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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

24
Dic
2021
El Verbo se hizo judío
3 comentarios

judio

La clave de toda la fe cristiana es Jesucristo. Este nombre es un compuesto de otros dos: Jesús y Cristo. Jesús de Nazaret, un judío del siglo primero, hijo de José y de María, es confesado como el Cristo, el Mesías, el enviado definitivo de Dios. Por tanto, sólo puede decirse con toda propiedad “Jesucristo” desde la fe. El nombre de Jesús puede decirse desde la no fe, y por esto, el hombre cuyo nombre es Jesús es objeto de la investigación histórica y su vida y obra puede recibir distintas interpretaciones. Cuando decimos “Jesucristo” estamos optando por una de las posibles interpretaciones de Jesús.

El calificativo de Cristo, que atribuimos a Jesús, si lo entendemos como el enviado por Dios, el que proviene de Dios, termina orientando al misterio mismo de Dios. Es enviado por Dios, porque procede de Dios. Según nuestra fe, procede de Dios porque antes de nacer de María era “la Palabra que estaba con Dios, y la Palabra era Dios” (Jn 1,1). La explicación cristiana de este estar en Dios, por una parte, y ser Dios, por otra parte, utiliza la analogía de la palabra concebida en nuestra mente: “nada hay tan semejante al Hijo de Dios como la palabra concebida en nuestra mente” (Tomás de Aquino). Ahora bien, mientras está en la mente, la Palabra sólo la conoce el que la ha concebido. Pero si quiere ser oída y manifestarse al exterior debe hacerlo de forma comprensible, debe ser dicha y oída. En lo que se refiere a la Palabra de Dios eso significa que “la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros” (Jn 1,14).

Ahora bien, si se hizo carne, si se hizo “hombre como nosotros”, entonces no podemos comprenderlo desde la abstracción de lo humano. Porque lo humano no existe, solo existen individuos, solo existen personas concretas, de una altura, una raza, una lengua, unas características propias y únicas de cada uno. Por eso, decir que el Verbo se hizo judío es un modo de decir que se hizo verdaderamente humano con una humanidad concreta. La humanidad “ideal” es abstracta, no es de ningún lugar. O sea, no existe. Existen seres humanos, cada uno de un lugar, de una raza, de un sexo, de un tiempo. Decir que el Verbo se hizo judío es recalcar la verdad de la Encarnación.

“La salvación viene de los judíos” (Jn 4,22). Lo dijo un judío hace dos mil años, el mismo judío al que sus seguidores proclamaron Hijo de Dios y resucitado de entre los muertos. La salvación viene de los judíos, sí, pero no de los judíos en general o en abstracto. Viene de un judío concreto, de un judío eterno: Jesús, el hijo de María.

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19
Dic
2021
Embarazo de alto riesgo
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joseymariaabelen

El colorido y la alegría espontánea de las fiestas navideñas, no deben hacernos olvidar las dificultades históricas de aquel nacimiento. Por otra parte, desde la perspectiva teológica, a veces insistimos en la obra salvadora del Jesús adulto, en su crucifixión y resurrección, y olvidamos la aceptación divina de la vulnerabilidad, que se manifiesta en la encarnación: no retuvo su categoría de Dios, se hizo uno de tantos, compartió la naturaleza humana común a todos, dice san Pablo a los filipenses (2,6-7). Si se hizo uno de tantos, en una situación histórica y geográfica concreta, debió pasar por todas las dificultades y riesgos que pasaban los recién nacidos en aquella sociedad. Una pregunta: ¿cuál era la tasa de mortalidad infantil en la Galilea del siglo primero? No he encontrado los datos, pero seguro que era muy alta. Ese era el primer riesgo que corrían todos los nacidos entonces.

La buena nueva liberadora de la encarnación divina no comienza en el ministerio de Jesús como adulto. “Por el contrario, dice Elizabeth O’Donell Gandolfo, comienza con un embarazo de alto riesgo social; con un parto humilde, desordenado y doloroso, y con el cuerpo natal de un niño chillón, dependiente y vulnerable”. Lo de alto riesgo social, además de las implicaciones que antes he notado sobre la mortalidad infantil y, por supuesto, la falta de comadrona durante el parto, tiene una implicación socio-familiar muy significativa. “No tenían sitio en el alojamiento” dice el evangelista (Lc 2,6).

