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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

16
Ago
2022
Humanitos
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gorilayhumano

Un buen amigo me ha enviado un poema del escritor uruguayo Eduardo Galeano, titulado: “humanitos”, que describe con maestría la paradoja del humano: capaz de lo peor (cazadores del prójimo, creadores de la bomba atómica, la bomba de hidrógeno y la bomba de neutrones; los únicos que matan por placer, los únicos que torturan, los únicos que violan), y de lo mejor (los únicos que ríen, los únicos que sueñan despiertos, los que convierten la basura en hermosura, los que descubren colores que el arcoíris no conoce). Ni lo primero ni lo segundo ha perdido un ápice de actualidad. Pues al lado de bombas (rusas o no es lo de menos) que golpean hospitales, mujeres y niñas maltratadas en Afganistán, o gobierno de Nicaragua que persigue a la Iglesia, también hay personas capaces de entregar su vida por los demás (como Teresa de Calcuta, Maximiliano Kolbe o el religioso marista Santiago Gapp).

Esta paradoja de ser capaces de lo mejor y lo peor es el precio que debemos pagar por la inteligencia los que no somos dioses. Solo Dios es capaz de lo mejor (e incapaz de todo mal), porque la inteligencia no demuestra su grandeza en la posibilidad de hacer el mal, sino en la capacidad de hacer el bien. Pero el hombre no es Dios, es “casi como un dios”, tal como dice el libro de los Salmos. El “casi” es la condición de ser, porque si Dios crea, no puede crear otro Dios, puesto que entonces no habría creación, sino (puestos a decir una imprecisión, con la que espero que se me entienda) una prolongación de Dios. Si Dios crea debe crear un “no dios”, o sea, un ser finito. Un ser que no es Dios, pero es “casi” como un Dios.

Incluso a nivel de lo creado, el “casi” hace que las distintas sean infinitas. Ya se sabe: el humano y el chimpancé comparten el 99 por ciento del ADN. Este uno por ciento hace que la diferencia sea cualitativamente distinta. Como dice Eduardo Galeano en su poema: “nuestros genes son casi igualitos a los genes de los ratones”. Bueno, pues el “casi” que nos acerca a Dios, hace que los humanos no seamos cualitativamente y sustancialmente buenos y sólo buenos, sino que tengamos capacidad para el mal.

Con todo, hay una diferencia entre el “casi” del chimpancé y de los ratones con respecto al humano, y el “casi” del humano con respecto a Dios. Porque, mientras el uno por ciento del chimpancé nunca logrará cubrir la distancia respecto al humano, de modo que el chimpancé, sin dejar de ser chimpancé, sea humano; el “casi” del humano con respecto a Dios hace posible “ser como Dios” sin dejar de ser humano. Si uno deja de ser chimpancé o humano ha perdido su identidad. Pero cuando el humano “participa” de Dios, puede ser divino sin dejar de ser humano. Es un humano divinizado. Y en esta divinización no pierde su identidad, sino que alcanza la plenitud de lo humano.

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12
Ago
2022
Sin pecado asunta al cielo
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sinpecadoasunta

En 1950, casi cien años después de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción, el Papa Pío XII proclamó “como dogma divinamente revelado” la asunción de María en cuerpo y alma a la gloria del cielo. Estos dos dogmas están relacionados, hasta el punto de que algún teólogo (por ejemplo, el Cardenal Charles Journet) piensa que el fundamento del dogma de la Asunción es el dogma de la Inmaculada. Pío XII, en el preámbulo de la constitución Munificentissimus Deus, afirma: “ambos privilegios están íntimamente unidos entre sí”.

¿Dónde está la relación? El dogma de la Inmaculada, tal como está formulado en la bula Ineffabilis Deus, declara que la Santísima Virgen María, desde el primer instante de su concepción, “fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original”. Ahora bien, según la doctrina clásica, una de las consecuencias del pecado original es la muerte. Por tanto, parece lógico que si María no tuvo pecado, tampoco sufriera su consecuencia, que es la muerte. Ahí está la relación de los dogmas.

