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May2026Santísima Trinidad, una fiesta distinta
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May

La fiesta de la Santísima Trinidad tiene una peculiaridad que la hace distinta de todas las demás fiestas del año litúrgico. A lo largo del año vamos recordando y celebrando los distintos momentos de la vida de Jesús. El año litúrgico tiene dos grandes ciclos: el de Adviento y Navidad; y el de Cuaresma y Pascua. Celebramos el comienzo de la gran historia de salvación y su culminación. A lo largo de los otros domingos vamos recordando las palabras y la predicación de Jesús, sus enseñanzas sobre el Reino de Dios, y sus obras y milagros que lo acreditan como el enviado de Dios.
La fiesta de la santísima Trinidad no celebra un acontecimiento, sino la fuente de todos los acontecimientos: Dios mismo. Pero no un Dios cualquiera, sino un Dios que es Amor, solo Amor y nada más que Amor. Y, por eso, solo puede amar. Pero no hay amor sin relaciones mutuas. Para que pueda haber amor, en la intimidad de Dios hay relaciones. Ese misterio de relaciones es el misterio trinitario. Este es el misterio de nuestra fe, tal como lo confesamos en el Credo. Precisamente porque Dios es Amor, el ser humano no es el súbdito pasivo de un ser soberano, un patrono despótico o un monarca plenipotenciario.
La profesión de fe, el Credo, el objeto de la fe cristiana es Dios, confesado como Padre creador, que ha enviado a su Hijo al mundo por amor al mundo, y nos entrega su Espíritu para que podamos vivir en consonancia con lo que Dios es. Precisamente porque Dios es un Dios de relaciones personales, puede relacionarse personalmente con cada ser humano: cada uno de nosotros somos hijos del Padre, hermanos del Hijo y templos o sagrarios del Espíritu. Porque Dios es Amor no está alejado de nosotros. En Jesucristo, Dios se hace tan cercano que se convierte en hombre. Es imposible estar más cerca. Es uno de nosotros, vive con nosotros, para nosotros y en nosotros.
Los filósofos griegos, por ejemplo, Aristóteles, al igual de las grandes religiones de la humanidad, supieron que hay un solo Dios. Pero Aristóteles estaba convencido de que este Dios no necesita nada y no ama, no puede tener relaciones con nosotros. Al Dios aristotélico, los humanos no le importamos nada. ¿A cuenta de qué se iba a interesar por nosotros un ser omnipotente y autosuficiente? Por el contrario, el Dios cristiano no es un motor inmóvil, que hace funcionar el universo, pero no se relaciona con nadie; no es pura y profunda energía, respiración universal que da vida y sostiene todo lo que existe (Upanishad, textos sagrados de la India); no es poder soberano. El Dios bíblico es un ser personal que llama y espera respuesta, que pregunta y escucha, que “ama personalmente” con pasión. Y ama porque es Amor (1 Jn 4,8.16).








