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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

7
Oct
2022
Iglesia de puertas abiertas
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puertasabiertas

Una Iglesia encerrada en sí misma, una Iglesia que sólo piensa en su propio prestigio, es una Iglesia que se empobrece. Una Iglesia en salida, al encuentro de las personas, una Iglesia que escucha, que conoce los problemas, es una Iglesia que se enriquece, porque descubre nuevas virtualidades del evangelio y nuevas posibilidades de hacer el bien. El encuentro con los pobres es un buen ejemplo: ellos nos han hecho caer en la cuenta de algunas exigencias del evangelio que, sin este encuentro, no hubiéramos descubierto. Al hacer el bien, la Iglesia descubre lo valiosa que es y la presencia escondida de su Señor en tantas personas necesitadas. Encerrada en sí misma vive en un permanente lamento: que mal está el mundo y que poco nos quieren.

La expresión Iglesia “con las puertas abiertas” es del Papa Francisco. Puertas abiertas precisamente para poder salir, para no quedar encerrado dentro de nuestros muros y “salir hacia los demás para llegar a las periferias humanas, para mirar a los ojos y escuchar o para acompañar al que se quedó al borde del camino” (Evangelii Gaudium, 46). Francisco dice que “uno de los signos concretos de esta apertura es tener templos con las puertas abiertas en todas partes” (EG, 47). Refiriéndose expresamente a las parroquias, dice el Papa, conviene “que realmente estén en contacto con los hogares y con la vida del pueblo, y no se conviertan en una prolija estructura separada de la gente o en un grupo de selectos que se miran a sí mismos” (EG, 28). En todo se pide una actitud de salida, no de mantenimiento. La pastoral ordinaria, en todas sus instancias y niveles, tiene que colocar a los agentes pastorales en constante actitud de salida. Nos pide cambiar las costumbres, el lenguaje y hasta los horarios (EG, 27).

Las puertas abiertas nos plantean una pregunta a los que estamos invitados a salir. ¿Al encuentro de quién debemos ir? “Cuando uno lee el Evangelio, dice Francisco, se encuentra con una orientación contundente: no tanto a los amigos y vecinos ricos sino sobre todo a los pobres y enfermos, a esos que suelen ser despreciados y olvidados, a aquellos que “no tienen con qué recompensarte” (Lc 14,14). No deben quedar dudas ni caben explicaciones que debiliten ese mensaje tan claro. Hoy y siempre los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio, y la evangelización dirigida gratuitamente a ellos es signo del Reino que Jesús vino a traer. Hay que decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres” (EG, 48).

Los cambios de proceder y mentalidad que implica una Iglesia de puertas abiertas dependerán mucho de las circunstancias concretas de cada diócesis y de cada parroquia. El Magisterio, a veces, ofrece soluciones, pero normalmente ofrece principios de acción, orientaciones y criterios de juicio. Las soluciones son concretas y locales. Y por eso son una llamada a la responsabilidad de cada creyente y de cada pastor.

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4
Oct
2022
La Iglesia, perfecta tiranía, según Presidente de Nicaragua
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Ortegamurillo

Unas declaraciones de Daniel Ortega, en las que acusa a la Iglesia de ser una tiranía y dictadura perfecta, me han recordado una pregunta que Stalin formuló al ministro de asuntos exteriores de Francia, Pierre Laval: “¿cuántas divisiones tiene el Papa?”. Daniel Ortega, disgustado por la postura crítica de algunos Obispos nicaragüenses con su gobierno, ha dicho que la Iglesia no puede dar lecciones de democracia, y ha formulado otra pregunta parecida a la Stalin, que parecen decir mucho y, en realidad, no dicen nada y sólo retratan la pobreza de argumentos de quienes las formulan.

