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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

23
Jul
2021
¿Palabra de Dios en latín o al alcance de los fieles?
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altarbasilica

El Papa ha publicado un decreto “sobre el uso de la liturgia romana antes de 1970”, o sea, para que nos entendamos, sobre las condiciones en las que puede utilizarse el Misal que promulgó San Pío V después del Concilio de Trento, que estuvo en uso hasta el Vaticano II. El decreto, que no cierra la posibilidad de utilizar ese antiguo rito, pero fija una serie de condiciones para ello, ha sido muy mal recibido por aquellas personas y grupos amantes de la liturgia en latín tal como se celebraba antiguamente.

No voy a entrar en ese asunto que, a mi modo de ver, va mucho más allá de un determinado rito y una determinada lengua para la celebración. Pues de lo que se trata es de la aceptación íntegra del Concilio Vaticano II, no sólo de su constitución sobre la liturgia, sino de sus decretos sobre el ecumenismo y la libertad religiosa, e incluso de las constituciones Gaudium et Spes, Lumen Gentium y Dei Verbum.

Me interesa subrayar una de las condiciones indicadas por Francisco para este tipo de celebraciones: “las lecturas se proclamarán en lengua vernácula, utilizando las traducciones de la Sagrada Escritura para uso litúrgico, aprobadas por las respectivas Conferencias Episcopales”. De lo que se trata, cuando se proclama la Palabra de Dios, es de que sea comprendida para que pueda ser acogida. La liturgia no es magia. Es oración y escucha. Y en la oración no se trata de Dios, sino de nosotros. Dios no necesita de nuestra alabanza. Somos nosotros los que necesitamos alabar a Dios y darle gracias. Dios entiende todas las lenguas.

Sin duda, algunos de los que asisten a estas liturgias según el rito romano antiguo, entienden el latín, pero seguro, seguro, seguro que no lo utilizan como lengua vehicular para comunicarse entre ellos. Y seguro que la mayoría de los que asisten a esas liturgias entienden poco el latín. Por eso, la homilía, cuando la hacen, es en la lengua del pueblo. Para que se entienda. Pues con más razón debe entenderse la Palabra de Dios. Al menos la Palabra de Dios y de paso, si fuera posible, el resto de la liturgia. Ya sé que se pueden utilizar traducciones escritas para seguir la Misa. Pero la liturgia no está para ser leída, está para ser proclamada y escuchada. Y comprendida, claro. A lo mejor, si la comprendieran podrían compararla con los nuevos textos litúrgicos y juzgar por sí mismos de su riqueza.

Y ya puestos añado una cosita. Algunos llaman celebrar “coram Deo” a la celebración de espaldas al pueblo. “Coram Deo”, o sea de cara a Dios. Dios, que yo sepa, está en todas partes, delante, detrás, a la derecha o a la izquierda. Jerusalén y la Meca están situadas en oriente. El altar es uno de los símbolos de la presencia y presidencia de Cristo en la celebración. Da lo mismo ponerse a un lado u otro del altar (de espaldas al pueblo o de cara al pueblo). Se ponga donde se ponga, el sacerdote está siempre de cara a esa piedra, que simboliza a Cristo.

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20
Jul
2021
Acontecimientos extremos
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marpfodundo02

Inundaciones en Alemania y Bélgica, que han dejado centenares de muertos. El coronavirus que sigue causando estragos. Gente descontenta, y con toda razón, en Cuba. Lo grave de todos estos acontecimientos, y de otros que están ocurriendo estos días, es que muchas personas sufren. Unas son víctimas de catástrofes naturales inesperadas: otras son víctimas de contagios, en los que, por una parte, hay quién no toma las debidas precauciones y, por otra, están mal gestionados; y, finalmente, con el tercer ejemplo, quizás el más sangrante, las personas son víctimas de una mala política, en la que sólo importa conservar el poder y, junto con el poder, la riqueza.

