?
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domingosegovia

Decir que hace falta completar lo que falta a la pasión o a las tribulaciones de Cristo puede parecer herético, puesto que nada falta al valor redentor de la Cruz. Y, sin embargo, esto es lo que se dice literalmente en la carta de san Pablo a los Colosenses (1,24): “completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia”. Al respecto notaba Santo Tomás de Aquino: “estas palabras, superficialmente tomadas, pueden entenderse mal, en el sentido de que la pasión de Cristo no fue suficiente para la redención, sino que fue necesario para completarla añadirle las pasiones de los santos. Pero esto es herético, porque la sangre de Cristo es suficiente para la redención no de uno, sino de mil mundos”.

Nosotros no podemos añadir nada al sufrimiento redentor de Cristo. Y, sin embargo, este sufrimiento tiene repercusiones en la carne humana del creyente. Pues el cristiano, en quién Cristo vive por la fe, el bautismo y la eucaristía, debe conformarse, identificarse con la muerte de Cristo: “completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo”. Para que la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo, es necesario llevar “en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús” (2 Cor 4,10). Siempre falta algo en nuestra carne para que se realice esta conformidad perfecta con Jesús.

Comentando este texto de Col 1,24, recuerda Tomás de Aquino que la Iglesia, o sea todos los cristianos, son el Cuerpo de Cristo. Por eso, lo que falta a la pasión de Cristo se refiere a toda la Iglesia, cuya Cabeza es Cristo. “Completo, esto es, añado mi granito de arena. Y esto en mi carne, es a saber, padeciendo yo mismo. O lo que resta de padecer a mi carne. Pues esto faltaba, que así como Cristo había padecido en su cuerpo, así padeciese en Pablo, miembro suyo, y de manera semejante en los demás miembros”.

¿Por qué este sufrimiento, qué utilidad pueden tener para el cristiano los dolores y tristezas? ¿Por qué debemos llevar en nosotros la muerte de Jesús? Porque la Cruz de Cristo debe ser proclamada en el mundo, no solo con palabras, sino también con obras. El cristiano es una predicación viviente del Señor crucificado y resucitado. Si como dice san Pablo, nosotros solo queremos “saber a Jesucristo, y éste crucificado” (1 Cor 2,2), es necesario que vivamos esto en todo nuestro ser. No solamente en nuestro espíritu (a base de meditaciones sobre la pasión de Cristo), sino también en nuestro cuerpo, por los ultrajes, las persecuciones y las aflicciones vividas por el nombre de Cristo. Así Cristo nos asocia a su pasión, y los dolores que encontramos en nuestra vida cristiana nos convierten en testigos vivos y poderosos del Crucificado.

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31
Oct
2022
¡Ay qué larga es esta vida!
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velasdiadifuntos

A la mayoría de nosotros, por mucho que dure la vida, siempre nos parece corta. Cuando lo pasamos mal no deseamos acortar la vida, deseamos acortar el sufrimiento. Incluso los que se suicidan no quieren quitarse la vida, lo que quieren es quitarse de encima lo insoportable de la vida. Y para eso no encuentran mejor método que quitarse la vida. Pero si a quienes van a quitarse la vida, les ofrecieran palabras de esperanza y alivio para sus penas, seguro que no lo harían. Eso vale también para esas leyes que posibilitan la eutanasia. Pues el remedio para las personas que sufren no es facilitarles la eutanasia, sino ofrecerles buenos cuidados paliativos, buen acompañamiento, cercanía y cariño.

Dejo esto porque ahora me interesa responder a la pregunta de quién puede decir, sinceramente, que la vida es larga. Solo puede decirlo aquel que espera una vida mejor y sabe que a esta vida mejor solo se accede saliendo de esta. En esta línea van estos versos de Teresa de Jesús: “¡Ay qué larga es esta vida!, / ¡qué duros estos destierros!, / ¡esta cárcel, estos hierros, / en que el alma está metida! / Sólo esperar la salida / me causa dolor tan fiero, / que muero porque no muero”. Y estos otros: “Aquella vida de arriba, / que es la vida verdadera, / hasta que esta vida muera, / no se goza estando viva”.

