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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

1
Dic
2022
Figuras del adviento
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conversion

Durante el tiempo de adviento aparecen tres figuras, tres importantes personajes bíblicos que, cada uno a su manera, señalan a Cristo. La principal figura del adviento es la Virgen María, que aparecerá con todo su esplendor el cuarto domingo de adviento. Las otras dos son Juan el Bautista, que aparece en los evangelios del segundo y tercer domingo, y el profeta Isaías, que está presente todos los domingos y casi el resto de los días del tiempo de adviento.

El fragmento de Isaías que se leerá el próximo domingo describe un lugar paradisíaco, en el que lo más opuesto vivirá en paz, armonía y concordia: el lobo con el cordero, el niño con la serpiente, el recién nacido con el áspid (una de las víboras más venenosas). El motivo de esta hermandad que parece imposible es “el conocimiento del Señor” que todo lo llena. Ahí está la clave para entender las buenas y las malas relaciones. El conocimiento del Señor es el amor. Donde hay amor, allí está Dios. Y donde hay discordia, guerra, enemistad, ambición, allí no está Dios. ¿Cuánto conocimiento del Señor hay en este mundo nuestro? Seguramente más en unos sitios que en otros. La cuestión entonces está en saber cuánto conocimiento del Señor tengo yo. Porque este conocimiento crece por contagio.

En el evangelio encontramos la figura de Juan el Bautista. Hay cosas buenas que conviene retener de este personaje. Por ejemplo, su llamada a la conversión. Convertirse no es hacer penitencia. La conversión va en línea con el conocimiento del Señor. Se trata de poner nuestra vida de cara a Dios, dando la espalda a todo lo que nos separa de él. Esta es una tarea permanente, pero mientras estemos en la tarea estamos a la vez en la buena posición.

Eso sí, conviene dejar claro que el mensaje de Juan contrasta con el de Jesús y, en este contraste, aparece con toda su luminosidad el mensaje de Jesús. Uno y otro, Juan y Jesús, comienzan su predicación de la misma manera: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”. Pero mientras Jesús se queda ahí, dejando a las personas libres y pensativas, Juan añade una amenaza para los que no se convierten: “Ya toca el hacha la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto será talado y echado al fuego”. En Jesús no hay amenaza. Ante él cada uno decide con total responsabilidad, sin sentirse coaccionado.

Más aún, el Dios de Jesús es el Dios de la paciencia, que quiere, sin duda, que nos convirtamos, pero comprende nuestras indecisiones, sabe que somos de barro. Eso sí, el barro del que estamos hechos, tiene capacidad para recibir el Espíritu de Dios y convertirse así en un barro divinizado. Por esto, en vez de amenazar, no se cansa de llamar.

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27
Nov
2022
Adviento: ven Señor, y que se acaben las guerras
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soldeadviento

Adviento, venida del Señor. El Señor viene y parece que todo sigue igual. Las guerras entre las naciones, las enemistades entre los pueblos, las rencillas vecinales, los malentendidos familiares, la dificultad de entenderse incluso en los grupos religiosos y en la propia Iglesia, las decepciones y dificultades personales. No está mal que durante este adviento pidamos, en nuestra oración, que se terminen todas estas guerras mayores y menores. Pero sin olvidar que la oración no es un recurso mágico, sino un compromiso personal. El que pide no espera pasivamente que Dios le resuelva los problemas, sino que se sitúa delante de Dios para sentir el estímulo divino, que le mueve a resolver él los problemas en la medida de sus fuerzas y posibilidades.

El adviento nos habla de una triple venida del Señor. Hace dos mil años, en Belén de Judá, nació Jesús, el hijo de María. La fe cristiana afirma que este Jesús es el Hijo de Dios y por tanto que, en el acontecimiento de su venida al mundo, Dios mismo se ha hecho uno de nosotros para que nos resulte fácil ver, en uno de nuestra carne, los caminos de Dios que estamos invitados a seguir. Este mismo Jesús, que un día vino en la humildad de nuestra carne, volverá al final de los tiempos, lleno de gloria y majestad, para dejar claro lo que de verdad vale, lo que Dios aprueba, lo que Dios acoge y lo que Dios quiere, a saber, la verdad, la justicia y el amor. Si esta segunda venida es calificada de juicio por el Credo de la fe cristiana, es para dejar claro que, a los ojos de Dios, no todo vale igual y que hay una distancia inmensa entre el bien y el mal. Sin duda, el criterio de este juicio será el amor, pero precisamente porque el amor será lo determinante, también podemos esperar que en el juicio se manifestará la misericordia.

