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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

11
Ene
2021
Luna que se hace pequeña
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luna

Emmanuel Levinas, en su libro En la hora de las naciones, cuenta una parábola judía sobre la luna que se hace pequeña. Se trata de un diálogo entre Dios y la luna. En la base del diálogo está la aparente contradicción encontrada en Génesis 1,16. Por una parte, se anuncia “la creación de dos grandes luminarias”, e inmediatamente después se habla de “la gran luminaria” y “la pequeña luminaria”, como si de pronto una de las dos grandes luminarias se hubiese hecho pequeña.

La parábola cuenta que, cuando había “dos grandes luminarias”, la luna hizo notar al Creador que no era posible que dos reyes llevasen la misma corona. La luna no quería compartir su grandeza y, por eso, afirmaba la necesidad de un “orden jerárquico”. Grande sólo puede haber uno. La grandeza no se comparte, pues compartir la grandeza es la guerra. Entonces, Dios le dijo: “ve, pues, y hazte más pequeña”. El justo castigo a la pretensión de la luna fue hacerse más pequeña. Naturalmente la luna protestó: “acabo de exponer una idea sensata; eso no es razón para hacerme pequeña”.

¡Qué difícil es aceptar ser el último, qué difícil es aceptar ser pequeño! Y, sin embargo, Jesús, el que no retiene su categoría de Dios, el que tomó la condición de esclavo, invita a los suyos a hacerse servidores de todos y ocupar el último puesto. Este Jesús es muy extraño.

Las imágenes del sol y de la luna han sido empleadas por teólogos y pintores para designar bien a Cristo y María, bien a Cristo y la Iglesia. Las realidades santas implicadas en estos binomios no deben igualarse, so pena de desvirtuar la fe. Tanto María como la Iglesia no existen en función de sí mismas, sino en función de Cristo.

María y la Iglesia deben contentarse con su papel de luna, sin pretender ser el sol. Según esto, la Iglesia solo es digna de fe, no cuando habla de sí misma, no cuando defiende sus intereses, sino cuando habla del Dios revelado en Jesucristo y defiende los intereses de este Dios con modos que sean coherentes con el modo como Dios actuaba en Cristo: “cuando le insultaban no devolvía el insulto, en su pasión no profería amenazas, al contrario, respondía con una bendición”.

Resulta pertinente la pregunta de si nuestros contemporáneos perciben así a la Iglesia o, si más bien, ven en ella a una institución demasiado preocupada por sí misma. Cuando hoy se dice que la Iglesia está en crisis, se piensa en problemas eclesiales, demasiado frecuentes en los últimos tiempos, en luchas de poder o en la conservación de supuestos o reales privilegios. Pero el verdadero desafío con el que hoy debemos enfrentarnos los cristianos no son esos problemas domésticos, sino la búsqueda de una mejor vida evangélica y anunciar al Dios de Jesús de forma inteligible.

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7
Ene
2021
Yo no creo en el bien, yo creo en la bondad
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buenpastor

Vasili Grossman, buen conocedor de la Alemania hitleriana y de la Rusia estalinista, pone en boca de un personaje de una de sus novelas unas palabras que hacen pensar: “yo no creo en el bien, yo creo en la bondad”. El personaje de la novela, llamado Ikonikov, constata que el objetivo de la colectivización agraria en la Unión Soviética, que generó sangre y desagracia, era el bien. Y añade: “Herodes no hacía verter la sangre en nombre del mal; lo hacía por su propio bien. Había nacido una nueva potencia que le amenazaba: a su familia, a sus amigos y a sus favoritos; a su reino, a su ejército”. Los ejemplos se podrían multiplicar. El último, lo ocurrido en la tarde del seis de enero en Washington: un grupo de personas han asaltado el Capitolio, causando un daño terrible a la democracia, buscando el bien: el bien de su jefe, de su política, de sus negocios, de sus embustes y de sus trampas.

Sin embargo, cito a la novela de Vasili Grossman, “existe, al lado de ese gran bien tan terrible, la bondad humana en la vida de todos los días. Es la vida de una anciana que, en el borde del camino, le da un trozo de pan a un presidiario que pasa, es la bondad de un soldado que tiende su cantimplora a un enemigo herido, la bondad de la juventud que tiene piedad de la vejez, la bondad de un campesino que oculta en su granero a un anciano judío; es la bondad de esos guardianes de prisión que arriesgan su propia libertad transmitiendo cartas de detenidos dirigidas a sus esposas y a sus madres. Esta bondad privada de un individuo para con otro individuo es una bondad sin testigos, una pequeña bondad sin ideología. Se podría calificar de bondad sin pensamiento. La bondad de los hombres al margen del bien religioso o social” (tomado de Emmanuel Levinas, En la hora de las naciones, Salamanca, 2019, 121-122).