El término griego traducido por alojamiento, “katályma”, designa una sala de aquellas casas de campesinos de la época, donde albergaban a los huéspedes. Lo lógico es que José, al llegar a Belén, pidiera alojamiento en casa de sus parientes. Pero ellos no le recibieron: “vino a los suyos y los suyos no le recibieron” (Jn 1,11), les enviaron a un pesebre, comedero del ganado, que sin duda se hallaba instalado en la pared de su pobre casa. ¿Cómo es posible que la propia familia de José no quisiera recibirles? Probablemente estaban escandalizados de un embarazo no previsto, tan no previsto que el nacimiento estaba a punto de producirse a los pocos meses -bastantes menos de nueve- de matrimonio. Un auténtico escándalo para gentes religiosas y bien pensantes.

El amor divino, en la Encarnación, comienza por enfrentarse a una inevitable vulnerabilidad. Fijarnos en el vulnerable niño Jesús y recordar la dependencia de todo niño de sus cuidadores, nos recuerda que la vulnerabilidad es una dimensión de toda vida humana. Siempre dependemos de alguien y siempre estamos enfrentados a la amenaza del dolor, del sufrimiento, de la marginación, de la maledicencia y de la muerte. La respuesta a la vulnerabilidad es el cuidado. El cuidado que tuvieron José y María del niño Jesús, y el cuidado que debemos tener los unos de los otros.

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14
Dic
2021
Encarnación, mediación de una carne perecedera
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belen21.1

Los sacramentos son la consecuencia extrema del misterio de la Encarnación. Ellos son la prolongación de la humanidad de Cristo en la vida del creyente. La salvación cristiana pasa por la carne. En primer lugar, por la carne de Cristo, y luego por la prolongación de esta carne en los sacramentos.

El Creador nos ha dotado de todo lo necesario para llegar a lo esencial, a saber: cuerpo, ojos, mano, boca. Si la telefonía móvil hubiera sido más adecuada para llegar a lo esencial nos hubiera dotado del poder de telepatía. Pero no, únicamente nuestros brazos son apropiados para abrazar al hermano, nuestras palmas para acariciar y nuestras bocas sin megáfono ni teléfono para besar. Por eso, los sacramentos operan desde la proximidad corporal, desde el contacto físico. En el bautismo el sacerdote nos sumerge en la piscina bautismal, pone las manos sobre nuestra cabeza para infundirnos el Espíritu Santo, hace entrar a Cristo en nuestra boca para que lo mastiquemos. Es imposible confesarse por messenger o comulgar por webcam.

Los dones supremos del Eterno reclaman la mediación de esta carne perecedera. A partir de ahí se comprende el sentido que tiene el sacerdocio. Un hombre ordinario, un pobre pecador, puede ser intermediario de la misericordia divina con solo darnos la absolución. Fabrice Hadjadj, a propósito del pobre sacerdote que con una simple fórmula nos devuelve la gracia, hace notar que el demonio no lo soporta, porque ahí es donde se siente más humillado. Y añade algo que viene bien recordar en este tiempo de adviento: según Grignion de Monfort el demonio temía más a María que a Dios mismo, porque le resultaba más humillante ser aplastado por una joven que por el Todopoderoso. Se comprende: si quién vence al campeón de la liga española de futbol es el campeón de Europa, la cosa es soportable para el aficionado; lo que resulta del todo inaceptable es que le derrote un equipo de tercera división.

Al demonio, sigue diciendo Fabrice Hadjadj, le encantaría que el cristianismo fuera una ideología, una serie de dogmas ideales, un cuerpo de doctrina sin “cuerpo palpable”. Y que lo que nos uniera y reuniera fueran una serie de ideas. Pero no, el signo de la unidad de los fieles católicos es un hombre de carne y hueso, el Vicario de Cristo, que tiene una cara que a unos no les gusta, una serie de tics que caen mal a otros y lo hacen caricaturizable. Esta carnalidad que nos congrega nos impide vivir en la abstracción y nos obliga a que la relación con el Evangelio se haga a través de un pobre hombre como nosotros, vicario del Verbo que se ha hecho uno de nosotros.

