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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

22
Jun
2022
¿Seguir a Jesús o enterrar a mi padre?
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El próximo domingo retomamos, en la liturgia, el tiempo ordinario. En el evangelio encontramos dos sorpresas. La primera, los discípulos proponen a Jesús que baje fuego del cielo sobre los habitantes de una aldea de Samaría que no han querido recibirlos. La respuesta de Jesús es dura. En la traducción que vamos a leer se dice únicamente que Jesús les regañó. Pero hay versiones de la Biblia en las que, tras la reprimenda, Jesús dice: “no sabéis de qué espíritu sois”. Jesús corrige nuestro fundamentalismo natural y nuestros deseos espontáneos de venganza, para que nazca en nosotros una nueva naturaleza, acorde con el proyecto de Dios y con la verdad del ser humano, creado a imagen de Dios.

La segunda sorpresa la encontramos en la respuesta que da a Jesús uno que ha sido llamado a seguirle. La llamada de Jesús pide una entrega total e incondicional, porque se trata de una llamada decisiva, que introduce en el único camino necesario. Ahí está la diferencia entre el seguimiento de Jesús y la entrada en la escuela de otros rabinos. La llamada de Jesús nos sitúa ante la exigencia incondicional de seguirle de manera inmediata y total. La escena del evangelio lo refleja con toda claridad. Uno, al que Jesús invita a seguirle, le dijo: “Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre”. Le respondió Jesús: “sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos” (Mt 8,21-22; Lc 9,59-60).

La respuesta de Jesús entra en oposición con la ley, la religiosidad y la moral. ¿En nombre de qué puede alguien pedirme que deje de cumplir con el piadoso precepto de enterrar a mi padre? Una posible respuesta sería: en nombre del amor al prójimo. Si hay alguien que me necesita hasta el punto de que, si lo abandono para ir al entierro de mi padre, no podrá sobrevivir, entonces resulta lógico que se me pida, en nombre del amor, que no acuda al entierro. Pero la respuesta de Jesús no apela a un interés humanitario o a una morali­dad más elevada. Ni siquiera a una interiorización religiosa. De ahí que su llamada plantea la pregunta sobre la pretensión de quien la lanza. ¿En nombre de qué o de quién puede alguien pedir un seguimiento así?

Precisamente una llamada como la de Jesús nos sitúa ante la necesidad de responder a esta pregunta: ¿quién es para mi Je­sús?, ¿qué estoy dispuesto a darle, hasta qué punto confío en él, hasta dónde llega mi capacidad de renuncia por él? ¿Mi amor por Jesús es incondicional? ¿Reconozco en él una palabra cargada con una autoridad definitiva, la autoridad del mismo Dios? Y también: ¿el Reino de Dios es para mi más importante y urgente que todo lo demás? ¿Estoy en disposición de realizar algún signo que indique que para mí el Dios de Je­sús debe ser amado por encima de todo lo demás, sobre todas las cosas?

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18
Jun
2022
Eucaristía alrededor de una mesa
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La presencia sacramental de Cristo en la eucaristía tiene un objetivo fundamental: que podamos comulgar con Cristo. Comulgar con Cristo es unirnos a él, al Amor de los amores. Y al unirnos a Cristo nos unimos a todos los cristianos, más aún, a todos los seres humanos, porque con cada ser humano, sin excepción alguna, se ha unido Cristo. La eucaristía está ordenada a ser signo de unidad y vínculo de caridad. Signo que señala a quién debemos amar y nos impulsa fuertemente a ello. Es un signo eficaz, un signo que nos llama a realizar aquello que significa.

La celebración de la Eucaristía requiere de una mesa. Esta mesa, con el correr del tiempo, se ha transformado en un altar, pero el altar sigue siendo una mesa, alrededor de la cual nos sentamos los que celebramos el banquete eucarístico, que es un banquete familiar. El Nuevo Testamento califica como “cena del Señor” (Lc 22,19; Jn 13,2; 1Co 11,20) o “fracción del pan” (Hech 2,46; 20,7) lo que luego se llamará Misa. La Misa remite a una Mesa, en la que el Señor Jesús, con sus apóstoles, celebró una cena; y en esta cena ocurrió algo sorprendente, que los apóstoles recordaron y repitieron, y después de ellos repiten todos los seguidores de Jesús.

