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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

6
Feb
2016
Que hablen, que se encuentren
3 comentarios

Hablar siempre es bueno, aunque sea para discrepar. La discrepancia puede ser un punto de partida para encontrar algún terreno en el que sea posible entenderse. El Presidente de la Conferencia Episcopal española ha pedido a los políticos que se encuentren, que hablen, que busquen una salida a la actual situación de nuestro país. Estoy seguro que este deseo es compartido por muchos españoles. Probablemente una de las causas de que hayamos llegado a esta situación tan políticamente fragmentada haya sido el desencanto de los ciudadanos ante la corrupción que anidaba en políticos de todos los colores. Que la corrupción esté repartida no disminuye la indignación que uno siente ante la responsabilidad de aquellos a los que había votado. Al contrario, se supone que si les votó fue porque confiaba en que lo harían bien. Por esto la decepción es mayor. Cerrar los ojos y consolarse diciendo que “todos son iguales” no contribuye a resolver el problema. Ni es excusa para seguir votando a políticos corruptos. Si son corruptos no pueden ser “de los nuestros”.

Ya sé que las situaciones no son comparables. Pero resulta esperanzador que el Papa de Roma y el Patriarca de Moscú, después de años de distanciamiento y desencuentro, se reúnan en La Habana. El Gobierno cubano se apunta un tanto diplomático. Cierto, el éxito de un gobierno no está en estos logros diplomáticos, sino en otros que hacen que el pueblo sea más feliz, más próspero y más libre. Pero ahora se trata del encuentro entre el Papa y el Patriarca. Si sirve para ayudar a los cristianos perseguidos, habrá servido para mucho. De nuevo aquí se trata de buscar el modo de superar un lamentable desencuentro: el que ocurre entre las milicias islámicas y los cristianos.

La historia de la humanidad es una historia de desencuentros. Y además, entre hermanos, porque todos somos hermanos. Comenzaron con Caín y Abel. Pero también es una historia de esperanza en la superación de las diferencias, para que ya no haya “judío ni griego, bárbaro ni escita, esclavo ni libre”. Los desencuentros producen mucho sufrimiento y, a veces, matan. De ahí que toda apelación, en España y fuera de España, al diálogo y al encuentro, sea siempre bienvenida: que hablen, que se encuentren, aunque sea para decirse lo mucho que tienen que reprocharse. Pero que hablen y se encuentren. Que se miren a los ojos, que vean que el rostro del otro es idéntico al suyo. Y por eso no conviene destrozarlo.

Me gustaría que este primer encuentro entre el Patriarca Cirilo y el Papa Francisco tenga continuidad. Ojalá sea una profecía y un estímulo a todos los niveles. Una profecía de que, a pesar de las diferencias, es posible encontrar puntos de encuentro. Lo que nos une es más que lo que nos separa. Y también me gustaría que aquellos políticos que solo bloquean, encuentren la adecuada respuesta por parte de los electores.

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3
Feb
2016
El ser humano, obra de arte divina
6 comentarios

Si Dios crea por amor (como decíamos en un post reciente), hace sólo lo que le agrada, no aquello que no tiene más remedio que hacer. Ninguna circunstancia, ninguna realidad previa es condicionante de su actuación. Obra con soberana libertad. El ser humano es una maravilla a los ojos de Dios, porque al crearlo, Dios ha hecho lo que le gustaba. Una verdadera obra de arte, en definitiva. Esa es la palabra griega que utiliza Ef 2,10 para decir lo que es el ser humano: un “poiema” de Dios, una obra de arte divina. Estamos relacionados con Dios como una pintura con el pintor, una pieza de cerámica con el ceramista, un libro con su autor. Esto indica una relación muy estrecha y muy positiva.

Dios al crear al ser humano hizo su mejor obra de arte. Y, como le ocurre a todo artista cuando hace una obra maestra, debió quedarse sorprendido, maravillado, admirado. Nosotros somos un deleite, un placer para Dios (cf. Prov 8,31). Cuando él nos mira se llena de alegría, se sorprende agradablemente al ver esa estupenda maravilla salida de sus manos. Esa mirada positiva de Dios sobre cada uno de nosotros, debería ayudarnos a vernos a nosotros mismos con la misma mirada de Dios, sobre todo en los momentos difíciles y complicados. Yo no puedo hundirme bajo el peso de mis fracasos cuando sé que Dios me mira de esa manera y me ve como la mejor de sus maravillas.

