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May2016La caridad supone y supera la justicia
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May
Los dos calificativos son absolutamente necesarios para entender la relación entre caridad y justicia: la primera supone y supera a la segunda. Supone quiere decir que sin justicia no puede vivirse la caridad. Por tanto, cuando decimos que la caridad supone la justicia no estamos prescindiendo de la justicia para saltar directamente (por decirlo con una imagen gráfica) a la caridad. Sin la base, sin la realización efectiva, sin la práctica real de la justicia no hay caridad que valga. La justicia, pues, forma parte de la predicación del Evangelio. Sin duda, la justicia es una virtud propia de todo ser humano. Pero los cristianos, en nombre de una supuesta originalidad del evangelio, no podemos dejarla de lado. Lo cristiano supone lo humano y construye sobre lo humano. Nunca prescinde de lo humano.
Que la justicia sea una virtud humana que el evangelio ratifica debería alegrarnos, porque ahí encontramos un elemento de comunión entre todos los hombres. Pero el que la justicia sea una virtud humana no debe conducirnos a olvidarla en nuestra predicación del evangelio. Porque por muy propia de lo humano que sea la justicia, lo cierto es que en demasiadas ocasiones lo que vivimos los humanos es la injusticia. Hay demasiada corrupción en la política y la economía, hay demasiado egoísmo en nuestras vidas a costa de lo que es propio del prójimo y en justicia se le debe, como para que los cristianos dejemos de predicar, anunciar y reclamar la justicia.
¿En qué supera la caridad a la justicia? La caridad va más allá de la justicia, porque el amor cristiano supera “lo debido” para entrar en el terreno de la gratuidad, de la misericordia y del perdón. La justicia puede obligar a un padre a dar el pan a sus hijos; ningún tribunal puede obligar a un marido a amar a su mujer, ni a un mujer a perdonar las ingratitudes de sus hijos o de su marido. La parábola del samaritano misericordioso, que va más allá de lo que se podía esperar “razonablemente” es un buen modelo del amor cristiano: una persona que pierde su tiempo y su dinero para favorecer a quien podía considerarse su enemigo y que probablemente nunca hubiera hecho por el samaritano lo que éste hacía por el judío.
En este mes de mayo se han cumplido 50 años de la conocida como Revolución Cultural china. Las autoridades reclutaron a grupos de adolescentes, casi niños, que se arrogaron la defensa ciega de la ideología del presidente Mao Zedong. La defensa se tradujo en una oleada de terror, mediante la violencia y purgas sin fin, contra enemigos reales o imaginarios. Se calcula que pudo haber hasta tres millones de personas asesinadas. Aquellos guardias rojos son hoy personas mayores. Algunos, conscientes de las barbaridades que hicieron, han pedido perdón. Tales peticiones se han silenciado, no interesan al partido comunista chino, instigador de aquella barbarie y todavía hoy en el poder.
Domingo de Guzmán fundó una Orden de Predicadores en orden a la salvación de las personas. La salvación viene del encuentro con Jesucristo. Para encontrarlo es necesario que alguien lo presente, lo dé a conocer. Esa es la función del predicador: dar a conocer el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Por otra parte, una de las características de la vida de Sto. Domingo fue su actitud misericordiosa, manifestada no sólo en su modo de tratar a las personas, sino en la ayuda espiritual y material que les prestó, como por ejemplo, cuando siendo joven, antes de pensar en fundar ninguna Orden, vendió sus libros en Palencia para que los pobres pudieran comer. Por este motivo se dice que la predicación de los compañeros de Domingo debe ser una predicación compasiva.
El jueves, 5 de mayo, viajaba en el tren Euromed de Valencia a Barcelona. La llegada estaba prevista a las 21:39. De pronto, sobre las 21:30, cuando parecía que estábamos llegando, porque el tren iba reduciendo su velocidad, nos quedamos parados. Me pregunté si habíamos llegado con algo de adelanto. Pero no estábamos aún en destino. Alguna persona comentó que el tren se paraba, pero solo serían dos minutos, precisamente porque llevaba algo de adelanto y quería entrar en la estación justo a la hora indicada. Pasaron dos minutos y quince más y el tren seguía parado. Por megafonía se dijo lacónicamente: “señores viajeros, estamos en la estación de Gavá y vamos a estar unos minutos parados por motivos técnicos”.
Ha sorprendido que el Papa Francisco afirme que no todas las situaciones pueden resolverse aplicando normativas generales. La sorpresa aumenta si añadimos que hay situaciones que requieren de un discernimiento, a veces prolongado, siempre serio y honrado; que, además, en relación con ese discernimiento, es necesario confiar en la conciencia de cada uno. Y finalmente que puede haber momentos y casos en los que subsistan diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina o algunas consecuencias que se derivan de ella. Dicho de otro modo: la fe de la Iglesia es siempre la misma, pero la doctrina que la explica no es monolítica; el pluralismo teológico es tan antiguo como “los evangelios”, las cuatro primeras maneras de entender, aplicar e interpretar la vida y el mensaje de Jesús.
Para el Nuevo Testamento no hay ninguna duda: Cristo resucitado es “el Señor”. Evidentemente no como los señores de este mundo, sino como el Señor de los señores, el Señor que es igual a Dios y, por tanto, el Señor absoluto al que todo le está sometido. San Pablo considera varias dimensiones a propósito del señorío de Cristo resucitado: es Señor de todos (Flp 2,11) y de todo (Col 1,15-20), es Señor de cada uno de nosotros (Rm 14,8-9) y es el único Señor (1 Cor 8,6). Estas dimensiones del señorío de Cristo tienen una serie de consecuencias importantísimas para la vida del cristiano.
Estuvo recurrente y acertado el cardenal Schönborg cuando dijo que hasta ahora la Iglesia había puesto más su mirada en los dormitorios de los cónyuges que en el comedor de las familias. La exhortación de Francisco dedica largos párrafos al amor familiar, pero no se olvida de la sexualidad conyugal. Lo interesante es que la sexualidad es tratada muy positivamente, como un regalo de Dios. Hace ya tiempo que Santo Tomás de Aquino escribió que el acto conyugal, o sea, la manera cristiana de vivir la sexualidad, es un acto de la virtud de la religión. El acto conyugal, según el santo doctor, pudiera ser una manera de ¡rendir culto a Dios! Francisco, citando a Juan Pablo II, lo dice así: “la vida conyugal viene a ser, en algún sentido, liturgia”.
La Amoris Laetitia dedica mucha atención a la fecundidad del matrimonio. Los hijos son el resultado más precioso del amor matrimonial. No son algo añadido “desde fuera” al amor de los esposos, sino que brotan del corazón mismo de su amor recíproco. El amor rechaza todo impulso de encerrarse en sí mismo; el amor auténtico siempre es fecundo, porque es creador. El Papa supera la comprensión de los hijos como un fin del matrimonio. Los hijos no son un fin, un objetivo, un resultado, son inherentes al amor.
La exhortación apostólica Amoris Laetitia trata fundamentalmente del amor en la familia. Pero como en la vida cristiana todo está relacionado, no es de extrañar que el documento del Papa se pregunte por la relación que hay entre virginidad y matrimonio, ya que la virginidad es una forma de amar. Se trata de dos carismas, dos dones del Espíritu Santo, dos modos de seguir a Cristo y dos vocaciones o llamadas de Dios. Si ambos estados, el celibato en la vida consagrada y el matrimonio, tienen el mismo origen en Dios, no solo no pueden oponerse, sino ni siquiera rivalizar.