Finalmente hay una tercera venida, que se sitúa entre la primera en la humildad de nuestra carne y la última con gloria y majestad. El Señor está viniendo permanente a nuestras vidas, en cada persona y en cada acontecimiento, para que lo recibamos en la fe y, por el amor, demos testimonio de la llegada gloriosa de su reino (tal como dice el tercer prefacio de adviento). En este adviento estamos invitados a descubrir su permanente presencia en los hermanos y a buscar en la oración estímulo y fuerza para ser no sólo sus testigos, sino también sus manos, sus pies, su corazón y su mente allí donde haya una necesidad; para ser, en suma, la prolongación del misterio de la Encarnación, solidarizándonos con tantas personas que, sabiéndolo o sin saberlo, anhelan encontrarse con el Señor Jesús.

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24
Nov
2022
Demasiadas intervenciones
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intervenciones

Las intervenciones o auditorias, o como se quiera llamar, manifiestan que algo no acaba de ir del todo bien. No necesariamente por culpa de los responsables de la institución, aunque la ausencia de culpa no quita que los responsables no hayan sabido gestionar o controlar adecuadamente lo que se les ha encomendado. El Papa, en distintas ocasiones, ha nombrado delegados suyos, a veces solos y a veces acompañados de una pequeña comisión, para revisar el funcionamiento de algunas instituciones eclesiales. El último caso ha sido la intervención de Caritas Internacional. Al parecer no se trata de investigar abusos, sino de mejorar la gestión para que sirva al Papa y a los obispos en el ejercicio de su ministerio con los más pobres y necesitados. Sea lo que sea, algo no acaba de ir bien. Cuando se manejan o administran dineros ajenos, aparecen tentaciones, se requieren controles y la transparencia es necesaria.

Otra intervención conocida es el nombramiento de dos Obispos uruguayos para que visiten los seminarios españoles. Tampoco aquí se trata de buscar abusos, sino de ayudar a que los seminarios cumplan mejor su función de formar a los futuros sacerdotes. El problema concreto es que muchos seminarios tienen tan pocos seminaristas que corren el riesgo de ser un grupo de amigos en vez de un espacio de formación. Cuando hay pocos formandos se corre el riesgo de consentirlo todo, puesto que si uno se pone serio, se tiene miedo a que la diócesis se quede sin vocaciones. Un seminario requiere tener un buen equipo de formación (director y, al menos, uno o dos ayudantes, prefecto de estudios, confesores, director espiritual, encargado del curso propedéutico), y no es normal ni formativo que el número de formadores sea superior al número de seminaristas.

Esto del curso propedéutico, por si alguno no lo sabe, es un curso introductorio, en el que no se cursan estudios reglados en una Facultad o Centro teológico. El objetivo de este curso es formarse espiritualmente, conocer bien la diócesis y sus necesidades, y adquirir una serie de conocimientos elementales sobre biblia, liturgia y documentos eclesiales que, normalmente, los que entran en el seminario desconocen. Por ejemplo, lo que dice el Concilio Vaticano II. A veces los nuevos seminaristas entran con ideas preconcebidas sobre el Concilio. Y es bueno que tengan ideas justas.

Algunas asociaciones y congregaciones religiosas también han sido intervenidas, sobre todo algunas de reciente fundación. Ya sé que no es cuestión de nombres y apariencias, pero los nombres (Heraldos, Cruzados) y las vestimentas suelen ser orientativas de una determinada manera de vivir y de pensar. Al respecto es bueno recordar lo que dice el Código de derecho canónico (nº 304,2) sobre los nombres que, sin duda, por analogía, se aplica también a las vestimentas: “Escogerán un título o nombre que responda a la mentalidad del tiempo y del lugar”.

