14
Feb2016Francisco y Kiril: misma fe, distinta teología
4 comentarios
Feb
Que el Papa Francisco y el Patriarca Kiril de todas las Rusias hayan podido encontrarse en La Habana es, por sí mismo, un gesto ecuménico de gran valor. Este gesto ha sido reforzado por la valiente declaración conjunta, en la que hacen un llamamiento a la paz entre los pueblos y a la paz entre las religiones; han condenado todo terrorismo y, sobre todo, cualquier uso del nombre de Dios, que es un nombre de paz, para justificar la violencia.
Pero lo firmado por Kiril y Francisco es también una declaración que abre pasos y caminos hacia la plena unidad de católicos y ortodoxos, para que se cumpla así el deseo de Cristo y los cristianos podamos ser un mejor testimonio “para que el mundo crea”. Hay dos asuntos que me parece que impulsan en esta dirección. El primero y más importante es el reconocimiento de que las dos Iglesias, la católica y la ortodoxa, tienen la misma fe. Francisco y Kiril confiesan que la causa de la separación es la debilidad y la pecaminosidad humanas. Pero dicen con toda claridad que lo que en realidad separa a una y otra Iglesia no es la fe, sino “la comprensión y la explicación de la fe”, o sea, la teología. Este reconocimiento es un dato fundamental, que debe abrir puertas hacia la unidad e impulsar el diálogo y los encuentros entre las dos Iglesias.
El segundo asunto de alcance ecuménico de la declaración es consecuencia del mutuo reconocimiento de la misma fe. Los ortodoxos y los católicos no somos competidores, sino hermanos. Por tanto, al cumplir el mandato del Señor de anunciar el Evangelio a todas la gentes, los predicadores de la Iglesia católica no deben hacerlo a los fieles ortodoxos, ni los predicadores ortodoxos deben dirigirse a los católicos. Unos y otros deben dirigirse a los no cristianos. La cita bíblica que acompaña esta advertencia es pertinente: el Apóstol Pablo es un buen ejemplo de que estamos llamados “a anunciar el evangelio allí donde el nombre de Cristo no es aún conocido, para no construir sobre cimientos ya puestos por otros” (Rm 15,20). En este contexto, el Obispo de Roma y el Patriarca de Moscú reconocen que algunas “uniones” de Iglesias ortodoxas con la Sede de Roma, ocurridas en el pasado, no han sido una buena manera de restaurar la unidad cristiana.
Lo ocurrido en La Habana es un primer paso. Si buscamos de verdad la unidad habrá que dar otros. Pero para dar otros, era necesario dar el primero. La unidad se construye caminando juntos. Y hay muchas cosas que podemos hacer juntos. Respetar los unos la misión de los otros, colaborar en acciones caritativas y en la defensa de la paz, buscar modos conjuntos de anunciar el Evangelio pueden ser pasos realistas, que nos conduzcan, para decirlo con las mismas palabras de Francisco y Kiril, “a la obtención de la unidad mandada por Dios”.
En este año jubilar de la misericordia la cuaresma comienza con un gesto significativo: el envío, por el Papa Francisco, más de mil “Misioneros de la Misericordia” a todo el mundo. Es un gesto, evidentemente, porque cualquier presbítero debe, durante este año y siempre, ser un padre con entrañas maternales (como el de la parábola del “hijo pródigo), padre acogedor, que transmite paz y misericordia. A veces, los signos son necesarios para recordar lo que todos deberíamos saber, pero que, desgraciadamente, muchas veces olvidamos.
Si Dios crea por amor (como decíamos en un post reciente), hace sólo lo que le agrada, no aquello que no tiene más remedio que hacer. Ninguna circunstancia, ninguna realidad previa es condicionante de su actuación. Obra con soberana libertad. El ser humano es una maravilla a los ojos de Dios, porque al crearlo, Dios ha hecho lo que le gustaba. Una verdadera obra de arte, en definitiva. Esa es la palabra griega que utiliza Ef 2,10 para decir lo que es el ser humano: un “poiema” de Dios, una obra de arte divina. Estamos relacionados con Dios como una pintura con el pintor, una pieza de cerámica con el ceramista, un libro con su autor. Esto indica una relación muy estrecha y muy positiva.
El año dedicado a la vida consagrada ha sido una ocasión para que, en la Iglesia, cobremos conciencia de la importancia de este estilo de vida, con diversas variantes y modos de realizarse: monjas y monjes contemplativos, eremitas, congregaciones que socorren a personas necesitadas, Órdenes religiosas con diversidad de carismas, institutos seculares, sociedades de vida apostólica, etc. La sola enumeración de estos distintos modos de vivir la entrega consciente, pública y de por vida al Señor Jesús, manifiesta la riqueza de la vida consagrada, las múltiples virtualidades del Evangelio y las muchas urgencias que implica la construcción del Reino de Dios. Y también manifiesta que ha habido, hay y habrá mujeres y varones que se han dejado seducir por el Evangelio hasta el punto de querer dedicarle su vida entera.
La teología ha repetido hasta la saciedad que Dios crea de la nada, “ex nihilo”. Con esta expresión, que tiene un cierto fundamento bíblico (2 Mac 7,28), se pretende decir que Dios crea sin requisito previo alguno, que no existe ninguna necesidad que motive su actuación, ni condición alguna que le determine. Tampoco se da materia primigenia alguna que trace límites a su actuación. Por otra parte, decir que Dios crea de la nada descarta cualquier preexistencia de la materia y cualquier consideración de la materia como divina. Dicho lo cual, me pregunto si no es ya hora de completar esta afirmación con una más fundamental y primera: Dios crea “ex amore”, por amor y desde el amor, tal como indica el Concilio Vaticano II, en un texto poco citado (Gaudium et Spes, 2).
El mundo puede considerarse como naturaleza: se trata del conjunto de todas las cosas materiales existentes, objeto de estudio de las ciencias y de reflexión de la filosofía. También el ser humano puede entenderse como naturaleza: un mamífero bimano, con capacidad de reproducción, dotado de inteligencia y de lenguaje articulado, con un cuerpo compuesto de billones de células, que se mueve por medio de los músculos, dotado de órganos sensoriales que le ponen en comunicación con el mundo exterior.
Seguro que el título a muchos les sonará extraño. Sobre todo si piensan que el pueblo de Israel creía de forma firme, y ya desde sus comienzos, en un solo y único Dios. No debemos olvidar que esta fe israelita (y en general, el conjunto de la revelación judeo-cristiana) es histórica. Una de las primeras consecuencias de la historicidad es la gradualidad. La revelación es procesual. No es extraño, por tanto, que en el Antiguo Testamento aparezcan restos de politeísmo. Más interesante aún: restos de un diosa, esposa de Yahvé.