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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

26
May
2019

La mesa, lugar de fraternidad

1 comentarios
mesa01

Jesús nos dejó una oración, que podemos considerar identitaria de nuestro ser cristiano. Es la oración del Padrenuestro. En esta oración, entre otras cosas, pedimos al Padre que nos dé hoy el pan de cada día. Una posible interpretación o, al menos, una consecuencia de esta petición podría formularse así: reúnenos hoy, y cada día, en torno a tu mesa. La mesa compartida se convertiría así en signo del banquete del reino de los cielos. En efecto, cualquier petición hecha sinceramente a Dios, es antes una toma de conciencia de lo mucho que necesitamos de Dios y de su acción en nosotros. Pedir, por tanto, que Dios nos reúna en torno a la mesa para compartir el pan, el alimento diario, es tener conciencia de que es Dios quién nos convoca y nos regala el pan necesario para nuestro cuerpo.

Si pedimos que Dios nos reúna en torno a la mesa es porque la comida es fundamentalmente un acto comunitario. Desde siempre, en todas las culturas y civilizaciones, las familias se han reunido para compartir el alimento. Esta realidad tan humana y tan natural, el cristiano la interpreta como venida de Dios: Dios quiere que nos reunamos para comer juntos y, por eso, nos impulsa a ello. Lo más necesario para la vida humana (como es el comer) no es un acto solitario, porque los seres humanos estamos hechos para convivir, y encontramos nuestra identidad en la relación con el otro. El otro nos identifica. Reunirse en torno a la mesa, además o quizás por ser un acto natural, es también un acto divino.

Como es un acto divino se vive en la fraternidad. En torno a la mesa se reúnen los hermanos. No nos sentamos a la mesa con cualquiera. Compartir mesa es compartir fraternidad. Por eso, invitar a alguien a la mesa de uno es un signo de cercanía, confianza, solidaridad y amistad. En mi mesa no se sienta cualquiera. Ahora bien, este acto tan normal y tan humano de comer con los amigos encuentra, desde el punto de vista de la fe cristiana, una prolongación decisiva. Porque el cristiano sabe que la fraternidad tiene un alcance universal. Todos somos hijos del mismo Padre y, por eso, formamos una sola familia humana. De ahí que, en la mesa a la que el Padre nos convoca cabemos todos. Si alguno se queda sin comer, si alguno no puede sentarse a la mesa, algo falla, no se cumple la voluntad del Padre (continuará).

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1
Un amigo
27 de Mayo de 2019 a las 16:33

Rápidamente y de forma espontanea me ha venido a la cabeza un conocido libro de Rafael Aguirre. "La mesa compartida"
Lo he leído hace poco, aunque lo conocía hace tiempo.
Jesús rompió moldes, escandalizó, pero interpeló sentándose a comer con gente indeseable, proscrita, o excluida de acuerdo, a los cánones judíos de comensalidad. Jesús rompió barreras en una sociedad en la que debían respetarse escrupulosamente las normas. No todos podían comer con todos.
De eso creo que deberíamos aprender mucho.
Hace poco tuve que redactar algo al respecto;
Para Jesús nadie puede quedar excluido, por ningún motivo. Comida con paganos, publicanos, fariseos, pecadores, mujeres, pobres, ponen de manifiesto que el Reino es una realidad ya presente (imagen de banquete nupcial donde él es el esposo), y realizado lejos de la esfera de lo sagrado, en “la casa” en el ámbito de lo cotidiano (con toda la resonancia teológica que eso representa). Pero son también un signo de acogida y perdón, donde se manifiesta la gracia de Dios, sobre todo con pecadores (para escándalo de los “ortodoxos”). Son por tanto signo de lo que Dios desea hacer con los pecadores, sentarse con ellos en un mismo nivel, acogiéndolos y manifestando su amor y perdón. Así lo expresa Rafael Aguirre “En el contexto de una comida con sus discípulos, Jesús critica el poder y la autoridad tal como se entienden habitualmente, encareciendo el servicio y la entrega. La imagen del señor sirviendo a la mesa a sus siervos es el paradigma de los nuevos valores del Reino. (R. Aguirre. La mesa compartida)
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