Ese el problema del poder, de todo poder, incluido el religioso, que sólo piensa en sí mismo. El poder por el poder es la catástrofe de las catástrofes. El poder sólo se justifica cuando se somete a controles, tiene una mínima capacidad de autocrítica y es capaz de responder sin violencia. Cuanto más absoluto es el poder, cuanto más fuerte se siente, menos controles acepta, miente siempre, dando la culpa de los males ocurridos a factores externos, y deja demasiados heridos. Se comprende entonces la rabia y la impotencia de los oprimidos.

No hace falta decir que la Santa Sede está siempre a favor de la paz, del entendimiento entre las personas, de las soluciones justas e incluso de las soluciones pactadas. Está claro cual es el partido del Papa. También está claro que, en ocasiones, el Papa utiliza el lenguaje que considera que rompe menos puentes, con una mirada amplia, que tiene en cuenta muchos factores. La actuación de Pío XII frente al régimen nazi es hoy mejor comprendida que quizás lo fue en su momento. Es un ejemplo lejano que puede ayudar a comprender los cercanos. Unas palabras duras del Papa seguramente provocarían muchos aplausos, pero es posible que no arreglasen nada y que provocasen represalias. ¿Qué es mejor, tratar de mantener algún puente o romper todos los puentes? Hay preguntas que no tienen fácil respuesta y situaciones que no tiene fácil solución. Por eso siempre es posible criticar la solución adoptada.

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18
Jul
2021
Biblia en una mano y periódico en la otra
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bibliaperiodico

El anuncio del Evangelio debe hacerse en la sociedad que tenemos. A veces se piensa más o menos así: “si esta sociedad funcionase de otra forma, se construyese de otro modo, si tuviéramos otras leyes, otro gobierno, sería posible hacer algo”. Ante pensamientos como estos, el P. Chenu reaccionaba diciendo: “No; hemos sido enviados al mundo tal cual es; éste es el mundo que Cristo ha amado y por el cual murió”. La Iglesia tiene que evangelizar al mundo tal como es y tal como se construye. En una sociedad secularizada como la nuestra ya no podemos pensar ni actuar como si la fe fuera una herencia sociológica. Quizás hubo un tiempo en que lo evidente era la fe. Hoy lo evidente es la “no fe”.

Hoy, precisamente en aquellos países donde en tiempos pasados había abundancia de bautizados, el ambiente se ha vuelto indiferente al anuncio del evangelio y, a veces, hostil. Muchos ciudadanos se confiesan agnósticos o indiferentes y, como consecuencia, las iglesias se han vaciado de fieles para llenarse, en ocasiones, de turistas. Si queremos que este mundo nos escuche es necesario que nos acerquemos a él, que le miremos con simpatía, que le escuchemos, que nos esforcemos en comprenderle. Si nuestra predicación comienza por condenar la cultura secular, está asegurado su fracaso. Hay que empezar por detectar cuanto hay de verdad, de bondad y de belleza en esta cultura, y tener claro que la bondad y la verdad siempre están inspiradas por el Espíritu Santo. En la cultura secular, por decirlo con una expresión patrística, hay muchas semillas del Verbo.

En este sentido Kierkegaard enunció la siguiente tesis: “Para llevar a un hombre a una determinada posición, ante todo, es preciso fatigarse para encontrarle donde está y empezar ahí. Si podéis hacer eso, si podéis encontrar exactamente el lugar donde está el otro y empezar ahí, tal vez podáis tener la suerte de conducirle al lugar donde os halláis vosotros”. Si quiere tener alguna posibilidad de ser escuchada, la Iglesia debe acercarse a los alejados. Desde el rechazo y la beligerancia no tenemos ninguna posibilidad de que nos escuchen. Nos darán la espalda, nos dirán que nos metamos en nuestros asuntos, que no interesamos, que nadie nos ha llamado. Quizás desde la simpatía sean pocos los que nos escuchen. Desde el rechazo no lo hará nadie.

La evangelización es un movimiento de doble sentido, en el que damos y en el que aprendemos. Pero para dar, primero hay que aprender. Y el aprendizaje precisa de la asistencia a dos escuelas: en primer lugar, la escuela de la Palabra de Dios (oración, sacramentos, estudio de la Palabra); en segundo lugar, la escuela de los signos de los tiempos, para aprender el lenguaje del mundo y así poder traducir el lenguaje de la Palabra y de la Iglesia. Como decía Karl Barht, el sermón hay que prepararlo con la Biblia en una mano y el periódico en la otra.