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10
Dic
2021
¿Por qué decimos Padre nuestro que estás en el cielo?
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cielodeDios

Ahora que se acerca la fiesta de Navidad, en la que celebramos el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, puede resultar interesante preguntarnos por qué decimos, en la oración que Jesús nos enseñó, que el Padre “está en el cielo”. Puede ser interesante porque esta expresión nos remite a la doble dimensión de la divinidad que implica el misterio de la Encarnación, a saber, que Dios es a la vez trascendente e inmanente. Dicho de otra manera: Dios es “el totalmente otro”, el que supera todo lo que podemos decir e imaginar, el que está “en otra dimensión”; y a la vez, es cercano, próximo, hasta el punto de que se hace uno de nosotros. Su inmanencia no anula su trascendencia, y su trascendencia no impide su inmanencia. Vamos, pues con el significa que tiene la afirmación del Padre nuestro “que estás en el cielo”. La explicación que ofrezco a continuación no sólo está directamente inspirada en Tomás de Aquino, sino que utiliza en gran parte sus palabras literales.

Por parte, decimos “que estás en el cielo” contra los que, al orar, se representan y elaboran de Dios toda suerte de fantasías materiales. Por eso se dice que está en el cielo, porque como está muy por encima de las cosas sensibles, muestra así la grandeza de Dios que todo lo supera, incluso la inteligencia y los anhelos de los hombres; así, todo lo que se puede pensar o desear queda por debajo de Dios. Por lo cual se dice en Job: “Sí, Dios es grande y no lo comprendemos” (36,26); en los Salmos: “El Señor se eleva sobre todos los pueblos, su gloria sobre el cielo” (112,4); y en Isaías: “¿Con quién asemejaréis a Dios?” (40,16).

Por otra, la familiaridad de Dios se nos muestra si por “cielo” entendemos “los santos”. Como a causa de su sublimidad algunos dijeron que no se ocupa de las cosas humanas, conviene considerar su proximidad, aún más, su intimidad con nosotros; por esto se dice que está en el cielo, es decir, en los santos, que es lo que significa, como aparece en los Salmos: “El cielo proclama la gloria de Dios” (18,2) y en Jeremías: “Tú estás entre nosotros, Señor” (14,9).

Resumo con otras palabras la doble explicación de Tomás de Aquino. El cielo indica la trascendencia de Dios, la imposibilidad de representarlo con nada material ni terreno. Y el cielo significa la santidad, la limpieza de corazón en la que Dios se hace presente. El Dios que es superior a todo, es también más íntimo que nuestra intimidad; y aquellos que viven una vida santa pueden experimentar, aunque sea pobremente, que Dios les acompaña en su vida porque en sus corazones se derrama el Espíritu Santo. Ellos son el cielo en el que Dios habita.

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7
Dic
2021
La Inmaculada, una buena patrona
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virgenvalencia

La Inmaculada es la patrona de España y de numerosos pueblos y países, sobre todo latinoamericanos; es patrona de algunas instituciones y colectivos, por ejemplo, de los farmacéuticos.

La palabra patrón tiene distintos significados: patrón o patrona es el amo, la dueña, el propietario, el que manda, el que tiene criados o trabajadores. O sea, el que está por encima. Cuando se está por encima se corre el peligro de abusar o maltratar a los inferiores. En este sentido, el patrón tiene poco de evangélico: en el mundo las cosas funcionan así, dice Jesús, pero entre vosotros nada de eso; el que quiera ser el primero entre vosotros, que se haga el último de todos y el servidor de todos.

