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Ago2016Estudiar para comunicar lo contemplado
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Ago
Predicar consiste en comunicar a otros lo que uno ha contemplado. Estas palabras, inspiradas en Tomás de Aquino, resumen, a mi entender, lo que, entre los dominicos se conoce como “misión intelectual” de la Orden. En efecto, el estudio, uno de los elementos esenciales que definen el carisma de la Orden, no tiene valor por sí mismo, está al servicio de la predicación. Ahora bien, una predicación que no esté avalada por el estudio, se convierte en un recetario de frases piadosas o de fórmulas genéricas que no iluminan la inteligencia. Y sin luz, no hay modo de caminar en la vida, ni de saber a dónde vamos.
La Orden de Predicadores siempre ha considerado el estudio como absolutamente esencial, como una exigencia vital. Ya el Cardenal Cayetano declaró en 1513 algo que debería hacernos pensar y, sobre todo, que debería estimular a toda dominica y a todo dominico: “Que otros se alegren de sus prerrogativas; en cuanto a nosotros, si no nos distinguimos por la Sagrada Doctrina, nuestra Orden ya no tiene más razón de ser”. Y el P. Lacordaire, restaurador de la Orden en Francia, hablaba de que para ser dominico no bastaba “conocer y practicar la disciplina de la Orden”; así, decía Lacordaire, se es “dominico de corazón”; pero es necesario, además, ser dominicos “por la inteligencia”.
A veces, entre los dominicos, se ha distinguido y hasta contrapuesto, los frailes que se dedicaban al estudio y los que se dedicaban a la predicación. Distinción fatal, que reposa sobre un triste equívoco. Pues la predicación supone el estudio y el estudio está al servicio de la predicación y del apostolado.
El objetivo de la predicación es la salvación de las personas. La salvación viene del encuentro con Jesucristo. Para encontrarlo es necesario que alguien lo dé a conocer. Esa es la función del predicador. Ahora bien, para dar a conocer a Jesucristo es necesario haberlo encontrado previamente. El estudio ayuda a profundizar el encuentro y a presentar al Señor Jesús de forma atrayente y adecuada, con un lenguaje inteligible, respondiendo a las dificultades que los oyentes puedan encontrar y, sobre todo, mostrando la cara más auténtica de Jesús que no es otra que gracia y misericordia. Visto así, el estudio de la teología engendra amistad, primero con Dios y luego con las personas a las que se dirige el predicador.
“La oscura celda no es estación término”. Así reza el verso que una persona amiga me ha enviado debajo de la foto del Papa sentado en la celda en la que murió Maximiliano Kolbe. Murió, sí. Como todos. Pero en este caso le mataron. ¿Y qué hace el Papa en el lugar del martirio del religioso franciscano, del hermano menor, del que entregó la vida para salvar a otro hermano desconocido? La rabia, e incluso el deseo de venganza serían comprensibles. El clamor por la justicia sería igualmente comprensible y más cristiano. El reclamo de la verdad sería otra salida digna. Pues bien, Francisco no tiene rabia, no pide venganza, ni justicia, ni verdad. No culpa a nadie. No pregunta por el silencio de Dios. Es él, el Papa, el que guarda silencio. Silencio significativo, silencio que invita a la reflexión, silencio que es un grito de horror.
Cuando se decide a hablar solo pide perdón. Lo pide en primera persona. Porque todos necesitamos perdonar y ser perdonados. “Perdón, Señor, ante tanto horror”. Perdón, Señor, a ti que eres Misericordioso, rico en Misericordia. Rico, o sea, que te sobra por todas partes, que tienes tanta que desborda y parece que se pierde inútilmente. Pero en esta palabra de perdón está nuestra salvación. La salvación para unos y para otros, para víctimas y verdugos. Para que un día deje de haber víctimas y verdugos y aparezca una nueva humanidad, una nueva hombría, en la que todos vivamos reconciliados, unidos, enlazados, porque el amor llena nuestra vida.
La reciente constitución apostólica sobre la vida monástica indica que uno de los temas sobre los que es necesario reflexionar es el de la autonomía de los monasterios femeninos. Autonomía no es autorreferencialidad. Debe estar abierta a la comunión con los otros monasterios. De ahí la importancia y la necesidad de las federaciones. A partir de ahora no podrá haber monasterios que no estén federados.
