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Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
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4
Sep
2014
Pueblo de Dios por ser Cuerpo de Cristo
2 comentarios

La palabra Iglesia, que el Nuevo Testamento emplea para designar a la comunidad de Jesús, proviene del griego ekklesia, que significa reunión. El término equivalente hebreo, que emplea el Antiguo Testamento es kahal, palabra que designa la congregación del pueblo de Israel. El pueblo de Israel es “preparación y figura” del “pueblo de Dios” que nace de “la alianza nueva y perfecta que había de pactarse en Cristo” (Lumen Gentium, 9). En los años posteriores al Concilio Vaticano II la teología empleó insistentemente la expresión “pueblo de Dios” para referirse a la Iglesia. De este modo, además de notar que la Iglesia es heredera del pueblo de Dios del A.T., se ponía de relieve algo fundamental, a saber, la radical igualdad que, por el bautismo, hay entre todos los miembros de la Iglesia y, por tanto, la comunión que entre ellos debe darse, en suma, la conciencia fraterna de la Iglesia. El concepto de pueblo no remite a una masa amorfa, que estaría “en” un pueblo, sino a una comunidad de personas adultas, conscientes de sus propias responsabilidades y convicciones, que “son” ese pueblo. Asunto distinto es que dentro de ese pueblo haya tareas, ministerios y funciones diferenciadas, pero antes de las diferencias hay una cualidad común a todos los miembros de la Iglesia.

La terminología de pueblo de Dios tiene sus arraigos en el A.T., pero se encuentra también en el N.T. (Rm 9,25; Heb 4,9; 8,10; 1 Pe 2,10; Ap 18,4; 21,3). Ahora bien, además de la continuidad con el pueblo del A.T., la Iglesia comporta una novedad que se expresa añadiendo que ella es “Cuerpo de Cristo”, que vive del cuerpo (eucaristía) y de la palabra de Cristo. Esta imagen remite a la comunión que debe haber entre todos los miembros del cuerpo, a la necesidad que tienen los unos de los otros, pero también a las diferentes funciones que tienen esos miembros. Y orienta hacia Cristo como cabeza del cuerpo, que une, armoniza y vivifica a todos los miembros. En el capítulo 12 de la primera carta a los Corintios encontramos el texto fundamental que define a la Iglesia como “cuerpo de Cristo”, después de haber definido (en el capítulo 11) también a la eucaristía como “cuerpo de Cristo”. Eucaristía e Iglesia se definen del mismo modo precisamente porque la eucaristía constituye a la Iglesia y la Iglesia hace (y celebra) la eucaristía. No puede darse la una sin la otra.

La remisión de la Iglesia a Cristo nos permite situar la fundación de la Iglesia, querida por Cristo, frente a algunas ambigüedades que hoy pretenden desligarla del Jesús histórico. “Nuestro Señor Jesús dio comienzo a la Iglesia predicando la buena nueva, es decir, la llegada del reino de Dios”, afirma Lumen Gentium, 5. Podemos ir más lejos, y afirmar que en el N.T. se encuentran los gérmenes de una estructura que se remonta a las palabras y hechos de Jesús, pues (como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica, nº 765), “el Señor Jesús dotó a su comunidad de una estructura que permanecerá hasta la plena consumación del Reino. Ante todo está la elección de los Doce con Pedro como su Cabeza (cf. Mc 3,14-15); puesto que representan a las doce tribus de Israel (cf. Mt 19,28; Lc 22,30), ellos son los cimientos de la nueva Jerusalén (cf. Ap 21,12-14). Los Doce (cf. Mc 6,7) y los otros discípulos (cf. Lc 10,1-2) participan en la misión de Cristo, en su poder, y también en su suerte (Cf. Mt 10,25; Jn 15,20). Con todos estos actos, Cristo prepara y edifica su Iglesia”.