Recordando el contexto de lo que hizo Jesús, los primeros cristianos celebraban la eucaristía en el curso de una cena, alrededor de una mesa. Así manifestaban que el contexto adecuado de la celebración es el amor fraterno y el compartir los bienes, que es lo propio de los hermanos. Los cristianos se reunían en la casa de un creyente, llevaban consigo comida, que se ofrecían unos a otros como gesto de fraternidad. En este “banquete” consagraban el pan y el vino, llamando a esto “la Cena del Señor” (1Co 11,20). Los apóstoles dirigían la palabra a los reunidos, “conversando con ellos” (Hech 20,7-11). El autor de los Hechos aduce el detalle de la gran cantidad de luces que se encendían y de cómo, en cierta ocasión, la charla de Pablo se alargó tanto, que un joven que estaba sentado en la ventana se durmió y cayó a la calle.

Cuando estos “ágapes” degeneraron y, en vez de compartir, cada quién comía de lo suyo, unos buenas viandas y otros pobremente, Pablo se enfada porque se han olvidado de lo que en realidad significa la mesa: “Cuando os reunís en común, eso ya no es comer la Cena del Señor, porque cada uno se adelanta a comer su propia cena, y mientras uno pasa hambre, otro se embriaga. ¿No tenéis casas para comer y beber? ¿O es que despreciáis a la Iglesia de Dios y avergonzáis a los que no tienen? ¿Qué voy a deciros? ¿Alabaros? ¡En esto no puedo alabaros!” (1Co 11,20-22).

Estos abusos, pero también la evolución histórica y el crecimiento de la Iglesia hicieron que, en el transcurso del tiempo, la celebración prescindiera del contexto de la cena y evolucionara hacia el modo con el que actualmente celebramos. Con todo, recordar este primer contexto es un modo de dejar clara la relación profunda que hay entre eucaristía y fraternidad.

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15
Jun
2022
Sínodo: temas delicados
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De entre los muchos temas del documento final, que se aprobó el pasado 11 de junio en Madrid sobre la sinodalidad, selecciono dos: uno, el clericalismo. El documento nota que el clericalismo no va en una sola dirección, sino que es bilateral: lo hay por un exceso de protagonismo en los sacerdotes, y lo hay por un defecto en la responsabilidad de los laicos. Tiene pues una doble causa: por un lado, los sacerdotes, por inercia, desempeñan funciones que no les son propias y no impulsan la corresponsabilidad laical; por otro lado, los laicos no asumen su papel en la edificación de la comunidad, por comodidad, inseguridad, miedo a equivocarse, o por experiencias negativas anteriores. A este respecto hay que tener en cuenta que la Iglesia no está solo organizada sobre el sacramento del orden; también está organizada sobre el sacramento del bautismo; ambos son recíprocamente imprescindibles. En relación con el clericalismo está el autoritarismo y la falta de estima de la vida consagrada.

Por otra parte, para crecer en sinodalidad es necesario, en los asuntos en que esto sea posible, pasar de la consulta a la codecisión, de forma que los órganos y consejos existentes no se limiten a ser instrumentos consultivos, sino que en ellos se adopten decisiones después de un serio discernimiento. Un ejemplo explícito que se pone es el del nombramiento de párrocos. Ejemplo interesante, pero que, como todo, tiene sus pros y sus contras. En este caso, uno de los inconvenientes es la escasez de sacerdotes y, por tanto, las dificultades para elegir. Pero conscientes de esta dificultad, y asumiendo con realismo las situaciones, sería bueno que los consejos pastorales tuvieran una palabra que decir en el nombramiento del párroco.

