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Jun2016Belleza de la vida consagrada
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Jun
Respondo a una pregunta muy directa que me han planteado: ¿hay belleza en la vida consagrada? Aunque hay tantos gustos como personas, la belleza tiene algunos criterios objetivos: bello es lo armónico, lo proporcionado, lo sugerente, lo que despierta nuevos horizontes. La belleza es algo propio del objeto que se reconoce como bello, pero también depende de la apreciación que de ese objeto haga el sujeto. Por eso se dice que hay personas que están más capacitadas o que son más sensibles ante determinadas obras de arte. Se necesita una cierta sensibilidad y preparación para apreciar un poema, una pieza musical, una pintura.
Eso que vale para la “obra de arte”, vale para las personas. Hay personas que tienen una serie de valores, pero no todos los aprecian de la misma forma. ¿Qué decir de los distintos tipos de vida consagrada? Todos tienen sus cosas buenas. Hay belleza en una vida ordenada, en el canto y en la oración coral, en la liturgia tal como se celebra en los monasterios; hay belleza en la educación, la atención a niños desvalidos, el cuidado de los enfermos, la acogida de ancianos, el acompañamiento de personas desamparadas, que hacen tantas congregaciones religiosas; hay belleza en el reparto de alimentos, como ocurre en las puertas de algunos conventos; hay belleza en una buena catequesis, en una predicación fundamentada, en una clase o conferencia bien dada, en una publicación preparada.
Cierto, a veces algunas de estas actividades resultan desagradables o incluso humanamente repulsivas. A nadie le agrada ver una cara desfigurada o accidentada, o ver un cuerpo maltratado o gangrenado, o a personas hambrientas, desnudas y sucias. Sin embargo, es posible descubrir mucha humanidad en estos cuerpos. Además, hay belleza en quien los atiende, pues hay cosas que solo se hacen por amor. Y el amor siempre es bello.
Cuando se habla de un colectivo humano amplio, las generalizaciones indican “tendencias”. La vida consagrada es significativa para la Iglesia y la sociedad, permite la realización de sus miembros, sostiene importantes obras evangélicas con repercusiones sociales, se encuentra siempre en los lugares “de frontera”, donde hay que poner en riesgo la vida para ayudar a los demás y hacer que el Reino de Dios crezca; la vida consagrada es, a veces, incomprendida incluso entre los propios cristianos. Tiene una dimensión profética, requiere madurez humana, decisión, capacidad de compromiso, esfuerzo.
También es verdad que en ella se puede encontrar gente pecadora. Como en todos los grupos humanos. Incluso personas egoístas, más aún, algún delincuente, que avergüenza a los demás y se aprovecha de la buena fe de los demás. A veces, las instituciones religiosas han realizado una falsa labor de defensa u ocultación de la malas piezas que en ellas se encuentran, pretendiendo así defender al grupo. Son los contrastes de la belleza. Toda luz tiene sombras. Pero las sombras hacen que resalte la luz.
La paz es efecto de la justicia, decía San Agustín. Y en el salmo 84 se afirma que la justicia y la paz se besan. Sin unos mínimos de justicia lo que aparece es el resentimiento y el odio. Por eso, los caminos de la paz pasan por un trabajo serio a favor de la justicia y de la dignidad de todos los ciudadanos. Ahora bien, no hay nada más alejado de la justicia que la venganza. Por eso la justicia debe traducirse en misericordia y perdón. Una justicia que no tiende hacia el amor resulta inhumana. La justicia sola no es suficiente para el logro de una auténtica humanidad ”si no se le permite a esa forma más profunda que es el amor plasmar la vida humana en sus diversas dimensiones” (Juan Pablo II).
Los hechos son los hechos. Gustarán o no gustarán, pero el gusto o disgusto no cambia los datos. Por eso, cualquier interpretación u opinión mínimamente seria no puede basarse en datos falsos o distorsionados. He conocido noticias de primera mano, y luego he leído informaciones o comentarios que las falsificaban totalmente, con la mala intención de hacer daño. Otras veces, como el caso que ahora voy a contar, se ofrecen datos inexactos probablemente porque no se han contrastado con la fuente adecuada.
La vida cristiana está hecha de encuentros. En primer lugar, encuentro con el Señor Jesús. Con este encuentro, y no con decisiones éticas o consideraciones doctrinales, se comienza a ser cristiano. En segundo lugar, encuentro con los hermanos. Cuando uno se ha encontrado con Jesucristo, necesariamente se sigue el encuentro con los hermanos, entre otras cosas porque el modo como Cristo resucitado se hace hoy presente en el mundo es por medio de los hermanos: cada vez que dos o tres se reúnen en su nombre, allí él se hace presente. Estos encuentros son mucho más que meras coincidencias en un lugar. Encuentro significa relación profunda, compartir la vida, con todo lo que conlleva, compartir los bienes espirituales y también los materiales.
La caridad, o el amor cristiano, sin dejar de lado las ayudas eficaces y urgentes que requieren tantos hermanos nuestros, debe también comprenderles y acompañarles en su sufrimiento. Para que la caridad alcance su plenitud con una persona necesitada no basta con llenar la boca que tiene hambre; también hay que escuchar la boca que habla.
En la última semana de julio se celebrarán en Cracovia las XXI Jornadas mundiales de la juventud. Es de esperar que sean muchos los jóvenes que se reúnan con Francisco para reafirmar su fe cristiana. Estas Jornadas están encuadradas, como no podía ser de otra manera, dentro del “año santo de la misericordia”. Sin duda, el Papa hará una llamada apremiante para que, en estos tiempos tan convulsos, los jóvenes cristianos sean instrumentos de misericordia hacia todos los prójimos.
Los predicadores y catequistas lamentan, en ocasiones, la falta de resultados, la poca eficacia de su tarea. Esta queja denota que han olvidado esta palabra de Jesús: “uno es el sembrador, otro el segador”. Lo que nosotros, como cristianos, estamos llamados a hacer es sembrar. Segar es una gracia que solo se concede a algunos. Sin duda, la predicación es una tarea apasionante, pero no es fácil. En ocasiones no aparecen los resultados esperados. ¿Significa esto que no es eficaz? De ningún modo. Significa que los resultados aparecen cuando menos se espera, en la hora de Dios, en el momento en que Dios los haga eficaces.
El predicador es un testigo, no es un profesor. El profesor puede explicar perfectamente una doctrina o una teoría, y hasta resultar convincente, estando un completo desacuerdo con ella. El testigo, por el contrario, está implicado en lo que explica, no es sólo un buen orador. El testigo transmite una noticia que antes le ha afectado personalmente, más aún, que le ha cambiado, le ha transformado. “Quien quiera predicar, dice el Papa Francisco, debe estar dispuesto a dejarse conmover por la Palabra y hacerla carne de su existencia concreta”. Y añade, citando a Tomás de Aquino: “De esta manera, la predicación consistirá en esta actividad tan intensa y fecunda que es comunicar a otros lo que uno ha contemplado”. Condición ineludible de todo testimonio de Jesucristo es un encuentro previo con Jesucristo.
La caridad es una manera de designar al amor cristiano. Hay que reconocer que en nuestras catequesis y predicaciones tenemos un problema de lenguaje con el término caridad. ¿Qué entienden los no cristianos y también bastantes cristianos cuando oyen la palabra caridad? En muchos casos se confunde la caridad con la limosna y se la desprecia porque se la considera una excusa para no practicar la justicia. Por eso es muy importante que en estos terrenos de la relación entre caridad y justicia nos expliquemos bien, no sea que buscando defender la caridad los oyentes entiendan “otra cosa”.