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22
Nov
2022
El ser humano no tiene precio porque tiene dignidad
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dignidad

Todo ser humano ha sido creado a imagen de Dios. Este es un dato irrenunciable para la antropología teológica. Pero precisamente porque la imagen es constitutiva de la persona, se sea o no consciente de ello, es necesario encontrar una huella, un correlato en la realidad humana de este dato teológico, sin necesidad de referirse al origen y motivo de esta imagen. Si la imagen es creatural, entonces está ahí, más allá de quién sea el causante de tal imagen. ¿Cuál es la traducción antropológica, el correlato humano de la imagen de Dios en todo ser humano? La dignidad. El ser humano no tiene precio porque tiene dignidad.

La dignidad no es algo que se adquiere, es algo que se tiene, cada uno la recibe con el ser y la vida. Eso significa que cada ser humano vale por sí mismo, que no es intercambiable con nada ni con nadie, precisamente porque es único. Cada ser humano tiene un valor absoluto. Cada persona es algo nuevo; con cada nacimiento todo vuelve a empezar. Puesto que cada persona tiene valor por sí misma, nadie tiene derecho sobre otra persona. Más que derecho, lo que tenemos ante los otros es responsabilidad, la responsabilidad de tratarlos como seres con valor intrínseco, y responder de ello en caso de no hacerlo.

Para que la dignidad sea reconocida y respetada es necesario que yo me reconozca en el otro, que lo vea como mi igual, alguien que tiene sentimientos y necesidades similares a las mías, alguien que es como yo, “otro yo”. Todos formamos parte de una humanidad única. Llegar a este reconocimiento no ha sido fácil. Nos ha costado superar eso de que hay razas superiores e inferiores, que hay un sexo fuerte y otro débil, que unos somos mejores que otros.

Sólo si reconozco al otro como otro, más allá de mis intereses, de mi forma de pensar, o de la utilidad que pueda reportarme, sólo entonces me sitúo en el camino adecuado para reconocer que el otro tiene derechos tan inalienables como los míos. Más aún, sólo entonces estoy en condiciones de reconocer que un atentado a sus derechos es una ofensa a mi propia dignidad, y de escandalizarme o sentirme interpelado ante aquellos actos que “claman al cielo”, porque dañan al más digno de los habitantes que habitan bajo el cielo. Sin ese reconocimiento del otro como otro, necesariamente lo considero un objeto. Entonces el otro no vale nada y es perfectamente prescindible. Ese es el problema que se plantea, por ejemplo, a la hora de hablar de la vida del no nacido: ¿lo miro como a una persona o como a un puñado de células?

La teología va más al fondo del reconocimiento del otro como igual a mí. Nos conduce a reconocer el fundamento divino de cada persona. Pero independientemente de tal descubrimiento, y aún cuando no se reconozca, todo ser humano posee unos derechos inalienables. Aquí la gracia y la naturaleza coinciden. Lo que para el cristiano es don incondicional de Dios, se convierte, desde la perspectiva secular, en algo propio. Pero explicitar la perspectiva teológica ofrece una nueva luz y un sentido a lo que ya por sí mismo tiene sentido.

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18
Nov
2022
Rey del amor clavado en la cruz
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reydelamorclavado

El año litúrgico acaba con la fiesta de Cristo rey. Jesús pasó la vida anunciando el reino de Dios y realizando signos liberadores y sanadores que indicaban lo que podía ser el reino de Dios. No es extraño que, después de haber hablado tanto de este reino, el gobernador de Roma, en un juicio en el que sus enemigos le acusaban de ser competidor del emperador de Roma, le preguntase si era rey. Jesús no negó que pudiera ser rey, pero dejó muy claro que su realeza no tenía nada que ver con el modo como los reyes y gobernadores de este mundo ejercían el poder. El de Jesús era el poder del amor y no el del dominio y la opresión.