Nadie busca el mal, todos buscamos lo que consideramos nuestro bien. El de los demás es otra cosa. Es doctrina de Santo Tomás que el pecador no busca el mal sino el bien, un bien equivocado o aparente, que él considera bueno o placentero, pero que puede ser un gran daño para los demás. Así, pues, ¡cuidado cuando decimos que buscamos el bien, porque la apelación al bien podría ser la justificación del mal! Cito a Joseph Ratzinger (Fe, verdad y tolerancia, Sígueme, 205, 178): “a nadie le pasará inadvertido todo lo malo que ha acontecido en la historia (añado yo: también en las religiones) en el nombre de buenas opiniones y de sanas intenciones”.

El bien puede ser engañoso, pero la bondad nunca muere. Los que sostienen a las instituciones, también a las religiosas y eclesiales, no son los que dicen buscar el bien, sino los buenos.

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4
Ene
2021
Epifanía: solo un rey, y no tres
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reyesmagos

Mateo comienza y termina su evangelio calificando a Jesús de “rey de los judíos”. Se trata de un rey que nace y muere rompiendo todos los esquemas de las realezas mundanas: nace en un pesebre y muere en una cruz. En su nacimiento, unos magos van en busca del “rey de los judíos”. Y en el momento de morir, Pilato ordena poner sobre la cruz un cartel con esa inscripción: “este es el rey de los judíos”. Si estamos hablando de un rey, se comprende que los magos le buscaran en la ciudad de los grandes palacios, o sea en Jerusalén. Se equivocaron de camino y de lugar, porque el rey que había nacido era tan extraño y tan nuevo que sólo podía nacer entre los pobres. El evangelista no se refiere a ninguna realeza que no sea la de Jesús. Son las tradiciones populares que han venido después, poniendo mucha imaginación al asunto, las que hablan de reyes. El evangelista sólo conoce a un rey, que es Jesús. Por eso los magos se postran ante él y le adoran.

Epifanía quiere decir manifestación. Si el Señor no se manifestase, su Encarnación no habría llegado a los hombres. Pues bien, la manifestación de Dios en Jesús tiene un alcance universal, está destinada a todos los seres humanos. Resulta interesante que la tradición haya interpretado que estos magos procedían de los tres continentes entonces conocidos: África, Asía y Europa. El mago negro aparece siempre. En el reino de Jesucristo no hay distinción por la raza o por el origen, no hay diferencias nacionales, ni sociales, ni raciales. Todos somos hijos del mismo Padre. Jesucristo une a todos los pueblos y a todas las personas, sin perder la riqueza de su variedad.

Los Magos son una retroproyección de lo que ocurrirá después de la resurrección de Cristo, a saber, que el evangelio será acogido por los no judíos, en línea con la última recomendación de Jesús a sus discípulos: “id al mundo entero, anunciad el evangelio a todas las gentes, no sólo en Jerusalén, sino también hasta los confines de la tierra”. Los Magos son aquellos que vienen de los confines de la tierra a adorar al niño, los extraños al pueblo judío, los que no son de la raza del niño, los alejados. También para ellos ha nacido el hijo de María. Y también a ellos debe llegar la buena noticia del Evangelio.

El Evangelio es para todos los seres humanos porque, incluso sin saberlo, todos buscamos a Cristo, ya que él “es principio y modelo de esa humanidad renovada a la que todos aspiran, llena de amor fraterno, de sinceridad y de paz” (Vaticano II). Desde esta perspectiva, los magos representan a la humanidad en busca de paz, verdad y justicia. Representan el anhelo profundo del espíritu humano, la marcha de las religiones, de la ciencia y de la razón humana al encuentro de Cristo.

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2
Ene
2021
Silencio apacible en la noche
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vela04

“Cuando un silencio apacible lo envolvía todo y la noche llegaba a la mitad de su carrera, tu palabra omnipotente se lanzó desde el cielo”. Así reza una antífona de la liturgia del segundo domingo de Navidad, tomada del libro de la Sabiduría (18,14-15). Es una pena que algunas de estas antífonas no sean escuchadas por los fieles que asisten a la celebración, porque no se suelen leer, ni cantar y, muchos menos, predicar sobre ellas.