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14
Jul
2021
Anunciamos lo que hemos visto y oído
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anunciamos

Nuestra sociedad necesita, más que nunca, conocer a Jesucristo y seguirle. Ahora bien, solo pueden darlo a conocer los que previamente lo han conocido. Por eso la Iglesia debe ser “evangelizada y evangelizadora”. Estas dos palabras, aplicadas a la Iglesia, resumen su misión permanente: dejarse llenar del Evangelio de Jesús y transmitir ese mismo Evangelio.

“Iglesia evangelizada y evangelizadora” es algo más que un lema, es una llamada a convertirnos y a ser testigos. O, si se prefiere una expresión de Francisco, a ser “discípulos misioneros”. Por este orden, porque no se puede ser misionero sin antes ser discípulo, pero un discípulo que no es misionero es un falso discípulo, porque la fe no puede esconderse, no es algo privado. “Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús” (Evangelii Gaudium, 120), como la samaritana que, apenas salió de su diálogo con Jesús, se convirtió en misionera, y muchos samaritanos creyeron en Jesús “por la palabra de la mujer” (Jn 4,39).

Tomás de Aquino dice algo parecido, con una frase lapidaria que el Papa cita gustoso: “comunicar a otros lo que uno ha contemplado”. “Por esto, dice Francisco, antes de preparar concretamente lo que uno va a decir en la predicación, primero tiene que aceptar ser herido por esa Palabra que herirá a los demás” (EG, 150). Ya el Vaticano II, inspirándose en la primera carta de Juan (“lo que hemos visto y oído os lo anunciamos”), comenzó su famosa constitución Dei Verbum, con unas palabras que bien podrían resumir todo el propósito conciliar: “La Palabra de Dios la escucha con devoción y la proclama con valentía el Santo Concilio”. Primero escuchar, para luego proclamar. Dejando claro, como ya hemos dicho, que si no hay proclamación es porque no ha habido una buena escucha.

Dicho todo lo anterior, también hay que dejar claro que el anuncio del Evangelio no puede hacerse de forma genérica o abstracta. Es necesario que los oyentes perciban que este anuncio responde a sus necesidades y demandas de sentido. Para eso, además de escuchar el Evangelio, necesitamos estar muy atentos a los signos de los tiempos y conocer bien la sociedad de hoy. En esta línea, el Vaticano II, después de dejar claro que “los presbíteros tienen como deber primero anunciar a todos el Evangelio de Dios”, añade: “la predicación sacerdotal, que en las circunstancias actuales del mundo resulta no raras veces dificilísima, para que mejor mueva a las almas de los oyentes, no debe exponer la palabra de Dios sólo de modo general y abstracto, sino aplicar a las circunstancias concretas de la vida la verdad perenne del Evangelio” (Presbyterorum Ordinis, 4).

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10
Jul
2021
En otro orden: partir, compartir y repartir
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jesusyapostoles

Es posible realizar otra lectura de los mismos verbos que han inspirado el post anterior. En esta segunda lectura el orden de los verbos cambia ligeramente para convertirse en un gesto que debe ser el hilo conductor de toda la vida, gesto que nos define como cristianos. El orden sería: partir, compartir, repartir. El verbo partir tendría ahora el sentido de salir de un lugar o situación para dirigirse a otro lugar. En primer lugar, los cristianos estamos invitados a partir, o sea, a salir de nuestra conciencia de propiedad, de nuestro egoísmo; a dejar nuestras ambiciones y ganas de poseer. Si salimos, estaremos en disposición de compartir, es decir, ofreceremos lo que tenemos, y recibiremos con alegría lo que otros pueden darnos, colaboraremos, serviremos en común. Y finalmente, repartimos, es decir, dejamos que otros crezcan, aún cuando nosotros disminuyamos, seremos fermento que hace crecer a los demás, daremos gratuitamente sin esperar nada a cambio.

