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Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
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13
Nov
2016
Transmitir el consuelo de Dios
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“Dios Padre, que nos ha amado tanto, y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza, os consuele internamente”. Así se expresa el apóstol Pablo dirigiéndose a los tesalonicenses. El Padre del cielo nos ama como no se puede amar más, y es eso es para nosotros un motivo de gran consuelo y de gran esperanza. Efectivamente, unidos a Dios no hay penas ni aflicciones, él nos devuelve la alegría cada vez que la perdemos, porque él solo quiere que seamos felices. Este consuelo de Dios es un efecto de su misericordia: Dios tiene un corazón sensible ante nuestras miserias, pobrezas, debilidades y necesidades. Un corazón apasionado que le hace sufrir con nuestros sufrimientos y alegrarse con nuestras alegrías. Por eso su amor es motivo de gran consuelo.

Ahora que vamos a concluir el año jubilar de la misericordia, es bueno recordar que todos estamos llamados a reproducir en nuestras vidas este corazón misericordioso de Dios, que en Jesús encontró su mejor realización humana. Un cristiano está invitado a tener un corazón como el de Jesús. Algunas personas son para nosotros un estímulo para acoger esta invitación. Pensemos, por ejemplo, en el estímulo que supone Domingo de Guzmán (por referirme a alguien que puede unir el jubileo de la misericordia, que acaba, con el jubileo por los 800 años de la Orden de Predicadores que continúa). Ya “desde su infancia, según dicen sus biógrafos, creció en él la compasión, de modo que, concentraba en sí mismo las miserias de los demás, hasta el punto de que no podía contemplar aflicción alguna sin participar de ella”. Al contemplar la miseria ajena, él se unía a la miseria contemplada. Y participaba de ella, o sea, la compartía, y así la aliviaba.

Para Domingo la misericordia no era solo un sentimiento. Se traducía en ayuda concreta, en gestos solidarios. Cuando una gran hambre sobrevino en Palencia, Domingo terminó entregando a los pobres todas sus pertenencias. No entregó lo que le sobraba, sino lo que necesitaba. En este contexto se sitúa el famoso episodio de un Domingo que vende sus libros, las pieles muertas (porque de pieles de cordero estaban hechos los libros), para que los hermanos en carne viva pudieran comer. ¿Saben ustedes lo que valía un buen libro en tiempos de Santo Domingo? Más o menos el precio de una vivienda de la época. Si hubiera que traducir este gesto en términos actuales, habría que hablar de alguien que vende su piso para dar el dinero a los que arriesgan su vida en las barcazas que cruzan el mar Mediterráneo.

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9
Nov
2016
De tal idea de Iglesia, tal vida eclesial
5 comentarios

La idea que nos hacemos de la Iglesia determina nuestra vida eclesial. Si la Iglesia es “el párroco”, seguramente nuestra vida eclesial es muy pobre, aunque los domingos vayamos a la celebración eucarística. Si los laicos piensan que la Iglesia es el párroco, entonces ellos no se sienten responsables de nada. Si el que piensa que la Iglesia es el párroco es el propio párroco, entonces este párroco solo sirve para decir Misa a gente muy sumisa, nada crítica y nada participativa.

Ahora bien, si la Iglesia somos todos los cristianos, entonces cada uno somos responsables de los demás, y también responsables de organizarnos, de participar, de opinar, de ayudar. Claro que hay que organizarse, y en la Iglesia hay distintas funciones, ministerios y tareas. Nada es de uno, todo es de todos. La Eucaristía no es algo propio del sacerdote celebrante. En la Misa participan muchos ministros: monitores, cantores, salmistas, lectores; otros que preparan la asamblea y lo necesario para la celebración. El celebrante tiene que respetar la labor de cada uno de esos servicios y ministerios. El papel del celebrante es estar al servicio de la asamblea. Y si él tiene su lugar fundamental, el de ser “otro Cristo”, este Cristo está en función de su esposa, la Iglesia, representada por la asamblea. En un buen matrimonio deciden los dos.

Ahora que vamos a celebrar el día de la Iglesia diocesana (el 13 de noviembre), es importante recordar que en un buen matrimonio deciden los dos. Porque en esta Iglesia nuestra hay que superar, allí dónde la haya, la mentalidad clerical. Es importante que tengamos buenos pastores, conscientes de que su lugar está en el servicio, sobre todo en el servicio de los más pobres y necesitados de su parroquia. Para poder servir, a unos y otros, es necesario acercarse y hacerse amigo. Solo desde la amistad se sirve bien. Solo desde la amistad se es bien recibido. Lo que importa en un buen pastor no es su relación con los poderosos, sino si es un buen amigo de los pobres.