El texto bíblico habla de cómo en la noche del Éxodo el ángel bajó para exterminar a los egipcios, dejando ilesos a los israelitas, que estaban a punto de ser liberados de la esclavitud de Egipto. Pero este verso ha sido elegido por la liturgia de Navidad, porque la venida del Verbo es el gran momento en el que ocurre la verdadera liberación de todos aquellos que le acogen: a cuantos le recibieron les da poder de ser hijos de Dios (Jn 1,12). Y los hijos son libres (Mt 17,26).

Para muchos esta Navidad ha ocurrido “en mitad de la noche”, en momentos oscuros y difíciles, en tiempos de pandemia. A pesar de todo, los creyentes hemos podido celebrar el amor de Dios. Precisamente porque ese amor se celebra cuando un silencio apacible lo envuelve todo, y no cuando hay griterío provocado por el descorchar de las botellas. Y hemos celebrado este amor con la esperanza de que la luz de Dios brille en las tinieblas (Jn 1,5). Las visitas de Dios al mundo y a las almas ocurren en mitad de la noche. Pero para reconocerle en el mundo y en nuestras vidas es necesario que hagamos “silencio”. Es necesario callar para escuchar, como al inicio de un concierto. Es necesario el silencio de la oración para captar la presencia de Dios en medio de la noche.

La noche la han notado más aquellos que han sido contagiados por el virus, pero también la han notado aquellos que no han podido estar con sus familias. Y, por supuesto, la han notado las personas más vulnerables (pobres, migrantes, indocumentados). Es necesario callar, hacer silencio, para escuchar las voces de los que se han quedado sin palabras. Y preguntarnos cómo hacerles llegar la palabra omnipotente que ha venido del cielo en forma de consuelo y de ayuda eficaz. Pues los creyentes somos los intermediarios de este consuelo y esta ayuda, la mano de Dios que llega hoy a los necesitados de la tierra.

La noche también la notamos personalmente en nuestros desánimos, en nuestras lágrimas, soledades, cansancios y pecados. Para dar ánimo, alegría y consuelo a todo eso, ha nacido Dios, un Dios que quiere morar en nuestro corazón para sanarlo. Solo espera que le hagamos sitio. No hay epidemia que pueda quitarnos el consuelo de Dios.

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30
Dic
2020
Cultura del cuidado, camino de paz
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belenbasilicavalencia

Por una iniciativa de Pablo VI, el primer día del año la Iglesia celebra la Jornada mundial de la paz. El lema de este año propuesto por el Papa Francisco es La cultura del cuidado como camino de paz. Cultura del cuidado para erradicar la cultura de la indiferencia, del rechazo y de la confrontación, que suele prevalecer hoy en día. Tema de gran actualidad. Si no cuidamos la naturaleza, el hábitat de los animales, el equilibrio ecológico, nos podemos encontrar con desagradables sorpresas como la del virus que nos está preocupando y afectando. Y si no cuidamos los unos de los otros, no habrá manera de salir de esta epidemia que nos afecta. Cuidar los unos de los otros. ¿Recuerdan ustedes cómo comenzó la historia según la Biblia? Con Adán y Eva, sí, y luego con dos hermanos, Caín y Abel. Cuando Caín mata a su hermano, y Dios le pide cuentas de lo ocurrido, Caín responde: “¿soy yo acaso el guardián de mi hermano?”. Ese fue su gran error: tú eres el guardián de tu hermano, su cuidador, eres responsable de lo que le pasa a tu hermano.

También el uno de enero la Iglesia celebra la fiesta de la maternidad divina de María. Ella supo vivir la cultura del cuidado que conduce a la paz. Primero recibiendo y cuidando a su hijo. Y luego, tal como nos narra el evangelio de la fiesta, escuchando con atención a los pastores. María escuchaba atentamente a los primeros mensajeros del evangelio. Y, al escuchar, se maravillaba y se sorprendía, y tras la sorpresa, guardaba en su corazón el mensaje y lo meditaba. Porque el evangelio no solo debe escucharse, debe guardarse, para que se haga vida de nuestra vida. Hay aquí dos actitudes que deberíamos imitar: ser mensajeros, como los pastores; desde nuestras posibilidades, que son más de las que pensamos. Y, como María, guardar en el corazón la Palabra de Dios que se nos anuncia. Para sacar las oportunas consecuencias.

