Nov
Venid a mí: la transmisión de la fe
0 comentarios
El Dicasterio para la doctrina de la fe ha publicado unas consideraciones sobre la transmisión de la fe, con el título de: “Venite ad me”, palabras tomadas del texto evangélico con el que comienza el documento: “Venid a mí, dice Jesús, todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”. Pero para ir hasta Jesús es necesario conocerlo y, para conocerlo, es necesario que alguien nos lo presente.
En el pasado la transmisión de la fe se realizaba en muchas ocasiones en el propio contexto familiar. Los padres cristianos transmitían a sus hijos la fe que ellos mismos vivían. Hoy las cosas ya no son así. Nos encontramos no en una época de cambios sino, sobre todo, en un cambio de época, en unos tiempos nuevos, caracterizados por la secularización. Mucha gente está alejada de la Iglesia. Incluso muchos padres bautizados ya no viven su fe cristiana y, por tanto, no pueden transmitirla. La transmisión de la fe en el ámbito familiar se ha interrumpido en muchas partes del mundo. La fe crece por atracción y su transmisión para el niño pequeño solo puede hacerse “en dialecto”, en el dialecto de la familia, en el dialecto de papá y mamá, del abuelo y de la abuela. Y si falta el dialecto, si en casa no se habla entre los padres en la lengua del amor y no se vive la fe, la transmisión no se podrá hacer.
Hoy la transmisión de la fe, en muchas ocasiones, exige la evangelización de los adultos. Ahora bien, debe quedar muy claro que la evangelización no comienza por el aprendizaje de contenidos doctrinales, de información religiosa, o de normas morales, sino por la invitación a encontrarse con una persona viva, Jesús resucitado, que nos da a conocer el amor incondicional de Dios a todos y cada uno de nosotros. El es la luz que ilumina a cada ser humano, revelando el amor incondicional que habita en el corazón de Dios. Dios es amor para todos, misericordia para todos, incluso para aquellos que condenan y dan muerte a su Hijo. Ya hemos dicho que su amor es incondicional. Si no fuera perdón y misericordia con los que dan muerte a su Hijo, su amor estaría condicionado a la actitud o respuesta del ser humano. Por mucho que una persona se aleje de Él, Jesús nunca se alejará de ella.
Quién se ha abierto al amor de Dios, ha escuchado su voz y ha recibido su luz, no puede retener este don para sí. Se convierte a su vez en transmisor de su descubrimiento. En este sentido la Iglesia no hace proselitismo, crece por atracción. En la actual crisis de transmisión de la fe cristiana, es importante comenzar por lo que se conoce como kerygma, o sea, el anuncio fundamental de la fe para suscitar un encuentro con Cristo capaz de transformar la vida: “Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu lado cada día, para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte”. Este anuncio requiere un buen contexto, a saber, que entre los discípulos del Señor haya una verdadera vida comunitaria y unas celebraciones eucarísticas y sacramentales en la que se haga presente el amor de Cristo.
Según el documento, hoy la transmisión de la fe exige prestar atención al cultivo de la piedad popular, a la homilía, al deseo de compromiso de muchos jóvenes, a la necesidad de ampliar los espacios de presencia de mujeres en los procesos eclesiales, a los retos de la cultura actual (y en este contexto se refiere a la respuesta que Francisco y Domingo, Teresa de Jesús o Ignacio de Loyola supieron dar a los retos de su tiempo). Para terminar con una referencia a la importancia del compromiso ecuménico “que constituye una dimensión intrínseca de la misión evangelizadora de la Iglesia”.