La teología del pecado original que subyace a estos dogmas ha evolucionado. Hoy, la teología entiende que la muerte que es consecuencia del pecado no es la biológica, sino la espiritual, la separación de Dios. La muerte biológica es natural a todos los seres vivos, es el precio o la consecuencia de la vida de todos los “no dioses”, plantas, animales o humanos. La relación del pecado con la muerte biológica podría entenderse a la luz de este texto de la carta a los Hebreos (2,15): Cristo vino a librarnos, no de la muerte (natural e inevitable), sino del miedo a la muerte. Dicho de otra manera: la muerte no se afronta de la misma manera cuando uno vive alejado de Dios que cuando uno vive en gracia, confiando en el amor de Dios y esperando en sus promesas.

A esta luz los dogmas de la Inmaculada y de la Asunción podrían tener un alcance antropológico inesperado. Serían como dos faros potentes que iluminan la situación y la esperanza cristianas, situación y esperanza que en María han sido ya realizadas como primicia, a saber: el cristiano, unido a Cristo por el bautismo, está llamado a vivir sin pecado, a ser santo ante Dios por el amor; y viviendo así, tiene la firme esperanza de encontrarse con el Señor al término de su vida mortal, pues para los que creen en Cristo la vida no termina, se transforma. Y está transformación es en realidad una plenitud, en la que todas las dimensiones de la persona (“cuerpo y alma”) encuentran su más perfecta realización, de una forma estable y completa.

Un himno de la liturgia de las vísperas de la Asunción canta: “¡Dichosa la muerte que tal vida os causa! ¡Dichosa la suerte final de quien ama!”. Hay un modo de morir que, en realidad, es una entrada en la vida; aquellos que aman pueden vivir confiados en esta suerte final. Vivir en el amor, sin pecado, en santidad, es el camino que lleva a la vida. Esa es la fe y la esperanza de todo cristiano.

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8
Ago
2022
Diez ojos por uno o China bloqueando Taiwan
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ojoporojo

El “código de Hammurabi” es un conjunto de leyes mesopotámicas que buscaban establecer reglas justas de convivencia y que tuvieron una gran influencia en la antigüedad. Jesús mismo citó uno de los principios más famosos de este código, que pretendía que el castigo merecido por un crimen fuera justo y equitativo, y no se convirtiera en una venganza desproporcionada: “ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pan por pan”.

Muchos códigos de justicia actuales siguen inspirándose en este principio de reciprocidad. No ocurre lo mismo con las medidas políticas. Desgraciadamente muchas respuestas políticas parecen desproporcionadas y, más que inspirarse en el principio “ojo por ojo”, buscan dejar claro que ante el poder solo cabe la sumisión ciega y callada; y, por eso, no aceptan que nadie les contradiga ni les desafíe. Y para que quede claro que desafiar al poderoso es peligroso, los poderosos castigan las supuestas o reales ofensas recibidas con medidas desproporcionadas al supuesto o real daño que se les ha causado. El poder quiere tener siempre razón y por eso se arroga el derecho a castigar hasta límites insospechados.

El último ejemplo político (al menos visto con ojos occidentales) de este tipo de respuesta desproporcionada, es la reacción del gobierno de China ante la visita de una congresista norteamericana a Taiwan. Cierto, la senadora Nacy Pelosi no ha sido muy prudente, qué digamos. Pero una cosa es ser una imprudente provocadora y otra lanzar bombas que pueden matar. Pues una vez lanzadas, el humano ya no tiene control sobre ellas. Vivimos en un mundo en el que no abundan los valores de la prudencia, de la contención, de la epiqueya, de la finura, del cambiar la dirección de la mirada cuando algo no nos gusta, y no digamos el valor del perdón. Predomina la pasión, el deseo de venganza, el dejar claro quién manda, el puñetazo sobre la mesa.

Rusia enviando bombas a Ucrania desde una central atómica, para que si responde Ucrania se provoque una catástrofe nuclear; China bloqueando Taiwan; Israel y los palestinos de Gaza de nuevo en conflicto; la “pareja reinante” en Nicaragua haciendo todo el daño que puede a la Iglesia. Y más y más y mucho más. ¿Cuándo va a parar todo eso?

