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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

9
Dic
2014

¿Restricciones mentales en Jesús?

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Para la mentalidad judía, Jesús planteaba un problema difícil de resolver: ¿cómo es posible que un hombre pueda ser Dios? “No te apedreamos por ninguna obra buena, sino porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios” (Jn 10,33) le dicen los judíos a Jesús en tono acusatorio. Es una acusación perfectamente comprensible: por mucho que miremos a Jesús de Nazaret, lo que allí aparece es un hombre, solo un hombre y nada más que un hombre. Un hombre extraño, complejo, difícil de encasillar, que plantea muchos interrogantes, pero un hombre al cabo.

Se diría que el problema de la mayoría de los cristianos es otro: ¿cómo es posible que si Jesús es de naturaleza divina pueda tener reacciones humanas, pueda sufrir y vivir la dureza de la condición humana? San Agustín, en su comentario a los salmos, nota la dificultad que tenemos los creyentes en atribuir a Jesús aquellas palabras de la Escritura que lo presentan “confesando su debilidad”; por eso “dudamos en referir a él estas palabras, tratamos de cambiar su sentido”.

He escuchado una explicación que, me parece a mi, “trata de cambiar el sentido” de la situación de Jesús crucificado, sufriente y sintiéndose abandonado por Dios mismo. La explicación dice que en la cruz Jesús hizo una especie de “restricción mental”, algo así como un olvidar voluntariamente su condición divina. Este tipo de explicaciones, movidas por la fe en la divinidad de Jesús, no acaban de respetar su auténtica humanidad. Jesús ni hacía comedia, ni restricciones mentales, ni olvidaba nada, ni ponía nada entre paréntesis. Sufría de verdad. El segundo concilio de Constantinopla llegó a decir que “uno de la Trinidad” sufrió la muerte de cruz y padeció. No se puede afirmar que mientras el hijo de María estaba sufriendo, el Hijo de Dios no podía sufrir y gozaba de la gozosa visión de la divinidad. El Concilio afirma que la única persona de Jesús, su humanidad unida hipostáticamente al Verbo, era el sujeto del sufrimiento y de la muerte.

La Encarnación es uno de los misterios fundamentales de la fe cristiana. Un misterio siempre se nos escapa, pero algo podemos decir, pues el misterio no es lo impenetrable, sino lo inagotable. Para hacer justicia al misterio de la Encarnación debemos presentar la humanidad de Jesús de forma que sea como la nuestra. Pero si es como la nuestra, entonces hay que mantener con fuerza sus limitaciones, sus cansancios y decepciones, el que ignorase cosas o creciera en sabiduría y en experiencia de Dios. Jesús se solidariza de verdad con nosotros; lo suyo no es una solidaridad ficticia o aparente. No es un “hacer como si”; es un “ser así”. Dice el Vaticano II: el Hijo de Dios “trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado”.

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