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31
Ene
2016
El "año" acaba. La vida consagrada sigue
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El año dedicado a la vida consagrada ha sido una ocasión para que, en la Iglesia, cobremos conciencia de la importancia de este estilo de vida, con diversas variantes y modos de realizarse: monjas y monjes contemplativos, eremitas, congregaciones que socorren a personas necesitadas, Órdenes religiosas con diversidad de carismas, institutos seculares, sociedades de vida apostólica, etc. La sola enumeración de estos distintos modos de vivir la entrega consciente, pública y de por vida al Señor Jesús, manifiesta la riqueza de la vida consagrada, las múltiples virtualidades del Evangelio y las muchas urgencias que implica la construcción del Reino de Dios. Y también manifiesta que ha habido, hay y habrá mujeres y varones que se han dejado seducir por el Evangelio hasta el punto de querer dedicarle su vida entera.

Para los directamente implicados, el año de la vida consagrada no ha sido un motivo de autoalabanza, ni una ocasión para recordar glorias pasadas, sino una oportunidad más de agradecer al Señor su vocación y de mirar al futuro con esperanza. El dos de febrero finaliza el año dedicado a la vida consagrada, y lo hace dentro del marco del Jubileo de la Misericordia. La vida consagrada está llamada a ser profecía de un amor que no tiene límites y se manifiesta con más realce allí donde hay necesidad, hambre, pobreza, enfermedad.

Una de las muchas cosas que los consagrados tenemos que agradecer a Francisco es su valoración pública y explícita de este modo de vida evangélica y eclesial. No hay que olvidar que el Papa es jesuita y, por tanto, pertenece a una de las Órdenes religiosas con más solera y raigambre en la Iglesia. Quizás su "ser religioso” explique la finura en el discernimiento, la valentía en denunciar la injusticia, sus críticas a la autorreferencialidad eclesial, su capacidad de cercanía con la gente, su saber estar y saber acoger.

Clausurar el año de la vida consagrada es una oportunidad para dar gracias a Dios por tantas mujeres y varones que han escogido este modo de vida. Son gente débil, pero tienen muchas fortalezas. A veces se equivocan y hasta pecan, pero también hacen mucho bien. Tienen una historia gloriosa que contar, pero sobre todo quieren vivir hoy con fidelidad al Evangelio. Es justo, pues, dar gracias a Dios, que sigue llamando al seguimiento de Cristo a través de tantos carismas enriquecedores. Y dar también gracias a la Iglesia que acoge y promueve estas formas de vida en su seno. El “año de la vida consagrada” termina. Pero la vida consagrada sigue, atenta a los impulsos del Espíritu y a los signos de los tiempos, que la llaman a una continúa renovación y a una permanente fidelidad.

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29
Ene
2016
La reciprocidad es importante, y la libertad aún más
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Dos hechos recientes, muy distintos, me han hecho pensar. El primero ha sido el gesto del estado italiano de ocultar determinadas esculturas para que el presidente de Irán y su séquito se sintieran más cómodos durante su estancia en Roma. El segundo es la noticia de que tres monjas mercedarias del convento de Santiago de Compostela estarían allí retenidas contra su voluntad. Esta segunda noticia ha sido posteriormente matizada y, en parte, desmentida. Comparto una reflexión, que va más allá de los hechos y no se ciñe a ellos, aunque haya sido por ellos provocada.

Me parece muy bien que, ante la visita de un huésped, el anfitrión haga todo lo posible para que se sienta a gusto y su visita resulte cómoda, incluso si detrás de este deseo de quedar bien hay intereses por parte del anfitrión, como es el caso de los contratos que Italia iba a firmar con Irán. Ahora bien, en estos asuntos en los que subyace un choque de culturas y, a veces, un choque de religiones, es importante que la recíproca sea siempre verdad. Solo esforzándonos en la reciprocidad y buscando tender siempre a ella, pueden desenterrarse para siempre los peligros de violencia entre las religiones. La reciprocidad construye una paz duradera y plena. El criterio de la reciprocidad tiene múltiples aplicaciones: en los matrimonios interreligiosos, en las presidencias de los coloquios, en la oraciones comunes, en la construcción de templos, en la búsqueda de ayudas estatales, en apoyar al otro en aquello mismo que me gustaría que él me apoyara a mi.