Patrón tiene otros sentidos más positivos: patrón puede ser el protector, el defensor. Por eso, los pueblos o las congregaciones religiosas suelen buscarse buenos defensores, buenos intercesores. La Virgen María es la mejor intercesora. Ella, por su santidad de vida, está cerca de Dios. Y está muy cerca de nosotros. Por eso, en la Salve, la aclamamos “abogada nuestra”, la mejor abogada, la que intercede ahora en el cielo ante su Hijo, como lo hizo durante su vida mortal: “no tienen vino”. Hoy seguimos necesitando el vino de la alegría, porque la vida no es fácil y en demasiadas ocasiones nos abruma. Los que vivimos en este valle de lágrimas (como decimos en la Salve), aclamamos a María (en las letanías a ella dedicadas) como “causa de nuestra alegría”. Ella nos consuela en nuestras penas, nos sostiene cuando estamos decaídos.

Finalmente, patrón es el modelo del que se sirve un artesano para sacar otra cosa igual. Aplicado a María: ella es el mejor patrón, o la mejor patrona de vida cristiana; mirándola a ella tenemos una buena orientación para vivir evangélicamente. El Vaticano II dice que María es el modelo y el ejemplar más acabado de la fe y del amor cristianos. María es el mejor modelo de fe que encontramos en el Nuevo Testamento. Las primeras palabras que los evangelistas ponen en su boca son la constante de toda su vida: “hágase en mí según tu Palabra”, o sea, que se cumpla en mi vida la voluntad de Dios. Son palabras parecidas a otras que Jesús dice refiriéndose directa o indirectamente a María: mi madre y mis hermanos son los que cumplen la voluntad de Dios. Estas palabras sobre el cumplimiento de la voluntad de Dios se aplican en primer lugar a ella, modelo de creyente, virgen fiel, ideal de santidad.

Y María es modelo de amor: después de haber acogido la Palabra que el ángel en la anunciación le dice de parte de Dios, en vez de complacerse en sí misma, se dirige a un pueblo de Judá, donde estaba su parienta Isabel, y allí canta que Dios hace maravillas con los que se ocupan y preocupan de los pobres y de los humildes. Unas maravillas muy distintas de las que el mundo proclama. El mundo busca poder; María proclama que Dios derriba a los poderosos. El mundo busca grandeza; María proclama que Dios enaltece a los humildes. El mundo busca riqueza. María proclama que hay que llenar de bienes a los hambrientos. El mundo favorece la guerra; María proclama la misericordia y el perdón de Dios.

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2
Dic
2021
Concebida sin pecado original
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virgenenredondo

Algunos grandes teólogos, nada sospechosos de no amar a la Virgen María, no estaban convencidos de que hubiera sido concebida sin pecado original. Entre estos grandes el más citado es Tomás de Aquino. Pero San Anselmo, San Bernardo y San Buenaventura pensaban lo mismo.

El amor no se manifiesta a base de adjetivos. Se manifiesta respetando la verdad y ofreciendo motivos por los que uno piensa o actúa de una determinada manera. ¿Cuáles eran las razones que tenía Tomás de Aquino para pensar que María, como todos los humanos, fue concebida en pecado original? No es cuestión ahora de entrar en la problemática del pecado original que desencadenó San Agustín. Vamos a fijarnos solo en su aplicación a la concepción de María. Tampoco es cuestión de entrar en la agitada prehistoria que condujo a la proclamación del dogma.

Las razones que tenían los teólogos medievales eran, fundamentalmente, estas dos: si, según san Agustín, el pecado original se transmite por el placer sexual del momento de la concepción, entonces es evidente que María “fue engendrada con la intervención de los dos sexos, que no puede ser sin pasión” (Tomás de Aquino). El segundo motivo partía de otro prejuicio, a saber, que quién no ha incurrido en pecado no puede ser beneficiario de la salvación de Cristo. Hoy la teología no funciona con esos presupuestos: ni el pecado original se transmite por el acto sexual, ni la necesidad de Cristo está condicionada por el pecado. Con pecado o sin pecado todos necesitamos de Cristo; su acción es eminentemente salvífica y elevante, no sólo sanante.

Los medievales afirmaban la eminente santidad de María. Más aún, “que pese a ser concebida con pecado original, fue purificada de él de un modo especial. Algunos son lavados del pecado original una vez nacidos, como los que son santificados por el bautismo… María fue santificada en el mismo vientre materno, antes de nacer”. Por eso, nació toda santa: “la bienaventurada Virgen María fue santificada con tal abundancia de gracia que ya quedó inmune, desde el seno materno, a todo pecado, no sólo mortal, sino incluso venial” (Tomás de Aquino).

