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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

3
Feb
2026
Cuando el criterio son las vísceras
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criteriovisceras

Siempre he pensado que no es la piedad el criterio de la verdad, sino al revés: la verdad es criterio de toda piedad. En uno de sus Sermones universitarios, John Enry Newman se refiere a “aquellos que se dejan llevar de un sentimentalismo religioso, donde la imaginación y los sentimientos ocupan el lugar que le correspondería a la Palabra de Dios”.

En algunos terrenos la pasión nos ciega. Es posible incluso que, aún así, tengamos razón. Pero el modo de expresarla o de manifestarla la descalifica o, al menos, dificulta que podamos convencer de ella a los que no piensan como nosotros. En el terreno religioso hay algunos temas sensibles que mucha gente vive con esa pasión que, a veces, nos hacer perder incluso la razón que tenemos. Y muchas veces ocurre que cuanta menos teología se sabe con más pasión se expresa uno.

Por poner un ejemplo, que espero que se lo tomen con humor, yo mismo he oído decir: “yo no sé si Dios existe, pero a mí a la Virgen de los desamparados no me la toca nadie”. Lo que hay detrás de expresiones como estas es el fanatismo que provocan determinas imágenes o advocaciones, importando poco lo que ellas significan. Porque lo que importa en la Virgen no es la imagen, sino siguiendo con el ejemplo de la advocación puesta, lo que importa es que ella nos invita a ocuparnos de los desamparados. Lo fácil es hacer una religión de fórmulas, gritos o apariencias, una religión en definitiva vacía, y olvidar que la buena religión transforma el corazón y cambia a la persona. Vamos, que el criterio de toda buena fe religiosa es el amor al prójimo.

Ahora que ha pasado un tiempo y que los ánimos están más calmados, me atrevo a decir que algunas cosas que se dijeron a propósito del documento del dicasterio de la doctrina fe publicado el pasado mes de noviembre, que trataba de algunos títulos marianos, resultan cuando menos penosas. Calificar el documento, como yo he leído, de “inmundicia talmúdica y masónica, pérfida y ambigua” no parece muy cristiano. También he escuchado algunos argumentos a favor de los títulos que el documento cuestiona, que me hubieran parecído respetables si se hubieran dicho con paz y sin descalificar a nadie.

No tiene más razón el que más chilla, ni ama más a María el que mejor descalifica a otros. Precisamente el buen argumentador no necesita enfadarse ni levantar la voz. Hablar visceralmente no es prueba de tener razón, sino de ser poco elegante. Hay algunos que solo están de acuerdo con el Magisterio cuando el Magisterio hace y dice lo que ellos quieren. Esos solo están de acuerdo consigo mismos. Por cierto, refiriéndose explícitamente a este documento, el pasado 29 de enero, dijo el Papa que “brinda aclaraciones precisas e importantes para la mariología”.

En muchos temas religiosos convendría no olvidar la frase atribuida a San Agustín: “en lo esencial, unidad; en lo dudoso, libertad; y en todo, caridad”.

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30
Ene
2026
De la profesión a la vocación
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jornadavidaconsagrada2026

La Jornada Mundial de la Vida Consagrada fue instituida por Juan Pablo II en 1997 con un doble propósito: ayudar a toda la Iglesia a valorar cada vez más el testimonio de quienes han elegido seguir a Cristo mediante la práctica de los consejos evangélicos; y para que las personas consagradas reaviven los sentimientos que deben inspirar su entrega al Señor. Se trata, pues, de una jornada que interesa a toda la Iglesia. Y para las y los consagrados es una llamada a la responsabilidad para que vivan su vocación con entrega al Señor, alegría personal y espíritu de servicio a la Iglesia.

Todas las jornadas tienen un lema. El de este año, para la vida consagrada, está en continuidad con el lema del congreso vocacional convocado por la Conferencia Episcopal Española hace exactamente un año. El lema del Congreso fue: “¿Para quién soy?”. El de la jornada de la vida consagrada es: “Vida consagrada, ¿para quién eres?”. Hemos pasado de la pregunta por la identidad a la pregunta por la alteridad. Los lemas llaman la atención, pero pueden mal entenderse. Insistir en la identidad puede conducir a la autorreferencialidad, a una mirada obsesiva sobre uno mismo; insistir en la alteridad tiene el peligro de la dispersión, de olvidarse de las propias raíces y de lo que da sentido a la propia vida.