Una vez en la cruz, los enemigos de Jesús, esos que piensan que con el poder se logra todo, se ceban con él, y le desafían a que baje de la cruz, ya que un rey, y más un rey con poderes divinos, lo menos que puede hacer es salvarse a sí mismo. Si no demuestra su poder no es digno de crédito. Y el poder se demuestra, según los criterios humanos, en los gestos espectaculares o en la capacidad de destruir y someter. Jesús, a lo largo de su vida ha roto con este modo de entender el poder y ha presentado un poder distinto que, lejos de destruir, construye; en vez de someter, levanta; en lugar de esclavizar, libera. En la cruz sigue manifestando este poder que, paradójicamente, resulta ser el único que puede salvar a las personas. Pues con el poder que oprime y somete quizás se puedan lograr algunas cosas, pero nunca se puede lograr lo único que importa.

Con Jesús había dos malhechores que sufrían su mismo castigo. Uno de ellos también increpa a Jesús, pidiendo la misma demostración de poder que reclamaban sus enemigos: “sálvate a ti mismo y a nosotros”. Sin duda la petición de este crucificado tiene un tono distinto al de los enemigos de Jesús, pues no es ni un desafío ni una burla, es una petición desesperada de auxilio. Y aunque sigue comprendiendo la salvación en términos de poder, su actitud, sin duda, era digna de comprensión. El otro ladrón comprende mejor la naturaleza del poder de Jesús: “acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Acuérdate de mi, o sea, tómame a tu cargo, no me abandones, sé como el amigo que sostiene y apoya. En esta súplica y, sobre todo, en la respuesta de Jesús: “hoy estarás conmigo en el paraíso”, queda claro, para el evangelista Lucas, que Jesús es el verdadero salvador.

El modo de morir de Jesús muestra cuál es su realeza. En el fondo, la única realeza que, lo sepa o no lo sepa, necesita el ser humano. Una realeza, fundamentada en el amor, que ofrece perdón y misericordia. Este rey crucificado no ofrece la conquista de ningún imperio ni la de ningún tesoro, sino la salvación de la propia vida, más allá de cualquier deseo o expectativa.

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14
Nov
2022
¿Y si el universo existe desde siempre?
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circuloazulsobretierra

La ciencia nos asegura que este universo tuvo un comienzo. Hace unos 13.800 millones de años se produjo una gran explosión de la que ha resultado todo lo existente. A la pregunta instintiva sobre la causa de esta explosión o sobre lo que hubo antes del hidrógeno, la teoría de la relatividad no responde, porque “todo comenzó entonces”; por tanto “no hubo antes”. Ahora bien, para evitar que esta pregunta por el “antes” termine postulando la existencia de Dios, algunas teorías físicas sugieren que el universo existe desde siempre.

Esta es una vieja cuestión que no tiene que alarmar a la teología. Aristóteles parecía cuestionar la verdad de la creación del mundo por Dios con su concepción del movimiento continuo, y su afirmación de que la materia, aquello de lo que está hecho el mundo, es eterna e imperecedera, y existe desde siempre. Por su parte, la Biblia presenta la creación como el primer dato a tener presente sobre la realidad del mundo. La interpretación espontánea de esta página bíblica asocia la idea de creación con un comienzo cronológico: este mundo tiene un principio temporal, comienza “el primer día”. Pero de lo que tratan estos primeros capítulos del Génesis no es del comienzo temporal del mundo y, aunque así fuera, ese comienzo temporal sería el ropaje cultural que transmite lo que de ellos se deduce, a saber, la dependencia de Dios de todo lo real.

Tomás de Aquino tomó en serio la tesis filosófica de la posible eternidad del mundo. Su solución sigue siendo válida para situarnos hoy, desde la fe, ante las teorías que afirman que el universo existe desde siempre. Tomás de Aquino sostiene que la temporalidad del mundo es un dato de fe, que no puede ser demostrado con rigor. Por tanto, “que el mundo empezara a existir es creíble, pero no demostrable o cognoscible”. Por eso sostendrá que afirmar que el mundo existe desde siempre no es contradictorio con la afirmación de un Dios creador del mundo, pues sería posible concebir que Dios ha creado al mundo desde siempre, y así el mundo sería creado, dependiente de Dios y co-existiendo con Dios desde toda la eternidad.