Relacionado con el asunto de la toma de decisiones y de la asunción de responsabilidades, el documento afronta el papel de la mujer en la Iglesia. Se ve imprescindible su presencia en los órganos de responsabilidad y decisión de la Iglesia. Sin duda, se pueden aducir ejemplos de mujeres que ya ocupan cargos importantes como la cancillería de una diócesis o delegaciones episcopales. También hay parroquias, sobre todo en lugares de falta de clero, en la que la responsable es una monja o una mujer. Pero esto debería ser lo normal y no la excepción.

Son muchos más los temas que toca el documento de la Conferencia Episcopal. A mi modo de ver han hecho una buena síntesis de lo recibido, sin obviar las cuestiones más delicadas y conflictivas, como el celibato opcional de los presbíteros o la ordenación de varones casados. Con todo hay que decir que estas cuestiones solo se han suscitado en unas pocas diócesis, y han sido magnificadas por la prensa como si estos fueran los únicos temas que importan. En suma, se trata, a mi entender, de un documento válido, que ha sabido escuchar y acoger las inquietudes de muchos creyentes. Escuchar siempre es bueno, aunque luego sea necesario discernir.

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13
Jun
2022
Por una Iglesia sinodal
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sinodal

El sábado, 11 de junio, tuvo lugar en Madrid la asamblea final sinodal de la Conferencia Episcopal española. Participaron alrededor de 600 personas, entre ellas 360 laicos y más de 100 representantes de la vida consagrada. La asamblea hizo algunas observaciones a la síntesis presentada. Tras la incorporación de estas observaciones, el cardenal Omella entregará en Roma el documento final surgido de la aportación de todas las diócesis españolas, de los grupos eclesiales y de las instancias de la vida consagrada. Pues estas 600 personas representaban a 14.000 grupos sinodales, que han implicado a más de 225.000 personas. Un dato significativo: en 19 cárceles hubo grupo sinodal.

La asamblea tuvo la oportunidad de escuchar algunos testimonios. Me resultaron interesantes dos, el de un preso y el de un pastor protestante. La persona que había estado en la cárcel, y había participado en un grupo sinodal, notó que entre los doce compañeros del grupo había doce respuestas diferentes a cada tema que surgía, pero hubo una coincidencia: todos recordaban que habían sido bien acogidos en sus parroquias y se habían sentido escuchados por la Iglesia. Cuando todos te abandonan, la Iglesia no te abandona. Yo me alejé de ella, dijo, pero ella no se alejó de mí. Me brindó el perdón y la capacidad de perdonar a los demás. Y concluyó: nunca es tarde para cambiar y para abrazar a Dios.

El pastor protestante, presidente de la Iglesia evangélica española, hizo unos interesantes paralelismos entre este Sínodo y el Concilio Vaticano II, así como entre Juan XXIII y Francisco. Dijo que el proceso sinodal había sido bien recibido por las iglesias protestantes, que se han abierto expectativas, y manifestó su confianza en que algunas cosas podían cambiar (acogida de inmigrantes, discriminaciones por distintos motivos). Expresó su deseo de que el Espíritu nos siga moviendo hacia una “región” común. Terminó con unas palabras que muestran un cambio en la percepción que desde otras confesiones se tiene de la Iglesia católica: “Yo, dijo, que tanto he criticado a una Iglesia jerárquica, cuando veo que ahora se habla de Iglesia sinodal, puedo sentirme identificado con esta Iglesia”.

Por su parte, en su homilía, el cardenal Omella afirmó que “la sinodalidad es una herramienta al servicio de la comunión, en tanto en cuanto trata de articular la diversidad por la vía del consenso que lleva hacia la unanimidad, de manera que pueda surgir la armonía o la sinfonía. Hablar de sinodalidad es reconocer la pluralidad, las polaridades, caminar hacia la comunión que es obra del Espíritu, renunciando a la tentación de la uniformidad y la homogeneidad de todos”. En otras palabras: si la Iglesia es una comunión de los bautizados entre ellos y con Dios, la sinodalidad, o sea, escucharse con respeto y atención, es un modo de vivir y realizar la comunión, sobre todo en aquellas circunstancias en las que hay diversidad de pareceres.