Bien entendida la pregunta del lema de la jornada nos orienta a uno de los aspectos más serios y profundos de la vida consagrada. Para decirlo en forma de contraste, la pregunta “¿para quién soy?” orienta hacia una distinción fundamental, la que hay entre profesión y vocación. Vivimos en un mundo caracterizado por el afán de dominio y de posesión, en una cultura donde prima la racionalidad instrumental que favorece la mentalidad dominadora y el individualismo. Vale lo que sirve. Y sirve el que está preparado, el competente, el buen profesional. Y como buen profesional es muy útil y muy solicitado por lo que hace. Entenderíamos mal la vida consagrada si la redujéramos a lo puramente instrumental: son buenos profesionales, buenos profesores, buenos sanitarios, hacen buena obra social.

No, no es la profesión lo que define a la vida consagrada, sino la vocación, o sea, la llamada. Llamados por Dios, sin duda. Y también llamados para servir a los hermanos. Pero este “para” los hermanos es consecuencia del “por” Dios, y no una búsqueda de uno mismo para ser reconocido como buen profesional. La vida consagrada es para aquellos a los que Dios llama. Cierto, Dios también llama a muchos al matrimonio. Pero a otros los llama a la vida consagrada, a hacer de su vida un signo de que Dios es el único esposo de la Iglesia y, por eso, en la vida eterna, donde Dios será todo en todas las cosas, o sea, la realidad que todo lo determine, no se tomará marido ni mujer.

La vida consagrada es llamada. Es de Dios. Pero también es para Dios. Y ser para Dios es ser para los hermanos, porque no es posible amar a Dios invisible sin amar al hermano visible, imagen de Dios. Por eso, la vida consagrada es sobre todo para los pobres, para aquellos que más necesitan de Dios en todos los sentidos, humano, espiritual, corporal, afectivo. Los que viven de su profesión y para su profesión no sirven a los pobres. Se sirven a sí mismos sirviendo a aquello que puede enriquecerles. Los que viven de su vocación sirven desinteresadamente a quién no puede devolverles más que amor.

Vida consagrada, ¿para quién eres? Para Dios y para las hijas e hijos de Dios. Para todos los hermanos y hermanas. Pero este “para” se entiende desde la gratuidad y el desinterés.

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26
Ene
2026
Tomás de Aquino: pasión por la verdad
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Tomásaquino2026

Hace casi dos mil años que un procurador romano pasó a la historia por un famoso juicio, para él probablemente insignificante, en el que, cuando el acusado le habló de la verdad, diciendo que “todo el que pertenece a la verdad escucha mi voz”, le respondió con esta pregunta: “¿Y qué es la verdad?” (Jn 18,37-38). Al procurador romano la respuesta no le interesaba. Por eso, tras formular la pregunta dió la espalda al testigo de la verdad, en vez de pararse a escuchar su respuesta.

En contraste con esta actitud escéptica de Poncio Pilato, la verdad fue una preocupación que acompañó a Tomás de Aquino a lo largo de su vida. Si inteligencia es la capacidad de comprender, razonar, aprender, resolver problemas y adaptarse a nuevas situaciones, bien podemos decir que la inteligencia de Tomás de Aquino, su estado de mente, estaba totalmente orientada hacia la verdad, entendida como conformidad de las cosas con el concepto que de ellas se forma la mente. Ella es lo determinante de toda su reflexión, de toda su búsqueda, de toda su investigación.

De hecho, las dos grandes Sumas o síntesis de teología que dejó escritas comienzan con la palabra “verdad”. En la Suma contra los gentiles, la palabra se encuentra en una cita del libro de los Proverbios: “mi boca dice la verdad y mis labios aborrecerán lo impío”. Traduzco por “impío”, basándome en el texto latino que utiliza el santo. Pues si impío es el falto de piedad y de religión, el que se aleja de Dios, entonces la cita, al contraponer verdad e impiedad, está indicando que la verdad es lo que nos acerca a Dios.