He aquí la gran pregunta de Daniel Ortega: “¿quién elige a los curas, a los obispos, quién elige al papá, a los cardenales, cuántos votos, quién se los da? Si van a ser democráticos que empiecen por elegir con el voto de los católicos al papa, a los cardenales, a los obispos, con el voto de la población que elijan a los sacerdotes de cada comunidad. Es una dictadura, la dictadura perfecta, es una tiranía, la tiranía perfecta”. No sé si hace falta explicar que la Iglesia no es una democracia, precisamente porque no es una institución política. Eso sí, en la Iglesia se entra y se sale con toda libertad, porque las puertas siempre están abiertas.

Stalin y Ortega en un plano radical, otros políticos en tono más normal, y bastantes personas, ven y juzgan a la Iglesia Católica en términos exclusivamente políticos. Sin duda, muchas posiciones eclesiales tienen repercusiones políticas. Cuando la Iglesia se pronuncia a favor de la vida, su posición es una crítica implícita y, a veces, explícita, a las leyes que favorecen una cultura de la muerte. Lo mismo ocurría con Jesús: cuando proclamaba bienaventurados a los pobres y “malditos” a los ricos, eso no debía hacer ninguna gracia a los ricos, aunque sin duda debía consolar a los pobres.

No es extraño que algunos políticos vean en el Papa o en los Obispos de su país a los representantes de una potencia hostil y poderosa, que pretende hostigar al gobierno. En el caso de Daniel Ortega es claro: acusa a los obispos de atentar contra su vida. Los ha llamado “banda de asesinos”, tras denunciar que durante las protestas del año 2018 “algunos obispos estaban llamando a la gente a que me metieran plomo, que qué esperaban para matarme”.

En la Iglesia se han cometido pecados, en más de una ocasión alguno de sus representantes no ha guardado la debida prudencia en sus actuaciones o declaraciones. Pero eso no es motivo para hacer descalificaciones globales y no reconocer el carácter eminentemente religioso de la Iglesia. La Iglesia solo busca ser fiel al Evangelio de Jesús, conducir a las personas a Dios, y trabajar por la paz y el entendimiento entre pueblos y personas. Si alguna vez olvida su misión y cae en la tentación del poder, del dinero o del sexo, entonces ella es la primera que se autocritica. Ya me gustaría a mi que en las instancias políticas hubiera tanta capacidad de autocrítica como en las religiosas.

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30
Sep
2022
Nuevo derecho humano: no ir a la guerra
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guerraucrania

Por las noticias que estos últimos días han llegado de Rusia resulta bastante claro que los jóvenes y los no tan jóvenes no quieren ir a la guerra: manifestaciones contra del decreto de movilización; jóvenes y familias enteras tratando de salir del país; lo peor de todo, pero no menos significativo: disparos y violencia contra las oficinas de reclutamiento.

Ir a la guerra, en muchos casos, no es un acto voluntario, sino obligatorio, forzado, conseguido a base de fuerza, violentando a la persona, obligándola a hacer lo que no quiere. Quienes quieren la guerra son los que no van a ella, y tampoco envían a sus hijos al frente. Bien pensado, ¿quién quiere dar la vida por la patria o por palabras grandilocuentes vacías de contenido, cuando se sabe que detrás siempre hay intereses económicos? Cuando está en juego el dinero, los que siempre pagan y salen perdiendo son los pobres. Por eso, la mayoría de los que van a las guerras son personas pobres, marginales, de grupos minoritarios, en fin, personas que no tienen quién se queje ni proteste por ellos.

Siendo realistas y tal como está el mundo, hoy no podemos prescindir de “fuerzas armadas”, bien reguladas por ley, que nos protejan de los delincuentes, o que sean fuerzas de interposición internacionales entre grupos que oprimen a sus pueblos (talibanes en Afganistan), o grupos guerrilleros que atacan a poblaciones indefensas (cárteles de la droga, por ejemplo). Pero hay que dejar muy claro que estas fuerzas son, paradójicamente, fuerzas de paz, fuerzas de interposición que pretenden evitar enfrentamientos. Eso es una cosa, la guerra es otra.