También en esta nueva perspectiva, Jesús se presenta como el modelo más acabado: él es el que sale del Padre para venir a nuestro mundo, el que deja la gloria para entrar en la pobreza. Y una vez que ha entrado en nuestra realidad, haciéndose uno de tantos, comparte todo lo que es y todo lo que puede con nosotros: pasó haciendo el bien, curando a todos los oprimidos, dando salud a los enfermos y alegría a los tristes; y también recibiendo, agradeciendo los gestos de cariño que otros tenían con él, cuando por ejemplo una mujer derramó sobre su cuerpo un frasco de perfume carísimo. Jesús daba y recibía, se entregaba y acogía. Y finalmente, Jesús reparte gratuitamente, sin esperar nada a cambio: perdona a sus enemigos, devuelve bien por mal, responde siempre con una bendición.

Partir, compartir y repartir: tres verbos que resumen lo que fue la vida de Jesús y lo que debe ser la vida del cristiano. En nuestro caso no se realiza eso de que “el que parte y reparte se queda con la mejor parte”. Entendido así, el partir y el repartir no es compartir, sino clara manifestación de egoísmo. No se trata de que el cristiano, cuando parte y reparte, se quede sin nada. Todo lo contrario, pues al partir y repartir también comparte; el reparto que hace el cristiano es fuente inagotable de riqueza. Al dar, recibe. Y recibe tanto más cuanto más da. Cuando entrego mi saber, lejos de quedarme sin él, mi saber aumenta, al ver la reacción de mis alumnos y al sentirme obligado a repensar ante sus preguntas. Cuando reparto alegría, lejos de quedarme triste, multiplico la alegría, pues la alegría de los otros revierte sobre mi, y así nos enriquecemos todos cada vez más. Ese es el secreto del evangelio: el que entrega su vida, no la pierde, no se queda sin ella. El que entrega su vida, la gana.

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5
Jul
2021
Partir, repartir y compartir
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partirpan

Partir, repartir y compartir son tres verbos relacionados con la palabra parte. El término “parte” indica que el todo no está concentrado en un solo lugar, en una sola mano. La palabra “parte” orienta hacia la pluralidad.

Los tres verbos suponen una acción que puede realizar un mismo sujeto, pero con matices distintos. Partir es tomar un todo y hacerlo trozos. Es posible que uno parta para quedarse con todos los trozos. Repartir es tomar los trozos y entregarlos a otros. Se pueden entregar por distintos motivos. Normalmente, cuando alguien reparte algo es para obtener un beneficio: reparto para que me compensen por lo repartido. También se puede repartir gratuitamente: reparto sin pedir nada a cambio. En el primer caso, al repartidor no le importan aquellos a quienes entrega el bien partido, solo le importa que se lo paguen. Pero incluso cuando uno reparte gratuitamente, es posible que no quiera saber nada de las personas a las que ha repartido los trozos; quizás los ha entregado por obligación o porque le sobraban y no tenía donde colocarlos. Compartir supone que la persona que parte y reparte, disfruta conjuntamente con las otras personas del bien repartido.

Si la primera acción, partir, puede resultar un gesto egoísta, el momento del repartir puede ser un gesto indiferente o generoso. Lo que está claro que es el tercer momento, el compartir, es un gesto de fraternidad, de respeto hacia los otros, un gesto de amor y cercanía. Compartir es algo más que estar juntos, pues se puede estar juntos sin estar unidos o con sentimientos opuestos. Compartir es tener una sola alma y un solo corazón y, en consecuencia, vivir en la alegría de tenerlo todo en común, de forma que a nadie le falte lo necesario. Pues donde hay mucho pan, y el pan se lo queda uno solo, solo come uno, y los demás pasan hambre. Cuando el pan se reparte, comen todos. Y cuando se comparte, además de comer todos, se vive en la alegría que produce la mesa compartida.