En esta Iglesia nuestra hay parroquias donde los laicos, y especialmente las mujeres (¿o no son mujeres las que dirigen la catequesis, las que se ocupan del servicio de caridad o las que animan el rezo del Rosario, allí donde lo hay?), tienen un papel importante, acorde con su formación, su capacidad y sus ganas de trabajar. Esta realidad debería extenderse más y más. También es importante una pastoral de encuentro a todos los niveles: encuentro entre los propios pastores y encuentro de los pastores con los fieles laicos. En la Iglesia, la palabra competencia, y no digamos rivalidad, no es que deberían estar prohibidas, es que no deberían estar en ninguna cabeza, porque ninguna cabeza piensa en ello. Debería llegar un momento en el que si alguien oyera la expresión “carrera eclesiástica”, respondiera: “¿y eso qué es?”. Eso sí: el no saber lo que es la carrera eclesiástica debería ser la manifestación de que el carrerismo ha desaparecido.

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5
Nov
2016
Cuando se dice Iglesia, ¿en qué piensas?
8 comentarios

Sería interesante hacer una encuesta entre la gente que no pisa la Iglesia más que en contadas ocasiones para asistir a algún acto que ellos consideran de tipo social, y también entre la gente que se consideran buenos católicos porque cumplen habitualmente con la Misa dominical. La pregunta, para unos y otros, sería: cuándo oyes la palabra Iglesia ¿en qué piensas, qué es lo primero que te viene a la mente? Probablemente, incluso entre los creyentes, las respuestas serían variopintas y alguna bastante sorprendente.

Es posible que entre los no creyentes predomine la equiparación de Iglesia con edificio, aunque sospecho que muchas respuestas irían en la línea de decir, con mejor o peor intención, que la Iglesia es un montaje, un negocio, una organización “anti”, o sea, contraria a la cultura, a la ciencia o a la modernidad. A los creyentes este tipo de respuestas deberían hacernos pensar en la imagen que damos.

Entre los creyentes, alguno responderá identificando la Iglesia con el cura, el Obispo o el Papa. A veces me pregunto qué hay detrás de afirmaciones de este tipo: “la Iglesia dice”, “la Iglesia manda”. ¿Quién dice, quién manda? Evidentemente se está pensando en algún responsable jerárquico. “La Iglesia dice”, o “la Iglesia piensa” es perfectamente sustituible, en muchos que así se expresan, por “el Papa (o el Obispo) dice”, o el “Papa piensa”.

Por suerte, también hay creyentes (quizás la mayoría) que saben que la Iglesia es una comunión, reflejo del misterio trinitario, constituida en cuerpo de Cristo, un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Sin llegar a estas reflexiones de buena teología, muchos creyentes, de forma más sencilla, a la pregunta qué es la Iglesia, responderían diciendo: la Iglesia somos los cristianos, que nos reunimos para celebrar la fe, que buscamos vivirla en el día a día, y queremos testimoniarla del mejor modo posible.

Sí, la Iglesia somos los fieles cristianos. O sea, la Iglesia “soy yo”. Pero no “sólo yo”, sino yo y el vecino cercano y el de más allá, que también son creyentes. Ocurre que, a veces, a estos vecinos creyentes, casi ni los conozco ni los trato. Y ahí es dónde algo empieza a fallar, porque un pueblo, una asamblea, una comunidad, en la que los miembros no se conocen, difícilmente pueden organizarse bien y más difícilmente pueden sentirse unidos a los demás y responsables los unos de los otros (Continuará en el próximo post).

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31
Oct
2016
Promesas que superan todo deseo
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Las promesas de Dios superan todo deseo. Así se expresa una de las oraciones dominicales (la del Domingo XX del tiempo ordinario). Esta esperanza en unas promesas que van más allá de lo que cualquier ser humano pueda imaginar o desear puede ser un buen motivo de reflexión ante las celebraciones de los días 1 y 2 de noviembre: fiesta de todos los santos y conmemoración de los fieles difuntos. En el fondo se trata de celebrar lo mismo desde dos puntos de vista complementarios, pues los santos y los fieles difuntos son aquellos que han alcanzado ya esos bienes inefables que Dios tiene preparados para los que le aman (para decirlo con palabras que también emplea esa oración del domingo XX).