Quizás sería bueno empezar una campaña para que las Naciones Unidas, las grandes religiones, los códigos civiles recogieran como nuevo derecho humano el de no ir a la guerra. Entonces no digo que se acabasen las guerras, pero serían mucho más difíciles. Porque la gente, a ver si se enteran nuestros políticos de uno y otro bando, de uno y otro signo ideológico, no quiere ir a la guerra. Algunos políticos, apoyados por potentes grupos económicos, quieren la guerra, pero tampoco quieren ir a la guerra. Lo que quieren es que vayan otros, mientras ellos están bien resguardados.

Las campañas en pro de los derechos humanos han sido lentas, pero han ido haciendo su camino. Basta pensar en el derecho a la no discriminación racial o los derechos de la mujer. Pues bien, este nuevo derecho humano que propongo, quizás vaya lento, pero si empieza a hacer camino estoy convencido de que llegará muy lejos. El nuevo y urgente derecho humano es: no ir a la guerra, consecuencia directa del derecho inalienable a conservar la propia vida, a no arriesgarla inútilmente y, en caso de darla, hacerlo voluntariamente.

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26
Sep
2022
La guerra lava los pecados, según el patriarca de Moscú
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kirillyputin

Cuando el nombre de Dios se mezcla en las guerras, cada parte lo utiliza en función de sus intereses políticos. Este pasado domingo, el Patriarca de Moscú, en su sermón dominical, para animar al alistamiento de los jóvenes rusos, dijo que quien muere cumpliendo con su deber militar en la guerra contra Ucrania realiza un sacrificio similar al de Cristo, y este sacrificio lava todos los pecados cometidos. No voy a poner ningún enlace porque estas tristes palabras aparecen publicadas en muchos medios. Soy bien consciente de que, en tiempo de las cruzadas, había predicadores que animaban a los cruzados con palabras similares. Pero aquí no se trata de juzgar el pasado con criterios de hoy, sino de juzgar el presente. Un presente con circunstancias propias distintas a las del pasado.

Hoy la guerra es moralmente inaceptable, aunque quizás haya alguna justificación para la guerra defensiva. Pero no hay ninguna para la guerra ofensiva. Sobre todo, porque los daños que producen las armas modernas son tan desproporcionados y tan mortales, que desbordan cualquier derecho, del tipo que sea, que pueda alegarse para usarlas. Y porque hoy es posible, en caso de conflicto político, usar medios pacíficos para resolverlo, buscando la mediación de instancias neutrales e independientes.

La tragedia de la guerra es la tragedia humana, la tragedia del pecado. Por eso es inconcebible que una autoridad religiosa defienda el pecado. Sin duda, el Patriarca Kirill de Moscú se encuentra muy presionado. Precisamente por eso, una palabra suya no solo en defensa de la paz, sino directamente en contra de la guerra, tendría una gran audiencia e influencia. Pero en todo caso, las presiones políticas que pueda tener el Patriarca de Moscú no justifican de ningún modo usar el nombre de Dios de esta forma. Porque Dios, el suyo, el del patriarca ortodoxo, es un Dios de paz, un Dios que pide poner la otra mejilla, un Dios que pide no hacer al otro lo que no quieras que te hagan a ti, un Dios que exhorta a amar a los enemigos, un Dios que da la vida por sus enemigos, precisamente porque no quiere la muerte de sus enemigos, sino su vida.

Querido Patriarca: al menos, guarde silencio. A lo mejor su silencio podría ser profético, sobre todo de cara a los que esperan que diga las palabras que ha dicho. Su silencio sería elocuente. Al menos, cállese. No meta a Dios en los infiernos. Y queridos políticos de la otra parte: busquen soluciones, no sigan fabricando armas, no utilicen a Ucrania como banco de pruebas. Hagan algo, ustedes que pueden.