No hay contradicción intrínseca en decir que un efecto creado puede existir desde la eternidad, porque puede existir simultáneamente con la causa. Por tanto, el universo podría haber existido desde siempre, si Dios así lo hubiese querido. La referencia del mundo y de toda criatura a Dios hay que situarla a niveles ontológicos más que temporales. Se puede depender totalmente de Dios, tener en él la causa del ser, y existir desde siempre. Ser creado es depender totalmente de Dios; lo propio de lo creado es la dependencia, no el tiempo, ni una fecha. Lo que santo Tomas pone de relieve, y lo que debemos mantener como dato de fe, es la dependencia absoluta del mundo con Dios.

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10
Nov
2022
No es lo mismo origen que comienzo del universo
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puestadesolsobremar

Según la ciencia, el ser humano es el resultado de una evolución, que estamos en condiciones de datar. Comenzó hace 13.800 millones de años con la aparición de la energía y de la materia, y culminó con la aparición de la vida hace unos cinco mil millones de años. A partir de esta aparición, pasando por los anímales mamíferos superiores, llegamos hace cuatro millones de años a unos primeros homínidos, y más recientemente a los humanos.

Esta respuesta que ofrece la ciencia, es susceptible de nuevas preguntas: este comienzo de la evolución, ¿a qué fue debido, por qué ocurrió, tuvo alguna causa?  Lo que relata la ciencia es un comienzo, parte de una fecha (más o menos aproximada, pero una fecha). Sin embargo, la gran pregunta no es solamente cuándo comenzó la evolución, sino por qué motivo comenzó y por qué motivo ha evolucionado así.

Estas dos preguntas: ¿cuándo comenzó la evolución?, y ¿por qué motivo comenzó?, nos orientan a una interesante distinción entre origen y comienzo. Los comienzos tienen una fecha, un primer momento. El origen no tiene fecha, es una causa más allá de toda fecha. Preguntar por el origen es preguntar por la razón última. El concepto teológico de creación está estrechamente relacionado con la pregunta por el origen y no tanto con la pregunta por el comienzo. El origen hace posible una realidad, pero no tiene porqué interferir en su desarrollo. Y no interfiere porque se sitúa a otro nivel. Eso es exactamente la creación: el don de un mundo en el que las cosas y nosotros podemos ser.

Por este motivo, el Creador no manipula la realidad. Lo que hace es sostener el ser y posibilitar su desarrollo. El acto creador no deja huellas o vestigios en las cosas, porque es la razón de toda realidad. Es un Misterio que, en cuanto tal, no puede ser descrito. Un Misterio que sólo podemos atisbar por sus efectos. La creación no hace que las cosas sean así o asa; hace que las cosas existan en vez de que no existan de ningún modo. La creación es la razón desconocida y misteriosa por la que hay algo en vez de nada. Por eso el acto creador deja que el mundo funcione según sus propias leyes científicas, que las cosas se comporten conforme a su naturaleza, y no según decretos arbitrarios o caprichosos de Dios.

Al distinguir entre origen y comienzo, comprendemos que la creación hay que vincularla al origen, al hecho mismo de que exista lo real. Dios es el origen de una naturaleza que, una vez aparecida en la existencia, tiene un comienzo y un desarrollo, tiene un tiempo que puede medirse. Dios es el dador de vida, pero de una vida que tiene su propia autonomía. Una autonomía auténtica. Dios no manipula su creación. Dios es la Razón que hace posible la existencia y que la mantiene en el ser.

En suma, podemos entender el mundo como una maravillosa creación de Dios, y también como resultado de millones de años de evolución. Creación es un término teológico para indicar que todo lo que existe tiene, en última instancia, su razón de ser en el designio amoroso de Dios. Evolución se refiere a nuestra forma actual de comprender cómo ha creado Dios la diversidad biológica. Ambas consideraciones son necesarias para hacer justicia a la fe y para hacer justicia a la ciencia.

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6
Nov
2022
Halloween, anuncio de Navidad
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colorluz

Después de la fiesta de las brujas, más conocida como Halloween, empieza la preparación de una fiesta llamada Navidad. ¿Qué fiesta es esa? Una fiesta llena de luz. Por este motivo muy pronto nuestras ciudades se llenarán de luces. Para celebrar una fiesta mágica, manantial de sueños y colores. La Navidad está en los detalles, en el aroma de las calles, en la búsqueda del regalo perfecto, la diversión, los sabores, la ilusión. Los colores de la próxima Navidad incluirán el plateado metálico y el dorado metálico, diferentes tonos de verde, asociados a la hierba y las hojas como elementos naturales.

