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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

18
Sep
2021
La educación, base para una correcta evangelización
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jesusenseñaapostoles

Educar y evangelizar son dos dimensiones fundamentales de la vida. Pues la educación nos cultiva, hace crecer, madurar. Y el evangelio es altamente humanizar, pues no sólo responde a las preguntas más decisivas del ser humano, sino que descubre la altísima dignidad de toda persona como hija de Dios. De ahí que estas dos dimensiones nunca pueden entrar en competencia, sino que se complementan y se refuerzan la una a la otra. A este respecto, Tomás de Aquino formuló un principio que mantiene toda su vigencia: “la fe presupone el conocimiento natural como la gracia presupone la naturaleza”. Dicho en lenguaje más actual: la razón es condición previa de la fe como el ser humano es condición previa del ser cristiano.

O dicho en la perspectiva de esta reflexión: la educación es una buena base para una correcta evangelización. La base de la fe cristiana es la capacidad de razonar, de acoger, de entender. Y la base del ser cristiano es ser persona cabal, normal, decente. En la maldad no es posible que arraigue el cristianismo. Y si arraiga en una mala persona lo hace en la medida en que esa persona abandona su maldad, o sea, orienta su vida de otra manera: en vez de orientar su vida guiada por el mal, lo hace guiada por el bien.

Conviene dejar claro que ser cristiano no es ser una buena persona. Ser cristiano es encontrarse con Jesucristo y orientar la vida según el Evangelio de Jesús. Pero no hay encuentro con Jesucristo sin unas disposiciones previas. Tomás de Aquino decía: “es imposible que un malo vea a Dios”. Jesús declaraba bienaventurados a los limpios de corazón porque sólo ellos están en disposición de ver a Dios. Sin humanidad no hay acogida del evangelio. Aquí, humanidad va mucho más allá de un dato biológico. El dato biológico es compartido con los animales. Lo que caracteriza a lo humano es precisamente la trans-animalidad, el vivir humanamente la animalidad, desde la dignidad, la libertad y la confianza.

Educar y evangelizar son caminos convergentes. Si educar es madurar y sacar lo mejor de uno mismo, entonces la educación es una preparación para el evangelio. Y, al encontrar el evangelio, uno encuentra su mejor educación.

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14
Sep
2021
Máximo histórico de no creyentes
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nocreyentes

Según un estudio reciente del Centro de Investigaciones Sociológicas la cifra de ateos, agnósticos y quienes sienten indiferencia hacia la religión, se sitúa en España en máximos históricos, alcanzando casi el 39 % de la población. Igualmente serio es este otro dato: entre el 56,6% de los que se declaran católicos el 39,9 % son católicos no practicantes.

Las cifras tienen sentido cuando se las contextualiza. Comparar las cifras de hoy con las del año 2000, cuando más del 83 % de los ciudadanos españoles se declaraba católico, no es una buena comparación, porque eso de “ser católico” no tiene el mismo sentido hoy, ni las mismas consecuencias vitales que en otros tiempos. En otros tiempos la presión social facilitaba declararse católico y dificultaba declararse no creyente. Muchos católicos de antaño sólo lo eran de nombre, a lo sumo estaban bautizados y poco más.

Los datos tienen una importancia relativa. Pueden servir de estímulo para que los católicos nos preguntemos por la calidad de nuestra vida y de nuestro testimonio. Pero me parece que no debemos culpabilizarnos, al menos globalmente. Ya san Pablo decía que “la fe no es de todos” (2 Tes 3,2). A propósito de este texto bíblico, Tomás de Aquino aclara que la fe no es de todos porque se apoya en principios no evidentes. Por tanto, quienes solo admiten como real lo que puede tocarse con las manos o lo que puede demostrarse científicamente, es normal que tengan muchas dificultades para creer en Dios.

La fe es para todos, pero no es de todos. La Iglesia tiene la obligación de anunciar el evangelio “a todas las gentes”, pero como una propuesta que apela a la libertad. Incluso, entre los creyentes, como ocurría entre los que escuchaban a Jesús, hay diferentes tipos de adhesiones. En la Iglesia hay creyentes convencidos, maduros, responsables; hay cristianos que se limitan a asistir a la Misa dominical; están los bautizados no practicantes, unos más indiferentes que otros. Más allá estarían los explícitamente no cristianos. Estas gradaciones han existido siempre, sólo que hoy somos más conscientes de ellas. Además, hoy, en materia religiosa, cada vez las personas hablan con más claridad y no tienen inconveniente en declarar su grado de adhesión a la fe.