Empezamos un año. Con la esperanza de que las vacunas nos ayuden a vivir con más paz. Una de las cosas que quizás hemos añorado durante el año que ha terminado han sido los gestos personales de paz: los besos y abrazos que no hemos podido dar a nuestros hijos, a nuestros padres, a nuestros abuelos, a nuestros amigos. Y también el abrazo de paz que no hemos podido darnos en las Eucaristías. A lo mejor eso nos ha ayudado a comprender que la paz es más que un gesto, es una actitud profunda y duradera, un don de Dios, que debemos repartir entre la gente cercana y conocida, y también entre la gente lejana.

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28
Dic
2020
Lo que nos espera
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calendario2021

Hemos dejado un año marcado por una epidemia que ha alcanzado al mundo entero. El año acaba con la llegada de unas vacunas que, al parecer, lograrán que, a lo largo del 2021, desaparezca, en gran parte, el virus. Es razonable y elogiable que el gobierno español haya adoptado el criterio de que la vacuna llegue, en primer lugar, no a los que la puedan pagar, sino a los que más la necesitan. Este criterio debería completarse, a nivel mundial, de modo que las vacunas puedan llegar rápidamente no sólo a los países ricos, sino a todos los lugares de la tierra. El Papa ha reclamado vacunas para todos, de modo que “las leyes del mercado y las patentes” no se antepongan a “las leyes del amor y de la salud de la humanidad”. Y ha denunciado a “los nacionalismos cerrados que nos impiden vivir como la verdadera familia que somos”.

El año 2021 será, a petición del Papa, un año dedicado a San José, con motivo del 150 aniversario de la declaración del santo como patrón de la Iglesia universal; y también un año especial dedicado a la familia, al cumplirse los cinco años de la publicación de la encíclica Amoris Laetitia. Las dos conmemoraciones son confluyentes, pues san José es modelo de esposo amante, respetuoso de su esposa; y modelo de padre que sabe educar en la libertad.

No convendría olvidar que la familia es una realidad con muchas vertientes y muchas extensiones, hasta el punto de que todos los seres humanos formamos parte de la única familia humana. Por eso, también cabe en el año dedicado a la familia una llamada para acoger a los migrantes. El Papa postula a san José como patrono de los migrantes: “santo patrono especial para todos aquellos que tienen que dejar su tierra a causa de la guerra, el odio, la persecución y la miseria”.

En las buenas familias todos se preocupan de todos, pero prestan una especial atención a los más débiles del grupo. Si todos formamos parte de la única familia humana, entonces es lógico que la familia albergue a los que no tienen hogar (migrantes), y procure proteger (vacunar) a los más expuestos. En definitiva, San José, la familia, la vacuna, todo son estímulos para la solidaridad.

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26
Dic
2020
Sagrada Familia
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Sagrada Familia

La fiesta de la Sagrada Familia, situada dentro del ciclo de Navidad, nos recuerda un aspecto importante del misterio de la Encarnación. Dios, en Jesús, asume nuestra realidad humana. Con todas las consecuencias. Por eso nace, crece y se desarrolla en el seno de una familia. Como ocurre con todos los seres humanos. El evangelio del día de la fiesta confirma con elegancia esta inmersión de Jesús en una familia, con todo lo que esto supone de influencias en el resto de la vida, en nuestro caso de influencias positivas: el niño crecía en edad (gracias a los cuidados de sus padres), crecía en sabiduría (gracias al influjo del ambiente cultural en el que se movía) y crecía en experiencia de Dios; sin duda, en esto último, colaboraban grandemente la piedad, la religiosidad y los buenos ejemplos de sus padres.

El evangelio de Lucas además de notar las influencias familiares en Jesús, también anuncia proféticamente lo que quedará claro cuando el niño sea adulto: que será una bandera discutida, que ante él la gente tomará posición, unos se manifestarán a favor de su vida y de su enseñanza, y otros se manifestarán en contra y le rechazarán. Jesús y su mensaje, bien anunciados y bien entendidos, no dejan a nadie indiferente. Obligan a tomar postura. Dicho de otra manera: cuando uno se encuentra con Jesús queda retratado. Por eso, aquellos a los que no les gusta el retrato que aparece, deciden deshacerse del espejo que los retrata.