Escoto dio un giro copernicano a la discusión de si el pecado condicionaba la necesidad que María tenía de Cristo. Pues si admitimos que la Madre del Señor fue santificada desde el primer instante, exenta de pecado, no solo no atentamos contra la universalidad y eficacia de la cruz de Cristo, sino que solo entonces reconocemos a Cristo como el sobreabundante y eminentísimo Redentor. Cristo redime a María con la más perfecta de las redenciones: con gracia previniente y elevante, de forma más “eminente”, (Lumen Gentium, 53), más plena. ¿Cómo comprender esa mayor necesidad de Cristo cuanto mayor es la santidad? Porque cuanto más se avanza en el camino de la santidad, cuanto más se conoce al Señor, más se comprende la necesidad que de él tenemos y tanto menos dispuestos estamos a dejarle. Cuanto más conocemos a Dios, más le deseamos.

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28
Nov
2021
Adviento: esperas y esperanzas
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advientoflores

Lo de todos los años. Ya ha llegado la Navidad en los grandes almacenes y en casi todos los comercios. Las lucecitas, los árboles iluminados, los muñecos de papá Noel y toda la parafernalia de una fiesta superficial. En estos últimos días hasta he tenido la impresión de que en algunos comercios la Navidad comienza con el “black friday”. Esta es una batalla perdida. Por eso, lo único que cabe hacer para ganarla es reírse de ella, de la batalla y de los consumidores compulsivos que se dejan arrastrar por la falsa verdad de una pequeña esperanza engañosa.

Frente a la pequeña esperanza, la fe cristiana propone la gran esperanza, la que no falla. En este tiempo de adviento esta esperanza tiene dos direcciones, una que mira al pasado, pero que en realidad no es motivo de nostalgia, sino de agradecimiento admirativo, y otra que mira al futuro, que no es motivo de temor, sino de gran alegría, la alegría de encontrarnos con el mismo Amor que en Jesús se encarnó. Dicho con otras palabras, en adviento celebramos dos importantes artículos del Credo de la fe cristiana. La primera parte del adviento celebra que el Señor resucitado “de nuevo vendrá con gloria para juzgar a los vivos y a los muertos”. En la segunda parte nos preparamos a celebrar este otro artículo de la fe: el Verbo, que está en el seno del Padre, “se encarnó de María, la virgen, y se hizo hombre”.

Los dos artículos tienen como punto de unión el amor de Dios. El amor de Dios que quiso manifestarse en Jesús, y el amor de Dios que vendrá al final de los tiempos y al final de cada vida humana, para recibirnos con misericordia en sus brazos amorosos. La esperanza cristiana se dirige, sobre todo, a este último acontecimiento. Es la gran esperanza. Si no vivimos de esta gran esperanza, la vida carece de sentido y todas nuestras pequeñas esperas terminan defraudando. Desde luego la espera de la lotería es la más tonta de todas las esperas, porque bien sabemos que las posibilidades de que toque algo bueno son mínimas. Pero incluso si, por casualidad sonase la flauta y algo cayera, lo que nos toque no nos salvará la vida. A lo sumo provocará un momento de euforia y luego nuestra vida seguirá tan vacía o más que antes del toque.

La verdadera, la gran esperanza del ser humano que resiste a pesar de todas las desilusiones solo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y nos sigue amando hasta el extremo (Jn 13,19).

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23
Nov
2021
Flores de las espinas
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flores01

¿Hay alguien en la Iglesia que no tenga alguna queja? Si respondemos sinceramente, lo bueno que vivimos es superior a lo que nos molesta. Eso no quita que a muchos les gustaría que algunas cosas cambiasen en la Iglesia. Hay personas, sobre todo mujeres, e incluso mujeres consagradas, que desearían sentirse más integradas en las instancias eclesiales o parroquiales; hay matrimonios en situación irregular, que no acaban de encontrar su sitio en la comunidad cristiana; hay personas que practican la fe, calificadas de disfuncionales, palabra que indica conflictividad; hay clérigos y religiosos que se sienten marginados; hay cristianos que quisieran ver mayor compromiso contra la guerra o la pobreza.