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31
Ago
2014
Mujer de mala vida
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Las ediciones latinoamericanas de los textos litúrgicos suelen traducir por “mujer de mala vida” lo que en los libros usados en España se traduce por prostituta. Así, por ejemplo, el evangelio de Lucas cuenta que Jesús estaba comiendo en casa de Simón, el fariseo. Allí entró “una mujer de mala vida” que, llorando, se puso a besar los pies de Jesús y a perfumarlos (Lc 7,36-50). Cuando un día, en una eucaristía, escuché este tipo de traducción, me puse a pensar: ¿se trata de la directora o de la principal accionista de un banco, de esos que venden bonos basura a sus clientes; o quizás se trata de una política que se aprovecha del cargo para su propio beneficio, o quizás de una alta ejecutiva que paga salarios de miseria a sus trabajadores? Evidentemente, incluso con este tipo de traducción, todos entendemos que se trata de una prostituta.

Surgen varias preguntas a propósito de esta consideración de las prostitutas como mujeres de mala vida. La más obvia, es: ¿no hay varones de mala vida? Ellos son, los varones que buscan a esas mujeres, los que verdaderamente tienen una “mala vida”. Una vida mentirosa, porque luego, con su familia, con sus amistades, con sus compañeros de trabajo, se las dan de padres ejemplares y de personas honradas. Ellos son, los varones que buscan a esas mujeres, los que fomentan ese tipo de trabajo, algunos dicen que tan antiguo como la historia, y siempre tan criticado y condenado por las supuestamente personas de bien. Hay prostitutas y prostitutos porque hay personas que les buscan y les pagan. Si no hubiera esos “hombres de mala vida”, que sostienen y hacen posible con su dinero la mala vida de las mujeres, se acabaría automáticamente con las “mujeres de mala vida”. Los moralistas y legisladores deberían abordar la causa del mal y no solo los resultados producidos por la causa.

Otra pregunta que surge cuando calificamos a las prostitutas de “mujeres de mala vida”, ya la he insinuado al comienzo del post: ¿por qué cuando pensamos en el pecado siempre solemos pensar en los pecados que tienen que ver con el sexto mandamiento? ¿Son esos, acaso, los más graves pecados, los que más odia Dios (digo bien que Dios odia el pecado, no al pecador; al pecador le ama con un amor infinito)? La medida del pecado es la falta de amor. El sexo puede ser expresión de amor, pero también un mal sucedáneo del amor. Pero los malos sucedáneos participan en algo de aquello que sustituyen. Los dos grandes enemigos del Reino son el poder y las riquezas (en el fondo son las dos caras de una misma realidad). El poder y las riquezas enlazan con lo peor del egoísmo humano. Es una pena que cuando se habla de pecado, se piense en aspectos terciarios (el sexo) y no se piense en sus aspectos primarios (el poder y el dinero).

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28
Ago
2014
Esperanza definitiva
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La esperanza cristiana tiene la misma estructura que la esperanza humana. Aunque, ciertamente, el objeto de la esperanza cristiana es Dios mismo. Lo que finalmente esperamos los cristianos no es solo vivir más y mejor, es vivir con Dios y en Dios. Por eso, el Credo de la fe cristiana termina en la esperanza: esperamos la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Esta esperanza cristiana está bien fundamentada. No es una vana ilusión. Se apoya en el poder y en la misericordia de Dios. Si en Jesucristo, Dios nos ha manifestado el poder que tiene de resucitar muertos y el gran amor que tiene por todos y cada uno de nosotros, entonces es lógico esperarlo todo de él.

Amar a alguien es decirle: “yo quiere estar siempre contigo”. A partir de ahí se comprende que el amor de Dios sea fuente de vida eterna: Dios quiere estar siempre con aquellos que ama. Por otra parte, los que creemos que Dios está en el origen de toda vida, tenemos ahí un buen argumento para confiar en el poder de Dios, pues si Dios puede sacar vida de donde hay, por el mismo poder puede devolvernos la vida. Nacer es “aparecer”. Antes de nacer yo no era. Al nacer se ha producido en salto del no ser al ser. ¿Por qué este salto no puede repetirse en el momento de mi muerte? ¿Por qué lo que ya ha ocurrido una vez, no puede volver a ocurrir?