Este triple gesto Jesús lo realizó en la cena de despedida con sus discípulos antes de padecer, cuando tomo el pan y lo partió. Después lo repartió, lo entregó a sus discípulas y discípulos; y finalmente lo compartió con todos. Juntos comieron del mismo pan y luego bebieron de la misma copa. En este gesto de compartir pan y vino, Jesús estaba significando una realidad mucho más profunda y vital, pues en el pan y el vino era Jesús mismo quién se partía, se repartía y finalmente se entregaba a los suyos compartiendo la propia vida y uniendo su vida con la de los discípulos. Jesús no comparte solo lo que tiene, no comparte pan; Jesús se entrega a sí mismo, dando la vida por los hermanos. Es imposible ir más lejos en el compartir. A sus seguidores, Jesús nos llama a entregar la vida por los hermanos: “En esto hemos conocido lo que es el amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos” (1 Jn 3,16).

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1
Jul
2021
Espiritual viene de Espíritu Santo
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luzespiritual

La palabra espiritual se presta a varias interpreta­ciones, no siempre fáciles de armonizar. Por espiritual, a veces, se entiende lo contrario a lo sensual, como si lo sensual fuera malo y lo espiritual bueno. Pero lo sensual puede ser algo estu­pendo, todo depende de como se use. Por el con­trario, los malos pensamientos, el odio o el deseo de venganza, son senti­mientos que proceden de la altura luci­ferina del espíritu. Otras veces se en­tiende por espiritual lo opuesto a lo mundano. De nuevo subyace aquí un con­cepto negativo de mundo y la idea equivocada de que alejarse de este mundo es, por principio, una buena cosa.

El sustantivo espiritual suele, en algunos ambientes, ir acompañado de distintos adjetivos: espiritualidad de la vida religiosa, sacerdotal, mariana, laical… Parece entonces que lo espiritual tiene distintos caminos y designa compartimentos separados, estilos de vida o talantes particulares, que tienen sus pro­pias características.

Por otra parte, hoy, algunos hablan de un retorno de lo espiritual. ¿Qué se quiere decir con eso? ¿Qué el ser humano está necesitado de espacios de silencio, que contemplar la naturaleza le llena de paz interior, que el escuchar música melodiosa o contemplar la belleza le deja pensativo o le produce una sensación de gozo, que las cosas materiales no llenan nunca el profundo vacío interior que nos embarga, en definitiva, que la persona está necesitada de un sentido para su vida que no acaba de encontrar? Un con­cepto de religión, entendida como asunto estético, sensación cálida o sentirse momentáneamente acompañado, suele rela­cionarse o identificarse con este llamado retorno de lo espiritual.

Frente a todas estas ideas de lo espiritual, me parece urgente recuperar su genuino sentido. Espiritual viene de Espíritu Santo. La espiritualidad es la sinto­nía del espíritu humano con el Espíritu divino. Y si esto es así, lo espiritual abarca todas las dimensiones de la persona, corporales, sensuales, sociales, económi­cas, laborales y políticas. Todo puede y debe ser impregnado del Espíritu de Dios. Pues el Espíritu es el Amor de Dios derramado en lo más central y autén­tico de nuestra vida. Derramado, como el agua que se derrama. O sea, que em­papa toda la existencia.

Allí donde hay una persona que vive en el amor, que ayuda al inmigrante, que comparte su dinero con el pobre, que perdona al que le ofende, que trabaja por la paz, que se compro­mete con las causas justas, allí hay una persona espiritual, movida por el Espí­ritu Santo. Y allí donde uno se aleja del mundo, se olvida de los demás, hace como que no se entera, consiente por omisión la injusticia, aunque tenga los ojos en blanco, vaya vestido con há­bitos monásticos, se pase largas horas sentado ante una imagen religiosa o le­yendo libros llamados piadosos, allí no hay una persona espiritual, sino una per­sona apocada, que pierde lamenta­blemente su tiempo.

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27
Jun
2021
Factores que alimentan la increencia
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increencia

La increencia es un fenómeno complejo. Es posible detectar algunos factores que la alimentan. En la medida en que los creyentes los apoyemos, directa o indirectamente, dificultamos la difusión de la fe.

Una posible causa de la increencia es el predominio de una mentalidad que cree que todo se soluciona con dinero o con ciencia, lo que produce la expectativa de que todo puede tener una solución tecnológica. Esa mentalidad no facilita que surjan las preguntas más fundamentales y existenciales.