Bienes inefables, promesas que superan todo deseo, en el fondo son dos maneras de designar a Dios mismo. Pues el bien inefable y la promesa por excelencia es ese Dios soberanamente amante y amable, en el que el ser humano se sentirá plenamente realizado, sin que nada le falte, colmado del todo y, sin embargo, saciándose de nuevo cada día, pues con el amor nunca se acaba y resulta siempre nuevo. Parece lógico que, siendo Dios amor infinito e incondicional, quiera darse totalmente. Lo propio del amor es no reservarse nada y darse totalmente al amado. Dios se da por entero. Parece indigno de Dios el dar menos de lo que puede: “de Dios no se puede esperar un bien menor que Él”, decía Tomás de Aquino.

“Dios, nuestro Padre, que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza” (2Tes 2,16) es la promesa que supera todo deseo. Pues por mucha imaginación que le pongamos, Dios siempre está más allá. Su presencia será una sorpresa inaudita, aunque, por otra parte, nos resultará extrañamente familiar, porque el Amor, de una un otra forma, siempre resulta conocido. Dios es el “siempre más”, pero también es el “siempre deseado”. El deseado que va más allá de todos nuestros deseos. Nuestro verdadero deseo está aún velado para nosotros.

Los santos son aquellos que ya se han encontrado con Dios. El único modo de encontrarlo cara a cara es saliendo de este mundo. Y no hay otro modo de salir que mediante la muerte. En este sentido, recordar a los fieles difuntos no es un motivo de nostalgia o de tristeza, sino un motivo de esperanza.

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28
Oct
2016
Del conflicto a la comunión
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El Papa Francisco viajará a Lund, Suecia, el próximo 31 de octubre, para participar en una ceremonia conjunta entre la Iglesia Católica y la Federación Luterana Mundial, para conmemorar el 500 aniversario de la Reforma de Martín Lutero. El 31 de octubre de 1517, en la ciudad de Wittenberg, el monje Martín Lutero hizo pública su oposición a la práctica predominante de la venta de indulgencias. En esta conmemoración no se trata de recordar el pasado, sino más bien de considerar los progresos realizados en los últimos cincuenta años de diálogo católico-luterano. Este diálogo se inició después de las importantes decisiones adoptadas por el Concilio Vaticano II y continuadas por Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI.

Gracias a este diálogo hemos logrado superar muchas diferencias, crear confianza, y lograr acuerdos en puntos esenciales, como por ejemplo la doctrina de la justificación por la fe. Cierto que todavía quedan diferencias importantes que nos separan, como por ejemplo, la doctrina sobre la eucaristía y los ministerios, o la comprensión de la Iglesia. Pero lo que nos une es más importante que lo que nos separa. Y el clima de entendimiento y de encuentro es siempre preferible al clima de enfrentamiento. De ahí el lema de esta conmemoración: del conflicto a la comunión. Una comunión que hace posible la esperanza.

La presencia del Papa en Lund es un gesto de alto nivel ecuménico. Hasta ahora todos los aniversarios de la Reforma han sido motivo de polémica y de enfrentamiento entre las dos confesiones. Esta vez será diferente. Por primera vez en la historia, católicos y luteranos conmemorarán conjuntamente el aniversario de la Reforma a nivel mundial. Algunos católicos dicen que no hay nada que celebrar con los luteranos. Evidentemente, si lo que celebramos es una pelea, no hay nada que celebrar. Pero si la pelea puede superarse y buscamos comprender las circunstancias históricas y doctrinales que la provocaron, para aprender a no repetirla, para que si hoy se dieran dificultades encontrar caminos para resolverlas de otra manera, entonces es bueno recordar el pasado y celebrar los caminos que han conducido a un presente de concordia y colaboración.

Una cosa más. En el Plan Pastoral de la Archidiócesis de Valencia, impulsado y aprobado por el Arzobispo, se puede leer: “En las relaciones con los hermanos de otras confesiones y con los creyentes de otras religiones se evitará todo asomo de falso proselitismo y se promoverá la máxima colaboración en los terrenos de la caridad, del entendimiento fraterno y del común testimonio de Cristo en el caso de los hermanos de diferentes tradiciones cristianas”.