Esta esperanza cristiana en la resurrección de los muertos, esta esperanza en vivir con y en Dios para siempre, no es un motivo para cruzarse de brazos, sino un acicate para querer que ya, aquí y ahora, en nuestra realidad y en nuestro mundo, la voluntad de Dios se cumpla. Y la voluntad de Dios es vida y amor para todos. Dios quiere no sólo un futuro para cada uno de sus hijos e hijas, sino también un presente lleno de vida. Por eso, la esperanza en Dios es un motivo para luchar por un mundo mejor en el que los seres humanos encuentren motivos para vivir y para esperar. Sin un presente bueno, sin este esfuerzo por construir un mundo en el que se respete la dignidad de todas y todos, sin este presente, digo, la esperanza cristiana se convierte en un falso consuelo.

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23
Ago
2014
Esperanza aquí y ahora
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Los humanos somos seres naturalmente esperanzados. Siempre esperamos algo, aunque sea continuar viviendo. Pero no solo esperamos seguir viviendo, esperamos vivir mejor. Ahora bien, no hay que confundir la esperanza con la ilusión o con el deseo. La diferencia entre deseo y esperanza está en que el deseo no considera las posibilidades que tiene de realizar el deseo: yo deseo –espero- que me toque la lotería, pero en realidad las posibilidades de que me toque son nulas. La esperanza, al contrario del deseo, es realista y está fundamentada en una seria posibilidad: yo espero sacar unas oposiciones difíciles, porque he decidido dedicar durante un año cinco horas diarias a estudiar. La esperanza no es pasiva, no es un simple aguardar. La esperanza es activa, supone poner en obra una serie de posibilidades.

De ahí que según cuáles sean mis posibilidades, la esperanza estará más o menos fundamentada. Eso quiere decir que la esperanza humana está condicionada por la situación vital de cada uno. Observación que hoy se impone con fuerza a la vista de los rasgos sombríos que caracterizan el momento actual. Para muchos seres humanos, el futuro es una palabra sin sentido, debido al desencanto con el que viven el presente. Un presente de miseria, de hambre, sin horizontes ni perspectivas. Los parados de larga duración, ¿qué pueden esperar? Más paro. Los enfermos desahuciados, ¿qué pueden esperar? La muerte. Aquellos que se han quedado sin nada porque las bombas les ha destrozado su casa y todos sus bienes, ¿qué pueden esperar? Miseria.

Todo esto significa que para devolver la esperanza a todas esas personas es necesario ofrecerles algo más que palabras vacías. Hay que darles posibilidades, hay que darles algún presente, en el doble sentido que tiene la palabra presente: por una parte, tienen que ver ya en el aquí y ahora una posibilidad real de salir de su situación desastrosa; y por otra, necesitan un “presente”, un don, un regalo, una ayuda que les sirva de apoyo para construir un futuro más halagüeño. Cuando el presente no augura ningún buen futuro, surge la desesperación.

Pero la desesperación también puede ser una forma de esperanza cuando se convierte en rebeldía que nos mueve a luchar contra la situación desesperante. Eso quiere decir que, incluso en las situaciones más desesperadas, puede surgir la esperanza. Ya san Pablo hablaba de un “esperar contra toda esperanza”. Cuando parece que han desaparecido todas las posibilidades, es necesario sacar fuerzas de flaqueza y mantener el espíritu de lucha y rebeldía. Muchas de las grandes gestas de liberación han sido protagonizadas desde situaciones de penuria y esclavitud. Esos que no tienen nada que perder, esos pueden arriesgarlo todo.

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17
Ago
2014
Dios justo en su misericordia
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En la carta a los romanos, dice San Pablo que Dios, independientemente de la ley, manifiesta su justicia justificando al pecador, o sea, perdonándole. Este tipo de justicia resulta muy extraño, pues lo justo no parece que sea perdonar al pecador, sino castigarle. El perdón contradice la mera justicia conmutativa, que exige represalias. De ahí la pertinencia de la pregunta que plantea Walter Kasper: “¿cómo puede un Dios que ha de ser pensado como justo mostrarse misericordioso con los victimarios sin hacer violencia en el acto del perdón a las víctimas, en caso de que no estén de acuerdo con tal perdón?”
 