¿Cómo lograr que esas y otras personas se sientan más representadas, más escuchadas, más comprendidas, más integradas en la comunidad cristiana? Digo bien: “se sientan”. Porque el problema está ahí: no en lo que piensan los cristianos integrados, normales, sin problemas, sino en lo que sienten algunos. La convocatoria del Sínodo de la Iglesia universal por el Papa Francisco es una buena oportunidad para que todos podamos expresarnos con libertad y con verdad. Aunque nadie se lo pida, todas y todos tienen la oportunidad de entregar, bien en las parroquias, bien en el Obispado, sus propias respuestas a las preguntas formuladas en el documento preparatorio del Sínodo; o sus propias propuestas; o sus quejas.

Si quejas y desánimos se integran dentro de un diálogo que, por una parte, los amortigüe y, por otra, las transforme en motivo de autocrítica o, al menos, de reflexión por parte de los responsables eclesiales, lo que parecen cardos o espinas podrían convertirse en flores. El florecer sería facilitado si lográsemos crear un clima de comprensión, confianza, cercanía, acompañado de una apertura mental, que nos permitiera comprender lo bueno que puede haber en las perspectivas y posiciones distintas a las propias.

A mí me llamó la atención que, en su libro sobre Jesús de Nazaret, Joseph Ratzinger-Benedicto XVI citase a la bestia negra de la teología católica de hace unos años, a saber, Rudolf Bultmann. Cuando está en desacuerdo con la teología de Bultmann lo hace de forma respetuosa y razonada; y si lo cita, estando en desacuerdo, es porque considera que la posición de Bultmann es tan seria que merece ser considerada y escuchada. Lo sorprendente es que, en otras ocasiones, muestra su acuerdo con lo que dice Bultmann. Este es un buen ejemplo de cómo movernos en la Iglesia. Con apertura de mente, respetando al otro, escuchándolo, razonando antes de condenar, y acogiendo lo bueno que puede tener. Así lograremos que la Iglesia sea un hermoso jardín. Hagamos magia, hagamos que broten flores entre las espinas, mejor aún, convirtamos las espinas en flores.

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18
Nov
2021
Humor y cristianismo
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humor01

El cristianismo es compatible con todo lo humano, con todo lo que dignifica a la persona. Hay un proverbio latino que Pablo VI utilizó en alguna ocasión: “soy hombre, nada humano me es ajeno”. El humor es un rasgo propiamente humano que facilita la comunicación y la buena relación entre las personas y expresa una característica propia de todo ser humano, a saber, que estamos hechos para la alegría y la felicidad. San Pablo recomendaba a los cristianos que, sobre todo con los no cristianos, nuestra “conversación fuera siempre agradable”. Y añadía: “con su pizca de sal”. O sea, con un poco de humor y hasta de ironía.

Posiblemente Jesús de Nazaret debía reírse de las ocurrencias que tenían los comensales con los que compartía la mesa. Él también debía contar allí cosas graciosas. A Jesús le encantaba compartir la mesa. Y eso solo se hace con los amigos y la gente de confianza. Y entre amigos siempre reina el buen humor. Eso sí, si buscamos en los evangelios alguna palabra chistosa es posible que no la encontremos. Pero si nos fijamos bien, veremos que Jesús empleaba la ironía y tenía giros y expresiones que, sin duda, sorprendían y posiblemente despertaban más de una sonrisa. Por ejemplo: es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el reino de los cielos. Y cuando llamaba a Herodes zorro seguramente más de un oyente, que se debía sentir molesto y oprimido por Herodes, debía reírse interiormente y a lo mejor hasta aplaudir exteriormente.

Recuerdo algunos ejemplos de la vida y escritos de Santo Tomás de Aquino, del que seguramente muchos se hacen una imagen de gran seriedad. Un día los compañeros de Santo Tomás, para reírse de él, le dijeron: Fray Tomás, acérquese a la ventana, porque hay un burro volando. Cuando el santo se acercó hubo una risotada general. Lo que no se esperaban era la reacción de Tomás, que está llena de humor: entre que un burro vuele y un religioso mienta, me parece más imposible lo segundo que lo primero.

