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Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

28
Abr
2020

Lo originario del pecado: no aceptar la limitación

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límites

El ser humano no es Dios. Como no es Dios, necesariamente es finito. Todo ser humano es limitado. Si no acepta su limitación, no acepta su realidad. Y si no acepta su realidad corre el riesgo de perderse. Querer ir más allá de la propia realidad, de las posibilidades que uno tiene, no es superarse a sí mismo, es perderse. Paradójicamente, la finitud hace posible la relación y el encuentro. La relación es el modo que tenemos los humanos de ir más allá de nosotros mismos, superando la finitud.

Según el relato del Génesis, Dios al crear al ser humano a su imagen, le invito a vivir y ser feliz y, al mismo tiempo, le advirtió contra las malas consecuencias de ir más allá de sus límites. Hay una palabra de Yahvé, frecuentemente citada en su segunda parte. Pero la segunda parte sólo tiene sentido a la luz de la primera: “de cualquier árbol del jardín puedes comer, más del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio”. La comida es símbolo de la vida: de cualquier árbol puedes comer. Disfruta de la vida. Pero cuidado, la vida tiene límites: hay un árbol del que no puedes comer. Pretender ir más allá de tus posibilidades, la avidez de tenerlo todo (el bien y el mal) sin control alguno, eso no da más vida, conduce a la muerte. El vino es bueno, pero el exceso de vino no da más alegría, sino que embrutece; el sexo es bueno, pero fuera del contexto del amor, no da más placer, sino tristeza.

En el relato bíblico aparece una astuta serpiente que empuja a los humanos a decidirse contra la advertencia que Dios les había dado sobre su límite. Y lo hace suscitando la desconfianza (Dios miente), activando la imaginación (“seréis como dioses”) y provocando vanas ilusiones (“se os abrirán los ojos”, “no moriréis”). Esta serpiente representa la propia ambición y avidez humanas, que no tienen límites.

En el origen de todo pecado está, entre otras cosas, el no querer conformarse con lo que uno tiene. Pues si se conforma, cobra conciencia de que la superación sólo es posible con la ayuda de otro. En el ser humano, creado a imagen de Dios, hay una aspiración al infinito, un deseo de divinidad. Pero esta aspiración no puede conseguirla con sus propias fuerzas, sólo es posible por gracia. Cuando el humano se encierra en sí mismo y pretende conseguir con sus fuerzas lo que supera sus posibilidades, esta pretensión le enfrenta con Dios. El gran error del humano no es querer ser “como Dios”. A eso ha sido invitado. El error está en querer ser dios sin Dios, en querer divinizarse por su cuenta, en prescindir del dador de la vida en plenitud. Porque la plenitud está en la salida, en el encuentro, en la relación.

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