Un primer elemento de reflexión: entre los hombres, la justicia no existe en abstracto, se aplica concretamente a través de leyes, recogidas en códigos de derecho. Pero el derecho nunca agota la justicia, entre otras cosas porque no puede prever todos los casos posibles, con todos sus matices y variantes. Podría darse el caso de que una aplicación fría de la ley derivase en una injusticia. O sea, la justicia trasciende el derecho y no está atada a la ley. La justicia perfecta no puede darse en el marco de un sistema jurídico. ¿Es posible, en este mundo, una justicia perfecta? Probablemente no. Pero, ¿no debemos pensar que Dios sí puede realizar una justicia perfecta, más allá de toda ley? ¿No tenemos ahí una pre-comprensión de una justicia que va más allá de todas nuestras leyes?
 

Otro elemento de reflexión: el ideal de la justicia no es solo que cada uno tenga lo que le corresponde, sino que todos estén bien y tengan lo necesario para vivir dignamente. Por eso, los gobiernos con sensibilidad social promulgan leyes que van más allá de dar a cada uno lo que se ha ganado. Una ley universal de sanidad para todas las personas que están en territorio español va más allá de dar en función de lo que uno ha cotizado. Este concepto de justicia se aproxima al amor y tiende a la incondicional solidaridad con el otro. Dice Kasper: “mientras que en la vida diaria social siempre se busca el equilibrio entre diversas pretensiones y derechos, en el ideal de la justicia a la que hay que aspirar lo que cuenta es la solicitud por el otro y la preocupación por su bienestar”.
 

Semejante concepto de justicia se aproxima al amor, y más allá de la lógica del intercambio o del cálculo, se guía por la lógica del don y de la gratuidad. En este mundo no es posible una perfecta lógica del don. Pero, ¿y si así fuera la justicia divina? Una justicia regida por la lógica del don, la lógica del querer que todos estén bien. El que mis enemigos estén mal, ¿contribuye a que yo esté mejor? ¿No será esta justicia que se traduce en castigo para el que me ha hecho daño, un modo de hacer presentables mis deseos de venganza? ¿Y si la misericordia de Dios lograse reconciliar lo que para los hombres es inconciliable, a saber, el amor al pecador y el odio al pecado, el amor al enemigo y el desacuerdo con el daño que me hace? ¿Y si al final esa misericordia divina lograse que todos estuvieran bien?

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13
Ago
2014
Creador que libera
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Confesar que Dios es creador es reconocer el carácter dependiente de todo lo creado, incluido el ser humano. La dependencia es algo que, en nuestra sociedad, se considera negativamente, por reacción a una falta de autonomía que, en ocasiones, tiene duros antecedentes históricos y sociales. No se soporta la dependencia económica, ideológica, jerárquica, afectiva, y se busca, en cambio, la independencia, el no depender de nada ni de nadie.
 

Pero si lo pensamos bien, resulta que la dependencia es condición de nuestra propia posibilidad. La vida nos la han regalado. Nosotros no somos los autores de nuestra vida. Más aún, una vez aparecida la existencia, seguimos dependiendo de nuestros padres y de nuestro entorno para crecer, aprender y madurar. De modo que la cuestión de fondo no es la dependencia, sino de quién dependemos. Hay dependencias que son negativas, destructoras, alienantes, como la del esclavo con el señor. Y hay otras que son positivas, constructoras y liberadoras, como la del padre con el hijo o la del amigo con el amigo.
 

Una dependencia es positiva cuando está fundamentada en el amor. Así es la dependencia del ser humano, e incluso de toda la creación, con respecto al Creador. El Padre de nuestro Señor Jesucristo crea, por una parte, un universo que funciona por sí mismo, que goza de autonomía. Por eso, es posible no ver en el universo la mano del Creador. El Creador se retira y deja que la vida se desarrolle sin coacciones ni manipulaciones. Y así se explica que la ciencia, cuando investiga los orígenes del universo y la evolución de la vida, no necesite recurrir al Creador.
 