En asuntos religiosos la reciprocidad es importante cuando se trata de dialogar con el distinto. Pero cuando se trata de asuntos que conciernen a la situación de uno dentro de la propia religión, la libertad es un principio fundamental. Porque sin ella no hay religión que pueda vivirse en la verdad. Hay una diferencia fundamental entre una cárcel y un convento clausura. En la cárcel, los que están allí quieren abandonarla cuanto antes, pero no pueden hacerlo; han ido allí contra su voluntad, y están allí retenidos mediante la fuerza. En los conventos llamados de clausura, los y las que están allí pueden abandonarlo cuando quieran; ocurre que no quieren abandonarlo, precisamente porque están allí libremente.

La puerta de los conventos debe estar siempre abierta. Un buen signo de esta apertura sería que cada uno de los residentes tuviera llave de la puerta que da a la calle. La clausura está al servicio de la vida. Pero la vida es libre. Las puertas cerradas son siempre una mala señal. Y tanto en la cárcel como en los conventos, la sensación de puertas cerradas o de sentirse permanentemente vigilados, en muchos casos, perturba la mente y destruye a las personas.

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26
Ene
2016
¿Crear de la nada? ¡Crear desde el amor!
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La teología ha repetido hasta la saciedad que Dios crea de la nada, “ex nihilo”. Con esta expresión, que tiene un cierto fundamento bíblico (2 Mac 7,28), se pretende decir que Dios crea sin requisito previo alguno, que no existe ninguna necesidad que motive su actuación, ni condición alguna que le determine. Tampoco se da materia primigenia alguna que trace límites a su actuación. Por otra parte, decir que Dios crea de la nada descarta cualquier preexistencia de la materia y cualquier consideración de la materia como divina. Dicho lo cual, me pregunto si no es ya hora de completar esta afirmación con una más fundamental y primera: Dios crea “ex amore”, por amor y desde el amor, tal como indica el Concilio Vaticano II, en un texto poco citado (Gaudium et Spes, 2).

Si Dios se decide a creer no es porque le falte o necesite algo. En virtud de su absoluta plenitud, Dios no puede buscar algo. Si crea lo hace de forma totalmente desinteresada y por pura bondad. Crea el mundo para que puedan existir seres humanos, para que pueda automanifestarse, comunicarse, difundirse, expandirse el amor encerrado en la realidad interpersonal divina. Y como el amor es determinante de todo lo que Dios hace, cuando crea a un ser distinto de él, sólo puede hacerlo por amor. No por casualidad, ni por necesidad, sino porque quiere.

Bien pensado, Dios no puede crear “de la nada”, sino desde sí mismo, porque fuera de él no hay nada. El ocupa todo el espacio del ser. De modo que, al crear, Dios cede, se retira, deja espacio para que otros sean, y sean con todas las consecuencias, la primera de ellas la independencia. La retirada de Dios funda la libertad humana. Es lo propio del amor: ceder para que el otro sea. Ahora bien, “dando al hombre espacio al crearlo, Dios se pone a sí mismo en situación de vulnerabilidad. Se trata de una aventura llena de riesgos. Atreverse a llamar a la vida a los hombres creándolos es, visto desde Dios, un voto de confianza en el ser humano y en su historia y, además, llevado a cabo sin imponer ninguna condición ni exigir garantía alguna al hombre. La creación del ser humano es un cheque en blanco del que Dios mismo sale fiador. Dios hace voluntaria renuncia de poder creando a los hombres con una voluntad propia, libre y finita. Dios se hace con ello, hasta cierto punto, dependiente del ser humano y, por lo mismo, vulnerable” (E. Schillebeeckx).

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22
Ene
2016
Decir creación es más que decir naturaleza
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El mundo puede considerarse como naturaleza: se trata del conjunto de todas las cosas materiales existentes, objeto de estudio de las ciencias y de reflexión de la filosofía. También el ser humano puede entenderse como naturaleza: un mamífero bimano, con capacidad de reproducción, dotado de inteligencia y de lenguaje articulado, con un cuerpo compuesto de billones de células, que se mueve por medio de los músculos, dotado de órganos sensoriales que le ponen en comunicación con el mundo exterior.

Pero el mundo puede entenderse como creación y ser humano como criatura. La creación remite a un Creador. Considerar al mundo como creación y al ser humano como criatura es un dato de fe, pero de una fe que puede explicarse y justificarse. Según la fe, el origen último de todo lo existente es un Dios bueno que ha creado un mundo para que el ser humano pueda vivir y, sobre todo, ha hecho al ser humano el regalo de sí mismo: el hombre es un regalo para el hombre.