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25
Sep
2022
Lo primero que hace la Virgen María
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liriomaria

El primer texto que nos habla de la Virgen María es el relato de la Anunciación del evangelio de Lucas. Por tanto, ahí tenemos el testimonio de lo primero que le ocurre, dice o hace María. Una lectura piadosa del relato podría hacernos pensar que lo primero que hace la Virgen es decir la famosa y conocida expresión: “he aquí la esclava del Señor”. Pero no es así, pues siguiendo la literalidad del texto, lo primero que hace la Virgen es preguntar. María pide explicaciones. Y pide explicaciones precisamente porque lo que se le anuncia es un misterio que sólo puede ser acogido desde la fe. Algunos piensan que la fe requiere renunciar al pensamiento y exige una obediencia ciega. No es así. La fe requiere el pensamiento porque la fe es lúcida. Supone la inteligencia. No es para tontos y para crédulos. Porque Dios no prefiere a los imbéciles. Eso son los imbéciles los que lo dicen.

María, mujer piadosa y creyente, se encuentra ante el misterio. Por eso se hace preguntas, por eso no acaba de comprender, por eso pide explicaciones. Y una vez que las ha recibido, entonces es cuando puede hacer un acto de fe. No porque en la explicación haya encontrado la claridad, pues entonces tampoco habría fe, sino aceptación de lo evidente. Junto con las explicaciones, María recibe un signo que las apoya. No olvidemos que María es judía, y los judíos piden signos para creer. Pero la grandeza de María se manifiesta en que, tras haber oído el anuncio del signo que, racionalmente puede interpretarse de muchas maneras y, por tanto, no es un signo impositivo (“Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez”), la grandeza de María, digo, está en que cree antes de ver el signo.

Hay ambientes oficialmente religiosos en los que se tiene miedo a las preguntas. Este miedo denota, en ocasiones, la falta de respuestas. Pero cuando no hay respuestas la fe corre el riesgo de convertirse en algo absurdo, impropio del ser humano. En una fe inhumana, por tanto. Y una fe inhumana no puede ser divina. Acoger con confianza una respuesta que no desvela el misterio, pero le ofrece un sentido; aceptar un signo que tiene su punto débil, porque no es impositivo, eso es estar abierto a la fe y, por añadidura, al amor. Pues el amor no se impone ni se demuestra, pero muestra su amabilidad. La fe tampoco se demuestra, pero muestra su credibilidad.

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21
Sep
2022
Virgen del Camino
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virgendelcamino

Estoy predicando la novena a la Virgen del Camino, patrona de León. La Virgen tiene muchas advocaciones. Unas se refieren a lugares (Covadonga, Monserrat, Lluch, el Pino en Gran Canaria). Eso significa que las personas que allí viven quieren que la Virgen sea suya, cosa que está muy bien, siempre que no pretendan apropiársela y olviden que la Virgen es de todos. Otras advocaciones se refieren a situaciones (dolores, desamparados, paz), porque todo puede ponerse bajo la protección de la Virgen.

La advocación del camino tiene su propia originalidad, porque el camino es un lugar, pero en todo lugar hay camino; y es una situación, porque todos estamos en camino. El camino es una metáfora de la vida. Al nacer emprendemos un camino que no sabemos a donde nos llevará, pero poco a poco, a medida que nos hacemos mayores, vamos tomando el rumbo de nuestra vida y decidimos lo que queremos hacer y lo que no queremos hacer. Hacemos camino y decidimos por qué camino ir entre los muchos que nos propone la vida. No todos son buenos. Si la Virgen nos acompaña puede ayudarnos a escoger el buen camino. En realidad, el buen Camino es Cristo. Invocar a María como Virgen del Camino es recordar que toda ella es de Cristo y que ella es el mejor modelo de seguimiento de Cristo. Es el modelo más acabado de la fe y de la caridad.

El camino geográfico en el que se encuentra el santuario de la Virgen del Camino es el de Santiago. La advocación de la Virgen del Camino nos remite a los orígenes de la evangelización de España. Y, en definitiva, nos remite al Evangelio, a Jesús mismo, que es el Camino, la Verdad y la Vida. El camino de Santiago, aunque sea una peregrinación en la que abundan los creyentes, es también un lugar al que acuden no creyentes por motivos diversos, bien por deporte, bien porque buscan un espacio de reposo y meditación. Que la Virgen, de forma escondida, esté presente en este camino al que también acuden no creyentes, nos hace pensar que ella es madre de todos los hombres, que todos caben en su corazón y que, aunque ellos no la conozcan, ella sí les conoce; aunque ellos no la busquen, ella sí los busca.