Por otra parte, el ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. La imagen se manifiesta fundamentalmente en la libertad y autonomía del hombre. Dios crea un ser humano libre precisamente porque quiere que el hombre sea capaz de relacionarse con él y de responder a su amor. Y no hay respuesta de amor sin libertad. Si Dios hubiera creado un ser sin libertad, estaríamos ante un robot. La libertad humana es tan real que es capaz de renegar de Dios y de crucificar a su enviado.
 

Todo lo que tenemos, empezando por la vida, es porque lo hemos recibido. Pero una vez recibida la vida, somos nosotros quienes la conducimos. El ser humano está en sus propias manos, por eso puede elegir entre el bien y el mal, entre la salvación y la condenación. Cada uno de nosotros somos el regalo que Dios nos ha hecho. Otorgado el regalo, Dios se retira, deja espacio, deja libertad. Un Dios que crea seres libres sólo puede ser un Dios que crea por Amor. Con un Dios así es posible establecer una relación de amor, una relación de igualdad en la distinción, en la que cada uno es lo que es, y cada uno respeta al otro en lo que es. El Dios cristiano no es un déspota arbitrario que se complace en su poder, sino un Padre amoroso que se recrea en la libertad de sus hijos.

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10
Ago
2014
Información religiosa
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A veces parece que los medios de comunicación solo se interesan por un aspecto de lo cristiano, y no precisamente por el más decisivo, a saber, las cuestiones relacionadas con la moral sexual y familiar. En ocasiones los representantes más cualificados de la Iglesia contribuyen a dar la imagen de que lo único que importa en la fe cristiana son precisamente las cuestiones de tipo sexual. El Papa Francisco ha advertido sobre lo contraproducente que puede ser dar la impresión de que ese es el gran tema que preocupa a la Iglesia.
 

Falta equilibrio en la presentación de la fe católica. A veces los culpables de esta falta de equilibrio somos los propios creyentes. No es extraño que esta falta de equilibrio se refleje en los medios. Aunque por otra parte, también es verdad que a los medios no les interesa lo fundamental de la persona y del mensaje de Jesús. De hecho, cuando hablan de Jesús suelen incidir en aspectos totalmente secundarios: hablan de la sábana santa; o de sus supuestos hermanos, o de si estaba casado. Y encima tratan estos asuntos de forma sensacionalista. Ya sé que los medios no están para catequizar, pero es bueno que seamos conscientes de ello, ya que sus intereses no siempre coinciden con los verdaderos intereses creyentes.
 

Cuando en los medios se hable poco de Obispos, de curas, de comuniones de divorciados o de homosexualidad, entonces será un signo de que en la Iglesia las cosas funcionan desde la normalidad y no desde la crispación y desde intereses de segundo nivel. Cuando lo eclesial deje de interesar, será un signo de que la Iglesia se centra en Jesucristo. Cuando sólo se habla de cuestiones eclesiales es porque algo no va bien en la Iglesia. Los medios son un buen baremo para saber si la Iglesia está centrada en Jesucristo. Si la Iglesia es protagonista, no hay que echar la culpa a los medios. La culpa es de la Iglesia que, para bien o para mal, normalmente para mal, asume este papel y da pié a que se hable de ella.
 

La Iglesia no debería ser noticia. Ella debe ocultarse para que resplandezca su Señor y el Evangelio de su Señor. Cuando se habla de la Iglesia para mal, no deberíamos dar la culpa al mensajero, sino preguntarnos qué hace la Iglesia (qué hacemos los que somos Iglesia) para estar en el candelero. En el candelero quién debe estar es la luz de Cristo. Cuando la cuestión de quién va a ser el próximo Obispo de una diócesis, va más allá del interés de las comunidades cristianas y se convierte en un asunto social y político, algo no va del todo bien. Ya sé que es inevitable que un nombramiento episcopal sea noticia. Ya no es tan inevitable que, una vez nombrado el prelado, éste sea la única noticia, la noticia permanente de la Iglesia. Cuando importa más el ministro (el menor, el servidor) que la comunidad, algo no va del todo bien en la Iglesia.