Otra cosa que anuncia proféticamente el evangelio es lo que ocurre con aquellos que acogen al Señor, simbolizados en dos ancianos, Simeón y Ana, prototipos de la buena sabiduría. Cuando Simeón se encuentra con el niño y lo toma en sus brazos, exclama con emoción: “Ahora Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz”. Es como si dijera: ¡Ya me puedo morir!, ¡el encuentro con el Señor ha colmado mi vida!, ¡ya no necesito nada más!, ¡la vida ya me lo ha dado todo! En efecto, cuando uno ha hecho la experiencia de determinados amores, todo lo demás le sabe a poco, y lo único que desea es gozar para siempre de ese amor. Pero desear gozar para siempre del amor de Dios es querer “irse en paz” de este mundo. Por su parte, Ana no paraba de hablar del niño con todos los que se encontraba. Porque cuando uno ha conocido a Jesús, lo espontáneo, lo natural, lo que le nace, es transmitir a otros esta buena noticia. La alegría es contagiosa y tiende espontáneamente a compartirse.

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24
Dic
2020
Encarnación: el precio insuperable del humano
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¿Son los ciborgs los humanos del futuro? Esta mezcla de organismo vivo y dispositivos cibernéticos, ¿es la plenitud de lo humano? Una cosa es que, gracias a su inteligencia, el ser humano pueda utilizar la técnica para vivir mejor y lograr nuevas metas, y otra cosa es dejar de ser lo que es, para convertirse en otro ser en el que lo predominante ya no sea lo orgánico sino lo técnico, más aún, un ser en el que la máquina determine lo psíquico.

En este tiempo de Navidad es bueno recordar eso que decía el Concilio Vaticano II: “el misterio del ser humano se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Cristo, al revelar el misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre”. Al manifestar a Dios como Padre amoroso, Cristo nos descubre a todos como hijos y hermanos. Así manifiesta como constitutivo del ser humano una doble dimensión indisociable: la de la filiación divina y la de la comunión fraterna de alcance universal. En la relación con Dios y en el encuentro con las demás personas se muestra un modo de ser humano en el que encontramos nuestra más lograda identidad.

Aún más: en Cristo encontramos el modelo más logrado de esta filiación y fraternidad. Cristo manifiesta lo que es ser humano en plenitud. Mirándole a él, descubrimos lo que somos y podemos ser nosotros. Por esta razón se le puede calificar de “Hombre perfecto”, no sólo porque tiene una verdadera naturaleza humana (perfecto hombre), sino porque ha llevado al ser humano hasta su total y plena capacidad (hombre perfecto), hasta su más alta cota de humanización, que es el encuentro y la comunión con Dios. Se comprende así que San Pablo diga que todos estamos llamados a “reproducir”, o sea, a producir de nuevo, la imagen del Hijo (Rm 8,29), para alcanzar así nuestra verdadera dimensión.

José Ortega y Gasset, en una conferencia dada en Madrid el 12 de marzo de 1910, lanzó unas ideas que dan mucho que pensar, tanto más cuanto que dichas por alguien que nunca hizo profesión de creyente. “Se busca al hombre”, dijo provocativamente. Y citando a Hegel añadió: “Cristo es el ensayo más enérgico que se haya realizado para definir al hombre”. Recordando la frase de Pilato sobre Cristo: “Este es el hombre”, Ortega nota que la turba prefirió a otro hombre, a Barrabás. Termino con uno de los mejores párrafos de esta conferencia referido directamente a “la humanización de Dios, al verbo haciéndose carne”: “antes de que esto ocurriera sólo parecían estimables algunos individuos geniales; sólo la genialidad moral, intelectual o guerrera de éstos valía. Pero al encarnarse Dios la categoría de hombre se eleva a un precio insuperable; si Dios se hace hombre, hombre es lo más que se puede ser”.

Cristo eleva a todo ser humano, sin excepción, a una dignidad sin igual. Si Dios se hace hombre es porque el humano es capaz de Dios y, entonces, ser humano es lo más grande que se puede ser.