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24
Oct
2016
El santo no cesa de amar
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El término santo, originalmente, indica separación. Propiamente sólo puede decirse de Dios: Él es el único santo, el separado. Así se comprende eso que dice la Biblia: no es posible ver a Dios. Y, sin embargo, en Jesús se nos da a conocer un Dios solidario con el ser humano, próximo, cercano. Más aún, el Dios de Jesús no guarda celosamente para sí los atributos correspondientes a su divinidad. Quiere hacernos partícipes de ellos. Por eso, los seres humanos estamos llamados, dice el Nuevo Testamento, a participar de la naturaleza divina. Dios, el único santo, nos hace santos, es fuente de toda santidad.

No hay que buscar lo propio del santo en sus virtudes heroicas y, mucho menos, en acciones extraordinarias, como los milagros. El milagro puede ser engañoso y ambiguo. Las personas son santas en función de su relación con Cristo, que infunde su Espíritu santo en lo más profundo de la persona y la transforma. De ahí se deriva un estilo de vida, que podemos resumir con el término “agapé”, amor. Unido a Cristo y lleno de su Espíritu, el santo siempre ama. Este amor resplandece, como un contraste de luz sobre fondo oscuro, cuando la vida pasa por situaciones difíciles, cuando por las razones que sean, sufre la incomprensión, la burla y la persecución.

El caso de Jesús, el “Santo de Dios”, es paradigmático. Jesús viene a este mundo para conducir a los hombres a Dios. Pero, en un momento dado, se diría que Dios le abandona, y los hombres a los que viene a salvar le abuchean, se burlan, o pasan indiferentes ante su sufrimiento. Pues, aunque esa risa se mantuviera por toda la eternidad, Jesús les ama. Este es el prodigioso misterio del amor, el prodigioso misterio de la santidad. El santo no es un insensible. También él conoce la tentación de despreciar. Pero detiene este movimiento, porque se apoya en Dios, que es Amor y solo Amor. Jesús comienza por suplicar que el cáliz de la pasión se aleje de él. Pero inmediatamente triunfa el amor: “no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Y entonces intercede por los mismos que le abuchean: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Y termina en los brazos del Padre: “en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Escribe André-Jean Festugière, dominico francés: “el santo sabe que nada ablanda la dura corteza del corazón de los hombres, sino el amor; un amor más fuerte que el ultraje y que los suplicios. En el momento mismo en que sus verdugos lo hacen morir, se convence de que les abre el cielo”. Así es como el santo ama hasta el final. Y junto con este amor, el santo está convencido (vuelvo a citar a Festugière) de que “más allá de este mundo efímero, donde los hombres realizan sus juegos crueles, y que llena con su silencio un Dios cuyos decretos permanecen impenetrables para nosotros, el santo cree que existe otro mundo, esta fe le quema. El mal presente debe conducir a un bien, tanto odio desparecer en el amor, tanto sufrimiento no ser más que una gota en un océano de alegría”.

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20
Oct
2016
Palabra de Dios en palabras humanas
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El más antiguo de los escritos del Nuevo Testamento hace notar que la Palabra de Dios solo nos llega a través de palabras humanas: “no cesamos de dar gracias a Dios porque al recibir la Palabra de Dios que os predicamos, la acogisteis, no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como palabra de Dios, que permanece operante en vosotros, los creyentes” (1 Tes 2,13). El texto reconoce que lo que se comunica, en primer lugar, es una palabra de hombre. Ahora bien, esta palabra los oyentes la reconocen como palabra de Dios. Una palabra reconocida como proveniente de Dios tiene que ser siempre un Evangelio, una buena noticia, una palabra de salvación, una palabra que sólo Dios puede pronunciar. Y Dios sólo pronuncia palabras de vida y de bondad. Si no es acogida como palabra de gracia, entonces no es de Dios.

Si es palabra de vida y salvación, entonces se corresponde con lo que el ser humano está siempre esperando. La palabra que viene de fuera encuentra un eco en el hombre, porque el ser humano, incluso sin saberlo, la estaba esperando. De ahí que la palabra sea “operante en los creyentes”, o sea, produce un efecto renovador, sanante. Es una palabra que, incluso cuando es recibida en situaciones de muerte, ofrece esperanza y consuelo. Por eso, el que acoge esta palabra ya no vive en tinieblas. Ve destellos de luz en el seno de una historia que por momentos parece muy lúgubre. El que no recibe esta palabra vive en tinieblas. Sí, porque no acoger la Bondad y el Amor es instalarse en el puro dramatismo de una historia que no tiene futuro por sí misma.