Santo Tomás de Aquino decía que “la verdad es verdad no porque la dicen muchos, sino porque se ajusta a la realidad”. Hay una máxima que decían los antiguos: “amigo de Platón, pero más amigo aún de la verdad”. A este respecto, Felicísimo Martínez nota que la verdad está por encima de la amistad y, por supuesto, de lealtades institucionales (el partido, la Iglesia, la empresa, el sindicato). La verdad está por encima de cualquier interés partidista o de escuela. Por eso, Sto. Tomás no duda en distanciarse explícitamente de Aristóteles o de san Agustín cuando piensa que no tienen razón. Esta lealtad a la verdad contrasta con los actuales fanatismos políticos, religiosos, ideológicos; y, por supuesto, con aquellas (malas) lealtades que, para defender a su institución eclesiástica, empresarial, sindical o política, son capaces de sacrificar el valor sagrado de la verdad.

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22
Ene
2026
Camino ecuménico: camino de la Iglesia
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encuentropapapatriarca

En esta semana de oración por la unidad de los cristianos resulta oportuno recordar dos importantes documentos católicos que piden y favorecen la unidad: el decreto sobre el ecumenismo del Concilio Vaticano II y le encíclica Ut unum sint de Juan Pablo II.

Cuando comenzó el Concilio estaba previsto decir algo sobre el ecumenismo, sobre todo pedir oraciones por la unidad de los cristianos. Pero el ecumenismo ocupaba un lugar secundario. Poco a poco el tema ecuménico fue ganando terreno y, finalmente, tuvo su propio decreto, su tratamiento propio. Un primer signo de la importancia que iba ganando el tema ecuménico fue que, por primera vez en la historia de los Concilios ecuménicos, se invitó a observadores de otras confesiones cristianas, que participaron con interés y agradecimiento. Se iba creando un ambiente de cercanía y fraternidad.

El propósito del decreto era dejar claro que la unidad es un deseo del Concilio, porque la división contradice la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y daña la causa de la predicación del Evangelio. En el número tres del decreto conciliar se recuerda que las divisiones son tan antiguas como la Iglesia. En siglos posteriores surgieron divisiones más amplias y algunas Comunidades se separaron de la plena comunión de la Iglesia católica. Esta constatación va acompañada de una buena dosis de autocrítica: “no sin culpa de los hombres de una y otra parte”. Y de una importante observación: los actuales fieles de estas comunidades “no pueden ser acusados del pecado de separación”. Después del reparto de culpas, se afirma la exoneración de culpas a los actuales cristianos.

Luego viene lo que parece ser el irrenunciable principio católico: los separados (no olvidemos que la separación es mutua, pero el Concilio habla desde su punto de vista) están en “una cierta comunión con la Iglesia católica, aunque no perfecta”. Se reconoce pues que no hay separación total, ni ruptura, sino “una cierta comunión”. Más aún, los separados están “incorporados a Cristo por el bautismo y con todo derecho son cristianos”. Y, aunque viven fuera de la Iglesia católica, poseen “bienes muy valiosos”. Y un reconocimiento verdaderamente importante: las Iglesias y Comunidades no católicas son para sus fieles “medios de salvación”. Vamos, que fuera de la Iglesia católica romana (y pongo lo de “romana” porque existe también la Iglesia católica anglicana) hay mucha salvación. Estamos ante un verdadero cambio de lenguaje y de mentalidad por parte católica.

Elemento básico para que haya ecumenismo, entendimiento y diálogo, es eliminar palabras, juicios y acciones que no respondan a la verdad, como dice el número 4 del decreto. Por eso son importantes los peritos que nos ayudan a entender aquellas fórmulas que han sido causa de división, precisamente porque han sido mal entendidas. En este número 4 encontramos dos advertencias dirigidas a los católicos: una, pudiera ocurrir que por nuestra manera de vivir, “el rostro de la Iglesia resplandezca menos” ante los otros cristianos; y dos, reconocer los bienes de los otros puede contribuir a nuestra propia edificación.

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18
Ene
2026
Un solo cuerpo y un solo Espíritu
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semanaoracionunidad26

En el hemisferio norte, la semana de oración por la unidad de los cristianos se celebra de 18 al 25 de enero. En el hemisferio sur, como el mes de enero es tiempo de vacaciones, las Iglesias suelen celebrar esta semana de oración en torno a Pentecostés. El lema escogido para este año está tomado de un texto de la carta a los efesios (4,4): “Uno solo es el cuerpo y uno solo el Espíritu, como una sola es la esperanza a la que habéis sido llamados”. Este texto recoge la enseñanza de Pablo sobre la unidad, subrayando que los seguidores de Cristo representan un solo cuerpo y un solo espíritu, unidos en una única esperanza. La comisión que ha preparado los materiales para esta semana afirma que “esta metáfora representa a la Iglesia como una entidad unificada que trasciende las barreras de la geografía, la nacionalidad, la etnia y la tradición”.