Las reflexiones precedentes no implican ninguna superioridad moral entre creyentes y no creyentes, o entre creyentes de distintas confesiones o religiones. La relación con Dios se expresa en una fe, pero eso no significa que Dios no ame a todas las personas, ni tampoco significa que las personas que no profesan una fe estén alejadas de Dios. Pueden cumplir su voluntad si siguen los dictados de su conciencia. En este sentido decir que uno es practicante o no practicante puede tener un sentido social, pero esta declaración no retrata la intimidad del corazón ni el grado de adhesión real a la voluntad de Dios.

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10
Sep
2021
Fe muerta y diabólica
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femuerta

El próximo domingo escucharemos un fragmento de la carta de Santiago que habla de “fe muerta”. Parece contradictorio hablar de fe muerta, pues si la fe es un encuentro con Dios, entonces es algo muy vivo que da vida. Ocurre que el término fe tiene muchos sentidos. Cuando la carta de Santiago habla de fe muerta se refiere a la actitud del que cree que Dios existe, pero sin que esa fe transforme la existencia. En este texto y otros parecidos (1 Cor 13,2; Mt 7,21-27) la fe es considerada como pura certeza de la existencia de Dios, pero sin incluir el compromiso y la entrega a Dios. Entendida así, es posible decir que el diablo también tiene fe, cosa que hace la carta de Santiago en el versículo siguiente al de la lectura litúrgica del domingo: “¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien. También los demonios lo creen y tiemblan” (St 2,19).

Es una pena que la liturgia no haya añadido este versículo a la segunda lectura, porque hubiera servido para enlazar con la reacción de Pedro que cuenta el evangelio de este domingo XXIV. Pedro, después de confesar a Jesús como Mesías, se escandaliza de la explicación que Jesús da de su misión mesiánica: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser ejecutado y resucitar a los tres días». Pedro rechaza este tipo de mesianismo. Entonces Jesús le hace uno de los más duros reproches que se encuentran en el evangelio: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!». Esta fe de Pedro no es sólo errónea. Es diabólica. De hecho, esa fue una las tentaciones de Jesús cuando el diablo le indica que la forma de manifestar su filiación divina es a base de demostraciones de poder, convirtiendo piedras en pan o arrojándose del pináculo del templo sin sufrir daño alguno.

Es fácil confesar a un Jesús victorioso. Es difícil seguir al Jesús real. Difícil sí, pero tiene una ventaja: hace feliz. Por eso, las últimas palabras de Jesús en el evangelio del próximo domingo no son una invitación a perder la vida, sino a ganarla: «Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará». Perder la vida no es deshacerse de ella, sino entregarla. Quién entrega su vida por Jesús y por los otros, no sólo enriquece a los otros dándoles vida. El primero que se enriquece es el que entrega la vida. Ese es el secreto del evangelio y ese es el secreto de todo amor auténtico.

Cuando uno entrega bienes materiales, se queda sin ellos; pero cuando entrega bienes espirituales, los bienes se multiplican. Al entregar mi saber, mi alegría, mi amor, no solo no pierdo nada. Multiplico lo que entrego cuanto más entrego. En el compartir está el secreto de la verdadera riqueza. La mentira del diablo (que por definición es mentiroso y siempre divide) es que guardar para sí y acumular es fuente de riqueza. Esta riqueza diabólica no dura y además entristece. La riqueza que dura y hace feliz es la que brota de un corazón dispuesto a entregarse.

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7
Sep
2021
Amar a otro es desear que viva
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flordeamor

El amor está relacionado con el bien. Amar a otro es desear su bien. Pero, además y antes de estar relacionado con el bien, el amor está relacionado con la vida. Tomás de Aquino, en su tratado sobre la caridad (Suma, II-II, 25, 7), enumera las cinco cualidades que son propias de la amistad: 1ª, que el amigo exista y que viva; 2ª, querer bienes para él; 3ª, portarse bien con él; 4ª, convivir con él plácidamente; 5ª, coincidir con sus sentimientos, contristándose o deleitándose con él. Santo Tomás reconoce que estas cualidades las ha tomado de Aristóteles. Sin embargo, como bien nota Fabrice Hadjadj, “invierte el orden que se encuentra en la Etica a Nicómaco. Aristóteles había puesto en primer lugar el hecho de querer bien y de hacer el bien al amigo. Tomás pone en primer lugar el hecho de querer simplemente que el amigo exista y viva”.