La palabra humana es acogida como palabra de Dios cuando remite a Cristo, el que habla “la palabra de Dios” (Lc 5,1), porque ha sido enviado por el Padre (Jn 20,21). Jesús es la humanidad fundamental que transmite la palabra de Dios. Lo hace viviendo aquello que parece humanamente imposible, o sea, la bondad y el amor en el seno de una historia de maldad y de egoísmo. Cuando los oyentes le escuchaban se sorprendían de su modo de hablar, porque era una palabra avalada por su vida: decía lo que pensaba y hacía lo que decía. Porque amaba hasta el extremo, a todos sin excepción, podía decir: amad a vuestros enemigos. Porque perdonaba a sus asesinos, podía decir: rezad por los que os persiguen. En la palabra que pronunciaba, Jesús ponía en juego su vida. Así se comprende que los oyentes la reconocieran como palabra de Dios.

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16
Oct
2016
Muchedumbre solitaria
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La masificación y el individualismo son dos peligros que acechan a nuestra sociedad. En la masa el individuo queda reducido a número. Para el individualista solo cuenta su propio “yo”. En ambos casos el resultado es la soledad. Las llamadas redes sociales, en bastantes casos, han logrado crear una falsa sensación de vivir acompañados cuando en realidad estamos solos frente a una pantalla, sin saber muy bien cual es el grado de verdad o falsedad que se refleja en la pantalla. El tener cientos o miles de “amigos” en una página de internet no es garantía de tener un solo, bueno y verdadero amigo.

Uno de los problemas que hoy se plantean en internet, para jóvenes y mayores, solteros y casados, seglares y clérigos, es que allí puede encontrarse todo lo bueno y todo lo malo, las críticas más desafortunadas a la Iglesia y, en concreto, al Papa, y las informaciones sopesadas y equilibradas, que no ocultan los problemas, pero que saben situarlos adecuadamente. La pantalla nos iguala a todos. Nadie es inmune a sus maleficios. Pero también a través de la pantalla se puede hacer mucho bien. Hay páginas estupendas, equilibradas, serias, que ofrecen información y materiales religiosos de alto nivel.

A través del chat o de sistemas de mensajería instantánea nos comunicamos con personas conocidas y también desconocidas. A estas últimas les decimos, a veces, cosas inauditas, ya que pensamos que nunca nos encontraremos con ellas. Pero también con las personas conocidas nos resulta, a veces, más fácil comunicarnos a través de la pantalla que mirándonos cara a cara. Por una parte ya es muy normal y, por otra, resulta extraño, reunirse familiares o personas que viven en comunidad, y prestar a los presentes escasa atención porque se está atendiendo a otra persona a través del WhatsApp del teléfono móvil.

Cuando en la comunicación tiene primacía la pantalla sobre el cara a cara, me parece que nos encontramos con un síntoma claro de una soledad rodeada de una muchedumbre, incapaz de acercar corazones. Las buenas relaciones no son a través de la imagen, sino dando la cara y poniendo el cuerpo. Dar la imagen, o la voz, o el escrito, está muy bien como sustitutivo, o para intercambiar información, pero no para crear amistad. La amistad nace y se incrementa fuera de redes y pantallas.

Las redes y pantallas son muy útiles. Buscar en ellas unión de corazones es buscar lo que no pueden dar. Las redes y pantallas, son medios. Nunca fines. Como medios son estupendas. Si son medios están a nuestro servicio. Cuando somos nosotros las que estamos a su servicio, han dejado de ser medios para convertirse en unos amos de los que nada bueno puede esperarse.

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11
Oct
2016
Pan del cuerpo, pan del alma, pan del espíritu
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Lo que se cuenta en el relato de las tentaciones de Jesús no fue un asunto puntual, sino una constante de la vida de Jesús. La cuestión de fondo es: ¿cómo realizar la misión mesiánica? El tentador propone que el método más eficaz para ser “hijo de Dios” es el prestigio, el poder y la ostentación. Lo primero que le dice el tentador a Jesús es que el pan, el dinero, la abundancia de bienes siempre es muy seductora. Por eso le propone: “convierte estas piedras en pan”, así todos te seguirán y te aclamarán como Hijo de Dios. Jesús responde que, si bien el pan es importante, no es lo más decisivo en la vida. Lo verdaderamente decisivo es el pan de la palabra de Dios. Por esto “no solo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4).