En la carta de san Pablo a los corintios se utiliza la metáfora del “cuerpo de Cristo” para describir la unidad de la Iglesia en la diversidad de sus miembros. Porque unidad no es uniformidad. La Iglesia es su diversidad de carismas, de instituciones, de vocaciones, de tradiciones litúrgicas, es un todo cohesionado por Cristo. Si todos los cristianos, sigue diciendo la comisión que ha preparado los materiales, reconocemos que “formamos parte de un cuerpo universal en Cristo”, esta convicción fomentará “la colaboración global en la difusión del Evangelio y el servicio a la humanidad, desplazando el centro de atención de las divisiones internas hacia la misión común”.

La mención del Espíritu subraya la importancia de la unidad de los cristianos, pues el Espíritu sostiene la comunión y capacita a la Iglesia para cumplir su misión. Cito de nuevo a la comisión preparatoria: “El Espíritu fomenta una profunda conexión espiritual entre los creyentes, que trasciende las diferencias y crea un vínculo que refleja la unidad de la Santísima Trinidad. Este vínculo espiritual compartido es la base de la reconciliación, guía a los creyentes en todo el mundo y los prepara para ofrecer un testimonio y un servicio eficaz”.

Finalmente, todos los cristianos estamos llamados a una única esperanza de salvación y de vida eterna, todos aspiramos al mismo fin, a saber, la vida eterna con Cristo. “Esta visión compartida (vuelvo a citar a la comisión) hace superar las divisiones confesionales y culturales, animando a los cristianos a trabajar juntos en todo lo que les es posible”.

En un mundo en el que las Iglesias y confesiones cristianas siguen divididas, la carta a los efesios nos recuerda que todos los cristianos formamos parte del único cuerpo de Cristo. Hay algo en lo que estamos unidos, a saber, la comunión en las verdades esenciales de la fe cristiana. Y sobre todo en la gran verdad de la fe: Jesucristo, Hijo único de Dios, de la misma naturaleza del Padre, tal como hemos recordado al celebrar el 1700 aniversario del Concilio de Nicea. Para la celebración ecuménica de esta semana, se propone el Credo de los concilios de Nicea y Constantinopla. El Credo que afirma la fe en el Espíritu Santo, “que procede del Padre y que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria”. El añadido del Hijo con la conjunción copulativa “y”, después de afirmar que el Espíritu procede del Padre (el famoso “Filioque”) es posterior.

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15
Ene
2026
Por una pastoral renovada
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estolapastoral

La fe se expresa en términos y fórmulas condicionados por la cultura. Puede servir de ejemplo el término “persona” aplicado al Dios trinitario. Pues este concepto hoy no tiene el sentido que tenía en el contexto en el que se formuló el credo niceno constantinopolitano. Si por persona entendemos un ser dotado de razón, consciente de sí mismo y poseedor de una identidad propia, que expresa la singularidad de cada individuo de la especie humana, y lo aplicamos a las tres personas divinas, nuestros oyentes terminaran entendiendo de forma triteista al Dios cristiano. Los cristianos confesamos un solo y único Dios, no tres dioses.

Los destinatarios del mensaje entienden las explicaciones y formulaciones de la fe en función de su mentalidad y de su cultura. Si no nos expresamos de forma inteligible, los oyentes no acogerán el mensaje cristiano adecuadamente. Y solo seremos inteligibles si nos adaptamos a la cultura, necesidades y demandas de sentido de los oyentes.

Jesús era un excelente modelo de adaptación: sus parábolas contienen una maravillosa pedagogía. En ellas se explica lo que es el Reino de Dios de forma adaptada a los campesinos que le escuchaban. El relato de los discípulos que van camino de Emaús es otro estupendo ejemplo de un Jesús que sabe enlazar con las necesidades e inquietudes de sus oyentes. ¿De qué discutíais por el camino?, les pregunta Jesús. O sea, ¿cuáles son vuestras preocupaciones? Si el evangelio no responde a las grandes preguntas de las personas, el evangelio deja de interesar. Pero para responder a estas preguntas, es necesario primero escuchar a la gente.