Esta observación resulta de sumo interés. Por encima de todo, el amor quiere que el otro sea y que sea él mismo. Porque sólo si existe será posible desear su bien. Aquí cabe aplicar eso que también dice santo Tomás, a saber, que la gracia supone la naturaleza: el bien supone la existencia. Cuando separamos el bien del ser, podemos caer en el error de algunos padres que proyectan sobre sus hijos sus deseos y sus fantasías, y pretenden convertir al hijo en una copia de sí mismo, sin respetar la propia personalidad del hijo. En nombre del bien podemos destruir el ser. Decir “te amo” es, ante todo, decir: ¡Qué maravilla que tú existas! ¡Qué lindo que seas como eres! Solo después será posible decir: te quiero. Un “te quiero” que respeta al otro en su propio ser y en su realidad. Quiero lo que tú eres, no quiero lo que yo proyecto en ti.

La frase de Gabriel Marcel: “amar a otro equivale a decirle: no morirás”, va en la misma línea. Amar es, en primer lugar, desear que la persona amada exista y exista siempre, que nunca muera. El amor es un reclamo de eternidad. Un amor capaz de dar eternidad sólo puede ser un amor eterno. Dios, que es amor y es para siempre, puede hacer realidad esta aspiración a la vida que hay en todo ser humano. El amor de Dios no es sólo fuente de vida, al decir en los inicios de la creación que las cosas sean, sino fuente de vida eterna.

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2
Sep
2021
Mandamiento anterior a los diez mandamientos
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darfruto

En Gen 1,28 nos encontramos con las primeras palabras que Dios dice al ser humano, empleando dos verbos que no son sinónimos. Normalmente suelen traducirse así: “creced y multiplicaos”. El segundo verbo, multiplicarse va claramente en línea de aumentar la descendencia. Dios da la vida y encomienda al ser humano que la transmita, pues los dones recibidos de Dios no son para guardarlos egoístamente, sino para compartirlos fraternalmente. Aquí me interesa el primer verbo, crecer. Este verbo (en su original hebreo) indica fecundidad, pero una fecundidad distinta del multiplicarse. Esta fecundidad expresa un crecimiento en todas las dimensiones de la persona; se trata de desarrollarse humana y espiritualmente.

Ante de multiplicarse es necesario crecer, porque multiplicarse implica una seria responsabilidad que sólo puede encomendarse a personas maduras. Estrictamente hablando, la primera palabra que Dios dirige al ser humano es: “sed fecundos” que, para distinguirla del “multiplicaos”, debemos traducir por: “dad fruto”. Este “dad fruto” es “el mandamiento que precede a los diez mandamientos” (Frabrice Hadjadj). Pues para ser buen colaborador de Dios, para cumplir con los derechos y deberes humanos (y eso son los diez mandamientos) se requiere ser persona cabal, responsable, madura. Solo desde esta base es posible dar fruto.

La primera orientación que Dios da al ser humano no es: “fabricad”, producid muchas cosas para así hacer negocios, sino algo que tiene que ver con el propio crecimiento personal. Pues lo que importa en la vida no es acumular, es repartir. Una vida fecunda se despliega en el don. Para eso no basta saber mucho. Sabiendo muchas cosas uno puede ser un perfecto egoísta. Para compartir hace falta sabiduría, crecer como persona.

La exhortación a dar fruto se encuentra también en boca de Jesús, cuando recuerda que no basta con seguirle y estar injertado en él. El discípulo también tiene que dar fruto: “la gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto y seáis mis discípulos” (Jn 15,8). Solo dan fruto los árboles maduros. Para madurar, a veces, hay que podar, limpiar (Jn 15,2), desprenderse de aquello que nos estorba y nos impide crecer. Madurar es desarrollarnos en lo único que importa, en vivir en el amor. Dicho en cristiano: madurar es “crecer hasta Cristo” (Ef 4,15), para alcanzar así “la plenitud” y “el estado de hombre perfecto” (Ef 4,13).

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29
Ago
2021
¿Qué pasa en el corazón humano?
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remolino02

“De dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad” (Mc 7, 22-23).