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20
Dic
2020
El Verbo se hizo carne
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El término “encarnación” no se encuentra en el Nuevo Testamento. Al parecer fue San Ireneo (siglo II), quién lo utilizó por primera vez en el libro 3º de su Tratado contra las herejías. Evidentemente, la palabra “encarnación” está sustancialmente presente en algunas fórmulas del Nuevo Testamento. Quizás la más fundamental sea la de Jn 1,14: “el Verbo se hizo carne”. Esta afirmación une indisolublemente dos conceptos aparentemente contradictorios: el “logos” (Verbo) divino, absoluto, eterno, infinito, y la “sarx” (carne) humana, mortal, finita, relativa, temporal, caduca. Esta unión de lo humano y lo divino es la Encarnación. Se trata de la verdad fundante de la fe cristiana. Hasta el punto que, dicho con palabras de Tomás de Aquino, si quitamos la fe en la encarnación, desaparece la fe cristiana. O dicho con palabras bíblicas: quien “no confiesa que Jesucristo ha venido en carne” (2 Jn 7), “no es de Dios” (1 Jn 4,3).

El cristianismo, por tanto, se sitúa entre dos extremos que, tomados cada uno por sí mismo, parecen muy razonables: un trascendentalismo extremo, según el cual lo divino quedaría desdivinizado si se hiciera humano; y una inmanencia secularista, que entiende lo histórico y lo temporal como incapaz de contener al absoluto. Frente a ambas posiciones la fe cristiana afirma que el Absoluto, el Verbo que estaba en el seno del Padre, se ha hecho carne, ha venido a nuestro mundo y que, al hacerlo, viene a su propia casa (Jn 1,11).

La presencia de lo divino en lo humano se prolonga en todos los aspectos de la fe cristiana. ¿Qué otra cosa es la Escritura sino la Palabra de Dios en palabras humanas? ¿Y qué otra cosa son los sacramentos sino la presencia de Cristo resucitado en una realidad terrena? Pero yo quisiera fijarme en otra prolongación de la Encarnación, a saber, la que se da en todo ser humano. Parto del hecho de que no se ha conservado ningún rostro histórico de Jesús. Y, sin embargo, este rostro está más presente en nuestro mundo de lo que imaginamos. Podemos verlo y no enterarnos. Cada vez que nos encontramos con el prójimo necesitado, enfermo, indigente, inmigrante; con la persona solitaria, presa, despreciada, ahí en todos esos rostros es posible percibir el rostro sufrimiente de Cristo que mendiga nuestro amor.

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16
Dic
2020
Navidad, religiosidad de temporada
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Los días de Navidad y de Semana Santa se han convertido para muchos en lo que podríamos llamar religiosidad de temporada. O sea, se trata de unos días en los que se asiste a algún acto de culto, o se presencia una procesión, o se aplaude a una imagen, o se adorna la casa con un belén, pero lo propio de la religión, que es el encuentro con Dios, ni se plantea. Importa la sensibilidad. O mejor, la sensiblería.

En la religiosidad de temporada, los medios ocultan el fin. Abundan los medios. Pero no median. Porque lo propio de una buena mediación es ir más allá de ella misma, orientar hacia otra realidad más grande. Un medio que se queda en sí mismo es un puro fuego de artificio sin ningún contenido. A este respecto es bueno recordar un máxima de Tomás de Aquino: el acto del creyente no se termina en el enunciado dogmático, en la mediación, sino en la realidad divina que quiere expresar el enunciado o a la que orienta la mediación. Confucio, un pensador chino que vivió antes de Cristo, lo decía de otra manera: cuando el sabio señala la luna, el idiota mira al dedo. En todos los dominios de la vida hay muchos necios. Cicerón y una mala traducción de la Vulgata (Ecl 1,15) hicieron famoso el dicho de que el número de los tontos es infinito.

Digo todo esto para exhortarme a mi mismo, y exhortar a quién me lea con un poco de simpatía, a aprovechar bien esos días de Navidad para no quedarnos en la superficie de las imágenes religiosas, ni en sentimentalismos familiares, ni en lamentos por las restricciones que impone la epidemia. Son días para contemplar el misterio de la Encarnación. Y contemplando este misterio divino, ver su prolongación en cada ser humano, con el que Dios se ha unido. Eso no quita, todo lo contrario, que aprovechemos estos días para estrechar o revitalizar los lazos familiares, o para reconciliarnos con alguna persona distante (quizás un miembro de nuestra propia comunidad o familia).

Pero para que estos encuentros sean auténticos, para que vayan más allá de la euforia provisional provocada por la bebida o por el ambiente, deben brotar de un corazón cambiado por el espíritu de Dios, un corazón que contempla en el misterio del nacimiento de Jesús el gran amor de Dios a todo ser humano. Y, por tanto, el gran amor que debemos manifestarnos unos a otros, precisamente porque todos y cada uno somos amados por Dios. Los cristianos estamos llamados a amar lo que Dios ama.

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