Como bien dice el Papa Francisco, “un predicador es un contemplativo de la Palabra y también un contemplativo del pueblo”. Por eso, el predicador “necesita poner un oído en el pueblo, para descubrir lo que los fieles necesitan escuchar”. Una buena predicación, una buena catequesis requiere, además de la escucha de la Palabra de Dios, la escucha de las personas a las que se dirige la predicación. Pues solo escuchado su palabra encontraremos las palabras adecuadas para ser entendidos. El predicador debe conocer a los destinatarios de la predicación. Para conocerlos hay que escucharlos. Por eso, antes de hablar, el predicador, el buen pastoralista, pregunta. Así se pone en sintonía con el destinatario de la predicación.

La fe se confiesa, sin duda, con el lenguaje de la Biblia y con el lenguaje de la Iglesia. Pero también se confiesa con el lenguaje del mundo. Es importante que la gente entienda lo que decimos, porque si no, el evangelio no llega a sus destinatarios. El Papa Francisco, en Evangelii Gaudium (n. 41) notó que “a veces, escuchando un lenguaje complemente ortodoxo lo que los fieles reciben, debido al lenguaje que ellos utilizan y comprenden, es algo que no responde al verdadero Evangelio de Jesucristo”.

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11
Ene
2026
Serpiente que mata, serpiente que salva
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serpiente

Hay un extraño texto en el capítulo 21 del libro de los Números donde se dice que el remedio contra las serpientes venenosas que mordían y mataban a muchos israelitas en el desierto, era mirar a otra serpiente venenosa clavada en un estandarte. En su diálogo con Nicodemo, Jesús recuerda este texto y se lo aplica a él mismo clavado en la cruz. El que contempla a Jesús crucificado y cree en él encuentra la salvación.

Los símbolos bien entendidos son sugerentes y orientan más allá de ellos mismos hacia algo que no es nunca del todo expresable con nuestros pobres conceptos, porque nunca llegamos a comprenderlo del todo. La cruz, que es un instrumento de tortura, y la serpiente, que es un peligroso y mortal animal, convertidos en símbolos de salvación, nos hacen caer en la cuenta de que Dios saca bien del mal. Allí donde parece que no hay ninguna esperanza, Dios puede abrir caminos de vida y de futuro.

El contraste entre la serpiente que mata y la serpiente clavada en un estandarte, que salva a los que la miran, es un buen símbolo que orienta a otro contraste que apunta a una realidad salvífica, a saber: el árbol del paraíso que provocó el alejamiento de los seres humanos de Dios, y la cruz, llamada también árbol de salvación, en la que está clavado Jesús, para que todo el que la mira encuentre vida y salvación. Mirar, en este caso, es contemplar al gran amor de Dios que se revela en el modo de estar Jesús en la cruz. Insisto, no tanto en el instrumento de tortura, cuanto en el modo de estar Jesús en él. ¿Y cómo está Jesús? Bendiciendo y perdonando a sus enemigos, a los que le crucifican. Es imposible que haya un amor más grande. Solo un amor así es salvífico y fuente de vida. Porque allí está Dios.

Dios no envió a su Hijo al mundo para que le mataran. Como deja muy claro Jesús en su conversación con Nicodemo, si envió a su Hijo al mundo fue porque amaba mucho a los seres humanos y, por eso, quiso identificarse con nosotros y con nuestro destino, para que así nosotros pudiéramos identificarnos con él y con su destino. Dios envió a su Hijo para que tuviéramos vida abundante. Y como el amor de Dios nunca desaparece, precisamente porque es de Dios y se identifica con Dios mismo, cuando los seres humanos rechazan al Hijo, Dios sigue amándolos.

Como ya he dicho, en el modo de morir de Jesús se expresa el gran amor de Dios, y se manifiesta con un contraste deslumbrante con el odio y el rechazo de los que le crucifican. Un amor así es salvífico. En cada celebración eucarística, el presidente, en nombre de todos los que participan en la celebración, lo deja muy claro: la de Jesús es una sangre derramada por muchos, muchos, muchos, o sea, por todos, todos, todos, para el perdón de los pecados. De todos los pecados. De ahí la necesidad de mirar a esa cruz para encontrar la salvación.