Por cierto, Jesús cita el código de Hammurabi para superarlo: “Yo os digo: no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra; al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto” (Mt 5,38). O sea, quédate completamente desnudo, pues el cuerpo iba cubierto con un manto y encima estaba la túnica. Complicado sí, pero si al menos en los ambientes eclesiales lo practicamos, el mundo quizás se quede sorprendido; y si se queda sorprendido, quizás reflexione un poquito; el no va más sería que tras la reflexión viniera la conversión.

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4
Ago
2022
Domingo de Guzmán: escucha y diálogo
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santodomingoguzman

Con motivo de la fiesta de Santo Domingo de Guzmán, que se celebra el 8 de agosto, ofrezco una reflexión sobre el modo como hoy debe anunciarse el Evangelio. No por imposición, tampoco desde un pedestal. Los biógrafos del santo cuentan que, yendo con el obispo Diego de Acebes a una misión diplomática camino de Dinamarca, hicieron noche en una posada de Toulouse. En aquella zona estaba muy implantada la herejía cátara o albigense. El hospedero era uno de aquellos herejes. Los biógrafos se complacen en destacar que, tras pasar la noche conversando con el hospedero, Santo Domingo consiguió que regresara a la fe católica. No hay duda de que la conversión es un dato importante, pero tan importante o más es el modo de esa conversión.

Si Santo Domingo pasó toda una noche charlando con el hospedero tuvieron que hacerlo sentados alrededor de una mesa, charlando amigablemente. La noche es larga y sólo se puede pasar alrededor de una mesa, con un buen pan y un mejor vino. Cuando dos personas pasan una noche alrededor de una mesa no habla solo uno. Hablan los dos. Entablan conversación. Santo Domingo entiende que el buen método para dar a conocer la verdad católica es el diálogo. Y antes que el diálogo, la escucha.

Sin duda Santo Domingo escuchó las razones que habían llevado al hospedero a unirse al grupo de los cátaros. Santo Domingo debió informarse bien de lo que pensaban los herejes. Porque si uno no se informa, no puede luego argumentar. Si uno no escucha previamente, no logrará que le escuchen. Santo Domingo supo escuchar el mensaje de la herejía. Y no sólo no lo condenó, sino que integró lo bueno que en ella había, como podía ser el testimonio de una vida austera y el buen conocimiento de la Escritura.

El encuentro con el hospedero de Toulouse y, más en general, con la herejía, puede ser una provocación para nuestro modo de evangelizar al mundo de hoy, muy distinto del medieval, pero tan necesitado como entonces de una buena predicación. Al mundo de hoy no le convenceremos desde el discurso moralista del que se considera superior, sino desde el diálogo entre iguales, que supone no solo dar, sino primero escuchar y comprender. Ese es el buen camino para la evangelización. No convertiremos al mundo condenándolo, sino buscando lo bueno que tiene y mostrándole un Evangelio que responda a esto bueno que ya hay y lo potencie.

Buscar lo bueno de lo aparentemente malo, encontrar las inquietudes que hay en muchas reacciones contrarias a la Iglesia, ese es el camino para entablar un diálogo fructífero o, al menos, para que puedan escucharnos. Para ser críticos con el mundo, hay que comenzar por discernir lo bueno que en el mundo hay. Así podremos decir que hemos comprendido el mensaje de nuestra sociedad, y seremos aceptados como sus interlocutores. No para aprobar sin más algunas de sus demandas, sino para intentar que otra alternativa pueda ser escuchada.

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31
Jul
2022
Momento de pequeños rebaños
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solsaliento

El libro del Eclesiastés decía que hay un tiempo para cada cosa. Hay momentos poco recomendables: el tiempo de odiar o el tiempo de guerra. Hay otros que son más alegres y recomendables: tiempo de sanar, de edificar, de reír, de abrazarse. Pero vistos los tiempos con mirada larga, lo cierto es que en todos los tiempos hay de todo, bueno y malo. A veces pensamos que el tiempo pasado fue mejor. Precisamente el autor del Eclesiastés opina que no es de sabios decir tales cosas (7,10). Cada tiempo es distinto, ni mejor ni peor.