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6
Ago
2014
Medios y buenas noticias
5 comentarios

Buenas noticias hay en todas partes. También en los medios de comunicación. Importa hacer una aclaración: no hay que confundir lo real con la noticia. Noticia es lo que se anuncia. La realidad es más amplia. Algunos confunden la realidad con la noticia. Son los que piensan que solo existe lo que sale en los periódicos o en la televisión. O los que dicen: si no estás en internet, no eres nadie. Pero la realidad es más amplia de lo que se publica. Se publica lo que al publicista le interesa que sea conocido.
 

Todo lo que decimos está, de una u otra forma, marcado por nuestros intereses. Una vez me dijo un periodista: yo no publico lo que quieren mis jefes, sino lo que los lectores quieren leer. No se confundan: lo que los lectores quieren leer, es lo que los jefes quieren que se publique. De esta forma venden más periódicos. Y así ganan dinero. El dinero, ese es el interés de muchas noticias.
 

Cosas buenas hay en todas partes. Pero no todo lo bueno “vende”. Sólo se publican las cosas que venden. Y vende lo que resulta extraño, lo que no es habitual. Cuando lo que llama la atención se convierte en habitual, ya no es noticia. Pero precisamente entonces es cuando el bien ha logrado su objetivo. En este sentido lo deseable es que el bien deje de ser noticia, porque se ha convertido en algo habitual.
 

Por otra parte, a veces no interesa dar publicidad a algunas cosas, precisamente para no estropearlas. Hay lugares en donde la discreción es condición para hacer el bien. En China continental hay seminarios clandestinos; si yo ahora quisiera salir en la prensa, podría contar (no es mi caso, pero es el caso de otros profesores) las mil peripecias que hay que hacer para llegar a esos seminarios y las mil dificultades que hay que sortear para dar las clases. Pero entonces, la noticia sería perjudicial para el profesor y para los jóvenes chinos que quieren vivir entregados a Cristo. La noticia les llevaría a la cárcel.
 

Otras cosas, cuando se dan a conocer, encuentran un principio de arreglo. Hace un tiempo estuve en un país en el que los campesinos sufren muchas injusticias. Darlas a conocer, ayuda a paliarlas. Quizás lo primero (el curso de teología en China) es una buena noticia. Lo segundo (el maltrato a los campesinos) es una mala noticia, pero se convierte en buena cuando hacemos una denuncia profética de esta situación; la denuncia, detiene el mal y lo convierte en bien.

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2
Ago
2014
Con los jóvenes: confianza y cercanía
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¿Es posible ofrecer algunas características sobre la religiosidad de los jóvenes de hoy? No de forma genérica ¿Los jóvenes de hoy son más religiosos que los de antaño? Es dudoso. Cuando se trata de temas religiosos, las reacciones son siempre muy personales. Las religiones transmiten ritos, costumbres, doctrinas, modos de pensar y de juzgar. Pero en la fe cristiana, lo fundamental no son los ritos o doctrinas, sino el encuentro personal con el Señor Jesús. Y en esas cuestiones de encuentro, cada uno es “muy suyo” y reacciona de distinta manera.

Además, el encuentro con el Señor Jesús es distinto de los habituales encuentros humanos, ya que se trata del encuentro con una persona que, si bien está muy presente en nuestro mundo, no está ya en el mundo como lo estamos las otras personas. Por este motivo, en el encuentro con Jesús resucitado la mediación del presentador es fundamental. Y el presentador es la Iglesia. De ahí que la pregunta que debemos hacernos como miembros de la Iglesia es: ¿cómo presentar la fe cristiana, cómo anunciar el Evangelio de Jesús, a los jóvenes de hoy?