Estas palabras de Jesús siempre han sido actuales. Desgraciadamente hoy lo son más que nunca. Podríamos hablar de Afganistán y de la perversa ideología talibán. Sería posible encontrar paralelos de fanatismo ciego, religioso y laico, en el pasado (¿hace falta nombrar a la inquisición?) y en otros lugares (¡se podrían nombrar tantos!). ¿Tan difícil es dejar en paz al que no me gusta? Si, además, el que no me gusta no me hace nada, sino que huye de mí, ¿por qué ir a buscarle para dañarle? Más cerca de nosotros, en nuestro país, tenemos el caso reciente de un padre que, supuestamente (digo supuestamente, porque me parece que no ha sido juzgado) ha matado a un bebé, a su hijo de dos años, para hacer daño a su mujer. Eso se llama técnicamente violencia vicaria. Realmente eso es odio y falta de corazón.

Hay casos menos extremosos en las familias, en los grupos, en las comunidades. Deseamos que el otro desaparezca de nuestra vista. Pero como el corazón del que odia es insaciable, no le basta con que desaparezca de su vista, tiene que hacerle daño mientras está lejos de su vista. ¿Tan difícil es respetar al otro? Respetar es un mínimo. A veces ni eso. Más difícil es ponerse en la piel del otro. Pero ese es el buen camino para tender puentes, perdonar, reconciliar los opuestos. Hay también dureza de corazón en estos familiares del enfermo que buscan “acabar cuanto antes”, entre otras cosas, para hacerse cuanto antes con la herencia.

Eso sí, como nadie se atreve a confesar que actúa en función del odio y del rencor, tenemos la desfachatez de decir que actuamos buscando el bien (el bien de las mujeres o de las niñas en el caso de los talibanes, el bien del anciano en estado terminal), o que el otro se lo merecía (es “un tal” o “no hace más que enredar”) y, si se lo merecía, entonces bien está lo que le hemos dado o lo que le hemos hecho

El egoísmo humano, ese es el gran pecado. Cuando ese egoísmo llega a algunos de los extremos a los que antes me he referido se hace insoportable. Los casos extremos, que nos conmueven, deberían hacernos pensar en los casos menos extremos que a todos nos tientan. El egoísmo humano, ¿será un defecto de fábrica inevitable? O se nos fabrica con ese “defecto” o no se nos fabrica. Pero eso no quita que el “defecto” pueda ser sanado. Ahí está la gracia de Dios, ahí está el amor que puede cambiar el corazón. Ya se lo advirtió Yahvé al primer colérico de la historia: “¿por qué andas irritado y por qué se ha abatido tu rostro? ¿No es cierto que si obras bien podrás alzarlo?  Más, si no obras bien, a la puerta está el pecado, acechando como fiera que te codicia, y a quién tienes que dominar” (Gen 4,7).

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27
Ago
2021
¿Honrar con los labios o con el corazón?
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monumentobasilica

En el evangelio del próximo domingo escucharemos una queja de Jesús, citando al profeta Isaías, a propósito del culto: “este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío”. En principio, no tendría que haber oposición entre honrar con los labios y honrar con el corazón. Cabría aquí recordar otra palabra de Jesús: “de lo que rebosa el corazón habla la boca” (Lc 6,45). En este último dicho hay coherencia entre lo que vive el corazón y lo que la boca manifiesta. Pero pudiera darse el caso, bastante frecuente, de una falta de coherencia entre lo que siente el corazón y lo que se manifiesta al exterior. El rostro, a veces, es el espejo del alma. Pero otras veces el rostro es engañoso, es un rostro mentiroso que oculta los verdaderos sentimientos y las verdaderas intenciones.

Esta incoherencia entre lo que el rostro manifiesta y los sentimientos que anidan en lo profundo del corazón es uno de los peligros del poder: propalar una falsedad para conseguir algo que jamás se conseguiría diciendo la verdad. Cuando esta incoherencia se da entre amigos, estamos ante la mejor prueba de la ruptura de la amistad. Y cuando esta incoherencia entre los labios y el corazón se da en el terreno religioso, estamos ante una pretensión imposible, porque mientras el hombre mira las apariencias, Dios mira el corazón (1 Sam 16,7) y conoce todo (1 Jn 3,20). Puesto que sondea los corazones, puede dar a cada uno lo que de verdad se merece (Ap 2,23). La incoherencia entre los labios y el corazón nos retrata a nosotros, pero no engaña a Dios.