Nosotros, los creyentes, los devotos de la Virgen María, debemos ser su brazo y su presencia, cada vez que tengamos ocasión, para que estas personas no creyentes sientan más explícitamente su presencia. De forma discreta, educada, sin imposiciones, sin discursos pesados. Sólo con nuestra cercanía, nuestra presencia, quizás por medio de una palabra que haga notar que el camino de Santiago, ese camino en el que está la Virgen, es un camino religioso.

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17
Sep
2022
Madre, hermana y hermano. ¿Y el padre?
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madrehermano

En esta palabra de Jesús: “todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mt 12,50), resulta llamativa la ausencia del padre. Hay otro texto en el que esta ausencia resulta tanto o más sorprendente. Cuando Jesús invita a seguirle, dejando por él hacienda, padre, madre, hermanas o hermanos, indica la recompensa que le espera al discípulo: cien veces más en casas, hermanos, hermanas y madres, pero no aparece el padre (Mc 10,29-30).

Una posible explicación de esta ausencia es que el único Padre de Jesús y, por extensión de todo cristiano, es el celestial. Unidos a Jesús, nosotros participamos de esta relación con Dios como padre y, por tanto, entre los seguidores de Jesús solo puede haber hermanos o hermanas y, quizás también madre, en la medida en que la maternidad excluye relaciones de dominio. De ahí esta otra palabra de Jesús: “no llaméis a nadie Padre vuestro en la tierra, porque uno sólo es vuestro Padre: el del cielo” (Mt 23,9). Como las relaciones con Dios están únicamente basadas en el amor, y en aquella sociedad y para aquella gente que le escuchaba, la figura del padre tenía connotaciones de dominio y poder, cuando no de abuso, se diría que Jesús se niega a utilizar esta imagen para explicar la relación que debemos tener con Dios.

La figura del padre terrestre no es adecuada para entender la paternidad divina. Cuando Jesús la utiliza deja claro que se trata de alguien “malo” y, por tanto, sólo prescindiendo de esta maldad espontánea y casi connatural, es posible hacernos una pobre imagen de lo que puede ser la paternidad divina, que desborda toda posible comparación con el padre terrestre: “si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan!” (Mt 7,11). El padre terrestre es una mala referencia para entender al Padre celestial. Por el contrario, el Padre celestial es el modelo de todo buen padre terrestre. El Padre celestial es instancia crítica de todas las paternidades (y de paso de todas las maternidades) humanas.

Cierto, cuando Jesús enseña cuál es la buena relación con Dios utiliza el término Padre. Pero se trata de un Padre muy especial. Cualquier comparación, por muy positiva que sea, es un pálido balbuceo de lo que puede ser el Padre celestial. Es un “Padre nuestro”, que nos une como hermanos y nos iguala a todos, sin anular las diferencias personales, pues no es una igualdad “igualitaria” que nivela y anula, sino que está fundada en el amor que respeta y acoge.

La relación con este Padre es muy distinta de las relaciones con los padres de la tierra, pues el término arameo que hay detrás del modo como Jesús enseñó a dirigirnos a Dios es “Abba”. Es el balbuceo de un niño, todavía inocente y sin experiencia de opresión, que se dirige con un cariño espontáneo a su progenitor. Una buena traducción sería: “papaíto querido”. Esa es la relación que debemos tener con Dios. Pero esta relación, por parte nuestra, supone un antes, a saber: lo que es Dios para nosotros. Y Dios, tal como Jesús lo reveló, es Amor, solo Amor y nada más que Amor, sin ningún asomo de no Amor.