Otro motivo podría ser el relativismo, propio de las sociedades democráticas. El pluralismo, al presentar un variado mercado de valores y estilos de vida, de religiones incluso, no sólo ha tenido como resultado el surgimiento de valores auténticos como el respeto y la tolerancia, sino que, mal comprendido, ha producido un relativismo muy hondo: no se concibe que alguien se presente como poseyendo la verdad plena y absoluta. Quién piensa que la religión cristiana tiene esa pretensión, la descalifica. En muchos ambientes, tanto de intelectuales como de gente sencilla, la Iglesia se percibe como un residuo de absolutismo y dogmatismo, como una institución rígida que no ha sabido acomodarse a los tiempos democráticos.

Finalmente, no seguir los caminos que el Concilio Vaticano II (GS, 20) recomendaba para frenar el avance de la increencia sería también un factor que la alimenta. En resumen, serían estos tres: 1º.- una inadecuada exposición de la doctrina: la formación doctrinal del pueblo, e incluso de muchos catequistas y clérigos, es ciertamente “inadecuada”; 2º.- inautenticidad de vida cristiana: hay cristianos que no viven de acuerdo con su fe; 3º.- falta de “diálogo sincero”, tanto al interior de la Iglesia, como con los “de fuera”.

Por otra parte, hoy nos encontramos con una serie de factores que modifican los rasgos típicos o tradicionales de la increencia: La increencia hoy se presenta como una “increencia práctica”. Muchos siguen afirmando que creen en Dios y se confiesan cristianos pero, de hecho, esto tiene escasa o nula repercusión en sus vidas y en sus actuaciones públicas. Hoy se tiene mayor sensibilidad por los asuntos que tienen que ver con los derechos humanos y la ética pública. Pero en el terreno de la ética personal todo parece permitido. La sociedad de consumo, la búsqueda del bienestar, la “autorrealización personal”, el pluralismo de opciones, el deseo de placer, etc., caracterizan los estilos de vida. No se quieren adhesiones firmes a nada, ni convicciones fuertes, ni ideales exigentes, ni el sacrificio de buscar la verdad y comprometerse con ella. Sólo se valora aquello que favorece la propia autorrealización.

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23
Jun
2021
San Pedro: la fuerza en la debilidad
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pedroypablo

El 29 de junio se celebra la festividad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, columnas de la Iglesia de Roma. En otros tiempos, en países de tradición católica, era fiesta de precepto y día no laborable. Hoy sigue siendo no laborable en algunos lugares como Chile o Perú. En España la celebración litúrgica se ha trasladado al domingo más próximo, de modo que este año 2021, en vez celebrar la eucaristía del domingo XIII del tiempo ordinario se celebrará la solemnidad de los apóstoles Pedro y Pablo. ¿Por qué este interés en celebrar solemnemente la fiesta de san Pedro? Pues, entre otras cosas, para aprovechar la oportunidad de predicar sobre el “ministerio petrino” como signo visible de unidad de la Iglesia. Y para que se exhorte a los fieles a rezar por el Papa Francisco.

El “ministerio petrino” es tema controvertido en los diálogos ecuménicos, aunque, por parte católica, se han dado pasos importantes para situar este ministerio en el contexto de la sinodalidad de la Iglesia y como un ministerio “diaconal”. No quiero ahora entrar en ese debate, porque de cara a la celebración de la fiesta de san Pedro me parece más importante hacer una reflexión “espiritual” que ayude a vivir mejor nuestra fe. Destaco, a este respecto, dos momentos de la vida de san Pedro, en los que me parece que se hace verdad eso que dice san Pablo de que la fuerza se realiza en la debilidad. Y añado que esta fuerza de la debilidad es la más potente, pues su potencia está fundamentada en el amor.