Eso será todo lo que ustedes quieran menos una cosa: la celebración cristiana del misterio de la Encarnación. El acontecimiento, que los cristianos celebran el 25 de diciembre, ha sido aprovechado por el mundo de la diversión y del dinero para hacer juerga y negocio. Cierto, todavía hay personas que aprovechan los días de final de año para tener encuentros familiares. Eso está muy bien. Y hasta podría tener una relación con el misterio de la Encarnación, en la medida en que el Dios encarnado nos une como hermanos. Todo lo que sean encuentros de amor y de paz están, consciente o inconscientemente, relacionados con la voluntad de Dios.

Hace tiempo hice una propuesta: que los cristianos tiremos a la papelera la palabra Navidad y la reemplacemos por Encarnación. La palabra navidad se la regalamos al mundo, aunque el mundo no sepa lo que significa. Y si alguno sabe que significa nacimiento, la cuestión es saber de qué nacimiento estamos hablando. Las luces y decoraciones pagadas con dinero público no orientan a ningún nacimiento y, mucho menos, al nacimiento de Jesús. Las ciudades se llenarán de luces, pero para ver una imagen del niño Jesús habrá que dejar la calle y entrar en las Iglesias. Encarnación es un término que indica hasta donde llega el amor de Dios y el Dios que es Amor: hasta el extremo de querer identificarse con sus amados hijos e hijas creados a su imagen. Porque el verdadero amor, el amor más grande, es el del que quiere ser como el amado.

A los cristianos no hace falta decirles que Navidad no comienza después de Hallowen. Pero quizás sea bueno recordar que prácticamente hasta la cuarta semana de adviento es mejor no hablar de Navidad. Porque el adviento, en su primera parte, tiene su propio sentido y su propia consistencia. Y este sentido no se refiere a ningún pasado, sino a un futuro, a un acontecimiento que está aún por venir, ese acontecimiento que se expresa con estas palabras del Credo: el Señor, “de nuevo vendrá” (de nuevo, porque ya vino una vez, pero ahora no se trata del pasado, sino de una nueva vez), “para juzgar a vivos y muertos”. Tendremos ocasión de hablar de ese juicio cuando llegue el adviento, o sea, el 27 de noviembre. Mientras tanto, dejemos al mundo que prepare su navidad, esa de la que más vale no saber nada.

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3
Nov
2022
¿La falta algo a la Pasión de Cristo?
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domingosegovia

Decir que hace falta completar lo que falta a la pasión o a las tribulaciones de Cristo puede parecer herético, puesto que nada falta al valor redentor de la Cruz. Y, sin embargo, esto es lo que se dice literalmente en la carta de san Pablo a los Colosenses (1,24): “completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia”. Al respecto notaba Santo Tomás de Aquino: “estas palabras, superficialmente tomadas, pueden entenderse mal, en el sentido de que la pasión de Cristo no fue suficiente para la redención, sino que fue necesario para completarla añadirle las pasiones de los santos. Pero esto es herético, porque la sangre de Cristo es suficiente para la redención no de uno, sino de mil mundos”.

Nosotros no podemos añadir nada al sufrimiento redentor de Cristo. Y, sin embargo, este sufrimiento tiene repercusiones en la carne humana del creyente. Pues el cristiano, en quién Cristo vive por la fe, el bautismo y la eucaristía, debe conformarse, identificarse con la muerte de Cristo: “completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo”. Para que la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo, es necesario llevar “en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús” (2 Cor 4,10). Siempre falta algo en nuestra carne para que se realice esta conformidad perfecta con Jesús.

Comentando este texto de Col 1,24, recuerda Tomás de Aquino que la Iglesia, o sea todos los cristianos, son el Cuerpo de Cristo. Por eso, lo que falta a la pasión de Cristo se refiere a toda la Iglesia, cuya Cabeza es Cristo. “Completo, esto es, añado mi granito de arena. Y esto en mi carne, es a saber, padeciendo yo mismo. O lo que resta de padecer a mi carne. Pues esto faltaba, que así como Cristo había padecido en su cuerpo, así padeciese en Pablo, miembro suyo, y de manera semejante en los demás miembros”.