La fiesta de todos los santos y la conmemoración de los fieles difuntos son una ocasión para recordar que la verdadera cuestión frente a la muerte, no es la muerte misma, sino el modo de vivir y la esperanza con la que morimos. Según como haya sido nuestro modo de vivir, así será nuestra esperanza. Por eso, lo problemático no es tanto la muerte, sino la manera de afrontarla. Para quienes viven “sin Dios y sin esperanza” (Ef 2,12), pues una cosa conlleva la otra, la muerte es algo no deseado y suele vivirse como un ataque desde el exterior, como algo angustioso y oscuro. En la medida en que nos aceramos a Dios y nos asemejamos a Cristo, tal angustia desaparece. Y así es posible experimentar la muerte como la realización no traumática de nuestra hambre de trascendencia, como paso hacia la plena divinización.

Si creemos de verdad, como dice la liturgia, que “la vida no termina, se transforma, y al deshacerse nuestra morada terrena, se nos prepara en el cielo una mansión eterna”, entonces es posible pensar en “la hermana muerte” (Francisco de Asís), o exclamar: “muero porque no muero” (Teresa de Jesús), o decir, como San Pablo: “para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia. Deseo partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor” (Flp 1,21.23). Al respecto cabe también recordar esta palabra de Jesús: “Si me amaráis, os alegraríais de que me fuera al Padre” (Jn 14,28).

De estas cosas sólo puede hablarse con mucha seriedad y con mucha serenidad. La esperanza cristiana no es un antídoto contra la tristeza, sino contra la desesperación.

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28
Oct
2022
Oración en un mundo sin Dios
4 comentarios

roseton03

Escribo desde Salamanca. Los días 26 y 27 de octubre se han celebrado en la Universidad Pontificia unas Jornadas de Teología, sobre “la oración en mundo sin Dios”. A mi me han hecho el honor de solicitarme la primera de las conferencias. La he titulado: “El hombre como ser orante. Dimensiones antropológicas y teológicas de la oración”. Dado el sentido de las jornadas, he comenzado por preguntarme no tanto si era posible orar en un mundo en el que Dios parece ausente, sino si era posible una oración sin Dios. Esta es la propuesta de algunos filósofos y grupos contemporáneos, que afirman que la espiritualidad no es monopolio de los cristianos ni de las tradiciones religiosas. La espiritualidad, en cierto sentido, es un ejercicio de superación de los propios límites. Cultivar la espiritualidad es ejercitar el espíritu, sin miedo a enfrentarse con la realidad.

Después de valorar este tipo de propuestas he reflexionado sobre el sentido antropológico de la oración, pues la oración a Dios es una realización de la peculiar dimensión comunicativa del ser humano. Sin base antropológica, si la oración no designase un fenómeno predicable de todo hombre, al concepto cristiano de oración le faltaría el contacto con una experiencia accesible y perdería toda obligatoriedad. Cuando he tratado de las dimensiones teológicas de la oración, he comenzado por notar las dos dificultades que tenían, tanto los antiguos como los modernos, para explicar la necesidad de la oración: Dios no necesita informaciones y a Dios no le podemos cambiar. En realidad, he dicho, la oración no cambia a Dios, sino que nos cambia a nosotros.

Mis reflexiones han concluido con esta cita de Benedicto XVI: “Los cristianos hoy estamos llamados a ser testigos de oración, precisamente porque nuestro mundo está cerrado al horizonte divino y a la esperanza que lleva al encuentro con Dios. En la amistad profunda con Jesús y viviendo en él y con él la relación filial con el Padre, a través de nuestra oración fiel y constante, podemos abrir ventanas hacia el cielo de Dios. Es más, al recorrer el camino de la oración, sin respeto humano, podemos ayudar a otros a recorrer ese camino. También para la oración cristiana es verdad que, caminando, se abren caminos”.