No hay recetas, pero sí hay algunas premisas que facilitan la transmisión de la fe. En primer lugar, hay que tener confianza en los jóvenes. Sin esa confianza, es muy difícil que ellos puedan aceptar lo que les decimos y proponemos. Cuando me acerco a un joven, me encuentro con alguien con ideas y costumbres distintas a las mías. Debo empezar por respetarlas. Porque la fe es capaz de entrar en comunión con todas las costumbres y mentalidades, antiguas y recientes.

En segundo lugar, hoy es más necesario que en otras épocas acercarnos a los jóvenes. Ir dónde ellos están. Si ellos no se acercan a la Iglesia, será la Iglesia la que tenga que acercarse a ellos. Acercarse significa saber qué cosas son las que espontáneamente atraen a los jóvenes. En ocasiones, antes de proponerles un acto religioso, habrá que preguntar por sus intereses. Y siempre habrá que estar atento a sus necesidades. Si se trata de jóvenes que buscan trabajo desesperadamente, tenemos que empezar por solidarizarnos con ellos en esta búsqueda de trabajo.

Como dice el libro de los salmos “fui joven, ya soy viejo”. Pero cuando yo era joven, ya notaba que mucha gente nos halagaba y nos decían que éramos el futuro y la esperanza de la Iglesia y de la sociedad. Y con esas llamadas al futuro, trataban de apagar nuestra rebeldía presente. Sin duda los jóvenes, como cualquier persona, necesitan esperanza. Pero también necesitan presente. Necesitan razones para esperar, pero también razones para vivir. Para vivir hoy, aquí y ahora. Para sentirse felices hoy. Hay que hablarles del mañana, pero sobre todo responder a sus necesidades actuales. Y ellos, lo sepan o no, como todo ser humano, necesitan a Jesucristo. Por eso, el modo de presentar a Jesucristo deberá tener en cuenta su situación actual, su modo de ser, de pensar, de vivir. Eso requiere escucharles, acercarse a ellos, confiar en ellos.

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27
Jul
2014
El sermón es para el vecino
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San Pablo reprochaba a los corintios las envidias y discordias que había en su comunidad (1Co 3,3). Nada extraño. La comunidad cristiana está formada por hombres y mujeres cargados de pecados. Y, desgraciadamente, todos los pecados tienen que ver con la falta de amor: falta de amor a Dios, a uno mismo y a los demás. A lo largo de la historia, las disputas y rivalidades han continuado dándose en las comunidades cristianas.

 

Lo que voy a contar es una más de las muchas historias de debilidad que podrían contarse: los hermanos de una comunidad cristiana estaban escuchando como el predicador hablaba de conversión. Decía que la humildad es el camino de la conversión. Y el orgullo lo que impide la conversión. Para ilustrarlo, se puso a hacer el retrato de la persona orgullosa. Lo debía hacer muy bien. Porque de pronto, dos cuchichearon: ¡que bien lo está describiendo! ¡Lo retrata perfectamente! Se estaban refiriendo a otro hermano de la comunidad, que también escuchaba la predicación, un hermano al que le tenían mucha inquina.

 

El que al escuchar una predicación piensa que el sermón no es para él, sino para el vecino, demuestra su ausencia de humildad y su nula capacidad de autocrítica, e intenta escapar de la Palabra de Dios. Con esta actitud, no tiene ninguna posibilidad de conversión. Un buen oyente de la Palabra de Dios y de una buena predicación debe preguntarse principalmente, por no decir únicamente, de qué modo le afecta a él personalmente lo que está oyendo.

 

La Palabra de Dios va dirigida directamente al corazón de cada uno. Por eso, el oyente de la Palabra no puede pensar, cuando se habla de falta de caridad, que los que faltan son los otros. O cuando se habla de amor a los pobres, que eso no va con él. Una parábola de Jesús retrata bien esa actitud del que piensa que la predicación siempre va dirigida a los otros. La del fariseo y el publicano. El fariseo daba gracias a Dios porque no era como los demás: adúlteros, ladrones y codiciosos. El fariseo siempre tiene alguna excusa para sus pecados. Bueno en realidad, piensa que no tiene pecados.

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