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7
Ene
2026
Bautismo de Jesús, acontecimiento salvífico
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bautismojesus2026

El tiempo litúrgico de Navidad termina con la fiesta del Bautismo del Señor. A partir de este domingo la liturgia nos presenta a un Jesús adulto, que pasa haciendo el bien y anunciando el Reino de Dios.

El bautismo de Jesús, como toda su vida, es un acontecimiento salvífico. Todo lo que dice y hace es “por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación”. Desde su nacimiento hasta su muerte la salvación es el hilo conductor de su vida. El nombre que José le pone significa “Dios salva”. Tal como le revela el ángel a José, debe ponerle el nombre de Jesús “porque él salvará a su pueblo de sus pecados”. Y en el momento de la cruz, como recordamos en cada Eucaristía, Jesús entregó su vida, derramó su sangre por muchos, por todos, para el perdón de los pecados, de todos los pecados. Pecado más que una falta moral es todo lo que nos separa de Dios. Jesús es el que nos une con Dios.

También el bautismo de Jesús es un acto salvífico para nosotros. Jesús no necesitaba ser bautizado por Juan, que administraba un bautismo de penitencia para el perdón de los pecados. De eso se da cuenta el Bautista, porque cuando Jesús se acerca para que le bautice “intentaba disuadirlo diciéndole: Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?”. Jesús no tiene pecado. Solo tiene amor, por eso carga sobre sí el pecado del mundo. Y como lo asume también es el que quita el pecado del mundo. Por eso inicia su ministerio con un gran signo de salvación. Se pone en la cola de los que van a ser bautizados por Juan, en la cola de los pecadores, se solidariza con ellos. Y confiesa, no sus pecados, sino los pecados del mundo. Y Dios acoge esta confesión hecha en nombre de la humanidad y así reconcilia al mundo consigo. Es Dios el que nos reconcilia, el que nos perdona, el que nos acoge. Porque lo suyo es precisamente eso: acoger, reconciliar, unir. Y por eso perdona.

El bautismo que confería Juan no otorgaba el Espíritu. A lo sumo preparaba para recibirlo. Resulta significativo que el Espíritu desciende sobre Jesús después de ser bautizado por Juan, no durante el bautismo. Es una manifestación más de que el Espíritu acompañaba siempre a Jesús. El bautismo cristiano, administrado en nombre de Jesús, confiere el Espíritu que nos hace hijas e hijos de Dios y nos da la vida eterna. Lo decisivo no son los bautismos penitenciales. Lo nuevo y decisivo es el bautismo en nombre de Cristo, que nos da el Espíritu Santo y nos une con el Padre bueno del cielo.

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2
Ene
2026
¿Qué podemos esperar del año 2026?
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año2026

¿Qué podemos esperar del año 2026? Desgraciadamente nos encontraremos con los mismos problemas políticos y sociales que venimos sufriendo. Es posible que alguna guerra se pare, pero continuarán otras. Porque las guerras en este mundo no se limitan a lo que ocurre en Ucrania o en Gaza. Hay otros escenarios que no salen en la prensa, pero que producen muerte, hambre, enfermedad, emigración. Además, las grandes guerras de nuestros días no son solo las que se libran con armas que matan. Hay muchas otras situaciones que matan: crisis ambiental que amenaza con destruir nuestro planeta, corrupción política, gobiernos dictatoriales, economía al servicio del capital que descarta como basura inútil a las personas no productivas, deterioro de redes de protección social, crisis alimentaria cronificada, flujos migratorios descontrolados, nuevas formas de pobreza.

Si miramos el ambiente político más cercano, se diría que nuestros políticos están en guerra permanente. Aprovechan incluso aquellas situaciones de emergencia (caso dana en nuestra tierra valenciana), no para preguntarse qué pueden hacer, cómo pueden ayudar, cómo encontrar entre todos soluciones para el bien de las personas, sino para echarse las culpas unos a otros de lo mal que está todo. Para acusar al adversario son muy buenos, para hacer propuestas y buscar soluciones son muy malos. Si estuvieran movidos por la búsqueda del bien, seguro que los unos apoyarían las buenas propuestas de los otros y que, en muchas cosas, irían de la mano. Pero como están movidos por la ambición y por la búsqueda del poder, entonces necesariamente están divididos y se oponen. Se oponen porque hay que quitar al otro del puesto que ocupa para ocuparlo el que lo ambiciona y no lo tiene. Los bienes y las ambiciones temporales tienen ese problema: que lo que tiene uno no lo puede tener el otro. Por eso rivalizan, discuten, hacen la guerra. Son enemigos porque no buscan el bien. El bien siempre une mientras el mal siempre divide. Por eso en el bien puede haber amistad, y en el mal solo hay enemistad.