En lo que se refiere a nuestras relaciones con Dios todos necesitamos convertirnos cada día, ser conscientes de nuestra debilidad. Cuando me reconozco pecador no hay incoherencia entre mi vida y mi fe. En materia religiosa la incoherencia se manifiesta cuando, consciente o inconscientemente, trato de engañar a los hombres, aparentando una piedad que no responde a lo que en realidad es mi vida.

Inspirándonos en la carta de Santiago (1,27) podemos decir que “la religión pura e intachable ante Dios Padre”, y también ante los humanos, es tratar con misericordia a los necesitados, no de forma puntual para salir en la foto (ahí está la incoherencia entre los labios y el corazón, ahí está la manifestación de un corazón pervertido y egoísta), sino como consecuencia de un corazón abierto y misericordioso, un corazón lleno de Dios, como ese que describe la carta a los romanos (5,5): “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”.

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23
Ago
2021
Culto y fraternidad
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barcaiglesia

La eucaristía está esencialmente orientada a la constitución de la fraternidad humana. Un texto del evangelio es muy claro en lo que concierne a las relaciones entre culto y fraternidad: "Si al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda" (Mt 5,23-24). El texto cobra toda su fuerza si se nota que no se pregunta quien tiene la culpa de que tu hermano tenga algo contra ti. A lo mejor toda la culpa es suya, y tú eres víctima de sus manías, de sus complejos, de sus egoísmos. Pues bien, a ti te toca dar el primer paso, a ti te toca ceder si quieres celebrar correctamente la eucaristía, misterio de una vida que se entrega totalmente por amor sin poner ninguna condición.

En el Nuevo Testamento hay un vocablo que sintetiza muy bien la relación que hay entre culto y fraternidad. Es la palabra koinonia, o sea, comunión. Esta palabra expresa tres realidades a la vez: en primer lugar, koinonia significa la puesta en común de los bienes necesarios para vivir (Heb 13,16; Hech 2,44; 4,32). La koinonia es un gesto concreto de caridad fraterna; por esto, Pablo empleará esta palabra para hablar de la colecta a favor de los cristianos de Jerusalén; éstos glorifican a Dios, dice Pablo a los corintios, "por la generosidad de vuestra comunión con ellos y con todos" (2 Co 9,13; cf. 2 Co 8,34; Rm 15,26-27). La koinonia designa también la unión de los fieles con Cristo por medio de la eucaristía: "la copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?" (1 Co 10,16). La koinonia significa, finalmente, la unión de los cristianos con el Padre (1 Jn 1,6; 1,3), con el Hijo (1 Co 1,9; 1 Jn 1,3) y con el Espíritu (2 Co 13,13; Flp 2,1).

Entiendo que es buena esta síntesis: la fraternidad humana tiene su fundamento en la comunión plena con las tres personas de la Trinidad: "toda la Iglesia aparece como un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo", dice el Vaticano II, citando a San Cipriano. El lazo que une estas dos realidades se celebra, es decir, se recuerda y anuncia de forma eficaz en la eucaristía, que nos une con los hermanos al unirnos con Dios. "Hacer memoria de Cristo" es mucho más que realizar un acto cultual: es comulgar con una vida, que es la vida de Dios, vida que se entrega totalmente por amor a los otros.

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20
Ago
2021
Experiencia de determinados amores
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ramosflores

La segunda lectura de la eucaristía del domingo próximo (XXI del tiempo ordinario, ciclo B), bien explicada, es maravillosa. Todo se puede explicar mal. Cuando la mala explicación se debe al desconocimiento, puede disculparse; cuando se hace con mala intención, lo mejor es no hacer caso. Dejo eso. La lectura de la carta del apóstol Pablo a los Efesios pudiera parecer que exhorta a las mujeres a “someterse” a sus maridos. Si nos quedamos con esa idea, hacemos una mala y falseada lectura de lo que dice la carta de san Pablo.

Este “someterse” las mujeres a sus maridos es la primera consecuencia de un principio general que luego tiene consecuencias para el marido. De lo que habla san Pablo es de una relación matrimonial, en la que hay un sometimiento mutuo (“unos a otros”) en el temor de Cristo. Si es mutuo y es “en el temor de Cristo” (que no tiene nada de amenazante, y mucho de respeto y reverencia admirativa), entonces estamos ante la maravilla del amor cristiano, que encuentra en el matrimonio una de sus mejores realizaciones. Se trata de un amor muto, recíproco, en el que cada persona busca siempre complacer a la otra y da gracias por la maravilla que es la otra persona para él o para ella.