Está previsto publicar en un libro las conferencias de estas Jornadas. Esperemos que sea pronto y así puedan llegar a un público amplio.

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24
Oct
2022
¿Fe como creencia o fe como encuentro?
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sagrario

Muchas palabras importantes tienen distintos sentidos según cuál sea el contexto en el que se las utiliza. Hoy, por ejemplo, muchos llaman al sexo amor. Hacer el amor es tener relaciones sexuales. Sin necesidad de llegar a este ejemplo extremo el término amor tiene un sentido distinto si estoy pensando en el amor que le tengo a un recuerdo familiar, al perro de compañía o a mi hijo pequeño. Pues lo mismo ocurre con el término fe. Solo que con la palabra “fe” resulta menos evidente que su sentido puede cambiar radicalmente según el contexto, pues muchos funcionan con un modo único de entender la fe y, en función de este sentido con el que funcionan, califican o descalifican otros usos del término, sin darse cuenta de que su calificación o descalificación lo único que demuestra es su supina ignorancia.

Muchos entienden la fe como un conocimiento de verdades. Tener fe, entonces, es tener por verdadera una doctrina, la de que Dios existe por ejemplo. Y pongo este ejemplo, porque si nos quedamos con este concepto de fe, los demonios también tienen fe. Lo dice la carta de Santiago. Desgraciadamente este concebir la fe como una adhesión a una serie de verdades es el más difundido en el mundo católico. Pero hay otro concepto de fe más bíblico y más profundo: fe es un encuentro, una adhesión incondicional al misterio del Dios de Jesucristo, que compromete y cambia la vida entera. Este es el concepto de fe que permite a San Pablo decir que la fe sola nos salva.

Si desde la idea de fe como un tener por verdadero alguien se permite criticar la afirmación de que la fe sola nos salva, su crítica solo demuestra cortedad de miras y falta de buena teología. Evidentemente, con solo tener por verdadera una doctrina, uno puede estar alejado del Señor Jesús. Para que se entienda: con este concepto de fe uno puede estar en pecado mortal. Pero si la fe es entrega incondicional, encuentro personal con Dios, entonces el que está en pecado mortal pierde la fe.

Con el segundo concepto de fe yo puedo decir tranquilamente que sólo quién tiene fe puede acercarse a recibir al Señor en la eucaristía. Si alguien, entendiendo por fe un tener por verdadera una doctrina, me critica diciendo que con sólo la fe se puede estar en pecado mortal (y sigo empleando este ejemplo para que se entienda lo que quiero decir), es porque tienen un concepto de fe insuficiente. Mientras no nos aclaremos con lo que queremos decir con una determinada palabra no hay modo de entenderse. Y lo único que hacemos es crear conflictos innecesarios. En el terreno religioso, como en todos los asuntos serios, la formación es necesaria para dialogar y para valorar adecuadamente lo que el otro dice.

Y para referirme al título del artículo: la fe como creencia no comporta la fe como encuentro; la fe como encuentro comporta la fe como creencia. No son dos concepciones opuestas, pero es necesario distinguirlas.

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20
Oct
2022
Domund: para que sean mis testigos
2 comentarios

domund2022

El domingo, 23 de octubre, la Iglesia Católica celebra la Jornada Mundial de las misiones, conocida también como Domund. El Papa ha propuesto como lema para ese día esta cita del libro de los Hechos (1,8): “Para que sean mis testigos”, palabras que pertenecen al último dialogo que Jesús resucitado tuvo con sus discípulos antes de ascender al cielo. Los evangelios ratifican que las últimas palabras del Resucitado a los suyos se refieren al mandato misional: “Id y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y ensenándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt 28,19-20). “Id por todo el mundo y proclamad la buena nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará” (Mc 16,15). “Ellos salieron a predicar por todas partes” (Mc 16,20).