De la consideración del mundo como creación y del ser humano como creatura se ocupa, y muy bien, la ciencia, que nos explica como la evolución ha hecho posible este universo y la aparición de la vida sobre la tierra. De la consideración del mundo y del ser humano como creación, como realidades que tienen su razón de ser y su origen último en la voluntad buena de Dios, que crea por amor, se ocupa la teología. Mientras la ciencia nos habla de cuando comenzaron las cosas y de cómo se desarrollaron, la teología se ocupa del origen, de lo que hace posible que haya comienzo, que haya evolución y que la realidad siga estando ahí, sustentada por una fuerza misteriosa que la mantiene en el ser después de habérselo dado.

Esta distinción entre naturaleza y creación ha sido formulada así por el Papa Francisco: “para la tradición judío-cristiana, decir ‘creación’ es más que decir naturaleza, porque tiene que ver con un proyecto del amor de Dios donde cada criatura tiene un valor y un significado. La naturaleza suele entenderse como un sistema que se analiza, comprende y gestiona, pero la creación sólo puede ser entendida como un don que surge de la mano abierta del Padre de todos, como una realidad iluminada por el amor que nos convoca a una comunión universal” (Laudato si’, n. 76). Estamos convocados a una comunión universal: en efecto, si el mundo es un don y si cada ser humano es un regalo de Dios para mi, debo cuidarlos y valorarlos, porque despreciar el regalo sería despreciar al dador del regalo.

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18
Ene
2016
La esposa de Yahvé
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Seguro que el título a muchos les sonará extraño. Sobre todo si piensan que el pueblo de Israel creía de forma firme, y ya desde sus comienzos, en un solo y único Dios. No debemos olvidar que esta fe israelita (y en general, el conjunto de la revelación judeo-cristiana) es histórica. Una de las primeras consecuencias de la historicidad es la gradualidad. La revelación es procesual. No es extraño, por tanto, que en el Antiguo Testamento aparezcan restos de politeísmo. Más interesante aún: restos de un diosa, esposa de Yahvé.

Algunos especialistas piensan que el culto a la diosa madre, a una gran diosa, soberana universal, es mucho más antiguo que el culto a los dioses. De hecho, los restos arqueológicos más antiguos son de estatuas que representan a diosas. Seguramente esto tiene motivos antropológicos: durante mucho tiempo fueron las mujeres las que aseguraban la alimentación, porque ellas se ocupan de recoger los alimentos que proporcionaba la tierra. Solo cuando aparece la agricultura, con la necesidad de manejar instrumentos pesados como el arado o de construir canales de riego, se sobrevalorará la fuerza masculina y al varón por encima de la mujer. La consecuencia religiosa-cultural es que los dioses cobraron más importancia que las diosas.

La diosa que aparece en el Antiguo Testamento es Asera. Ella era la diosa de la fertilidad vegetal y su representación era una estaca o tronco de árbol clavado en el suelo. Si no se conoce este dato, no se comprenden algunos textos del libro de los Jueces, del libro de las Crónicas o del libro de los Reyes. Estos textos muestran gran interés en que desaparezca no solo el dios Baal, sino el tronco que representa a su esposa. Desde esta clave invito a leer: Jueces 6,25-30; 2 Reyes 13,6; 2 Cro 31,1; 33,3 o 2 Reyes 23,4-7 en donde explícitamente aparece el nombre de Asera. De nuevo aparece esta diosa en el libro de Jeremías (44,15-19), bajo el nombre de “Reina de los cielos”. Según este texto el pueblo se revela contra Jeremías, y la deja bien claro que seguirán ofreciendo incienso a la diosa Reina de los cielos, como han hecho desde antiguo sus padres, sus reyes y sus jefes. El gran argumento del pueblo es que mientras han dado culto a la diosa les ha ido bien, cosa que no ha sido tan clara cuando han dado culto a Yahvé. Las evidencias arqueológicas corroboran este culto: en vasijas del año 800 a.C. se encuentran inscripciones como estas: “seas bendecido por Yahvé y su Asera”.

Me ha parecido interesante ofrecer estos datos, por poco conocidos. Lo cierto es que no fue fácil para Israel creer en el “Dios único”. Probablemente esto empieza a ocurrir de forma clara y definitiva a partir del exilio de Babilonia. En cualquier caso, los datos son una prueba bien concreta, aunque poco conocida, de un aspecto definitivamente adquirido en teología: la revelación tiene un carácter procesual y progresivo, y se adapta a las condiciones culturales de cada tiempo.