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14
Sep
2022
Lo que uno escribe y lo que le publican
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liber01

Sirva este post de desahogo. Se me ha ocurrido releer un artículo mío que publicó una revista de una Universidad no española y de pronto me he quedado sorprendido ante alguna frase. He comprobado mi texto original y, como yo imaginaba, la frase estaba escrita de otro modo. No es el único caso. Incluso una de mis últimas colaboraciones en un libro que tengo la impresión de que ha tenido buena venta, sufrió una serie de correcciones por parte del editor, que me dejaron muy disgustado. Me pidieron hace unos meses un cursillo sobre la temática de esta publicación y, en vez de recomendar a mis oyentes el libro donde estaba publicado, les entregué una copia de mi texto original.

Los editores se permiten, en ocasiones, modificar hasta el título del trabajo y, con más frecuencia, alguna frase. Recuerdo un escrito sobre María en el que tras poner entre paréntesis una serie de advocaciones, el editor suprimió algunas y añadió otras que le debían gustar más. Otro ejemplo más llamativo: en un artículo sobre el martirio se me ocurrió escribir que el cristiano estaba a favor de la vida y del entendimiento entre las personas; por tanto, si bien los mártires merecen todo honor y toda gloria, un cristiano está en contra del martirio. Al piadoso editor no le gusto la idea y la borró. Ante esta tiranía del editor hay muy poco que hacer. Bueno, los grandes escritores o los grandes autores quizás puedan hacer algo, siempre que les permitan corregir su texto antes de la publicación, y no se lo envíen ya publicado sin que ellos hayan podido leerlo antes.

En mis primeras publicaciones la situación era todavía peor. Porque entonces no se entregaban los textos en un documento Word para que el editor pudiera manipularlo fácilmente. Entonces los textos se entregaban escritos a máquina y el impresor debía copiar y escribir de nuevo todo el texto. Recuerdo un artículo sobre tema ecuménico que salió lleno de erratas. Las disculpas que recibí no sirvieron para que las erratas desaparecieran. También recuerdo otro libro en el que, de pronto, desaparecieron dos líneas. Dos líneas no son muchas, pero el párrafo no se entiende correctamente.

Esas cosas que cuento son minoritarias. Gracias a Dios. Pero son desagradables. Menos mal que la mayoría de mis escritos están correctos y los errores de los que hablo los notan pocos lectores. Más aún, se dice que el buen lector corrige al mal escritor. Seguramente es así en algún caso, pero en los casos de los que me estoy lamentado lo justo es decir que el buen lector corrige al mal impresor o al mal compositor.

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10
Sep
2022
La oración, esa pérdida de tiempo
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pouet

Según lo que se pretendamos conseguir de Dios, la oración es una pérdida de tiempo. El tiempo es lo más precioso que tenemos. Según se dice, vale más que el oro. Ofrecer a alguien parte de tu tiempo es ofrecerle lo mejor que posees. Le ofreces algo irrecuperable, que no vuelve más. Le ofreces parte de tu vida, lo más precioso, lo que más vale. Quizá por eso hoy tenemos tan poco tiempo para los demás. Lo necesitamos todo para nosotros. En nuestra sociedad egoísta, en la que todo se mide por lo que vale, el tiempo no se puede perder porque vale mucho. El que lo ofrece, regala su mejor tesoro.

De hecho, la amistad es una pérdida de tiempo. Cuando invitamos a un amigo a cenar, en realidad le invitamos a que nos contemple, a que nos haga caso, a que nos escuche, a que esté a nuestro lado. Pues lo que sobre todo esperamos de los amigos no es un regalo, ni un favor, ni que nos sean útiles, sino que presten atención a nuestra persona. A nuestra persona y no a nuestras necesidades. El servir a los amigos es útil. Pero sólo una cosa es necesaria en la amistad: saber escuchar. Esta es la gran lección que María da a Marta (Le 10,38-42). El otro tiene algo que decirnos, espera que le escuchemos con tranquilidad, que dejemos el ajetreo y nos paremos a mirarle, que le ofrezcamos nuestro tiempo. Esta pérdida de tiempo termina siendo lo más necesario, lo más valioso, «la mejor parte».