“Todas las gentes”, “todo el mundo”: el encargo de Jesús no tiene límites, alcanza a todas las personas de todos los lugares, culturas y tiempos de la tierra. Este encargo no ha sido encomendado a uno solo, sino a todos los discípulos y discípulas, o sea, a todos los cristianos. La misión no es un asunto individual. Se realiza en comunión con la Iglesia. Al respecto aclara el Papa que, si hay alguno que en una situación muy particular lleva adelante la misión evangelizadora solo, él la realiza y deberá realizarla siempre en comunión con la Iglesia que lo ha enviado.

Todo cristiano es un misionero, un testigo de Jesucristo, un anunciador del Evangelio. Se comprende así lo que dice el Concilio Vaticano II: “la actividad misionera fluye de la naturaleza misma de la Iglesia”. O lo que dice Juan Pablo II: “La Iglesia es misionera por su propia naturaleza, ya que el mandato de Cristo no es algo contingente y externo, sino que alcanza al corazón mismo de la Iglesia”. Por su parte, Francisco, tras afirmar que “la salida misionera es el paradigma de toda obra de la Iglesia”, invita a poner toda la pastoral “en clave misionera”. En un cristiano, la misión no es algo opcional. Su vida entera, sus palabras y gestos, por sí mismos, son un testimonio que debería, al menos, plantear una pregunta: ¿por qué vive, por qué piensa de esa manera? Si no plantea, explícita o implícitamente esa pregunta, es porque algo falla en su cristianismo.

A propósito del testimonio cristiano, permanece siempre válida la observación de Pablo VI: “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio”. Por eso, para la trasmisión de la fe es fundamental el testimonio de vida evangélica de los cristianos. Por otra parte, sigue siendo necesaria la tarea de anunciar la persona y el mensaje de Cristo. Pues como dice san Pablo: “la fe viene de la audición” (Rm 10,17). En esta línea dice Francisco: “En la evangelización el ejemplo de vida cristiana y el anuncio de Cristo van juntos; uno sirve al otro. Son dos pulmones con los que debe respirar toda comunidad para ser misionera”.

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16
Oct
2022
¿Por qué tratar al otro como quisiera que me tratara?
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puertaestrecha

La palabra de Jesús: “tratad a los demás como queréis que ellos os traten”, encuentra su caso extremo en el amor al enemigo. Cuando Jesús habla de este amor ofrece la gran razón del mismo, aplicable al modo como debemos tratar al otro: hay que amar al enemigo no porque nos guste lo que hace, porque no nos gusta nada, ya que el enemigo es el que desea mi daño, mi destrucción, mi desaparición. La razón del amor al enemigo es el Padre celestial, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos. Para ser hijos de este Padre, hay que comportarse como él. Pues el hijo se parece al padre, no en su estatura o en su rostro, sino en su carácter, en su talante, en su modo de ser.

Los campesinos que escuchaban a Jesús le entendían perfectamente: Dios ama a los soldados romanos, esos soldados que os obligan a pagar unos impuestos abusivos, esos soldados que os maltratan. Si queréis ser hijas e hijos del Padre celestial, tenéis que amarles. ¿Cómo es posible amar a alguien con el que estoy en el más completo desacuerdo y que desearía, con toda razón, que desapareciera de mi vista? Pues no devolviendo mal por mal, no haciéndole lo que él te hace, más bien deseándole que deje de hacerlo, y rezando para que deje de hacerlo. Amar al enemigo es orar por el enemigo, y pedir al Señor que el enemigo deje de hacer daño. Si pedimos eso, estamos deseando el bien de nuestro enemigo. Y desear el bien, es amar.