El primer momento de la vida de Pedro que destaco es lo que sucede cuando Jesús es juzgado por el sumo sacerdote Caifás. Pedro está por los alrededores de la casa, mirando a ver qué pasa. Entonces algunos de los que estaban por allí le preguntan varias veces si él no es uno de los discípulos de Jesús. Pedro lo niega repetidamente, pero la insistencia de la pregunta y lo que le dice uno de los preguntadores: “tu misma habla te descubre”, me mueven a pensar que Pedro negaba muy mal. Se notaba que lo hacía de forma forzada, de mala gana. ¡Ojalá, cuando yo niegue a Jesús, se me note que soy de los suyos, que peco de mala gana, que mi negativa no convence!

Otro momento de fuerza en la debilidad, ocurre cuando Pablo critica a Pedro por disimular sus verdaderos sentimientos, al dar a entender que sólo los judíos convertidos que practicaban la Ley eran verdaderos cristianos (cf. Gal 2,11-13). Hoy casi nadie de los que ocupan puestos de mando acepta críticas a su gestión. Más bien, califican de rebeldes a quienes les critican. Al parecer, Pedro aceptaba la reprensión de Pablo, manifestando su capacidad de autocrítica y su disposición a dialogar. En la Iglesia hay funciones directivas, pero el ministerio eclesial es un ministerio de servicio que no busca dominar, ni imponer. El buen superior siempre piensa en el posible sufrimiento que pueden causar sus decisiones.

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18
Jun
2021
¿Es posible odiar a Dios?
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caos04

Si odio es rechazar lo que genera disgusto, lo que no me gusta, lo que me hace daño, aunque no sepa explicar muy bien porqué, entonces parece imposible odiar la suprema bondad, el supremo bien, la plena verdad, la belleza total y la absoluta felicidad. Todo eso, y mucho más, es Dios. Digo mucho más porque no hay palabras, por muy positivas que sean, que puedan definir lo que es Dios. Como bien decía San Justino “si alguien se atreve a decir que hay un nombre que expresa lo que es Dios es que está rematadamente loco”.

Por tanto, si alguien dice que odia o aborrece a Dios es porque no sabe lo que dice. Y si cree saber lo que dice, en realidad confunde a Dios con lo que no es. Quizás odia la severidad, quizás odia un determinado modo de concebir la moral, quizás odia que le impongan alguna carga, y confunde a Dios con todo eso. No odia a Dios, en realidad odia un dios imaginario, una falsa imagen de Dios. Es posible que esta falsa imagen de Dios la haya oído o encontrado en ambientes creyentes. Ya el Vaticano II hizo notar que en la génesis del ateísmo pueden tener parte de culpa los propios católicos por la mala doctrina que difunden o por el mal ejemplo que dan con su vida. Si alguien se queda con esa mala doctrina o ese mal ejemplo, y los aborrece, no aborrece en realidad a Dios, sino la mala imagen que de Dios hemos dado los creyentes.

El amor se mueve cuando se encuentra con algo que le atrae o le gusta; el odio se mueve cuando encuentra algo o alguien que le disgusta. Dios puede ser encontrado de dos modos: en sí mismo y, en este sentido, sólo será plenamente encontrado en la vida eterna; una vez encontrado, es imposible odiarle. Ahora bien, en este mundo Dios siempre es encontrado a través de mediaciones. Como acabamos de decir, si nos encontramos con una falsa o mala imagen de Dios, es posible odiar esta imagen. Pero también es posible encontrarnos con una buena imagen de Dios, con la mejor mediación posible, aunque no seamos conscientes de la presencia de Dios en esta mediación, a saber, el prójimo. Desde esta perspectiva es posible odiar a Dios. Odiamos a Dios, que está presente en el prójimo, cuando hacemos daño al hermano, cuando por envidia o por venganza deseamos que alguien no sólo desaparezca de nuestra vida, sino que desaparezca de la vida.

En esta línea hay que entender la grave denuncia de Jesús en Jn 15,24: “nos odian a mí y a mi Padre”. En realidad, lo que odia “el mundo” (como muy bien explica Tomás de Aquino comentando este texto) son las palabras y las obras de Cristo, en la medida en que estas obras y palabras denuncian la maldad del mundo. Más aún, la maldad imposibilita el encuentro con Dios, ya que la maldad y la bondad son incompatibles: “es imposible que un malo vea a Dios” (Tomás de Aquino).

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