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10
Jun
2022
El Papa "creará" nuevos cardenales
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colegiocardenales

El Papa ha anunciado que, el próximo 27 de agosto, creará 21 nuevos cardenales, de los que 16 serán electores. El verbo “crear” para referirse a este tipo de nombramientos es el adecuado. Significa que el Papa actúa con absoluta libertad, no hay nada que pueda condicionar su elección: ni ocupar una determinada sede episcopal, ni un cargo en la curia romana, ni una nacionalidad. Es cierto que, a lo largo de la historia determinadas sedes episcopales o determinados cargos curiales presagiaban el nombre de un futuro cardenal. También era habitual que Italia tuviera un número grande de cardenales, tan numeroso como para condicionar una elección. Actualmente no es así.

De una u otra forma los cardenales reflejan el talante y el espíritu de quién los ha creado. Siempre ha sido así y, en cierto modo, es inevitable. Los nombramientos que ha ido haciendo Francisco han tenido en cuenta las inquietudes y necesidades de las periferias misioneras, la representatividad de “los alejados” (espero que no se mal interprete la palabra, porque en la Iglesia nadie es un alejado, todos estamos en el mismísimo corazón de la Iglesia). Dos ejemplos claros son el nombramiento de Anthony Poola, arzobispo de Hyderabad, primer cardenal paria, del grupo de los sin casta, en India, sometidos a fuertes discriminaciones; o el de Peter Okpaleke, de Nigeria, víctima del tribalismo que, cuando Benedicto XVI lo nombró obispo de Ahiara en 2012 no pudo entrar en la diócesis por las protestas de los sacerdotes, que no le aceptaban por no ser de su tribu.

A partir del 27 de agosto el colegio cardenalicio estará compuesto por 132 electores, de los que 109 han sido creados por Francisco. Esta cifra supera el número de máximo de 120 electores determinado por Pablo VI. Esta norma queda derogada cuando un Papa decide superar esta barrera. Habrá que esperar al mes de septiembre de 2023 para encontrar la cifra de 120 electores, suponiendo que para entonces no haya un nuevo consistorio.

Con ocasión de la creación de los nuevos purpurados, el Papa ha llamado a Roma a todos los cardenales, para tener con ellos una reunión de dos días. Me parece oportuna esta reunión porque, al ser de lugares tan dispersos, muchos no se conocen. Y es bueno que se conozcan y hayan podido hablar entre ellos antes de un posible cónclave electoral. Si no hay un mínimo conocimiento de los elegibles, resulta fácil manipular a los electores. Así tendrán ocasión de discernir las necesidades pastorales de Iglesia y de tener una panorámica global del conjunto de la cristiandad.

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6
Jun
2022
Después de Pentecostés
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despuespentecostes

Con Pentecostés acaba el tiempo pascual. Pero todavía tardan un poco en llegar los domingos del tiempo ordinario. Después de Pentecostés la liturgia presenta cuatro fiestas que recuerdan distintos aspectos del misterio de Cristo. El jueves posterior a Pentecostés se celebra la fiesta de Jesucristo, sumo y eterno sacerdote. El domingo siguiente está dedicado a la Santísima Trinidad; luego vienen las fiestas del Corpus y del Sagrado Corazón de Jesús.

Jesucristo es el único y eterno sacerdote, sin duda, el único que ofrece al Padre el perfecto sacrificio de alabanza. Pero eso no debe hacernos olvidar que, así como la bondad de Dios (“¡sólo Dios es bueno!”: Mc 10,18) se difunde de diversas maneras sobre las criaturas, el sacerdocio de Cristo es participado de formas diversas tanto por los ministros sagrados (sacerdocio ministerial, o sea, de servicio) cuanto por el pueblo fiel (cada bautizado es miembro de un pueblo sacerdotal, destinado a cantar las alabanzas de Dios). Estos dos sacerdocios, el de los fieles y el ministerial, se ordenan el uno al otro, y no tienen sentido el uno sin el otro. Por eso, cuando el presbítero confecciona el sacrificio eucarístico, lo ofrece en nombre de todo el pueblo de Dios.