¿Por qué este sufrimiento, qué utilidad pueden tener para el cristiano los dolores y tristezas? ¿Por qué debemos llevar en nosotros la muerte de Jesús? Porque la Cruz de Cristo debe ser proclamada en el mundo, no solo con palabras, sino también con obras. El cristiano es una predicación viviente del Señor crucificado y resucitado. Si como dice san Pablo, nosotros solo queremos “saber a Jesucristo, y éste crucificado” (1 Cor 2,2), es necesario que vivamos esto en todo nuestro ser. No solamente en nuestro espíritu (a base de meditaciones sobre la pasión de Cristo), sino también en nuestro cuerpo, por los ultrajes, las persecuciones y las aflicciones vividas por el nombre de Cristo. Así Cristo nos asocia a su pasión, y los dolores que encontramos en nuestra vida cristiana nos convierten en testigos vivos y poderosos del Crucificado.

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31
Oct
2022
¡Ay qué larga es esta vida!
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velasdiadifuntos

A la mayoría de nosotros, por mucho que dure la vida, siempre nos parece corta. Cuando lo pasamos mal no deseamos acortar la vida, deseamos acortar el sufrimiento. Incluso los que se suicidan no quieren quitarse la vida, lo que quieren es quitarse de encima lo insoportable de la vida. Y para eso no encuentran mejor método que quitarse la vida. Pero si a quienes van a quitarse la vida, les ofrecieran palabras de esperanza y alivio para sus penas, seguro que no lo harían. Eso vale también para esas leyes que posibilitan la eutanasia. Pues el remedio para las personas que sufren no es facilitarles la eutanasia, sino ofrecerles buenos cuidados paliativos, buen acompañamiento, cercanía y cariño.

Dejo esto porque ahora me interesa responder a la pregunta de quién puede decir, sinceramente, que la vida es larga. Solo puede decirlo aquel que espera una vida mejor y sabe que a esta vida mejor solo se accede saliendo de esta. En esta línea van estos versos de Teresa de Jesús: “¡Ay qué larga es esta vida!, / ¡qué duros estos destierros!, / ¡esta cárcel, estos hierros, / en que el alma está metida! / Sólo esperar la salida / me causa dolor tan fiero, / que muero porque no muero”. Y estos otros: “Aquella vida de arriba, / que es la vida verdadera, / hasta que esta vida muera, / no se goza estando viva”.

La fiesta de todos los santos y la conmemoración de los fieles difuntos son una ocasión para recordar que la verdadera cuestión frente a la muerte, no es la muerte misma, sino el modo de vivir y la esperanza con la que morimos. Según como haya sido nuestro modo de vivir, así será nuestra esperanza. Por eso, lo problemático no es tanto la muerte, sino la manera de afrontarla. Para quienes viven “sin Dios y sin esperanza” (Ef 2,12), pues una cosa conlleva la otra, la muerte es algo no deseado y suele vivirse como un ataque desde el exterior, como algo angustioso y oscuro. En la medida en que nos aceramos a Dios y nos asemejamos a Cristo, tal angustia desaparece. Y así es posible experimentar la muerte como la realización no traumática de nuestra hambre de trascendencia, como paso hacia la plena divinización.

Si creemos de verdad, como dice la liturgia, que “la vida no termina, se transforma, y al deshacerse nuestra morada terrena, se nos prepara en el cielo una mansión eterna”, entonces es posible pensar en “la hermana muerte” (Francisco de Asís), o exclamar: “muero porque no muero” (Teresa de Jesús), o decir, como San Pablo: “para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia. Deseo partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor” (Flp 1,21.23). Al respecto cabe también recordar esta palabra de Jesús: “Si me amaráis, os alegraríais de que me fuera al Padre” (Jn 14,28).

De estas cosas sólo puede hablarse con mucha seriedad y con mucha serenidad. La esperanza cristiana no es un antídoto contra la tristeza, sino contra la desesperación.

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