En otro momento, Jesús, después de haber multiplicado los panes para que la multitud pudiera comer (porque también de pan vive el hombre y, a veces, es necesario empezar por ahí), se da cuenta de que la gente se conforma solo con el pan material. Por eso primero se lamenta: “me buscáis porque habéis comido de los panes y os habéis saciado”. Luego señala cuál es el buen pan, el que puede llenar no solo el estómago, sino la vida: “obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre” (Jn 6,26-27). Hay un pan del cuerpo, necesario y básico. Los cristianos debemos luchar para que este pan llegue a todos. Hay un pan del alma, más necesario aún: el buen talante, las buenas relaciones, el buen humor, la capacidad de perdonar, de acoger a los hijos, de estar con los amigos. Hay un pan del espíritu que supone los otros dos, los perfecciona y los ilumina: la Palabra de Dios, que llena la vida de sentido y nos mantiene fuertes en medio de las dificultades.

La pregunta ahora sería: ¿y que dice esta Palabra? Pues dice que Dios quiere que seamos felices. Que quiere para todos y cada uno un presente y un futuro lleno de vida. Es una palabra que no ofrece soluciones concretas, pero que da luz para que cada uno, en su situación, busque la mejor solución. Esta palabra se resume así: “amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. El prójimo y Dios acogidos con amor, esa es la clave del ser humano y del ser cristiano. Cuando esta clave se olvida las consecuencias son nefastas. En el plano humano: guerras, depresiones, enemistades, rivalidades. En el plano cristiano: tristeza de sentirse solo, de no ser perdonado, de no ser amado, tristeza de sentir los límites de la vida. Cuando la Palabra es acogida todo cambia: la vida y la muerte se santifican (o sea, se ponen al nivel de Dios, el único Santo) y adquieren nuevo sentido (o sea, se puede vivir sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte).

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6
Oct
2016
Iluminar para salvar
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Los evangelistas cuentan que Jesús curó a muchos ciegos. El devolver la vista a los ciegos tiene un significado salvífico. Jesús, además de encontrarse con personas que tenían los ojos dañados, se encontró con otro tipo de ciegos: los que no querían y los que no podían ver. Jesús critica a los fariseos porque dicen que ven, cuando en realidad están ciegos (Jn 9,41), ciegos para ver lo único que importa ver: a Jesús como enviado de Dios. En otra ocasión, Jesús, tras contraponer juicio y salvación, habla de la luz que juzga a los que no acogen la salvación (Jn 3,17-21). Hay contraposición entre juicio y salvación, cuando el juicio se convierte en un calificativo que en realidad descalifica para condenar. Por eso, Jesús identifica el “no juzguéis” con el “no condenéis” (Lc 6,37). La misión de Jesús es totalmente salvífica. Él no ha venido a juzgar, sino a salvar al mundo (Jn 3,17).

Jesús salva ofreciendo luz: “mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo” (Jn 9,5). Jesús no es moralista que condena, sino un salvador que ilumina. En su seguimiento, la misión de la Iglesia es predicar la gracia y no amenazar con la condenación. La gracia ilumina y despierta las conciencias; la amenaza espanta, provoca la huida y cierra los oídos. Si en nuestras predicaciones solo insistimos en lo malo que es el mundo o en lo perversa que es esta sociedad, entonces no predisponemos a la gente para escuchar la Palabra de Dios y caminamos hacia el fracaso. Las personas se sienten, de entrada, descalificadas y, a veces, insultadas, porque damos por supuesto que son malas. Jesús, al encontrarse con las multitudes, actuaba movido por la compasión, porque pensaba que estaban ciegas o que no tenían buenos pastores que las guiasen. Estar ciego, no tener pastor, estar enfermo, es una cosa muy distinta de ser malvado, malintencionado o delincuente.

En la Iglesia hay muchas escuelas y tradiciones. Hay una tradición que procede de Domingo de Guzmán que pone el acento en la predicación de la gracia, en la capacidad de discernir y probar lo que es bueno en los anhelos de las personas, en ir al encuentro de lo mejor que hay en ellas. Es una predicación más doctrinal que moral, que pretende iluminar las conciencias, porque solo así puede garantizarse la conversión. La oscuridad no desaparece cuando se la critica, sino cuando se la ilumina.

En esta línea me parece que va el Papa Francisco cuando anima a los pastores a acompañar a las personas en dificultades, ayudándoles a discernir y a formar sus conciencias. No desde el rechazo o la condena, sino comprendiendo las dificultades que algunos pueden tener para comprender los valores inherentes a una norma o para obrar de manera diferente sin que esto cause nuevos perjuicios. Es necesario valorar y reconocer lo bueno que hay en cada persona y, a partir de ahí, ayudarle a dar nuevos pasos hacia el bien.

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