Por fin ha salido la esperada constitución apostólica sobre la vida monástica femenina, que lleva por título: “La búsqueda del rostro de Dios”. El Papa afirma haber escrito esta constitución “tras las debidas consultas”. En este caso la frase no tiene nada de retórica. Más aún, me permito añadir: tras las debidas consultas a la base, o sea, tras una amplia encuesta a todos los monasterios de vida contemplativa. Por este motivo, las monjas esperaban expectantes el resultado de la consulta.
“Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia”, afirma el Papa Francisco. Además de otros, ofrece este primer motivo: es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Hay muchos motivos que hacen conveniente, más aún necesario como dice el Papa, volver nuestra mirada, o nuestra reflexión, hacia el misterio de la misericordia. Porque efectivamente, se trata de un misterio, una realidad que siempre se nos escapa y que, por eso, no podemos controlar del todo. Nunca acabamos de comprender esta actitud tan humana y tan divina como es la misericordia, porque parece que va más allá de todas las razones. A veces, se diría que lo razonable no es el amor, sino la indiferencia, el rechazo o incluso el odio. ¿Por qué tener misericordia de un desconocido y no digamos de alguien que nos ha hecho daño? La misericordia es, efectivamente, una realidad misteriosa. ¿Será que hay rincones del corazón humano, rincones buenos, que de vez en cuando nos sorprenden?
La razón es lo más valioso que tiene el ser humano. Pero la razón, a veces, es pretenciosa. Por ejemplo, cuando califica de infantil, cuando no de irracional, todo discurso que desemboca en lo religioso. Ya un gran matemático como Pascal hizo notar la insuficiencia del orden puramente racional. Hay que tener en cuenta, además, que lo religioso posee su ló¬gica interna. El que la racionalidad de lo religioso no coincida con la lógica de la ra¬zón analítica o instrumental no significa que en la religión no estén presentes otros tipos de razón, como la simbólica, la utópica, la vital, la hermenéutica, la narrativa, la dialéctica o la cordial. Cierto, tal como reconoce el Catecismo de la Iglesia Católica, “en el sentido de las pruebas propias de las ciencias naturales”, no podemos probar ni desprobar la existencia de Dios. Pero tam¬poco podemos dar cuenta de la verdad última de las proposiciones científicas. Desde el momento en que los enunciados empíricos basan su validez en el principio de inducción, su verdad es sólo probable, jamás absoluta. De modo que, mientras no se demuestre su falsedad , la validez de las conclusiones científicas depende de la confianza que en ellas depositemos.
El dinero es sucio. Recuerdo que un empleado de banca me decía: el dinero huele mal. Añadía, para que quedase claro lo que quería decir: huele físicamente mal. Y cuanto más se acumula, como en las cajas fuertes de los bancos, más y peor debe oler. En este caso, lo físico es reflejo de algo mucho más serio: ante el dinero parece que todos perdemos la cabeza; el dinero, en demasiadas ocasiones, corrompe a los que lo ambicionan. Y cuando alguien acumula dinero, resulta sospechoso de haberlo obtenido por medios poco confesables. No es extraño que Jesús advirtiera que uno de los grandes peligros de sus seguidores era el amor al dinero: no podéis servir a Dios y al dinero. El dinero es incompatible con el reino de Dios. Pues el dinero nos hace egoístas y el reino de Dios nos hace desprendidos.
Es práctica habitual para invitar a leer un artículo entresacar una frase llamativa que se pone como titular. A veces el titular refleja bastante bien la temática de la que trata el artículo, pero otras veces quedarse solo con el titular no es hacer justicia al pensamiento matizado expuesto en el artículo. Quedarse con una frase sacada de contexto no es garantía de conocer a un autor ni de resumir adecuadamente su pensamiento. Pongo un ejemplo personal: en un post de este blog, titulado “encuentros y desencuentros”, indicaba que Jesús nos invita al encuentro, a la buena relación con los demás. Por tanto, un cristiano debe evitar, en la medida de lo posible, todo aquello que le aleja de los demás. En el campo teológico y doctrinal, esto se traduce en la necesidad de evitar malentendidos y, en positivo, de ofrecer explicaciones que favorezcan la comunión, sin que esto implique desvirtuar la propia posición.