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Sep20268 de septiembre, Natividad de María
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La fiesta de la Natividad de María es muy antigua. Hay huellas de esta fiesta en el siglo V (fiesta de la basílica “donde nació Santa María”, supuesto lugar de su nacimiento, hoy basílica de Santa Ana). Este nacimiento, según el evangelio apócrifo de Santiago, ocurrió de forma milagrosa, porque Joaquín, el padre de María era estéril. En la Sagrada Escritura hay una larga tradición de personajes nacidos de padres o madres estériles. Cuando nace alguien destinado a tener un papel relevante en la historia de la salvación, se diría que Dios interviene especialmente en este nacimiento (como en el caso de Isaac, de Sansón, de Samuel, de Moisés, de Juan Bautista). Este sería también el caso de María, hija de Joaquín y Ana, y madre de Jesús. La fecha del 8 de septiembre hay que relacionarla con la fiesta de la Inmaculada, o sea, nueve meses antes del 8 de diciembre.
Más interesante me parece notar que esta fiesta, como otras importantes fiestas de la Virgen, es un duplicado de la natividad de Jesús. Esto del duplicado puede resultar significativo, pues como muy bien dijo Soren Kierkegaard, “si el cristianismo no se reduplica en su expositor, entonces éste no expone el cristianismo, pues únicamente vuestra existencia lo expone”. Si María es el más acabado modelo de fe, la más perfecta discípula de Cristo, es lógico que en ella se realice todo lo ocurrido con Jesús. Como también debería realizarse en todo cristiano. Todos estamos llamados a seguir los pasos de Jesús, a recorrer su mismo camino, a vivir con sus mismos sentimientos, a realizar en nuestra vida lo que fue la vida de Jesús. Los duplicados de las fiestas de Jesús en María son expresión de que en la madre se duplica la vida de su hijo. María, como perfecto modelo de seguimiento y de fe, es para nosotros un ejemplo y un estímulo. En ella se reduplica el espíritu de su Hijo.
María, nacida de un padre estéril, dará a luz a un hijo sin intervención de varón. Una cosa es nacer de una pareja en la que uno o los dos son estériles o ancianos, y otra nacer de una virgen. En la madre de Juan el Bautista quedan unidas y conciliadas la esterilidad y la maternidad. En la madre de Jesús se une y reconcilia algo más maravilloso, tanto que parece humanamente imposible: la virginidad y la maternidad. Por eso, porque es humanamente imposible, lo ocurrido en María es obra del Espíritu Santo. Dios interviene directamente en la historia de María. Su virginidad es precisamente la consecuencia humana de un dato de fe, a saber: que el niño que ella lleva en su seno solo -insisto: solo- tiene a Dios por padre. Si solo tiene a Dios por padre, eso significa que no hay padre humano. Y si no hay padre humano, la madre tiene que ser necesariamente virgen. La virginidad de María está toda ella al servicio de la fe en la divinidad de Cristo.
Recordar el nacimiento de María es una ocasión para dar gracias a Dios por esta mujer necesaria para que pudiera ocurrir el acontecimiento salvífico de la Encarnación del Verbo. Ella marca el inicio de la aurora de la salvación.