Desde hace unos años, en el domingo de la Santísima Trinidad se celebra el día “pro orantibus”. La Iglesia nos invita en este día a acordarnos de aquellas que dedican su vida a la oración, en suma, de la vida contemplativa, un carisma que nos recuerda hacia donde tenemos que dirigir constantemente nuestra mirada. El lema de la jornada de este año es: “la vida contemplativa, lámparas en el camino sinodal”. Quienes lo han dejado todo para contemplar al Señor, se convierten en testigos de la luz, y nos empujan a ensanchar nuestros espacios para buscar a Dios en todas las cosas.

El Corpus y el Sagrado Corazón recuerdan dos aspectos fundamentales del misterio cristológico. Por una parte, la eucaristía es una de las maneras por las que se hace presente esta palabra de Jesús en el momento de su despedida de este mundo: “yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Por su parte, la fiesta del Sagrado Corazón, más allá de sensiblerías baratas, nos invita a preguntarnos dónde pone Jesús su corazón, porque si sabemos dónde pone Jesús su corazón, tendremos claro a dónde acudir si queremos encontrar ese corazón lleno de amor y de misericordia. Seguro que Jesús no pone su corazón en los guerreros, en los explotadores o en los que trafican con personas. Más bien lo pone en las víctimas de la guerra y en los explotados.

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2
Jun
2022
El Espíritu Santo se conoce por sus efectos
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lenguasfuego

Muchos creyentes, cuando buscan una imagen representativa del Espíritu Santo, piensan en una paloma. Una paloma no mueve a la oración. Sin duda, la imagen es bíblica. Pero no es la única, ni probablemente la mejor. Hay otras menos sensibles que se adecúan más a la realidad del Espíritu: viento, luz, fuego, agua.

El Padre y el Hijo son más identificables. Pero el Espíritu Santo, no. En apoyo de esta afirmación voy a acudir al mundo del arte, y recordar unos pocos cuadros famosos, como “La venida del Espíritu Santo” del Greco, en donde no está representado como una paloma, sino por las clásicas lenguas de fuego. Fra Angelico, en “La anunciación” del Prado lo representa como una paloma, aunque pasa más desapercibido, a pesar de su importancia en aquel acontecimiento, que la golondrina que aparece muy cerca de Él. Y Masaccio, en su crucifixión, también llamada “La Trinidad”, disimula la paloma, hasta hacerla casi irreconocible, en el cuello del vestido del Padre.

El Espíritu Santo es, sobre todo, reconocible por sus efectos. El Credo de la fe cristiana se compone de tres artículos, dedicados a confesar nuestra fe en las tres adorables personas divinas. Del Padre se dice que es creador; del Hijo que es salvador. Y después de nombrar al Espíritu Santo se nombran sus principales obras, de forma que sería mejor poner un “que” delante de cada una de estas obras para dejar bien claro que no se trata de afirmaciones independientes, sino de afirmaciones que sólo tienen sentido como obra del Espíritu: creo en el Espíritu santo que santifica la Iglesia, que crea la comunión de los santos, que perdona los pecados, que resucita a los muertos y que nos da la vida eterna.

La primera obra del Espíritu es santificar a la Iglesia. La Iglesia, formada por personas pecadoras, pero muy amadas por Dios, necesita ser purificada constantemente por el Espíritu, que perdona los pecados. Otra gran obra del Espíritu es resucitar a los muertos, en línea con lo que dice este texto de la carta a los romanos (8,11): el Espíritu que ha resucitado a Cristo de entre los muertos, dará también vida a nuestros cuerpos mortales.

Una obra importante del Espíritu, que no aparece tan explícitamente en el Credo, es inspirar a la Iglesia y a los creyentes para que actualicen la obra de Cristo. El Espíritu, teniendo en cuenta los nuevos tiempos y las necesidades que van surgiendo, pone en boca de los predicadores las palabras oportunas para que el Evangelio sea mejor comprendido y aceptado; suscita profetas que disciernen la presencia de Dios en los acontecimientos y denuncian aquellas realidades que se oponen a la presencia del Reino; mueve a mujeres y varones en la creación de instituciones adecuadas para hacer operante el Evangelio; despierta nuevos carismas para el servicio de la Iglesia y de la humanidad. Así es como el Espíritu “recuerda” todas las cosas que dijo Cristo (Jn 14,26): actualizándole en la vida de la Iglesia y de los creyentes.

