Oct
Salvación de todo lo humano
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Con motivo de la próxima conmemoración de todos los fieles difuntos, ofrezco una pequeña reflexión sobre cómo podemos entender, desde nuestra mentalidad, la salvación cristiana. Digo desde nuestra mentalidad, porque lo que Dios prepara para los que le aman desborda todo lo imaginable y no hay categorías humanas que pueden definirlo. Entre otras cosas porque definir es poner límites, y la maravilla que Dios tiene preparada para los que le aman desborda todo lo que el ojo puede ver, el oído oír y el corazón desear (Cf 1 Cor 2,9). Pero como de alguna manera hay que entenderse, podría valer esta definición: la salvación es la integración de todas las dimensiones de lo humano en un proyecto de felicidad estable y completa, que sobrepasa todo deseo.
Esto significa que la salvación cristiana no es espiritualista, del alma sola, sino del hombre entero. La Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos es el prototipo de aquello que a todos nos espera. En cuerpo y alma es el único modo bueno de estar en el cielo. La corporalidad, y su prolongación en la naturaleza y el entorno ecológico, es una dimensión constitutiva del ser humano. No hay salvación al margen de este hecho.
Tampoco es una salvación individualista, del yo solo, sino de la comunidad humana transformada en comunión de los santos. La convivencia también forma parte de la estructura de la identidad personal. El ser humano es persona con los otros, en el doble sentido de junto a los otros y necesitado de los otros. Esto significa que el bienestar y la salvación deben ser universales, accesibles a todos y no solo a unos cuantos privilegiados. Por eso, la Iglesia (tal como dice uno de los prefacios de la Eucaristía) espera el domingo sin ocaso en el que la humanidad entera entrará en el descanso de Dios.
No cabe duda de que el ser humano busca sentido para su vida. Y por muy placentera y agradable que sea la vida, no podemos obviar el problema del dolor y del sufrimiento. Y sobre todo el problema de la muerte, expresión de nuestra fragilidad. La muerte siempre termina siendo vencedora, es la única llegada segura e infalible. El problema de la finitud, que termina produciendo sufrimiento y muerte, no tiene salida fuera de la perspectiva religiosa. El no creyente puede pensar que la religión no conduce a ninguna parte. Eso no impide que el problema siga estando ahí.
Dios es la respuesta definitiva a la demanda de vida y sentido de toda persona humana. El fundamento de la esperanza cristiana no está en una vana ilusión, sino en la fe en un Dios, Amor incondicional a todos y cada uno de los seres humanos; y un Dios todopoderoso que puede sacar vida de donde no hay (como ocurre con cada nacimiento) y mantener la vida que hay (como ocurre con la resurrección de los muertos). Por eso la muerte no es un final, es un paso. Dios no devuelve la vida que la naturaleza nos ha quitado. Dios da la vida para siempre y siempre la sostiene: por eso digo que la muerte no es un final sino un paso, una transformación.