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14
Ene
2016
Materialismo cristiano
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Los cristianos nos las damos de muy espirituales. Pero, en ocasiones, tengo la impresión de que somos muy materialistas. Muchos creyentes confunden lo real con la físico. Y sin embargo, lo físico es solo un aspecto de una realidad mucho más amplia y plural. Sin duda, estos cristianos creen que hay seres invisibles, como los ángeles o los santos, pero les encanta que tales seres invisibles se hagan presentes ante los ojos y, aún más, que se puedan palpar. De ahí la importancia que para ellos tienen las “apariciones” de seres celestiales.

De hecho, la realidad fundamento de todas las otras realidades, el Ser que hace posible la existencia de todos los otros seres, es inmaterial. Un ser inmaterial es, por definición, invisible e impalpable en las condiciones de este mundo. Ese Ser fundamental es Dios, espíritu puro. Si alguien dice haberlo visto, seguro que se ha confundido. Si Dios fuera físico, sería necesariamente limitado. Sería además imposible que estuviera presente en todo lo real, pues lo físico tiene una presencia concreta. Por otra parte, Dios cuando crea no lo hace a partir de una materia pre-existente, sino “por la Palabra”. En el origen de todo lo físico no está lo físico, sino “la Razón”, o sea, una realidad no material. Por eso la creación no es un acto físico, sino metafísico. Creación no es afirmar una primera causa o una cadena de causas, sino afirmar que todo está sostenido en el ser. Dios es aquel sin el cual nada es. Más aún, precisamente porque la Razón, el Logos divino todo lo sostiene, el cosmos es “racional”, está estructurado racionalmente, la materia lleva una huella de lo inmaterial.

La mayor parte de los misterios cristianos son espirituales. Son muy reales, pero no son físicos, aunque, a veces, los materializamos para entenderlos. Pero si no somos conscientes de que esta materialización es un modo de entender, distorsionamos el misterio. Cierto, uno de los principales misterios de la fe cristiana, el de la Encarnación del Verbo, es físico, material, humano. Pero no es menos cierto que, en lo que tiene de humano, es limitado. Por eso la cristología no agota la teología, el misterio de Cristo no agota el misterio Dios: si “yo y el Padre somos uno”, no es menos cierto que “el Padre es mayor que yo”.

La presencia real de Cristo en la eucaristía es “pneumática”, espiritual, en virtud del poder del Espíritu. No es una presencia física. Es real, pero no física. Por eso la Iglesia cuando quiere explicar esta presencia habla de transustanciación: la sustancia del pan se convierte en el cuerpo de Cristo. Pero el término sustancia, en la filosofía utilizada para explicar el misterio, no es físico. Lo físico son los accidentes, que no cambian. Lo que cambia es la sustancia, un concepto metafísico. Esta comprensión de la sustancia y los accidentes es distinta de la que tiene la física moderna. Si no tenemos en cuenta esta diferencia, podemos confundir a los no creyentes y desprestigiar la religión.

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9
Ene
2016
Cambiar el ciego destino
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Aunque no sea muy usada, en castellano existe la palabra destinación. En francés es una palabra de uso más corriente y eso permite a los franceses jugar con los términos "destino" y "destinación". En castellano se entiende mejor este juego de palabras si distinguimos el destino (el ciego destino) de aquello a lo que estamos destinados; dicho de otra manera: de cuál es nuestra meta. Con el término destino designamos una situación inevitable, no escogida, que se nos impone. Su contrario sería la libertad. Ahora bien, la libertad no es solo la posibilidad de escoger; entendida así queda asociada a la indecisión que precede a toda elección insegura e incierta. La libertad es un acto de responsabilidad que nos hace capaces de asumir aquello que nos conviene y nos realiza. La libertad, por tanto, es el acto capaz de transformar el destino.

Sin duda hay elementos que escapan a la voluntad humana (eso es el destino), pero la manera como los manejamos está bajo nuestra responsabilidad. El que yo sea alto o bajo es mi destino, pero yo puedo asumir y vivir mis cualidades corporales de una u otra manera. La grandeza del ser humano está en su capacidad de sobreponerse a situaciones que, de alguna manera, se le imponen. El arte es un buen testimonio de esta capacidad: el escultor está condicionado por la piedra pero, al esculpirla, muestra hasta dónde puede llegar la libertad.