En la Iglesia hay quienes juzgan la bondad o maldad de los tiempos en función de los números: ¿cuántos novicios tiene la congregación?, ¿cuántos seminaristas tiene la diócesis?, ¿cuántas parejas se casan por la Iglesia?, ¿cuánta gente asiste a las eucaristías dominicales? No está claro que las bajas cifras actuales sean signo de una mala evangelización o de una mala vivencia de la fe, y que los números altos de antaño fueran signo de una fe seria, adulta y profunda. Quizás eran signo de una fe sociológica, superficial, pero no personalizada, ni bien asumida. En todas las instituciones, también en las eclesiales, hay tiempos de expansión y tiempos de concentración.

Jesús era bien consciente de que sus enviados eran un “pequeño rebaño” (Lc 12,32). Por eso, la pregunta evangélicamente adecuada es: y nosotros, pobrecitos, pequeñitos, poquitos, envejecidos, temerosos, cansados, ¿cuánto bien podemos hacer, a cuánta gente podemos llegar?, ¿estamos dispuestos a superar miedos y dificultades para sostener la esperanza de aquellos que nos rodean, estimular la fe de aquellos con los que nos encontremos, vivir el amor allí donde estemos? Esa es la buena pregunta y no la de los números o las edades.

Hace unas semanas tuve ocasión de asistir al traslado de los restos de una venerable fundadora de varios conventos de monjas dominicas, la Madre Inés de Sisternes (1612-1668). Los suyos fueron tiempos de expansión, y ella supo tomar las iniciativas que los tiempos demandaban. Hoy hay que tomar otras iniciativas que, sólo aparentemente, van en sentido contrario de los que tomo la venerable fundadora. Porque lo que importa no son los números, sino la fidelidad al Señor, y el responder con sabiduría a los retos que plantea el presente.

El mejor tiempo, para cada uno, es el presente. En las instituciones pasa como en la vida: nacen, crecen, se desarrollan, envejecen y mueren. Unas duran más y otras menos. Unas sustituyen a otras. Algunas desaparecen y otras surgen con nuevas fuerzas. Es lo propio de la vida. Sin duda, la desaparición plantea alguna pregunta. No es menos cierto que la aparición también las plantea. Aparecer o desaparecer es un hecho. Y los hechos tienen muchas caras. Quizás, más allá del hecho y de las causas inmediatas que lo han provocado, la pregunta de fondo sobre la que hay que detenerse es: ¿cómo se muere y cómo se vive?

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27
Jul
2022
Viajar a Canadá para pedir perdón
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Franciscocanada

Un amigo que vive en Estados Unidos, tras afirmar que el motivo de la visita del Papá a Canadá es de lamentar, me pregunta “si se sabe cuál fue el número de los muchachos-as que no regresaron a sus casas de los internados de indígenas en manos de la Iglesia”. Le he respondido que es un tema que no conozco. Según leo, el Papa Francisco ha pedido perdón por la actuación de la Iglesia católica en los internados para las comunidades indígenas de Canadá, donde los menores sufrieron abusos al amparo de una política estatal conocida como “asimilación forzosa”. Si entiendo bien, lo que ocurría en esos internados en manos de instituciones católicas debía ocurrir también en otros internados encomendados a otras instituciones, puesto que se trataba de una política estatal. Eso no disminuye la responsabilidad, pero la sitúa en su contexto.

Se me ocurren algunas consideraciones que van más allá del viaje del Papa a Canadá y que son aplicables a toda circunstancia. Siempre es bueno pedir perdón. Cuando uno es consciente de su culpa, pedir perdón no solo es bueno, sino justo y necesario. ¿Y cuando la culpa no es propia, sino de alguien que pertenece a mi propia familia y ya ha fallecido? Las consecuencias de nuestros actos pueden prolongarse más allá de lo que dura nuestra vida. Entonces, en un gesto de solidaridad por las malas consecuencias que ha provocado la actuación de una persona con la que, de algún modo, se me puede identificar, y de responsabilidad hacia las víctimas, pedir perdón puede ser un modo de sanar heridas. Cosa siempre buena y necesaria.

