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Nov2006Tensiones inevitables
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Nov
Si la Iglesia fuera un partido político de esos en los que sólo hay permiso para aplaudir y no para hablar (pues para hablar ya se basta el jefe ¡o la jefa!), entonces habríamos conseguido una versión modernizada y sacralizada de la “pax romana” (la que imponía el Imperio tras sojuzgar y aterrorizar a los pueblos conquistados). Ahora bien, si la Iglesia es una comunidad fraterna y en ella podemos vivir en libertad y expresarnos sin temor, entonces surgirán inevitablemente tensiones buenas y fructíferas, que contribuyen a buscar la verdad, a ver los diferentes aspectos de la misma, a enriquecer el punto de vista propio con el punto de vista ajeno. En la Iglesia las diferencias no separan ni son motivo de condenación. Son signos de riqueza.
No hay que confundir la tensión con la discordia que degenera en banderías, como las que había en la Iglesia de Corinto: unos de Pablo, otros de Apolo, otros de Pedro (cf. 1 Cor 1,11-12). La tensión mantiene la unidad. Unido a Pedro estaba Pablo, aunque no siempre le aplaudiera: “me enfrenté con Pedro porque era censurable” (Gal 2,11). Hay una crítica fraterna, en la prolongación de las actitudes proféticas, que puede crear tensión, pero que no debe faltar nunca en la Iglesia. Porque si faltase sería un síntoma de conformismo enfermizo y de desinterés por lo verdadero y lo justo.