Cuando de los asuntos sociales, pasamos a los personales o a los que afectan a grupos más reducidos, el principio de Jesús resulta más difícil. Entonces ocurre eso que dice Jesús después de enunciar su gran propuesta de tratar al otro como desearía que me tratara a mí: “entrad por la puerta estrecha”. Sí, no es fácil ni cómodo. Pero es posible, porque por la puerta estrecha se puede pasar cuando uno se achica un poco. En las relaciones familiares, en nuestros grupos humanos, incluidos los religiosos, aparecen, en ocasiones, envidias, rivalidades, malentendidos. Y también nos encontramos con el hermano, padre o responsable que nos hace daño o no nos trata bien. Para cumplir el consejo de Jesús de tratar al padre, al hijo, a la madre, a la esposa, al esposo, al compañero de trabajo, al jefe o al mandamás, no como nos trata, sino como quisiéramos que nos tratara, hay que pasar por la puerta estrecha.

Eso sí, los que pasan por la puerta estrecha son como los buenos deportistas, que deben esforzarse cada día para llegar a la meta. Mientras duran los entrenamientos, mientras se someten a regímenes alimenticios o se privan de noches de fiesta, lo pasan mal, tienen que hacerse violencia. Pero esta violencia propia les permite llegar a la meta y lograr el triunfo. Y con el triunfo todos los esfuerzos quedan compensados y aparece la alegría. El cristiano es como un deportista. La diferencia entre el deportista evangélico y el mundano es que, mientras en las competiciones mundanas solo gana uno, o solo hay medallas para tres, en la competición evangélica hay medalla de oro para todos, porque todos ganan, ya que con Cristo todos llegamos los primeros a la meta.

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13
Oct
2022
¿Cómo queréis que os traten?
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pazmapamundi

La pregunta que encabeza el artículo tiene fácil respuesta: queremos que nos traten bien. Lo malo es que no siempre ocurre así. Cuando a uno no le tratan bien, lo normal es responder con irritación, con malos modos, con desprecio. El evangelio dice otra cosa: “todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros a ellos” (Mt 7,12). La proposición negativa está sin duda incluida en la positiva: lo que no queráis que os hagan, no lo hagáis vosotros. Está muy claro: no se trata de tratar a los demás como ellos nos tratan (sobre todo si nos tratan mal), sino de tratarles como nos hubiera gustado que nos tratasen. Por tanto, el comportamiento del otro hacia mí, según los criterios del evangelio, no es determinante de mi comportamiento hacia él. Haga lo que haga el otro, siempre debo portarme bien con él, porque eso es lo que yo quiero que hagan conmigo.

Cuando aplicamos el evangelio a la realidad surgen las dificultades: ¿cómo decir a los ucranianos que deben comportarse con los rusos, no como los rusos se comportan con ellos, sino como les gustaría que se portasen los rusos, a saber, que les tratasen bien? ¿Habrá que decir a los ucranianos, según los criterios evangélicos, que dejen de disparar contra los rusos, aunque los rusos sigan disparando contra ellos? Claro, al mismo tiempo o quizás antes habría que decir a los rusos que no es cristiano dañar al hermano y que, suponiendo (que ya es suponer) que tengan alguna cosa que reclamar al hermano, las reclamaciones, insisto, según los criterios evangélicos, se hacen desde una mesa de amigos que están dispuestos a ceder y a complacer al otro. No entro ahora en el tema de la legítima defensa, aunque sí digo que, en caso de posibles negociaciones de paz, es importante que el agredido sea generoso.

El Papa Francisco, con otro lenguaje, más elegancia, más autoridad y más influencia, ha dicho parecidas palabras o incluso más incisivas. Por eso le han acusado de meterse en política. Unos y otros, allí y aquí. Porque también aquí tratan al Papa no según los intereses del evangelio, sino según los intereses de la política de turno. Acusar al Papa de meterse en política solo puede hacerse desde posiciones políticas, por tanto, desde posiciones en las que prevalecen los propios intereses. Eso, dejando aparte que todos hacemos política. Todos tenemos una idea de cómo debe organizarse la sociedad. La cuestión no es si hacemos política. La cuestión es qué tipo de política hacemos. El Papa quiere hacer política evangélica (valga la expresión), o sea, pretende que la sociedad se organice según unos determinados criterios, que son los de Jesús.

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