Incluso cuando no está clara la parte de culpa propia que hay en las heridas de otros, puede ser bueno y necesario (al menos desde una perspectiva cristiana) pedir perdón, en línea con esta palabra de Jesús: “si cuando vas a presentar tu ofrenda ante el altar te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda y ve primero a reconciliarte con tu hermano” (Mt 5,23-24). La fuerza del texto está en que tu hermano tiene algo contra ti y no tanto en el grado de culpabilidad propia. Sea cual sea la culpabilidad propia, lo importante es el hermano que necesita sanar y la necesidad que los dos tenemos de reconciliación. Pues bien, el que se entera de que su hermano tiene algo en contra suya y no da pasos para encontrarse con el hermano, no actúa según el consejo de Jesús. Buscar los errores que el otro comete al juzgar el asunto que nos separa, son excusas de mal pagador.

Sin duda juzgamos el pasado con los ojos de hoy. No tenemos otros. Por eso, pedir perdón por las culpas pasadas es un modo de reconocer que hoy es necesario dar pasos para el encuentro fraterno. Importa el pasado, pero importan más las heridas de hoy. Y eso es lo que creo que ha buscado sanar el Papa en Canadá.

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23
Jul
2022
Guerra en Ucrania: ¿un pasito hacia la paz?
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luzdeloalto

La guerra en Ucrania sigue causando estragos. Pero ya ha dejado de ser noticia de primera página. Las cosas repetidas cansan. Y, al final, uno se acostumbra a todo. Recuerdo una canción de la argentina Mercedes Sosa que decía: “Solo le pido a Dios / Que la guerra no me sea indiferente / Es un monstruo grande y pisa fuerte / Toda la pobre inocencia de la gente”. Me temo que este monstruo nos está resultando indiferente. Y si sigue interesándonos es a causa de sus posibles repercusiones económicas.

Precisamente las dos noticias más relevantes sobre esta absurda guerra han sido económicas: una, la reanudación del flujo de suministro del gas ruso hacia Alemania; la otra, el pacto entre Kiev y Moscú para facilitar la exportación de cereales ucranios a través del mar Negro. Algunos creen ver en estos datos un gesto de esperanza que puede desembocar, sino en un pacto de paz, al menos en un pacto de no beligerancia. ¡Qué así sea!, pero tengo mis dudas. No sé cuáles son los verdaderos motivos de estos dos hechos, pero sospecho que, desgraciadamente, hay más motivos económicos que pasos hacia la paz. Aunque si la economía puede facilitar la paz, bienvenida sea esa economía.

El pacto para facilitar la exportación de cereales parece que tiene como primer objetivo evitar la hambruna en aquellos países en vías de desarrollo. Sin duda es una buena noticia, no solo para los países que van a recibir el grano, sino para evitar la presión migratoria. Hay ahí una lección importante: lo que es bueno para mi vecino, es bueno para mi; y lo que es malo para mi vecino, termina siendo malo para mi. Si mi vecino pasa hambre, la tranquilidad de mi casa está en riesgo.

No digo que la del Papa sea la única voz, pero sí la que con más frecuencia sigue denunciando esta absurda guerra. Me resulta difícil comprender a la máxima autoridad religiosa de la otra parte, a saber, el Patriarca Kirill de Moscú que, con motivo de la conmemoración de los 600 años del hallazgo de las reliquias de San Sergio, declaró que la voluntad de Dios es evitar la destrucción de Rusia, y que la tarea de Rusia es enseñar al mundo los valores cristianos. Dios no quiere la destrucción de nadie, de eso no cabe duda; la cuestión es cómo entendemos esa voluntad de Dios: ¿para evitar mi destrucción yo fomento la destrucción del otro? Por otra parte, enseñar los valores cristianos es una hermosa y necesaria tarea, pero me permito recordar que entre los grandes valores cristianos está la construcción de la paz, el perdón de las ofensas y el amor entre los hermanos.

