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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

12
Dic
2016

Dios todo bondadoso y omnipaciente

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solymar

Tuve ocasión de asistir a una Eucaristía en la que el presidente sustituía los términos “todopoderoso” y “omnipotente”, aplicados a Dios, por “todo bondadoso” y “omnipaciente”. Estoy convencido de que la mayoría de los fieles no se enteraban del cambio, entre otras cosas porque al recitar el Credo siguieron con la inercia del “creo en Dios padre todopoderoso” y sólo el presidente dijo lo de “Dios padre todo bondadoso”. Aunque soy muy mal cantor, mi oído funciona muy bien, y eso me permite darme cuenta de esos detalles, que quizás a otros les pasan desapercibidos.

No me cabe la menor duda de que Dios desborda de bondad y de paciencia. Esa no es la cuestión. La cuestión es que aplicar a Dios el término todopoderoso a algunos les parece inapropiado, bien porque ese poder no se manifiesta cuando parece que más lo necesitamos, o bien porque asociar el poder a Dios parece equipararlo al modo como los tiranos ejercen su poder en este mundo. Recordando tragedias como la de Auschwitz, algunos se han preguntado cómo puede ser Dios bueno y poderoso al mismo tiempo: porque si puede evitar las tragedias y no lo hace, entonces no es bueno; y si quiere evitarlas y no puede, entonces no es poderoso. Ante dilemas así hay quién se inclina por  decir que Dios no es poderoso. En todo caso, su poder no se ejerce al modo como lo ejercen los supuestamente poderosos de este mundo. Ya Jesús descalificó este modo de ejercer el poder, porque para Jesús el verdadero poder no es el de la fuerza, sino el del amor.

Ahora bien, insistir en que Dios es paciente, misericordioso, bueno y clemente, no quita que también sea poderoso. Un Dios débil, por muy bueno que sea, no puede salvar. Solo salva un Dios poderoso. Con un poder distinto del humano. También su bondad es distinta a la de los buenos de este mundo. En Dios todo es “divino” y, porque es divino, todo desborda de amor. Que su poder se ejerza al modo divino y, por tanto, envuelto en un amor infinito, es la mejor garantía de que  su poder es salvífico. Es un poder que conduce todas las cosas al bien. Y si alguna vez parece que no ejerce su poder como lo haríamos nosotros, es porque Dios siempre respeta la libertad humana y la autonomía de lo creado. Con un respeto que está siempre muy atento, siempre vigilante, para aprovechar cualquier resquicio que pueda reorientar suavemente la libertad para conducirla a su verdadero objetivo, que es el bien.

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