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29
May
2022
Humildad y humillación: contrastes
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lamparaencendida

1.- Humildad: actitud de aquel que es consciente de su realidad y, por tanto, de su limitación. Humillación: situación que otro me impone, normalmente contra mi voluntad.

2.- Humillación: palabras que otro me dirige o actitudes que tiene hacia mí, y que resultan despreciativas o me denigran. Humildad: no responder con las mismas palabras o actitudes a aquel que me denigra o desprecia.

3.- Humildad: capacidad de autocrítica, reconocimiento de mis límites, conciencia de mis carencias o de mi no saber. Humillación: burla que otro hace de mis límites, de mi no saber, de mis carencias.

4.- Humildad: actitud del que se niega a utilizar el poder, amabilidad, buen trato. Humillación: actitud del que se somete al poder o actitud del poderoso, que somete a otro; prepotencia.

5.- Humildad: adecuada relación del ser humano con Dios. Por eso está relacionada con el amor. Los amigos no son prepotentes el uno con el otro, sino amables y cariñosos; saben ceder, ceden conjuntamente, condescienden. Humillación: servilismo, actitud del que cree que Dios quiere personas sometidas, pero el Dios cristiano no quiere esclavos, sino amigos.

6.- Humildad: pensar que mi hermano es tan inteligente como yo. Humillación: pensar que yo soy más inteligente que mi hermano y, por eso, mi hermano debe hacer lo que yo digo.

7.- Humildad: una sana autoestima. Humillación: no estimar a los otros.

8.- Humildad: actitud positiva y buena, divina y agradable. Humillación: acto negativo y malo hacia el otro; es diabólica y aborrecible.

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25
May
2022
Ascensión, la otra cara de la Pascua
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Ascensión y Pentecostés. ¿culminación de la Pascua? Culminación en el sentido de terminar, no. Porque la Pascua es un acontecimiento permanente. Por eso los cristianos prolongamos cada domingo la celebración de la Pascua. Culminación en el sentido de plenitud, quizás. Y digo quizás, porque más que plenitud, Ascensión y Pentecostés son las otras caras del acontecimiento pascual. Se trata de un acontecimiento único y permanente, aunque nosotros, para entenderlo mejor, lo celebremos por etapas.

Viernes Santo, Pascua, Ascensión y Pentecostés son la misma realidad. Se puede hablar de cuatro momentos, pero en realidad, son distintas perspectivas del mismo acontecimiento. ¿Cuándo sube Jesús al cielo, cuando entra en el mundo de Dios para nunca más morir? El día de su resurrección. La resurrección es la subida de Jesús al cielo. Y desde el cielo asegura la perenne efusión del Espíritu, que él mismo entregó el día de su Crucifixión: al morir, dice el evangelio de Juan, entregó su espíritu. Y al morir, ¿qué ocurrió? Pues eso, que Dios le acogió para siempre en su seno.

La Ascensión no es el final de la historia de Jesús de Nazaret, sino el punto de partida de la misión de la Iglesia. Esa fue la recomendación de Jesús a los suyos en el momento mismo de subir al cielo: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación”. El tiempo de esta misión va desde la Ascensión hasta la Parusía, cuando Cristo vuelva glorioso para juzgar a los vivos y a los muertos.

La Ascensión no es tampoco la ausencia de Jesús. Es su nuevo modo de presencia: “yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”, dice también Jesús en el momento de su despedida de la tierra. Sigue estando con nosotros de una manera distinta a como lo estaba durante su vida terrena, pero no menos real. Se hace presente en su Iglesia y en sus discípulos por medio del Espíritu. Jesús resucitado envía su Espíritu, de forma que cada cristiano puede decir con toda verdad: “es Cristo quién vive en mí”. Y como Cristo vive en mi, yo soy el modo como hoy Cristo se hace presente en esta sociedad.