En la oración perdemos el tiempo con el Señor, con el mejor de los señores, con el mejor de los amigos. Quizás no tenemos nada que decirle (cf. Mt 6,7: “al orar no charléis mucho»), ni nada que pedirle. Pero lo importante es estar allí, a su lado, en silencio, dándole lo mejor que podemos darle: la vida misma, nuestro tiempo, algo que no tiene precio porque es irrecuperable; sabiendo que también él está a nuestro lado, presente, y nos ofrece lo mejor que tiene: su amor.

En este sentido, la oración es lo más inútil, pero al mismo tiempo es lo más necesario. Es lo más inútil si con ello pretendemos «sacarle cosas a Dios». Con la oración ni aumenta mi cuenta corriente, ni se solucionan los problemas sociales o políticos, ni se consigue un trabajo mejor. En todo caso, lo que se logra es sobrellevar de «otro modo» los problemas. Y sin duda, esto es lo importante. Los problemas están ahí. Pero hay dos maneras de enfo­carlos y asumirlos: con agobio y desesperación, o con ilusión y esfuerzo, o, en todo caso, sin dejar que ellos «me puedan». Pero los problemas los tengo que solucionar yo. Dios no ocupa mi puesto, no es un producto de reemplazamiento. En todo caso, esta conmigo en la lucha.

Saber que alguien te da la mano, o se interesa por ti, es lo más inútil, pero también lo más necesario. Dios no está ahí para darnos «cosas», sino para dar «el Espíritu Santo a los que se lo pidan» (Le 11,13); este Espíritu que es paz, alegría, generosidad, dominio de sí, paciencia, bondad... (Gál 5,22-23). El Espíritu no sólo nos enseña a orar, sino que ora en y con nosotros. La oración, como el amor, parte de Dios y conduce a Dios. Y tú te sientes acompañado.

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6
Sep
2022
Dar pan para recuperarlo con creces
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pancreces

Según los criterios evangélicos, el que da nunca pierde. El que da, paradójicamente, siempre gana. La gratuidad se convierte en fuente de riqueza. Eso que es verdad en el plano espiritual (el que ofrece una sonrisa, provoca nuevas sonrisas; el que ofrecer amor, multiplica el amor) también lo es en el plano material. ¿Quién no ha experimentado que, al ayudar a otro, sin esperar ninguna recompensa, se siente recompensado por la alegría que ha provocado la ayuda, no solo en el receptor, sino también en el propio dador?

Voy a contar dos historias, dos parábolas, dos florecillas, una sacada de la tradición de los dominicos y otra de la tradición de los franciscanos. Son eso, florecillas, que no buscan entretener, sino invitar a repetirlas; y junto con la invitación, se abre la esperanza de la inesperada recompensa: el pan, cuando se da gratis, se multiplica, y el primer beneficiario de la multiplicación es el propio dador.

La florecilla dominicana: Un día en el que los frailes no tenían nada que comer, puesto que habían entregado el pan que llevaban al convento a un pobre que encontraron en el camino, sucedió que Santo Domingo entendió que el pobre en realidad era un ángel y, por tanto, aseguró que el Señor alimentaría a los frailes. En efecto, sentados en el refectorio sin nada en el plato, aparecieron «dos jóvenes hermosísimos» (dos ángeles) cargados con manteles blancos llenos de pan, y entregaron uno a cada fraile.

La florecilla franciscana: Un día se presentaron ante San Antonio de Padua un grupo de pobres que no tenían para comer. Él se fue a la cocina de los frailes, cogió todo el pan y se lo dio a los pobres. Al llegar los frailes vieron que los cestos de pan estaban vacíos y pidieron a San Antonio explicaciones. El santo les dijo que miraran bien en los cestos. Fueron y estaban llenos de pan.

El evangelio de Lucas (6,38) pone en boca de Jesús una palabra que podría haber inspirado estas dos florecillas: “dad y se os dará: una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos”. Por si fuera necesario aclarar el término halda: pliegue de la túnica o del manto, doblado hasta la cintura, que servía de bolsa o de alforja para las provisiones.

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