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Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

12
Nov
2019

La vocación no es un tener

3 comentarios
vocacion

La palabra “vocación” procede del latín y quiere decir “llamada”. La gente asocia eso de la vocación con monjas, curas y frailes y, veces, les preguntan: ¿tienes vocación? Si se trata de una llamada, entonces la vocación no puede ser un tener; en todo caso, será una respuesta. Y si es llamada tampoco es sólo propia de frailes, monjas o curas. El matrimonio es una buena vocación. Importa notar que, para el cristiano, detrás de todas las llamadas está Dios, que nos llama por medio de los hermanos, de la historia, de la vida. Un buen cristiano, que quiere casarse, debería pensar: “Dios, a través de mi novia -o de mi novio- me llama a que me case con ella o con él”. Dios me ha regalado a esta chica o a este chico para que haga con ella o con él un proyecto de vida y de amor.

Cuando se trata de vocaciones a la vida religiosa o sacerdotal, el tener no es el verbo que define este estado de vida o este ministerio. Uno no se hace monja o fraile, o sacerdote, ni tiene vocación. A uno le llaman para ser religioso, religiosa o sacerdote. Eso es la vocación: me llama Dios. ¿Y cómo llama Dios? Por teléfono seguro que no, aunque algunos, a veces, se imaginan que desayunan con él todas las mañanas. Desconfía de esos que tienen tales imaginaciones. Dios habla de muchas maneras: habla a través de los acontecimientos, habla cuando conoces a una monja o un fraile que te atrae, quizás por su entrega al estudio, a la predicación, a la oración, vida que parece aburrida, pero en realidad es alegre y divertida. Esta vida se convierte entonces en pro-vocación. ¡Son importantes las pro-vocaciones! También Dios habla cuando rezas o cuando necesitas un espacio de silencio para pensar lo que vas a hacer con tu vida.

A través de los acontecimientos de tu historia, de las personas que conoces, a través de tus silencios meditativos y orantes, quizás Dios te está diciendo: tú podrías ser una buena monja o un buen sacerdote. ¿Y cómo sé yo que Dios me dice eso? Garantías no hay. Pero te lo dice cuando te lo preguntas. El mero hecho de preguntártelo es ya una llamada de Dios. Te lo dice cuando te apasiona el Evangelio y te apasiona dar a conocer a otros esa estupenda noticia. Te lo dice cuando sientes de deseos de fraternidad y quieres construir una comunidad de hermanas y hermanos que será la más maravillosa del mundo en tu imaginación, pero luego, en la realidad, tendrás que construirla cada día, con sus momentos de esfuerzo y también sus alegrías y delicias. Porque es una delicia vivir con los hermanos. Tendría gracia que Dios te llamase por medio de este escrito.

No tienes vocación. La vocación no es tener, es responder. Es decir: Aquí estoy Señor, porque me has llamado, me has seducido, y me he dejado seducir. Naturalmente, no hay buena seducción si uno no se deja seducir. Porque la vocación es una cuestión de amores. Y solo la entienden los que entienden de amores.

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1
Francisca
13 de Noviembre de 2019 a las 11:24

Muy de acuerdo. Asi és, aunque a veces no seamos conscientes del todo, de la gran maravilla de vivir en comunidad, del gran amor de Dios hacia todos/as.

2
Juan viejo
15 de Noviembre de 2019 a las 15:48

Dios es amor y nos ayuda

3
David MK
15 de Noviembre de 2019 a las 20:16

Interesante artículo fr. Martín. No tenemos vocación pero sí una respuesta. En última instancia, el que debe responder es el propio hombre; y responde desde lo que es, es decir; un ser libre, no condicionado, y capaz de responder libremente. Dios nos llama a la felicidad, independientemente del modo en que esta pueda concertarse. Dos claves (vocación/Dios y respuesta/ser humano) en constante equilibrio, de suerte que, el hombre que responde en Dios, puede tener la seguridad de estar respondiendo correctamente.

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