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Sep2026El cristianismo, ¿significante o insignificante?
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Sep

Es fundamental dejar claro que la fe cristiana es una oferta incondicional de salvación, que llena de alegría el corazón de la persona, porque responde a los dos grandes problemas nunca resueltos del todo que inquietan al ser humano: la falta de amor y la presencia de la muerte. Pero también importa dejar claro que esta fe no es un consuelo o un tranquilizante que nos encierra en nuestro mundo interior. La fe cristiana se traduce en amor, a Dios por supuesto, pero también al prójimo, siendo este segundo amor la prueba evidente del primero. Un amor en el que no hay asomo de odio, por eso alcanza incluso al enemigo. Para muchas personas lo más significativo de la Iglesia son sus instituciones que ayudan a los pobres, que acogen a los inmigrantes, o que atienden a personas enfermas, solitarias y ancianas.
Si nos olvidamos de hablar explícitamente de Jesús resucitado la fe deja de ser significativa, porque la obra social y caritativa de la Iglesia también la hacen otros sin apelar al Evangelio de Jesús. Por eso hay que dejar claro que, en una historia real y humana, la de Jesús de Nazaret, el amor y la vida han resplandecido de forma inigualable. Y eso hasta el punto de que otras historias reales y humanas se han dejado arrastrar por la vida de Jesús y han buscado reproducirla en otras circunstancias. El cristianismo no habla de doctrinas. Habla de vidas en las que algo que supera lo considerado normal, espontáneo y natural se ha realizado. Habla de personas con las que también podemos nosotros identificarnos. Por eso, el cristianismo nunca se puede presentar como una ley, o una imposición, sino como una invitación a acoger, no una doctrina, sino la persona de Jesús y, a través de Jesús, a Dios mismo. Si la acogida se produce, la vida adquiere un nuevo sentido.
La vida de Jesús rompe los esquemas de lo espontáneo. Bien presentado, su mensaje no deja a nadie indiferente. Se puede rechazar, puede uno escandalizarse ante este mensaje, burlarse de él, calificarlo de locura o de tontería, pero no se puede permanecer indiferente. Los rechazos ante determinados hechos o palabras son buena prueba de que tales palabras o hechos no dejan a uno insensible.
También es posible acoger el mensaje de Jesús y experimentar que la vida de quién lo acoge adquiere un nuevo significado. Cuando eso ocurre no hay argumento que pueda con esa experiencia personal. Del mismo modo que no hay argumento que pueda con la impresión causada por la cruz, como resultado de una vida entregada que perdona al enemigo. Vale aquí recordar un axioma clásico: contra factum non valet illatio, los hechos son tozudos y se imponen a despecho de toda explicación. Por decirlo con palabras de Juan Pablo II: “el verdadero punto central que desafía toda filosofía, es la muerte de Jesucristo en la cruz”. Contra un acontecimiento así “se estrella todo intento de la mente de construir sobre argumentaciones solamente humanas una justificación suficiente del sentido de la existencia” (Fides et Ratio, 23).