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20
Jul
2022
Predicar con limitaciones
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rolloflor

¿Cómo anunciar hoy el evangelio de Jesús, esa buena noticia de que todos somos hijos de Dios y, por tanto, hermanos, esa noticia que debería unirnos y lograr que todos viviéramos abrazados? No es fácil, porque desde los inicios de la historia, esa noticia se ha anunciado a personas limitadas y, en definitiva, egoístas, o sea, a personas pecadoras. Las buenas noticias no pueden contenerse ni ocultarse. Pero junto con el anuncio puede aparecer el rechazo y la hostilidad. El libro de los Hechos de los Apóstoles relata las dificultades que tuvo el anuncio de la resurrección de Cristo en una sociedad tan pluralista como la actual, aunque el pluralismo se manifestase de otra manera. Dificultades por parte de todo tipo de autoridades: judías, romanas, religiosas e intelectuales.

Leídos en la distancia algunas de las reacciones que cuenta el libro de los Hechos pueden resultar divertidas, aunque detrás de la diversión está la tragedia. El libro (13,50) cuenta que las señoras devotas, distinguidas y principales del lugar, o sea, ricas, elegantes y beatas, suscitaron una persecución contra Pablo y Bernabé. ¡Para que se fíen ustedes de las apariencias de piedad y elegancia! En otra ocasión (26,24), Pablo, hablando de la resurrección de los muertos, fue increpado por el gobernador Festo que le dijo: estas loco, Pablo, las muchas letras te hacen perder la cabeza. No sé si las muchas letras o la mucha fe, pero el hecho es que esa fe fue calificada de locura, que es uno de los mejores modos de descalificar.

Conclusión: no nos cansemos de hacer el bien, de anunciar el evangelio, de ser testigos. A pesar de nuestro pecado y de nuestra limitación. Jesús era consciente de las limitaciones de Pedro cuando el encarga ser el “primado”, o sea, el primero, el que se pone al frente de la tarea del anuncio. Eso sí, para ser el primado es necesario que antes le diga y le repita que le ama, que le ama más que nadie, no para convencer a Jesús de su amor, sino para que Pedro se convenza a sí mismo de que sin amor no hay evangelio, ni hay anuncio de buena noticia, ni hay primados, ni han nada. Sin amor sólo hay caos, por mucho superior eclesiástico que se quiera ser. Ahí está el error, en querer ser superior. El evangelio solo puede anunciarse siendo inferior, ocupando el puesto del servicio, que es lo propio de los que aman.

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16
Jul
2022
Predicar es provocar
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fallas01

El refrán es conocido: una cosa es predicar y otra dar trigo. O sea, una cosa es dar consejos a los demás y otra poner en obra esos consejos cuando uno puede hacerlo. No cabe duda de que hay predicadores de la Palabra incoherentes. Ya Jesús lo hizo notar a propósito de los escribas cuando dijo: “haced lo que dicen, pero no hagáis lo que hacen, porque ellos dicen y no hacen” (Mt 23,3). Ocurre, sin embargo, que cuando el predicador no hace lo que dice, o sea, cuando el primer afectado por la predicación no es el predicador, esta predicación termina por resultar increíble y hasta contraproducente. Lo primero que se exige a un buen predicador es que sea coherente con lo que predica. Ya el Vaticano II y los últimos Papas han hecho notar que la distancia entre fe y vida es uno de los grandes males de nuestra época. Solo una predicación coherente resulta provocativa.

El término provocar no tiene necesariamente connotaciones negativas. Provocar no es solo suscitar enfado en otra persona mediante actos o palabras hostiles. Provocar puede ser también suscitar una reacción positiva, invitar a cambiar algo o a realizar algo. Cierto, los cambios, a veces, no resultan fáciles. Y por eso, incluso si el que pretende hacer cambiar lo hace con buena intención o buscando el bien del otro, es posible que, por parte del provocado, se den reacciones contrarias al cambio propuesto. A veces, lo fácil es quedarse uno como está. Eso sí, no siempre lo fácil es lo mejor ni lo que hace feliz.