¿Podemos esperar algo bueno desde el punto de vista eclesial? Sin duda que sí. Y mucho. Lo bueno no suele salir en las portadas de los periódicos. Pero abunda. Desgraciadamente también podemos esperar mucho ruido por parte de aquellos ya están empezando a criticar abiertamente a León XIV, porque no hace lo que ellos esperaban y, sobre todo, porque no descalifica las grandes decisiones tomadas durante el pontificado anterior. Pero estoy convencido de que esos que más chillan son minoría. La inmensa mayoría vive pacíficamente su fe, en comunión con el Papa, y no hace ruido.

No todos están en disposición de esperar. El que vive instalado en el poder y en la riqueza no espera, solo pretende conservar lo que tiene. Hay modos de vivir que nos ciegan ante las necesidades de los demás. Es lo que le ocurría al rico de la parábola, que ni siquiera se enteraba de que Lázaro estaba a la puerta de su casa mendigando el pan. Un buen propósito para este año a nivel intraeclesial: respetar las legítimas diferencias que pueda haber entre nosotros, entre los propios sacerdotes también, de modo que esta comunión en las diferencias sea un signo de amor y no de división.

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30
Dic
2025
Una paz desarmada y desarmante
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diapaz2026

La Jornada Mundial de la paz, instituida por Pablo VI, viene celebrándose desde el uno de enero de 1968. Desde entonces, cada año, el Papa envía un mensaje en el que suele tener en cuenta los grandes obstáculos con los que se enfrenta el deseo de paz que, en el fondo, anida en el corazón de todas las personas de buena voluntad. La fecha del uno de enero resulta oportuna, porque al estar situada en pleno tiempo de Navidad, recuerda que la gloria de Dios está estrechamente relacionada por la paz, tal como cantaron los ángeles en la noche del nacimiento de Jesús, según el evangelio de Lucas. Dios es glorificado cuando las personas vivimos en paz unas con otras.

El mensaje de este año 2026 es el primero que ha escrito León XIV, y enlaza directamente con las primeras palabras de saludo que dirigió al mundo la tarde de su elección: “La paz esté con ustedes. Hacia una paz desarmada y desarmante”. Una paz desarmada, como desarmada fue la respuesta no violenta de Jesús en el momento en que fueron a arrestarle. “La paz de Jesús resucitado es desarmada, porque desarmada fue su lucha, dentro de circunstancias históricas, políticas y sociales bien precisas”, dice el Papa, y añade, con sentido crítico, para que no se repita, que a veces los cristianos nos hemos hecho “cómplices” de tantas tragedias que han ocurrido y siguen ocurriendo.

Solo si los cristianos tenemos un corazón pacífico, podremos transmitir la paz. Al respecto el Papa recuerda una frase de san Agustín: “si queréis atraer a los demás hacia la paz, sed los primeros en poseerla y retenerla. Arda en vosotros lo que poseéis para encender a los demás”. Si no tenemos paz, la agresividad se difunde en la vida doméstica y en la vida pública. Desgraciadamente nuestros gobernantes no contribuyen a difundir paz, puesto que presentan el incremento del gasto militar como un medio defensivo y persuasivo para que otros no nos ataquen. Si quieres la paz, parece ser su lema, prepara la guerra.

Y una paz desarmante. En la Encarnación, Dios se presenta como un niño sin defensas. Las personas frágiles y heridas cuestionan todos los caminos que conducen a la violencia. El cese de la carrera de armamentos debe ir unida al desarme de las conciencias, que haga posible una confianza recíproca. Y al respecto una buena advertencia para las religiones y la religiosidad: “Un servicio fundamental que las religiones deben prestar a la humanidad que sufre es vigilar el creciente intento de transformar incluso los pensamientos y las palabras en armas… Lamentablemente, forma cada vez más parte del panorama contemporáneo arrastrar las palabras de la fe al combate político, bendecir el nacionalismo y justificar religiosamente la violencia y la lucha armada. Los creyentes deben desmentir activamente, sobre todo con la vida, esas formas de blasfemia que opacan el Santo Nombre de Dios”.

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