Cierto, cuando toca hacer la aplicación al marido de la “sumisión recíproca”, san Pablo deja de lado el lenguaje de la sumisión para utilizar otro que es más exigente si cabe: amar como Cristo. El marido debe amar a su mujer como Cristo ama a su Iglesia. Y el mínimo de un amor así es amar al otro o a la otra como se ama uno a sí mismo, porque al ser el esposo y la esposa una sola carne, al amar al otro, aman su propia carne.

Hablando de amores vale la pena notar la respuesta que da Pedro (en nombre de todos los discípulos y discípulas), cuando Jesús constata apenado que muchos le abandonan. Entonces se dirige a sus mas íntimos y les pregunta si ellos también van a marcharse. He aquí la respuesta de Pedro (insisto: en nombre de todas y todos): si te dejamos, “¿a quién vamos a acudir?”. ¿A dónde vamos a ir sin ti? Cuando se ha hecho la experiencia de determinados amores, uno ya no comprende como puede ser la vida sin ese amor. Eso vale para el encuentro con Cristo, para la relación esponsal y para toda amistad que se precie: ¿a dónde voy a ir sin ti?, ¿qué será de mi si tu me dejas? El auténtico amor requiere eternidad. Si no puedes decirle al amado: “no me dejes nunca” ¡nunca!, “no te vayas jamás”, ¡jamás!, “quédate siempre a mi lado”, ¡siempre!, entonces es que todavía no amas de verdad.

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17
Ago
2021
Comunión que hace comunidad
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capillaburriana

Todo en la Eucaristía está ordenado a la comunión, y todo en la eucaristía tiene sentido en relación con la comunidad. Hay quien habla de “Misas privadas”. Pero la Misa no es un acto solitario y, en este sentido, siempre es pública; no es una acción individual, porque es un acto comunitario.

En la Eucaristía todo está ordenado a la comunión. En efecto, la eucaristía está para ser comida y bebida: "tomad y comed"; "tomad y bebed". Lo que se come y bebe es el cuerpo de Cristo. Esto significa que quién recibe los signos sacramentales del pan y del vino recibe la misma vida de Cristo, uniéndose con él, disponiéndose así a hacer de su propia vida una vida animada por el mismo espíritu, los mismos sentimientos de Cristo. Quién recibe el sacramento comulga con Cristo, está de acuerdo con él, dispone su mente y su voluntad, su vida toda, en sintonía con Cristo.

La comunión en y con la eucaristía está al servicio de la comunidad y tiene sentido en relación con la comunidad. Y eso desde un doble punto de vista. Quién celebra la eucaristía es la comunidad. La eucaristía es sacramento de la Iglesia, expresa lo que es la Iglesia, una comunidad de hermanos. Sin comunidad no hay eucaristía. No se trata de un rito que pudiera realizarse por creyentes solitarios. Se trata de un acto y una celebración eclesial. Por eso, la liturgia eucarística "habla" siempre en plural: te pedimos, te rogamos, ten misericordia de todos nosotros, nuestro pan... Supone además un permanente diálogo entre el presidente (que representa a Cristo) y la comunidad (que representa al pueblo que acoge y responde a Cristo). El diálogo es siempre comunitario.

Desde otro punto de vista tiene la eucaristía que ver con la comunidad. Pues si en la eucaristía nos unimos profundamente a Cristo, esto se verifica (se hace verdadero) en la fraternidad. Cuanto más se une uno a Cristo, tanto más solidario es. No hay unión con Cristo sin unión con los hermanos. Y el grado de nuestra unión con Cristo se mide por nuestra mayor o menor fraternidad. Se comprende ahora lo que San Pablo dice a los corintios: al comulgar con Cristo, siendo muchos, nos hacemos todos un solo cuerpo, pues todos participamos del mismo pan (1 Co 10,17). De ahí también la condición indispensable para poder recibir la eucaristía que san Pablo recuerda a los corintios: la ausencia de división y los sentimientos fraternos entre los asistentes (1 Co 11, 17 ss). En efecto, sería una contradicción que unos cristianos divididos y en mala relación recibieran el signo sacramental de que forman un solo cuerpo.

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