Lo último que Jesús encargó a sus discípulas y discípulos fue anunciar el evangelio a toda la creación. El evangelio es una buena noticia. Si es mala no es evangelio. En principio, se diría que todo lo bueno debe ser fácil y agradablemente acogido. Ahora bien, puede ocurrir que una cosa buena a algunos les parezca mala y, por eso, la rechacen y se enemisten con el que la propone u ofrece. Proponerle a alguien que está metido en las drogas o en el alcohol que salga de allí es, sin duda, bueno para él. Pero no es fácil salir de esa situación, y así, quién es invitado a hacerlo puede reaccionar violentamente.

Para que una buena noticia (¡bienaventurados los pobres!, por ejemplo), sea acogida en ambientes en los que puede ser entendida como mala (el dinero hace la felicidad, piensa el mundo), necesita ser propuesta con mucha sabiduría, no principalmente para evitar una reacción hostil, sino para lograr que sea aceptada, aunque es posible que, ni aún así, sea aceptada.

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12
Jul
2022
Mística de la fraternidad
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fraternidad

El Papa Francisco ha puesto en circulación un nuevo concepto de mística. Esta palabra indica un tipo de experiencia que busca conseguir la unión del alma con la divinidad. En el trasfondo de esta búsqueda está, a veces, el aislamiento, la soledad, el desasimiento del mundo, con el riesgo que comporta todo aislamiento. En nuestro caso el riesgo de pasar del “solo Dios” al “solo yo”. De ahí la oportunidad de esta advertencia del Papa: “la búsqueda de lo sagrado y las búsquedas espirituales que caracterizan a nuestra época son fenómenos ambiguos” (Evangelii Gaudium, 89).

Como contraposición a esta mística del aislamiento el Papa propone “descubrir y transmitir la mística de vivir juntos, de mezclarnos, de encontrarnos, de tomarnos de los brazos, de apoyarnos”. Se trata de un camino sanador, pues “salir de sí mismo para unirse a otros hace bien. Encerrarse en sí mismo es probar el amargo veneno de la inmanencia, y la humanidad saldrá perdiendo con cada opción egoísta que hagamos” (EG, 87).

Este camino de encuentro con los otros, que está en la base de muchas aspiraciones no explícitamente religiosas, encuentra un apoyo y una iluminación en el misterio de la encarnación. El Papa se refiere, para criticarlo, a “un Cristo puramente espiritual, sin carne y sin cruz”. Por el contrario, “la verdadera fe en el Hijo de Dios hecho carne es inseparable del don de sí, de la pertenencia a la comunidad, del servicio, de la reconciliación con la carne de los otros. El Hijo de Dios, con su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura” (EG, 88). La sed de Dios de mucha gente no se apaga “en un Jesucristo sin carne y sin compromiso con los otros” (EG, 89).

En la mística de la fraternidad Dios está más presente que nunca: “se trata de aprender a descubrir a Jesús en el rostro de los demás, en su voz, en sus reclamos. También es aprender a sufrir en un abrazo con Jesús crucificado cuando recibimos agresiones injustas o ingratitudes, sin cansarnos jamás de optar por la fraternidad” (EG, 91). Relacionarnos con los demás es “una fraternidad mística, contemplativa, que sabe mirar la grandeza sagrada del prójimo, que sabe descubrir a Dios en cada ser humano”, y “buscar la felicidad de los demás como la busca su Padre bueno” (EG, 92).

En conclusión, el criterio de discernimiento de una espiritualidad auténtica no es su sacralidad, sino su “corporeidad”, el cuerpo, el rostro del otro, sus brazos, su presencia física, su sufrimiento y sus demandas. Se trata, para decirlo con palabras de San Buenaventura, de “encontrar a Dios en todas las cosas” (Laudato si’ 233).

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