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Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

9
Dic
2009

Para que tú sigas naciendo

2 comentarios

El pasado año felicité las fiestas de Navidad a los benévolos lectores con unos versos que traducidos suenan así: “Aunque naciera mil veces en Belén / sin nacer entre tú yo / nunca le veríamos crecer”. He recordado estos versos porque me han enviado el enlace de un video sobre el adviento. El video, tras indicar que el adviento es tiempo de esperanza y no de espera, entra a reflexionar sobre el nacimiento de Jesús y lo hace desde un doble nivel que va precedido de un doble estribillo: “para que tú nacieras” y “para que tú sigas naciendo”.

 Para que Jesús naciera fue creado el universo y fue creado el ser humano. Es una idea teológicamente correcta, pues la creación del ser humano a imagen de Dios es el presupuesto de la Encarnación: Dios puede hacerse hombre porque en el hombre hay capacidad de acoger lo divino; la Encarnación es la consecuencia última y la mejor realización de la imagen de Dios en la persona humana; en la Encarnación queda claro que el ser humano “es” en la medida en que se entrega a Dios. Por este motivo, Jesús, perfecta imagen de Dios, es la plenitud de lo humano. Igualmente para que Jesús naciera, Dios trabajó la sensibilidad religiosa de un pueblo e hizo con él una historia de salvación, buscando las mínimas condiciones culturales y espirituales para que su Hijo pudiera ser acogido.

Pero para vivir cristianamente el misterio de la Encarnación no basta con referirse a Jesús de Nazaret. Pues con la encarnación, Dios se ha unido, en cierto modo, con todo ser humano, incluso cuando el ser humano no es consciente de ello. Por eso es necesario que “Jesús siga naciendo”. ¿Cómo sigue naciendo? En la medida en que nosotros nos transformamos con mayor perfección en imagen de Cristo y vivimos, aplicados y traducidos a nuestra circunstancia, los valores evangélicos. Para que Jesús siga naciendo es necesario que los cristianos anunciemos la Palabra de la verdad y la vivamos con amor; es necesario que la Palabra siga haciéndose carne de toda carne humana. El adviento nos prepara nos solo a contemplar el misterio del nacimiento (“para que tú nacieras”), sino a dejar crecer hoy en nosotros este misterio (“para que tú sigas naciendo”).

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1
fray José Mª Esteve,op
9 de Diciembre de 2009 a las 18:21

El Adviento,es un tiempo fantástico,por que es un tiempo de esperanza.En él se percibe una invitación a dirigir el ánimo hacia un porvenir que se aproxima y se hace cercano. Ya estamos en Adviento, ¿le hemos abierto caminos? Según por donde pasees de tu ciudad te encontraras con diferentes realidades y muchos contrastes y el que duele es el de la injusticia.La injusticia que se fomenta a los niños desde la familia.
A los niños les gusta ser los más conocidos de la clase y del colegio (a los frailes tambien),les encanta tener los mejores juguetes,se deleitan imponiendo su victoria de la forma que sea,no tienen respeto a nadie, es más, te vacilan sin ningún tipo de pudor aunque no levanten medio palmo del suelo.Los profesores se amedrantan ante la violencia que les profesan sus pupilos en numerosas ocasiones.
Entre los mayores y algunos con canas,el que no hace algo malo para conseguir sus objetivos,en todo ámbito de la vida,es tonto,el que no trapichea,no está en la onda,el que no tiene padrinos va a la cola.
Nos hallamos viviendo en la selva y la ley de ésta es la que se impone.....Ahora bien,aproximadamente en un mes,todo el mundo se volvera bueno con la llegada de la Navidad,en una actitud la mayoría de las veces cargada de hipocresía,puesto los valores que Jesús nos trajo con su venida no se conocen.
Dos mil años de magisterio han hecho mucha costra.fray José Mª Esteve,op

2
valero
10 de Diciembre de 2009 a las 11:06

La mayoría de mis compañeros de trabajo no son creyentes, sin embargo llevan ya una semana preguntándome cuando pongo el belén en la oficina -lo hago todos los años-. Es posible que esta petición sea una simple cuestión de costumbre o de inercia ambiental, pero yo tengo la sensación de que bajo esta aparentemente superficial petición de mis compañeros no creyentes, subyace el deseo por descubrir que aún es posible la esperanza, una esperanza radical, nueva, regeneradora y generadora de alegría y de vida. Ya no hablo sólo de poner un belén, si no de ser testigo la esperanza ante los hombres, no de palabra, sino de obra -con la ayuda de Dios, claro-.

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