Todos los seres humanos, recuerda el Concilio Vaticano II, estamos llamados a un sólo e idéntico fin, puesto que nuestra vocación es una sola, la divina. A eso estamos destinados, esa es nuestra meta. Hacia eso caminamos. Pero no como un destino que se nos impone, como una especie de hado o fuerza desconocida, sino una meta que requiere nuestra aceptación libre. Porque esta vocación divina es una llamada al amor. Y el amor solo se realiza en la libertad.

Por otra parte, en este mundo nuestro, dónde hay tanta gente que lo pasa mal, muchos culpan al destino de su mala suerte. Tampoco ahí hay que culpar al destino, sino a la mala política que produce desgracias sin cuento, y a la falta de solidaridad de quellos que tenemos un mejor destino. Unos y otros deberíamos ser capaces de cambiarlo, para que en este mundo las personas pudieran vivir, no según los malos hados del destino, sino según la voluntad de Dios, que quiere a todos libres, responsables y felices. El cristiano no cree en el destino, no cree que cuando uno nace lo hace con las cartas marcadas. El cristiano cree que Dios nos ha hecho libres precisamente para poder cambiar el destino, para rebelarnos contra los elementos que nos atemorizan o nos esclavizan. Hay rebeldías que son fruto del Espíritu Santo: todas aquellas que conducen a pasar de condiciones de vida menos humanas a condiciones de vida más humanas.

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5
Ene
2016
¿Dónde está la fuente para que salga algo bueno?
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En los días que preceden a la fiesta de la Epifanía, la liturgia eucarística propone unos evangelios que hablan de seguimiento de Cristo. Resultan muy oportunos para cerrar el ciclo del adviento y de la navidad. Adviento, o sea, venida; Navidad, o sea, aparición; Epifanía, o sea, manifestación. Todo es lo mismo. El Señor Jesús viene para manifestarnos quién es el Padre, para darnos a conocer que este Dios clemente y misericordioso del que hablaba Israel es un Dios cercano que nos ama como no se puede amar más. La lógica respuesta ante este anuncio y esta manifestación es ponerse en camino hacia el Dios que siempre viene. Y para ello nada mejor que seguir a su mensajero. De ahí la oportunidad de estos relatos de seguimiento.

El evangelio del día 4 fue particularmente interesante, pues el verbo griego que hay detrás del "se quedaron con él" (los discípulos se quedaron con él aquel día) es "menein"; verbo que el evangelio de Juan utiliza para decir que el Padre permanece en el Hijo y en Hijo permanece en el Padre; o que Jesús y su Palabra permanecen en nosotros y nosotros estamos llamados a permanecer en él. O sea, el sentido profundo de este permanecer no es físico, sino espiritual y teológico: Maestro, ¿dónde vives, o sea, dónde están tus raíces, qué es lo que te da la vida, qué es lo que te vivifica, dinos dónde está la fuente, para que nosotros podamos permancer, afincarnos, estar siempre bebiendo de ella? Y el relato de seguimiento del evangelio del día 5 también es de sumo interés: para saber lo bueno que es Jesús, para saber si de Nazaret puede salir algo bueno, ven y lo verás, o sea, incóporate a nuestro grupo, comparte tu vida con nosotros.

Estas son las preguntas que los cristianos debemos provocar y las respuestas que estamos llamados a dar: la pregunta de qué nos hace vivir y dónde está la fuente de nuestra vida. Una vez respondida, podemos pasar a otra pregunta: ¿de mí puede salir algo bueno, estoy en condiciones de ofrecer algo bueno? De entrada a lo mejor parece que no. De ahí la duda implícita en la pregunta. ¿Puede salir algo bueno de mi? Dependerá de dónde permanezco, dónde están los fundamentos que me sostienen, dónde mis verdaderos intereses. Hay otra pregunta que formula Natanael, una vez que ha ido a Jesús y se ha incorporado a la comunidad de discípulos: ¿de qué me conoces? ¿De qué me conoces, Señor, para haberme llamado? Jesús nos conoce y eso tiene que ser para cada uno de nosotros un motivo de alegría y de esperanza. Y un estímulo. Nos conoce y, por eso, no a pesar de eso, sino por eso, porque sabe de nuestras posibilidades y de nuestras capacidades, porque sabe de nuestras muchas bondades, por eso nos ha llamado para ser sus discípulos y testigos.

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