Gracias al Espíritu que la guía y la conduce, la Iglesia puede llegar “hasta los confines de la tierra” y proclamar el Evangelio en todos los tiempos. La presencia terrena de Jesús de Nazaret estaba limitada a un tiempo y a un lugar por sus condicionamientos terrenos. Pero esta presencia puso en marcha un movimiento que, a lo largo de toda la historia, despliega sus múltiples virtualidades y potencialidades. El Espíritu es el que hace posible que hoy Cristo llegue a todos los lugares y tiempos por medio de su Iglesia, o sea, por medio de los cristianos. Esa es nuestra tarea y nuestra responsabilidad. Responsabilidad, sí, porque si la presencia de Jesús de Nazaret estaba condicionada por sus posibilidades físicas y temporales, la presencia de Cristo resucitado está también condicionada por las debilidades y pecados de los creyentes.

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20
May
2022
Sin santuario y con paz
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El evangelio del 6º domingo de Pascua ofrece una palabra de Jesús que es un gran estímulo para nuestra esperanza. Y la lectura del libro del Apocalipsis, ofrece una imagen que hace pensar que la presencia de Dios es omniabarcante.

La palabra de Jesús: “Si me amaráis, os alegraríais de que vaya al Padre”. Los amigos deben alegrarse del bien de su Amigo. Porque en este caso el bien de nuestro Amigo, es nuestro bien. El Padre, al que Jesús ha subido, es el destino que queremos alcanzar. En un mundo donde hay tristeza y vaciedad, los cristianos somos personas de esperanza. No de una esperanza cualquiera, sino de la gran esperanza que resiste a pesar de todas las desilusiones, la gran esperanza de que, a pesar de todas las frustraciones, mi vida personal está custodiada por el poder indestructible del Amor, la gran esperanza fundada en las promesas de Dios.

Jesús, que se despide con palabras de esperanza, nos deja en herencia la paz. La paz es fruto del Espíritu Santo, una consecuencia directa de la acogida del amor de Cristo. San Pablo dice a una de sus comunidades: “que la paz de Cristo reine en vuestros corazones” (Col 3,15). Necesitamos paz sencillamente para ser humanos, para acercarnos al otro, para evitar enfrentamientos y vivir en el amor. ¿Por qué es tan difícil la paz? ¿Por qué, incluso entre cristianos, hay enfrentamientos y agresiones? Solo si hay paz en nuestro corazón podremos sembrar paz a nuestro alrededor.

Por su parte, el libro del Apocalipsis, a base de símbolos, describe también nuestra gran esperanza, la esperanza de entrar un día en esa ciudad llena de la gloria de Dios. Pues bien, en esa ciudad no hay santuarios, porque Dios es su santuario. Nosotros solemos pensar que lo sagrado está dentro del templo y lo profano está fuera del templo. Curiosamente, la última página de la Biblia afirma que en la Jerusalén celeste, en el cielo, no hay ningún templo. En el cielo Dios no ocupará ningún lugar especial, porque allí ocupa todo el lugar.

También en este mundo Dios está en todas partes, pero no nos enteramos. No hay nada que no esté determinado por Dios. El silencio del monasterio es tan eco de Dios como el ruido de la calle. Son nuestros ojos cegados los que no alcanzan a ver a Dios en todas partes. Eso de que en el cielo no hay templo invita a los creyentes a discernir la presencia de Dios en lo concreto de la vida, en el trabajo de los hombres, en las protestas de los oprimidos, en las búsquedas y balbuceos de muchas personas, en el ansia de amor que algunos expresan de formas poco convencionales.

En el cielo no hay templo, porque Dios ocupa todo el espacio. Jesús dijo que a Dios ya no se le iba a adorar en ningún templo, sino en espíritu y verdad. Allí donde hay espíritu, donde hay verdad, allí está Dios. Este mundo no necesita templos, sino espíritu y verdad. Que las lecturas de este domingo nos estimulen a vivir en espíritu y en verdad, a vivir en paz, y alimenten nuestra esperanza.

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