Otro rasgo de humor: cuando santo Tomás comenta el artículo sobre la vida eterna, dice que allí quedarán saciados todos nuestros deseos y pone el siguiente ejemplo: todos deseamos honores y así los sacerdotes desean ser obispos y los hombres corrientes desean ser reyes. Pues ambas cosas se conseguirán allí. Si eso no es humor (sobre todo eso de que los sacerdotes en el cielo serán obispos), debe ser algo muy parecido.

Santo Tomás dice que la tristeza es lo que más daña al cuerpo. Por tanto, habrá que concluir que la alegría es lo que más le favorece. En otro lugar dice: del mismo modo que el cuerpo necesita descanso, también el alma la necesita. Y añade: el alma encuentra el descanso en la diversión. Dice también: el juego es necesario para llevar una vida humana.

Y una cosita a propósito de los límites morales. El humor nunca puede ser ofensivo ni utilizarse para descalificar a nadie. El humor no es burla, tampoco es ridiculizar a los débiles. Cuando esto ocurre se convierte en algo zafio y barato. El humor es inteligente. No hay nada más serio que el buen humor.

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13
Nov
2021
¿Contemplar? ¡Para lo que hay que ver!
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contemplar

Todos vemos y nos enteramos de muchas cosas. Algunas nos gustan y otras nos disgustan. Unas nos afectan más de cerca y otras ocurren lejos de nosotros. De las que ocurren “lejos” (tanto en sentido geográfico como personal) nos solemos enterar por los medios de comunicación. La pluralidad de esos medios ayuda a hacernos una idea más exacta de la realidad. Pero como una de las finalidades de esos medios es vender y hacer negocio, suelen informar de aquello que resulta más llamativo. Y lo más llamativo casi siempre está relacionado con el mal.

El exceso de información no ayuda a sensibilizarnos ante la desgracia ajena y la injusticia. Estamos tan acostumbrados a este tipo de noticias que casi no nos afectan. Y hay muchos motivos para que nos afecten, porque todo lo que tiene que ver con el prójimo necesitado debería despertar nuestros deseos de ayudar. Una prueba de que lo que vemos a lo lejos nos afecta, es nuestra actitud con lo que ocurre cerca de nosotros. Llegamos donde podemos, pero donde podamos llegar hay que actuar.

En este sentido tener los ojos bien abiertos ante la realidad es una actitud contemplativa en el sentido más religioso de la palabra. Si por contemplación se entiende la oración y la escucha de la Palabra de Dios, la contemplación es fundamental en la vida de todo cristiano. Pero la oración y la escucha de la Palabra se realizan en un determinado contexto vital, histórico, social y cultural. Este contexto condiciona nuestro modo de entender y de escuchar. Más aún, si la oración y la Palabra de Dios no tienen repercusiones en nuestro modo de situarnos en la realidad, son una oración y una escucha vanas.

La oración influye en nuestras actitudes vitales y nuestras actitudes influyen en nuestro modo de orar. Oración y vida se condicionan mutuamente. La Palabra de Dios está destinada a dar fruto. Para dar fruto es necesario conocer la tierra en la que cae la semilla de la Palabra. Y el crecimiento de la semilla está condicionado por la tierra en la que se siembra. La Palabra de Dios remueve la tierra que es la vida de cada persona; y la tierra, la vida de cada persona, modela el fruto que da la semilla de la Palabra. No sólo oración y vida, sino también Palabra de Dios y vida se condicionan mutuamente.

Se atribuye a Karl Rahner (aunque hay quién dice que es de André Malraux) la frase de que el cristiano del siglo XXI o será místico o no será. En todo caso, un buen cristiano es un místico con los ojos bien abiertos. O sea, una persona que busca siempre el rostro de Dios, pero consciente de que este rostro también se encuentra en la imagen de Dios, que es todo ser humano. En este sentido una verdadera vida contemplativa está siempre muy atenta a la Palabra de Dios y a los signos de los tiempos, a aquellos acontecimientos históricos en los que está en juego el bien de las personas.

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